acoso es violencia

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    Con mi pareja conversamos a menudo sobre el acoso callejero y otros temas de género, con los que él empatiza plenamente. Me alegra saber que hay hombres y mujeres que son conscientes de la violencia y que queremos construir una sociedad más justa y respetuosa.

    Esta anécdota me pareció divertida: hace poco, íbamos caminando por la calle. Delante de nosotros iban dos mujeres jóvenes. Pasó un camión con obreros de la constru, lentamente. Los tipos parecían energúmenos saludando a las chiquillas, gritando todo tipo de obscenidades. Mi pololo los saludó con la mano todo cocoroco y los tipos no supieron qué hacer. Entonces él les gritó: “Si no les gusta que los saluden, ¿por qué creen que a una persona sí le gusta recibir sus insultos?”.

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      Tengo dos historias. La primera pasó más o menos hace dos años. Iba caminando con un amigo a su casa y para acortar camino, se nos ocurrió pasar por una calle donde hay pocas casas y un terreno abandonado. Eran como las cuatro de la tarde, íbamos conversando, cuando salió un viejo de una de las casas y me gritó cosas muy pervertidas. Por suerte, iba con mi amigo, un par de años mayor, para defenderme.

      La segunda  pasó hace como cuatro años. Con mi familia, fuimos al campo a pasar el año nuevo. Como era la primera vez que iba, decidí recorrer el lugar. Nadie me quiso acompañar, todos estaban cansados por la fiesta del día anterior. Caminé mucho por un camino concurrido para ser un campo. Allí apareció un hombre, de unos  50 o 60 años. Me saludó y diciéndome “feliz año nuevo” me abrazó muy fuerte, me agarró la cara e intentó darme un beso y manosearme. Quedé paralizada, no me acuerdo como fue que me escapé de su abrazo asqueroso, pero recuerdo que me fui corriendo a la casa y llegué muy asustada, casi llorando. No me atreví a contarle a nadie. Hasta hoy día me de mucha vergüenza lo sucedido.

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        Un día en la mañana, iba camino al Metro para ir a mi trabajo y se cruzó un hombre en bicicleta. Me dijo: “Mijita, ¿por qué no se saca el banano para poder correrme?”.  Suelo no fijarme mucho en las personas, pero vi a este hombre. Tenía su mano metida en sus pantalones, me sentí asquerosa por provocar eso a alguien en la vía pública, hasta que mi pareja me dijo que no hiciera caso, que ese hombre era un degenerado, un enfermo.

        Otro día lo volví a ver. Andaba arriba de la bici con su mano dentro del pantalón. Crucé la calle más que rápido y empezó a gritarme cosas. Ese día renuncié a mi trabajo, porque estaba arrendando allí. Volví a casa. Ahora no importa cómo andes vestida, siempre habrá gente que te mire como si estuvieras desnuda. A veces me siento mal por despertar instintos tan bajos. Mi novio dice que no es que yo los provoque, sino que hay gente tan jodida que expresa toda la suciedad que llevan dentro.

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          Eran cerca de las nueve de la mañana y un auto me siguió hasta mi casa. Jamás me percaté. El auto era del año y el motor era imperceptible. El conductor sacó su mano por la ventana y me agarró el trasero. Yo estaba colgando el teléfono y al sentir el “agarrón” sólo reaccioné a tirar un manotazo al hombre y tirarle un improperio. El auto avanzó, yo me congelé. Corrí hacia mi casa, les conté a mis papás y salimos a buscarlo en auto. Como no dimos con él, volvimos. Para nuestra sorpresa, el muy sin vergüenza había vuelto a pasar por el mismo pasaje donde me atacó.

          Lo seguimos en auto y el tipo se fugó. Transgredió infinitas normas de tránsito. Hasta pasó a llevar un auto. Luego lo perdimos en el camino. Pese a eso, pude gritarle y dejarle claro lo mal parido que era. Mi papá le dio un susto que seguramente jamás olvidará. Por suerte anotamos la patente.

          Tengo rabia aún, pero haber dado con él y haberlo denunciado es un alivio inmenso. No sé cómo habría sido cargar con la impotencia de no haber hecho nada. Yo pude, pero me preocupó saber que en la comisaría dijeran que hay pocas denuncias de estos abusos o acosos, cuando me he enterado por personas del sector y chicas de mi edad que estos ocurren. Chicas, DENUNCIEN, es la única manera de que se hagan cargo de este problema.

          Lo otro, no bajen la guardia. Yo soy una persona terriblemente paranoica. Si salgo, llevo mi gas pimienta, pero esta vez no lo traía, porque nunca imaginé que a esa hora me sucedería algo así. El tipo no era un viejo depravado, era joven de buen aspecto, de no más de treinta. A veces el estereotipo que tenemos de “hombre peligroso” no permite que estemos alerta.

          Ojalá esto les sirva de algo, yo esperaré  la denuncia y seguiré con los trámites.

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            Tenía 11 años y caminaba siempre sola al colegio, a la casa, a comprar. Hasta a la iglesia. Pero tuve que dejar de hacerlo por un tiempo.

            En esa época participaba en un coro. El ensayo era en la tarde y como era horario de invierno, ya estaba oscuro cuando salí de mi casa. Iba a mitad de camino y un hombre en bicicleta, que al ojo tenía unos 25 años, se me acercó preguntando por el horario de salida de mi colegio. Dijo que tenía que ir a buscar a su hermanita. Ingenua, le di la información. Empezó a hacer más preguntas, que yo, inocentemente, respondí, hasta que se fue y yo seguí mi camino.

            A la cuadra siguiente, se me acercó otra vez diciendo que no pudo encontrar a su hermanita y no sé qué más. A la media cuadra se me volvió a acercar. Yo ya llegaba a mi destino, cuando pasó esto, un recuerdo en mi retina muy vivo:

            – ¿Tú vienes a la iglesia mormona?
            – ¡Sí!
            – ¿En serio? ¡Porque yo también soy mormón!
            – ¿De verdad?
            – Sí, ¿y sabes lo que tengo aquí?- dijo, señalando el bolsillo del pecho en su chaqueta.
            – No, ¿qué es? – pensando en algún objeto distintivo de la iglesia.
            – Una cuchilla, y si hablai, ¡te mato! ¡Sigue derecho!

            A esa altura estábamos afuera de la iglesia y sentí un miedo infinito. Por instinto, no le hice caso, doblé y entré.

            Después de ese suceso, mi mamá me fue a dejar al colegio todos los días por dos años, hasta que coincidió mi horario con el de mi hermano. Anduve mucho tiempo con miedo por la calle, pensando que podía volver a encontrarme con ese tipo. Nunca más lo volví a ver.

            Ahora tengo 24 años y tengo claro que nadie puede amenazarme, acosarme o a decirme algo en la calle que yo no quiera escuchar. Con esto aprendí que no toda la gente tiene buenas intenciones.

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              Esto me pasó un día antes de cumplir 15 años.

              Todos los días, espero a una amiga en la calle frente al pasaje en que vivo, para irnos al liceo en auto. Eran como las 7:20 de la mañana, estaba oscuro y no transitaba casi nadie. Saqué mi celular para cambiar la canción y sentí unos brazos en el cuello, rodeándome por detrás. Al principio pensé que era alguien conocido. Cuando me di vuelta, quedé helada. Le mostré el celular al tipo y le dije que se lo llevara. Con una voz asquerosa, me susurró al oído que no lo quería. Yo me empecé a mover y a mirar a los lados, buscando cómo zafarme o alguna persona que me ayudara. No había nadie. Entonces me dijo: no te muevas o disparo.

              Me hizo cruzar la calle y entramos por mi pasaje. Cuando pasamos por mi casa, la miré y él se dio cuenta de que estaba tratando de arrancar. Me ahorcó muy fuerte por varios segundos. No sé cómo, me solté y grité lo más fuerte que pude. Me tapó la boca y me hizo caminar más rápido. Habíamos pasado varias casas, cuando salió un vecino nuevo. Me acerqué y me aferré a la reja con toda mi fuerza. El tipo me jalaba la mochila y decía “vamos mi amor”. Las lágrimas se me salían y empecé a balbucear que mentía, que yo era su vecina, que no conocía al tipo. Mi vecino me dijo que le diera mi mochila para que se fuera. Yo no quería, por un libro que tenía adentro. Finalmente, el tipo se fue y una vecina llamó a mi abuela. El tipo se perdió. No llamamos a Carabineros porque sentí que sería inútil. No podía ni hablar de la angustia.

              Cuando llegué al liceo, entré a la sala y mis compañeras comenzaron a cantarme el cumpleaños feliz. Yo tenía un nudo en la garganta, lo único que quería era llorar y abrazar a alguien. Me fui a sentar con mis amigas y les conté todo. Luego, tuve una prueba semestral en la que me fue horrible. No tuve valor para contarle a la profesora, decirle que, por los nervios, no podía dar la prueba. Me dio vergüenza.

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                Aburrida de los hombres enfermos que dicen cosas obscenas y se dan vuelta a mirar mi trasero, empecé a usar un bolso, tipo bolsón, para taparme. Y si salgo sin el bolso y sé que me van a mirar o decir algo, me cubro con las manos. Es agotador.

                Un día, usé el bolso para tapar mi trasero y un estúpido me gritó: “preciosa ¿para qué se tapa? Déjenos mirar sus cosas lindas”. Respondí con el dedo, y cuando ya estaba lejos, dije “¿qué te crees conchetumadre?”. Ahí quedó el ridículo.

                Otra vez que decidí taparme con las manos, un viejo, de unos 50 años, dijo en voz alta “la hueona tonta”.

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                  Cuando estaba en el colegio, mis papás tenían una ferretería con un estacionamiento gigante y muchas veces se lo ofrecían a amigos o clientes habituales. Otras veces iban trabajadores de los clientes y lo utilizaban dando aviso previo, como cuando necesitaban ir al centro de la ciudad y no tenían dónde dejar sus vehículos.

                  En la ferretería, una puerta chica daba al estacionamiento y al lado había un televisor. Ahí estaba yo, a mis inocentes 17 años, y entró un camión de estos KIA chicos. Pasó un estúpido de unos 30 años, me miró con cara libidinosa y dejó escapar uno de esos respiros hacia adentro. Me dio tanta rabia, pero sabía que iba a pasar de nuevo e iba a hacer lo mismo, así que lo esperé y seguí viendo tele. Pasó de nuevo y se quedó más rato mirando con su cara de violador y le respondí con rabia y súper fuerte (ya que había clientes) “¿te puedo ayudar en algo?”. Él negó con la cabeza y con voz de pollo, me dijo “no”. “Entonces, ¿qué mirai ahueonao?, ¡depravado! Sigue tu camino nomás”, le dije, bien chora y flaite. El tarado arrancó como rata y muerto de vergüenza, porque la gente miraba. Mi papá, enojado, me preguntó qué había pasado, y le conté. Él me retó, que no era el lugar, etc. Le dije que nadie tenía derecho a mirarme así y me dijo que tenía razón, pero que me arriesgaba a mucho respondiendo. Unos hombres que compraban, le decían a mi papá, muertos de risa, “tiene carácter su hija”.

                  Otra vez, fue uno de los tantos veranos que me estaba muriendo por la alergia y estaba esperando que me llamara el doctor. La consulta estaba llena y sentí que, a lo lejos, un hombre me miraba fijo. Cada vez se me acercaba más, hasta que la señora que estaba sentada frente a mí se paró y el hombre aprovechó para sentarse ahí, sin despegar la mirada de enfermo. Miraba y miraba. Entonces le dije fuerte “¿te conozco? Deja de mirar con esa cara, ¿no cachai que molesta?”. Siguió sentado ahí, pero mirando hacia abajo. La gente se hizo la loca. Al rato, con mi pololo fuimos a la farmacia a comprar lo que me recetó el doctor y el tipo estaba ahí. Pueblo chico. Le dije a mi pololo: “ése es el imbécil que me miraba como depravado”. Mi pololo se acercó un poco y lo miró con cara de perro rabioso. El pobre arrancó como la rata que era.

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                    Un día, un número desconocido me llamó. Contesté y un tipo me dijo “tení las medias tetas”. De fondo se escucharon varias risas de hombres. La rabia e impotencia por no saber quién era el tipo que había hablado no han bajado con los años. Lo que es una broma inocente para algunos, para mí fue una carga sobre mis hombros. Cuando una es chica, su apariencia física siempre es un tema complicado y ser voluptuosa desde los 13 fue difícil. Antes de mirarme a la cara, me miraban las pechugas. Los desubicados no saben lo insegura que eso hacen sentir y el tiempo que me tomó aceptar mi cuerpo tal cual es. Ahora, después de recibir innumerables opiniones sobre mi cuerpo -que yo no pedí- puedo decir que amo ser mujer y amo mi cuerpo. Me encanta la lucha contra el acoso, porque me hace sentir segura, más confiada y con un apoyo infinito. Sé que si actuamos unidas tarde o temprano la sociedad entenderá que el “piropo” es invasivo e hiriente.

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                      Era fin de verano y hacía calor. Yo andaba con jeans y una polera, comunes y corrientes. Ese día acompañé a un amigo marino a unas clases de cueca en la Escuela Naval de Valparaíso. Yo me había estacionado en la misma calle, aproximadamente a unos 50 metros de la entrada, que contaba con guardias y todo.

                      Al terminar la clase, mi amigo tenía permiso para salir de la Escuela Naval. Como debía formarse y cambiarse de uniforme, me pidió que lo esperara en mi auto. Me subí y abrí la ventana, por el calor que hacía y para fumar mientras esperaba. Prendí la radio y chateaba en mi celular tranquilamente, cuando desde atrás de mi auto apareció un tipo de unos 30 años e intentó subirse metiendo las manos para sacar el pestillo.

                      En el momento pensé que intentaba asaltarme, pero me metió la mano bajo mi polera, dándome un fuerte agarrón en el pecho izquierdo, mientras seguía intentando subirse a mi auto y decía: “ya po’, cuiquita, si te quiero manosear un poquito no más, yo sé que te va a gustar y te lo hago rico”.

                      Cuando se dio cuenta de que los guardias de la Escuela Naval iban hacia el auto, desistió y salió corriendo, desapareciendo en la esquina de la calle siguiente. Los guardias llegaron hasta mi auto. Yo estaba traumada, llorando y con los brazos cruzados tapándome el pecho, aún sintiendo el dolor del apretón. Me preguntaron si estaba bien y me dijeron que tenían que volver a sus puestos. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida, y de sólo pensar lo que podría haber pasado si el tipo hubiese aparecido estando abajo del auto, o si hubiese logrado entrar, me da una sensación de angustia horrible.

                      Los días siguientes tenía constantes recuerdos de lo sucedido. Sus palabras asquerosas seguían retumbándome en la cabeza y el moretón que me dejó me duró una semana. Nunca imaginé que en mi auto, a plena luz del día y frente a una institución de las Fuerzas Armadas podría pasarme algo así. Desde entonces, en cualquier momento y lugar que estoy sola, tengo en mi mano un spray de pimienta que no dudaré en usar contra cualquiera que trate de acosarme.