“Empezó a cantarme al oído cosas obscenas y a tocarme la pierna”

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    Iba de regreso a casa. Me subí a la micro 201 y a la altura de Amunátegui, se subió un imbécil y se sentó al lado mío. Se puso a rapear, empezó a cantarme al oído cosas obscenas y a tocarme la pierna. El hijo de su madre estaba pasado a cerveza.

    Ante una cosa como esa reaccioné, me paré y le dije que no lo conocía y que no debía tocarme.  Le pedí que se fuera (aunque no lo crean, sin un puto garabato). Me trató de “gila culiá” y un millón de obscenidades más, mientras me acercaba al torniquete del chofer. Traté de hablar pero no me salió palabra alguna. Miré y miré al chofer mientras el imbécil me gritaba estupideces, pero el conductor siguió como si nada. ¡El huevón inmutable!

    Este idiota se fue a sentar atrás y yo me senté en los asientos preferenciales de adelante. Fue ahí cuando me percaté que no estaba sola. Atrás mío había una pareja y dos hombres. En total eran cuatro hombres -contando el chofer- más una mujer, y ¡no dijeron nada! Es más, un par de cuadras después la tipa se murió de la risa al ver que el acosador, antes de bajarse, golpeó la puerta que daba a mi asiento y gritó más improperios.

    Quería dejar una denuncia o una constancia, pero me dijeron que si no tocó mis partes íntimas, no podía hacer nada. Por último, atiné a decir algo y caminar hacia adelante.  Si hubiese sido más tímida, quizás qué habría sido de mí.