“Da rabia que no puedan andar tranquilas en la calle por tipos como éste”

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    Viajaba en metro por la línea cinco un domingo a las tres de la tarde, cuando un hombre se subió y comenzó a vender agua mineral diciendo que el agua estaba “rica, rica”. Sin embargo, como una ya está acostumbrada a ese tipo de agresiones lo dejé pasar. Luego, el vendedor se cambió de vagón y cuando me bajé del metro, en la estación Ñuble, el tipo también lo hizo y en vez de subir a otro vagón, me esperó. Casi nadie bajó del metro así que estaba prácticamente sola en el andén. La estación tiene sólo una salida, por lo que tenía que pasar por el lado de él, así que pasé sabiendo que me diría algo. Me susurró todo lo que me haría y estiró la mano como para agarrarme por la cintura o tocarme. Ante esta agresión, pegué un salto y avancé rápido. Me di vuelta y le grité: “Cagaste, le voy a decir al jefe de estación”. Bajé corriendo la escalera y le dije a un carabinero que estaba vigilando. Rápidamente él llamó a otro guardia y lo agarraron. Me ofrecieron poner una denuncia y pregunté bajo qué figura, a lo que el carabinero me respondió: “En realidad ninguna porque no la alcanzó a tocar”, y le dije: “Exacto, ninguna ley nos protege, pero a mí ya se me echó a perder el día”. Por mientras, yo tiritaba. Finalmente, anotaron el intento de tocación y lo detuvieron por vender agua.
    Al carabinero se le caía la cara de la vergüenza por no poder hacer nada más, y me dijo: “A mi hermana le pasó lo mismo. Da rabia que no puedan andar tranquilas en la calle por tipos como éste”.