“Entonces le dije fuerte: ¿te conozco? Deja de mirar con esa cara, ¿no cachai que molesta?”

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    Cuando estaba en el colegio, mis papás tenían una ferretería con un estacionamiento gigante y muchas veces se lo ofrecían a amigos o clientes habituales. Otras veces iban trabajadores de los clientes y lo utilizaban dando aviso previo, como cuando necesitaban ir al centro de la ciudad y no tenían dónde dejar sus vehículos.

    En la ferretería, una puerta chica daba al estacionamiento y al lado había un televisor. Ahí estaba yo, a mis inocentes 17 años, y entró un camión de estos KIA chicos. Pasó un estúpido de unos 30 años, me miró con cara libidinosa y dejó escapar uno de esos respiros hacia adentro. Me dio tanta rabia, pero sabía que iba a pasar de nuevo e iba a hacer lo mismo, así que lo esperé y seguí viendo tele. Pasó de nuevo y se quedó más rato mirando con su cara de violador y le respondí con rabia y súper fuerte (ya que había clientes) “¿te puedo ayudar en algo?”. Él negó con la cabeza y con voz de pollo, me dijo “no”. “Entonces, ¿qué mirai ahueonao?, ¡depravado! Sigue tu camino nomás”, le dije, bien chora y flaite. El tarado arrancó como rata y muerto de vergüenza, porque la gente miraba. Mi papá, enojado, me preguntó qué había pasado, y le conté. Él me retó, que no era el lugar, etc. Le dije que nadie tenía derecho a mirarme así y me dijo que tenía razón, pero que me arriesgaba a mucho respondiendo. Unos hombres que compraban, le decían a mi papá, muertos de risa, “tiene carácter su hija”.

    Otra vez, fue uno de los tantos veranos que me estaba muriendo por la alergia y estaba esperando que me llamara el doctor. La consulta estaba llena y sentí que, a lo lejos, un hombre me miraba fijo. Cada vez se me acercaba más, hasta que la señora que estaba sentada frente a mí se paró y el hombre aprovechó para sentarse ahí, sin despegar la mirada de enfermo. Miraba y miraba. Entonces le dije fuerte “¿te conozco? Deja de mirar con esa cara, ¿no cachai que molesta?”. Siguió sentado ahí, pero mirando hacia abajo. La gente se hizo la loca. Al rato, con mi pololo fuimos a la farmacia a comprar lo que me recetó el doctor y el tipo estaba ahí. Pueblo chico. Le dije a mi pololo: “ése es el imbécil que me miraba como depravado”. Mi pololo se acercó un poco y lo miró con cara de perro rabioso. El pobre arrancó como la rata que era.