Caminar en paz: una petición “feminazi”

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    Cada vez que alzamos la voz y pedimos o, peor aún, exigimos respeto, desafiando el lugar que este mundo de machos nos otorga, se nos tilda de histéricas, exageradas, zorras y hasta de antidemocráticas. Ya sea porque reivindicamos derechos -como caminar en paz por la calle- o porque vivimos la opción personal de no depilarse, el crimen es el mismo: querer cambiar la sociedad. Como respuesta, un orgulloso machismo herido y acorralado nos corona con el apodo de “feminazis”.

    Según datos del Observatorio contra el Acoso Callejero, la edad promedio en que una mujer comienza a ser acosada es a los 14 años y un 25,1% de las encuestadas dice sufrir de acoso más de una vez al día. En promedio, una víctima vive 4.400 hechos de acoso antes de cumplir 25 años. Eso, si sólo lo sufriera una vez al día.

    ¿Es exagerado visibilizar el problema? ¿Es violencia encarar al acosador y a la sociedad porque no quiero que un desconocido me puntee en el transporte público o me informe sobre sus deseos sexuales? ¿Es tiranía pedir políticas públicas para proteger a las menores de edad que son las principales víctimas? ¿Son comparables estas demandas al régimen nazi?

    El régimen nazi es responsable de uno de los genocidios más horribles de la historia. Aniquiló, torturó y esclavizó a una población equivalente a la de todo Santiago. Sin embargo, quienes defienden el patriarcado en Chile no ven diferencia cuando usan indiscriminadamente este apodo contra las mujeres que luchan por la igualdad.

    Hace algunas semanas, como OCAC publicamos una columna de opinión explicando por qué el acoso sexual callejero no es una forma de libertad de expresión. Recibimos comentarios que decían cosas como “ojalá las feminazis se preocuparan por asuntos de mujeres maltratadas mucho más serias que prestarle atención a simple piropo” o tildándonos de “femistéricas (que) desparraman contra la figura masculina”.

    ¿Qué nos dice esto? Que en Chile, se tilda de represor o represora a quien denuncia la violencia. Lo que reproduce un modelo que somete a hombres y mujeres, ellos atrapados en modos nocivos para reafirmar su virilidad en el espacio público, nosotras excluidas de esta espacio, siendo remitidas a la casa, el dormitorio… el espacio privado.

    Me declaro culpable de exigir respeto en el espacio público, de encarar a los acosadores y tratar de coartar sus conductas violentas cuando me molestan a mí o a otras mujeres, especialmente a las adolescentes. Soy culpable de desear caminar tranquila, sin ruidos desagradables o frases como “te chuparía el sapo rico”. Pero no acepto los cargos de promover un genocidio como el que llevó a cabo el nazismo.

    Quienes usan el peyorativo “feminazi” para describirme, sólo evidencian su ignorancia, falta de racionalidad y poca empatía. Y lo más terrible, dan cuenta de que ellos están más sometidos que nosotras, porque su hombría tradicional no les permite ver que han convertido la violencia sexual en privilegio y el privilegio en un supuesto “derecho”.

    * Columna de Constanza Salazar escrita originalmente para Zancada