“Lo enfrenté y le dije: saca la mano. Él me sonrió”

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    Tenía 18 años y me dirigía a la universidad en micro, vestida como siempre con bototos y jeans. Iba estudiando en un asiento al lado de la ventana y se sentó a mi lado un hombre joven, de alrededor de 30 años, de “buena presencia”.

    Mientras avanzaba el viaje, empecé a sentir que me tocaba con su mano, como casualmente y se mantuvo así por varias cuadras. Cuando miré, no pude ver sus manos porque las tenía envueltas en una chaqueta. Al principio quise creer que era casualidad pero luego fue acercando más y más su mano a mi muslo, hasta que en un movimiento tenía toda su mano rodeando mi muslo a la altura de mi entrepierna.

    Estar al rincón sin poder alejarme, me dejo paralizada unos momentos. Luego lo enfrenté y le dije “saca la mano”. Él me sonrió. Luego, al querer bajarme, no me dejó salir fácilmente del rincón, tuve que decirle explícitamente: “déjame salir”. Cuando salí, volvió a tocarme. Me paré rápido y me bajé de la micro.

    Cuando me bajé el hombre me tiraba besos por la ventana. Me sentí muy mal, con ganas de llorar, completamente violentada y con mucha vergüenza y culpa, sin saber por qué. Nunca le conté a mis papás, ni a mis hermanos, ni a mis compañeros lo que me pasó. Quizá solo a mi mejor amiga de la Universidad.