“Le dije: molésteme ahora, que no están sus amigos borrachos, ¿sabe que yo podría ser su hija?”

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    Fui de carrera a comprar al negocio de la esquina. En ese tiempo tenía 17 años. Estaba con short y no quise cambiarme porque no pensé que mi vestimenta sería motivo de acoso.  Entré al local y había un grupo de vecinos viejos, medio entonados. Uno me empezó a molestar, “qué buenas piernas”, “¿cómo no quieren que les digan cosas y se visten así?”. Eso entre muchas otras cosas,  sonidos con la boca, besos, etc. Me arrepentí de no haberme puesto buzo, me dio mucha rabia, ni siquiera lo miré y salí sin comprar nada.

    Al par de días encontré a este viejo desatinado en el mismo lugar, pero solo. Lo enfrenté. Le dije, “ya, molésteme ahora, que no están sus amigos borrachos, ya pué, sea hombre y dígame todo a la cara, sin trago de por medio, ¿sabe que yo podría ser su hija? Usted fue compañero de mi tío y conoce a mi familia, ¿qué pasaría si yo cuento todas las estupideces que me dijo?”.

    Se deshizo en disculpas, alegando que esa vez estaba medio curado y todo eso, lo paré en seco y le dije que jamás me volviera a dirigir la palabra en su vida, que no se atreviera ni a mirarme, que me daba asco y no iba a ver una próxima vez. Así fue, nunca más me habló o miró, y si pasábamos cerca, me rehuía la mirada o cambiaba de dirección.