abuso

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    La autora de “No abuses de este libro” conversó con OCAC Chile sobre su libro, el abuso y el machismo. Su novela gráfica cuenta la historia autobiográfica que retrata la vida de Tina, una niña de siete años que ve cómo su mundo cambia cuando sus padres se divorcian y re hacen sus vidas con otras parejas. Ahí es cuando aparece R, nuevo novio de su madre y su abusador por más de cuatro años.

    Natalia Silva tiene 23 años, es feminista, ilustradora y autora de “No abuses de este libro”, una novela ilustrada que muestra la historia de una pequeña niña llamada Tina, quien sufre un cambio de 180 grados en su vida cuando su padrastro -un hombre de apariencia correcta, intachable, de esos que no matan ni una mosca- abusa sexualmente de ella. Este abuso se perpetuó por cuatro años, hasta que un día decide romper el silencio y contarle a su psicóloga.  Se trata de una historia autobiográfica y al igual que Tina, Natalia por años también sufrió abuso por parte de su padrastro.

    La ilustradora cuenta que a los 16 años comenzó a escribir, a dibujar la historia como parte de su proceso de sanación. Pero que con el tiempo fue tomando otra connotación hasta transformarse en un libro con el que espera educar sobre esta violenta realidad y ayudar para que otras personas se atrevan a enfrentar a sus abusadores y sacar la voz.

    Si bien Natalia Silva afirma que no publicará otro libro sobre su propia historia, está abierta a hablar de este tema. En conversación con OCAC Chile cuenta por qué decidió crear esta historia para niños y niñas inspirándose en su propia experiencia.

    – ¿Cómo nace este libro?
    – Nace como una necesidad de expulsar todo lo que me había pasado. Los primeros dibujos los hice en mi diario de vida de adolescente y me demoré siete años en poder sacar este libro. Hoy ya está todo dicho ahí y no quiero ser una víctima, quiero ser una heroína.

    – ¿Qué significó para ti publicarlo?
    –Cerré un ciclo. Fue mi manera de poder sacarme todo lo que tenía adentro. Pero no ha sido igual para todo el mundo. Una pariente me dijo hace poco: “Por fin vas a dejar este tema de lado, espero que seas feliz”. Y yo le dije: “No, no voy a dejar de hablar del tema, voy a vivir con esto toda la vida ¿qué te pasa?” ¿Cómo puede ser posible que se normalice tanto el tema? Lo peor es que ella misma sufrió situaciones de acoso cuando chica.

    – ¿Cuáles han sido las reacciones?
    –He recibido buenas críticas, constructivas también, y feedback muy positivo. Con el abuso me han dicho exagerada toda la vida, pero con el libro sólo una vez: fue un comentarista de Emol que dijo que era un asco de historieta, porque yo estaba aprovechándome para hacerme millonaria con el libro. Dijo que era una mentirosa y que no podía probarse. No tuve que ni meterme, me defendió mucha gente. También me pasó con una entrevista que me hicieron por mail, que me preguntaron cómo sabía que había sido abuso y no una mal interpretación. Pensé que era broma. Fuera de eso, he recibido muchos correos en agradecimiento por contar mi caso, como también para contarme los suyos. Ha sido heavy.

    – ¿Qué pasó con tu familia cuando les contaste que fuiste abusada?
    –Mi familia por el lado materno lo minimizó, como suele pasar en los temas de abuso. Es brígido cómo eso pasa en todos lados, como la chica que fue violada por un nadador en Standford y la gente de algún modo lo justificó diciendo: “Es que estaba curada”. ¡¿Y qué tiene que ver?! En el abuso no hay un termómetro de cuándo es grave y cuándo no. ¡Siempre es grave! Siempre te va a marcar. Lo del abuso es machismo puro y duro.

    – ¿En algún momento te sentiste culpable?
    –Obvio que cuando chica me lo cuestioné, porque era lo que todos decían. Es más, cuando probé la marihuana por primera vez, pensé que podía llegar a sentir algo de lo que decía sentir mi abusador, que siempre relacionó la weed con el abuso. Claramente no pasó. Incluso recuerdo que una vez una psicóloga dijo que mi padrastro se había enamorado de mí y que eso no significaba algo particularmente malo o que fuera a repetirse. Pero un hombre que se enamora de una niña de ocho años es un pedófilo, punto.

    – Esa normalización de los abusos también suele hacerse con los acosos callejeros, ¿lo has sufrido?
    –Sí, lógico. Acá es súper normal que pase, porque piensan que por ponerte un vestido tienen derecho a decirte cosas. Es tan machista la sociedad que hasta mis amigas me dicen que no puedo salir a trotar a las 12 de la noche en peto. Pero, ¿por qué no voy a poder? Estoy en todo mi derecho. Tenemos que hablar de estos temas, educar a los niños y niñas sobre el abuso y dejar de normalizar situaciones que no lo son.

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      Eran aproximadamente las diez de la mañana e iba en dirección al gimnasio que está a veinte minutos de mi casa. Mientras caminaba, vi que a un costado había un tipo sentado en el pasto, de más o menos 30 años, con su bicicleta y ropa deportiva. Pensé que estaba descansando después de haber hecho ejercicio o algo por el estilo. Seguí mi camino y él pasó por mi lado en bicicleta, hasta ese momento, nada de qué preocuparse. Casi diez minutos después sentí que alguien, con mucha fuerza, me dio un agarrón en el trasero. Para mi sorpresa era el mismo tipo que había visto unos minutos atrás, sentado en el pasto con su bicicleta. Lo primero que atiné fue a gritarle “ahueonao” y a perseguirlo. Logré empujarlo y tuve la esperanza de que se cayera, pero no, sólo se desestabilizó un poco y siguió su camino.

      Sentí tanta rabia, como si lo hubiese planeado. Claramente me siguió durante un largo rato sólo para cometer su abuso. No supe qué hacer, se me escapó y me dio impotencia pensar que se fue a sentar a otro lugar a esperar a que pasara alguien para acosarla/o. Nunca me había pasado algo así, nunca pensé que me pasaría. La verdad es que no entiendo por qué alguien lo haría. Sentí asco. Pensé en todos mis seres queridos, en especial aquellos que son más sensibles de personalidad. Espero que nunca en la vida se encuentren con un tipo como este. Espero que avancemos como sociedad para terminar, entre muchos males, con la violencia de género.

      A pesar de que fue un momento demasiado incómodo y violento, no voy a dejar de vestirme como yo me siento cómoda y si vuelve a pasarme algo por el estilo (deseo profundamente que no vuelva a pasar), voy a correr más rápido y gritar más fuerte para poder identificarlo y hacer la denuncia.

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        Nunca he asumido esto como un trauma, quizá está en mi inconsciente, quizá no. Quizá marcó una parte de mi personalidad o de mi conducta sexual, no sé. Es fuerte leerlo ahora, pero al menos es para dejar mi testimonio.

        Tenía siete años. Todo era juego con los amigos de la cuadra, todas las tardes nos reuníamos, un grupo de ocho, a jugar al luche, a la pinta, a la escondida. Entre ellos había un niño que ya no era tan niño, de unos  14 años. Yo era tan pequeña que no sé qué edad tenía, pero por su conducta quizás era un púber. No sé qué le dio al chico conmigo, no sé qué podía ver en mí si yo era una niña que ni siquiera se desarrollaba aún. El tema es que me seguía.

        Jugando al luche, se ponía detrás mío para manosearme y tocarme el trasero. Un día fui a bañarme a la piscina de una amiguita que vivía al frente y él estaba ahí. Yo andaba con unas calzas cortas, gastadas, con hoyitos en la costura. Al bañarnos, estaba todo el tiempo pegado a mí. Metía su mano debajo, intentando meter su dedo meñique por uno de los hoyitos que daba justo a mi vagina. Yo le pedía que parara, porque me dolía lo que hacía. “Pero si es rico”, decía él. Me obligaba a darle besos con lengua y a sentarme arriba de él,  sobajeándome mis partes íntimas con sus piernas. Yo no entendía nada, nunca en mi vida había escuchado ese tipo de cosas, nunca había tenido interés con la sexualidad.

        Un día, vino a buscarme a mi casa. Le dijo a mi abuelita que me invitaba a su casa, que tenía unos juegos nuevos. Yo, entusiasmada e inocente, dije sí y mi abuelita accedió sin saber lo que pasaría.  Me llevó a su casa, jugamos un rato y luego me invitó a subir a su pieza, yo vi los juegos y le pregunte por ellos, él me dijo “sí sí, pero después”. Entonces me preguntó si sabía lo que era hacer el amor. Obviamente, respondí que no. Dijo que se hacía poniéndome arriba de él y moviéndome, que si lo quería intentar, yo respondí que no. Luego, dijo “mira, yo te enseño” y con ropa, se subió arriba mío y se balanceó un par de veces. Quizá aburrido de que yo no entendiera, cambió de propuesta. Me preguntó, “¿sabes qué es el sexo oral?”. Contesté que no. Se bajó los pantalones, tomó mi mano y me chupó un dedo. “Así es, pero aquí”, dijo señalando su pene. Insistió en que lo hiciera. Aunque era inocente, no quería hacerlo. No recuerdo cómo salí de su casa.

        Hoy me pregunto, ¿qué habrá sido de él? ¿Estará enfermo de la cabeza? ¿Habrá estado enfermo a esas alturas? ¿Qué sucedía en su mente al querer vulnerar a una niña tan pequeña que ni siquiera le podía entregar lo que él quería, siendo tan joven?