acorralamiento

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    Al leer lo que muchas escriben, es inevitable recordar las veces que me ha sucedido. Tengo veintinueve años y lo que me pasó una vez, hace que tome precauciones incluso quince años después.

    Venía del colegio, sola. Esperaba la micro a la vuelta del portón de salida y un viejo (yo tenía trece y el jetón unos 50) me preguntó la hora. Le dije que no usaba reloj. Empezó a preguntarme por el colegio y luego, cuando vino la micro, se subió detrás de mí, me empujó a un asiento al lado de la ventana y se sentó, “bloqueando la salida con un bolso”. No atiné a nada, ni a gritar. Me siguió hablando y tocando durante el tramo a mi casa, que era de unos veinte minutos, ¡muy, muy largos en ese momento!

    Cuando vi que me acercaba a mi casa, sólo dije “me bajo”, casi sin voz. No me dejaba salir y me decía “sigue un rato conmigo, vamos, si vivo cerca”. Casi llorando y respirando muy rápido moví la cabeza diciendo “no”. El mierda sacó la mochila y me dejó salir, me dio un agarrón en la pierna y me tiró un beso. Me bajé aterrada, llorando.

    Me obligué a tranquilizarme antes de llegar a mi casa. Nunca lo conté, hasta el día de hoy. Después de eso, empezó el pánico a andar sola o usar ropa vieja y ancha. Me costó mucho no sentir miedo en la calle.

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      Como todas, he pasado por muchos momentos de acoso callejero con “piropos”. Desde un ‘linda’, hasta comentarme que me lo van a meter mejor que mi pololo. He enfrentado cada acoso con diferentes reacciones: me alejo, los encaro y los lleno de chuchadas, quedo en shock y no digo nada. Todo, desde que tengo cerca de catorce años. Pero hace unas semanas, no sé si es porque estoy más grande y consciente del problema del acoso callejero, fue la vez que más me ha disgustado.

      Iba caminando a buscar un cajero para sacar plata, llevaba mucho rato buscando uno y me acordé de una farmacia cercana. Caminé y noté a un viejo raro. Entré a la farmacia, el cajero estaba sin plata, así que salí y vi a este viejo venir de frente, con esa cara asquerosa que todas reconocemos en este tipo de hombres: haciendo señas con sus manos para agarrarme las pechugas y acercarse. Venía directo hacia mí. En el shock de la situación -no sé cómo pasó- de un minuto a otro lo tenía casi encima y lo tuve que empujar rápido para que no pudiera tocarme, le dije que era un viejo asqueroso y se fue, riendo, cagado de la risa.

      Me fui caminando a mi auto, con pena y rabia. Siempre he tenido un tema con mi cuerpo y ese día había pensado en no ponerme el sostén que llevaba porque me hacía ver más “voluptuosa”, aunque no se iba a notar porque andaba con polerón cerrado y una polera hasta el cuello. Pero a estos viejos les da lo mismo, se van cagados de la risa igual y yo me fui al auto, me encerré y me puse a llorar. Me dio rabia tener que aguantarlo, aceptarlo y entender que es algo que en muchos años va a cambiar. No tiene que ver con la ropa que usamos, con cómo nos vemos, con lo que hacemos. Cada vez que sé que a alguien más le pasa algo así, me enojo muchísimo.