“El tipo se acomodó y tiró mis caderas con sus manos para que mi trasero llegara directo a su pene”

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    Como todo día normal, iba en el Metro a la universidad. Para variar, iba llenísimo, pero nada fuera de lo normal, hasta que se subió un hombre de unos cincuenta y tantos años. Como ya se aproximaba mi estación, traté de acercarme a la puerta. Error: no vi a quién había dejado atrás.

    Sentí un par de manos rosando mis piernas, pero traté de no preocuparme, porque podía ser “normal”, debido al movimiento y la cantidad de personas que iban en el Metro, por lo que lo dejé pasar. Luego, el tipo presionó mi mano, que estaba sobre al fierro del medio. Mientras apretaba mi mano, comenzó a respirar en mi oído. Sentí la peor sensación de la vida: ganas de llorar, de tirarme al suelo y acurrucarme a alguien, pero luego pensé: no, a estos imbéciles les encanta que una se sienta indefensa y procedí a pegarle un codazo. No fue impedimento para él y siguió buscando mis manos y mi oído, hasta que llegó el momento de bajarme. El tipo se acomodó y tiró mis caderas con sus manos para que mi trasero llegara directo a su pene. Mucha gente se dio cuenta y al abrir las puertas me ayudaron y gritaron para llamar al guardia. Lo tomé de la mano y la gente me ayudó a sacarlo del vagón. Por “suerte” en la estación se encontraban dos carabineros que se lo llevaron a una oficina del Metro. Un carabinero se quedó con él conversando y el otro se me acercó para preguntarme si realmente quería hacer una denuncia, porque -según él- era perder el tiempo, ya que se consideraba “daño a la moral y las buenas costumbres”. Me dejó indignada. Viendo la poca disposición de Carabineros y, por cierto, de la “pena” que recibiría, decidí irme. Pero le hice pasar la vergüenza. ¿Hasta cuándo la poca legislación con este tipo de agresiones?