Las mujeres que “se buscan” ser acosadas

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    Cuando usted, madre, padre, adolescente o señora usa esta clasificación moralista, lo hace desde el prejuicio y desde lo cosmético, usando una fórmula casi matemática: si usa escote, anda provocando; si usa shorts en la noche, “se buscó” la violación.

    Una opinión que he oído tanto a mujeres como a hombres, es esa que clasifica a las mujeres en dos tipos: las que “se buscan” ser acosadas porque “exhiben” su cuerpo en la calle, y las que “no merecen” el acoso porque “se tapan” y “se cuidan”. ¿Usted piensa así? A usted quiero hablarle.

    Cuando usted, madre, padre, adolescente o señora usa esta clasificación moralista, lo hace desde el prejuicio y desde lo cosmético, usando una fórmula casi matemática: si usa escote, anda provocando; si usa shorts en la noche, “se buscó” la violación. Esto critica a las mujeres por la forma en que se despliegan en el espacio público, es decir, sólo evaluándolas como cuerpo, como objetos; no se las juzga por su contenido, como personas, como sujetos, por cómo piensan, por su fondo.

    Este pensamiento establece el acoso callejero y el abuso sexual en una lógica de castigo y orden, una reprimenda “justa” que nos dan algunos hombres y mujeres machistas a las mujeres que nos “perdernos” del sendero “sumiso y casto” que nos corresponde.

    Sin embargo, la realidad del acoso desmitifica esta clasificación. Consideren sólo tres cosas.

    Uno: tanto las mujeres que “se exhiben” como las que “se tapan” son violentadas en el espacio público. El 72% de las mujeres ha sufrido acoso en la calle, independientemente de su aspecto físico, ropa o edad. No importa si sale vestida de astronauta o pasea en traje de baño por el centro de Santiago, el “piropo” o acoso verbal siempre llega. A todas nos acosan y ninguna se lo merece.

    Dos: separar a las mujeres entre las que “se buscan” el “agarrón” o “piropo” y las que “se cuidan” le achaca al agredido la responsabilidad del abuso. Piense en esto: las mujeres chilenas comienzan a sufrir acoso callejero a los nueve años. Repito, nueve años. ¿De verdad cree usted que esa niña a la que todavía no le crecen ni los pechos es la responsable de “provocar” a un hombre que luego le grita obscenidades en la calle? Evidentemente, el problema no surge en ella, sino en él. Y esto es válido para cualquier mujer, de cualquier raza y de cualquier edad.

    Tres: el derecho a caminar segura por la calle no depende de mis características físicas, sino de compromisos sociales cuando se vive en democracia. Yo, mujer que uso escote o mujer que “me tapo”, soy una ciudadana, igual que las señoras moralistas o los hombres que abusan de sus privilegios de macho. Todos “merecemos” y “nos ganamos” el derecho a caminar con tranquilidad y seguridad por la calle, a cualquier hora del día y en cualquier condición. Tal derecho no depende ni se suspende por la forma en que me visto. La igualdad de las personas no depende de factores cosméticos.

    La educación del miedo y la desconfianza sólo atrinchera más a hombres y mujeres. Por eso, hay que dejar de criarlas a ellas como vírgenes culposas, responsables de su acoso y abuso sexual y como ovejas perdidas cuando no siguen las normas; y dejar de educarlos a ellos como cancheros hipersexualizados, que sólo son “hombres” cuando dominan sexualmente a una mujer en el espacio público y en el privado.

    Pregúnteselo de nuevo, ¿en serio opina que hay mujeres que sí merecen ser violentadas sexualmente sólo por cómo se visten y que hay hombres que no tienen responsabilidad alguna en esa violencia? Espero que, por ahora, al menos se lo cuestione.

    *Columna escrita por Arelis Uribe para El Quinto Poder