“Comenzó a esperarme todas las mañanas, me hacía preguntas, se acercaba incómodamente hacia mí”

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    Tengo dieciocho años y he sido acosada repetidas veces. La primera vez iba en la básica. Fueron seis niños mayores que yo. Iba en una micro casi vacía del colegio a casa, se acercaron a mi asiento, comenzaron a hacerme preguntas y yo hice como que no escuchaba, porque me dio mucha vergüenza. Comenzaron a hablarme más y más fuerte, yo seguí ignorándolos. Empezaron a darme manotazos en la cabeza, a tirarme el pelo. Nadie me defendió, el chofer miraba por el espejo y sonreía como si fuera una chiste. Una señora finalmente los retó y se bajaron. Antes de bajarse, la insultaron a ella y me escupieron a mí. Lloré profundamente después de eso, me prometí que no me volvería a hacer algo así, que cambiaría mi personalidad introvertida.

    Pasaron los años y me sentí más segura de mí misma. Sin embargo, las situaciones de violencia por parte de hombres en la calle volvieron a suceder. Un tipo en su auto me siguió bastante tiempo, desde la casa al paradero y luego mientras iba en la calle. No importaba a donde fuera, si él me veía me seguía en su auto. Tuve que dejar de andar sola. 

    Este año me fui a vivir a Santiago para estudiar y pensé que ya no volverían a suceder estas cosas, pero no fue así. La pensión donde vivía quedaba a casi una hora de mi universidad, así que todas las mañanas debía ir temprano al paradero a tomar la micro. Un día le sonreí a un niñito que me miraba, su papá estaba cerca. Ese hombre se convirtió en mi peor pesadilla.

    Comenzó a esperarme todas las mañanas, me decía cosas, me hacía preguntas, se acercaba incómodamente hacia mí. Yo miraba para otro lado, no le respondía nunca. Si era necesario me paraba y me alejaba pero él siempre estaba ahí. Tras unas semanas, él comenzó a enojarse con mi actitud y se volvió más agresivo. El tipo llegó a empujarme, me hablaba más fuerte. Increpaba a otros hombres cuando me abordaban. Yo le dije que se detuviera pero era como si no me escuchara. El tipo averiguó dónde vivía y me esperaba. Comencé a llegar más tarde a mis clases,  a volver de noche a la pensión, lo que fuera para no encontrarme con él.

    Estas situaciones han provocado mucho miedo en mí. No puedo mirar a los hombres a la cara porque los sentimientos desagradables aparecen inmediatamente. Intenté hablar con mi familia de esto, pedí ayuda, para romper el círculo de miedo y vergüenza. Su respuesta fue “que eres ridícula, cómo vas a tenerle miedo a los hombres, eso es tonto, habla en serio”.

    Comencé a ir al psicólogo, pero mi familia seguía sin entender mis sentimientos, decían que siempre tenía excusas para no salir de casa. Pero cuando alguien me decía algo en la calle sentía pánico, nauseas, asco. Y como siempre eran hombres, fue ésa la cara de mi miedo.

    Actualmente, tengo un pololo, él me ha apoyado bastante, ahora salgo a la calle y me arreglo sin tantos problemas, pero sigo teniendo miedo cuando voy sola. Me da rabia que nadie en mi entorno pueda entenderme. Envío mi testimonio porque creo que quizás esto puede ocurrirle a otras mujeres. Esto no debe ser parte de nuestras vidas, vivir así, con tanto miedo, no es vida.