“Pensaba que mi primer acoso fue a los nueve años, pero me equivoqué: fue a los siete”

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    Hace un tiempo, con mucho asco, recordaba que mi primer acoso fue a los nueve años. Para mi tristeza, me equivoqué: fue a los siete. Iba con polera normal, suelta, calcetines con vuelitos, shorts a la rodilla y zapatillas. Ni una gota de maquillaje, ni escotes, nada.

    Iba caminando de la casa de mis papás a la casa de mi abuela (menos de una cuadra), en un barrio donde todo el mundo se conoce y es muy tranquilo. Cuando me faltaban unas tres casas para llegar, un auto empezó a andar al mismo ritmo que yo. Me giré y era un viejo preguntándome para dónde iba, que si me podía llevar. Desde chica jamás hablé con gente extraña, así que aceleré el paso. El tipo aceleró el auto también y me siguió preguntando cosas. Fue entonces cuando tomé mi celular (un ladrillo de esos tiempos) y fingí llamar por teléfono. “¿Aló? Mamá, sí… ¿puedes salir a buscarme? Hay un tipo que está siguiéndome con el auto. Estoy a una casa, ¿puedes salir?… ¿qué? ¿la patente? espera…” y el tipo salió rajado.

    Con el paso de los años, me he tenido que mamar un montón de comentarios asquerosos, usando nada “provocativo”. Y me carga excusarme así, ni aunque anduviera en bikini deberían gritarme. Me da pena que ha llegado un punto en donde no me puedo poner ropa que me gusta porque sé que me van a mirar. No puedo salir sin audífonos porque sé que voy a tener que escuchar un montón de gritos de viejos asquerosos y tipos que se creen con el derecho de molestarme. Odio tener que vivir así. A pesar de que estoy incómoda en la calle, jamás me he quedado callada. Jamás. He recibido respuestas desde “¡ah! Qué le dai’ color si no estai’ ni tan rica”, “hueona loca” o tipos a los que simplemente se les cae la cara de vergüenza y arrancan.

    ¿Cómo es posible que ya no sea capaz de vesritme con ropa que me gusta o arreglarme para evitar ser acosada en la calle? Si en algún minuto llego a tener hijas, no quiero que deban esconderse bajo capas y capas de ropa para no “tentar” las mentes asquerosas y cerdas de hombres que no pueden controlarse.

    Y que me digan “es que el hombre es así”: las pelotas. Me van a perdonar, pero la mayor parte del tiempo quiero matarlos a todos, pero no lo hago porque -lamentablemente- es ilegal y porque hay respeto de por medio. Porque si me dejaran cinco minutos con los tipos que me han gritado, manoseado, intentado agredir en la calle, sería culpable de un montón de asesinatos.

    Ya está bueno de que dejemos de enseñar a la niñas a cuidarse y enseñar a los hombres a no violentar. Basta de justificarlo. Yo con siete años no merecía ese susto, nadie con diez, veinte, treinta o sesenta años merece pasar esos sustos. ¡Basta!