“Ese ‘romance’ es la justificación más burda que existe para naturalizar el acoso callejero”

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    Hubo un tiempo en que vivía relativamente cerca de mi Universidad y me iba caminando. Recuerdo que a diario los trabajadores de la construcción me gritaban cosas, porque estaban haciendo reparaciones en el hospital y en el liceo, debido al terremoto. Lo típico era que tiraran besos o gritaran piropos como cosita, rica, guagüita, mi amor, etc. Hacía caso omiso, caminaba más rápido y cuando estaba harta, les señalaba el dedo del medio. En una oportunidad, no fue un maestro sino un perfecto desconocido quien me detuvo en la calle para regalarme una flor y decirme lo bella que era; me obligó a recibirla y se fue sonriendo. ¡Quedé perpleja! Porque si bien para la mayoría no se lee como un gesto agresivo para mí si lo fue, al menos ahora lo entiendo así.

    Me violentó ser abordada por un hombre completamente desconocido, que creía tener el derecho de verbalizar sus sentimientos por considerarlos “románticos”. Y es que ese “romance” es la justificación más burda que existe para naturalizar el acoso callejero. Es hora de entender que toda acción de este tipo es violencia sexual, aunque no necesariamente involucre groserías. En el momento en que un hombre cree que tiene el derecho y poder de acercarse a una mujer desconocida basándose no sólo en su atractivo físico, sino en su pertenencia al sexo femenino, es violencia sexual. Las mujeres históricamente hemos sido cosificadas como objeto de placer para el sexo masculino, cuestión que lamentablemente han validado los medios de comunicación y el mercado, a través de la publicidad, dando como resultado este tipo de situaciones.