“Fui acosada por señores que perfectamente podrían ser mis abuelos”

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    He sido víctima de acoso callejero desde muy chica, yo diría de que los nueve años aproximadamente. Siempre detesté este tipo de situaciones, pero hay una que quedó grabada en mi memoria.

    Tenía 12 años y acompañaba a mi mamá a hacer unas compras. Yo estaba vestida de uniforme (faldita y polera), cuando al llegar a la esquina de mi casa (ubicada en un barrio “bien” y en una calle concurrida, en teoría “segura”) un grupo grande de obreros de la construcción comenzaron a silbarnos y a decir piropos molestos. Me sentí muy incómoda, pero seguimos avanzando con mi mamá e intentamos hacer oídos sordos. En eso, una brisa me jugó una mala pasada y me levantó la falda, dejando expuesta mi ropa interior. Fue ahí cuando la situación tomó otros tintes: los silbidos se hicieron más fuertes, se escucharon gritos obscenos y más de alguno hizo gestos y expresiones de índole sexual. La conducta de esos hombres me dejó en shock, sobre todo porque era pequeña y no entendía nada.

    Cada vez que recuerdo esa situación me vuelve el mismo asco y desagrado. No puedo creer que, a pesar de haber ido acompañada de mi madre y estar a tan solo una cuadra de mi casa, fuera acosada por señores que perfectamente podrían ser mis abuelos. Menos mal que tengo una mamá “chora” que los encaró de inmediato, aunque ellos negaran lo sucedido. Como era de esperar la actitud de “machito” les llegó hasta ahí no más: le echaron la culpa a otros y básicamente la tildaron de loca. Lo dejamos pasar y seguimos caminando, mientras temblaba y lloraba de asco y vergüenza. Sentí que era mi culpa.

    Siempre fui una niña insegura y tímida, y esto no hizo más que empeorar la situación. Sentía miedo de salir a la calle y de pasar cerca de un grupo de hombres. Lamentablemente, aún queda en mi algo de ese temor. Ni imagino lo difícil que debe ser pasar por experiencias aún más traumáticas.

    Hoy tengo más confianza a la hora de defenderme, pero aún no lo supero. Seguimos siendo vulnerables y en algún lugar del inconsciente sigue viva la culpa y la vergüenza, como si nosotras escogiéramos pasar por esto.  Solo nos queda luchar por lo que creemos justo para vivir tranquilamente y desarrollarnos en un ambiente respetuoso.