“Abrió las piernas cuanto pudo, dejándome un espacio mínimo”

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    Un día lunes cualquiera tenía que ir a un curso de manejo en Independencia. Vivo súper lejos, así que tomé una micro que me dejara en el terminal Vespucio Norte y luego tomar la b26. En la primera micro se subió un gallo a vender parches curitas. Le compré uno y al rato, luego de pasar por todos los puestos recaudando monedas se sentó al lado mío. Abrió las piernas cuanto pudo, dejándome un espacio mínimo para leer mi libro de la escuela de conductores. Empezó a  hablar solo, contando todas las chelas que se iba a ir a tomar a su casa por el calor que hacía. Minutos antes de llegar a Vespucio Norte, este sujeto me abordó y me dijo: “¿Querí aprender a manejar?” Le respondí  “qué te importa”, bastante asustada.  Desaté su ira. Empezó a decir que las pendejas eran todas hueonas, todas eran así y que si hubiese sido su hija, me habría sacado la cresta. Me dijo que en el terminal había un amigo suyo, un “pato” que asaltaba a la gente y que le diría que me asaltara a mí cuando me viera. Se bajó del bus, me bajé y fui llorando todo el camino hacia la escuela. Primero, porque sé que hubo gente que escuchó todo. Segundo, porque no era la primera vez que me pasaba en la semana  y tercero, porque nunca más he vuelto a salir sola de mi casa, para qué decir al terminal.
    No entiendo cómo hay gente que ve estas cosas como normales. Nadie tiene derecho a hablarte en la calle, ni por un piropo lindo o malo. Los piropos son como las mentiras, no hay piadosas ni blancas, son todas una mierda. Lo que más me dolió fue que cuando se lo conté a mi hermana, lo único que atinó a decirme fue: “no debiste haberle contestado nada”. Tal vez habría sido peor.