“Mi testimonio es desde el otro lado, el del acosador”

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    Mi testimonio es desde el otro lado. El del acosador. Me acuerdo que cuando era chico íbamos todos los fines de año a Fantasilandia porque a mi viejo le regalaban las entradas. Y uno de esos años yo era un púber. Me acuerdo que andaba más caliente que la mierda, cualquier mujer que mirara no era una mujer, era un poto, era un par de tetas. Ese año, en el “juego de la Monga”, descubrí que al momento de apagarse las luces no se veía nada. Nada de nada. Antes de que Nadine se transformara en la Monga, me ponía detrás de una mina y cuando las luces se apagaban, yo pegaba un agarrón, refugiándome en el caos, la confusión y la oscuridad. Cuando el juego terminaba, yo volvía a hacer la fila esperando tocar y manosear a otra mujer. De verdad me parecía muy divertido. Eso hasta que mi víctima fue una joven que al sentir que mi mano la abrazaba desde atrás, la sostuvo con todas sus fuerzas para evitar mi escape una vez que volviera la luz. Me entró tanto pánico por ser descubierto, que tuve que empujarla para poder escapar. Finalmente, logré zafar y me alejé con el corazón acelerado, en una mezcla de pánico, adrenalina y risa nerviosa. Cuando todo había terminado, la gente salía riendo, muchos corrían para ir a hacer la fila a otro juego del parque. Fue entonces cuando la vi sentada. Estaba llorando, sus amigas se habían reunido a su alrededor e intentaban entender qué había pasado. Era ella. Al ver la escena, se me cayó el corazón al piso. Ahí me di cuenta de que en realidad era una niña, que había ido a ese lugar para pasarlo bien y divertirse y en lugar de eso terminó sufriendo una experiencia quizás incluso traumática, y aún más, yo era el único responsable de ello. Hasta el día de hoy, cuando me acuerdo de ella, me dan ganas de pedirle perdón.