“Tomé valor y le dije en voz alta: Oye, ¿te podí dejar de molestar? Si no, voy a llamar a los guardias”

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    principal testimoniosEsa tarde decidí volver a casa en Metro, pese a que eran cerca de las siete de la tarde (horario punta), cuando todo va tan lleno como lata de sardinas. Me subí a uno de los últimos vagones. Todo iba bien hasta que el tipo que estaba detrás de mí hizo un comentario, al parecer, porque yo había pisado su mochila. Intenté moverme un poco pero estaba tan lleno que casi no pude. El metro partió a la siguiente estación y, en el trayecto, empecé a sentirme incómoda con ese sujeto, sentía como si me observara. El tipo comenzó a lanzar comentarios sobre mi como: “¡Oh! La niña va viajando con su plantita”, “cuidado, mi niñita, no me aplaste la mochila”, “cuidadito, mijita” y cosas así. Comencé a sentirme intimidada. Esperé que llegara la siguiente estación para que se abrieran las puertas, la gente se bajó y yo miré fijamente al hombre. Se trataba de alguien mucho mayor que yo, unos 40 años, yo tenía 23. Tomé valor y le dije en voz alta: “Oye, ¿te podí dejar de molestar? O si no voy a llamar a los guardias”. Inmediatamente veo que al tipo le cambia la cara. Se enojó bastante y me respondió con un acento mucho más vulgar: “¡Chssst! ¡Llama a los guardias po!”. Me alejé de él y corrí hacia la pared del vagón para que me dejara en paz, él comentó en voz alta: ¡La hueona enferma! Luego se bajó del vagón, no sé si por haberlo incomodidad o porque esa era su parada. Cuando llegué a mi casa me quedé pensando en si lo que hice estuvo bien o si solo habré exagerado la situación. Pero, después de meditarlo, no veía porqué una tiene que aguantarse los cumplidos de extraños y, por obligación, sentirse contenta o elogiada con comentarios de un desconocido.