acoso verbal

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    Siempre digo que el machismo nace en casa. Así es en mi hogar, mi padre, el único hombre de la familia, hasta hace un par de años, siempre me hizo saber que le habría gustado tener un varón como primogénito. Yo, por querer hacerlo sentir orgulloso de mí, le pedí que me pagara el curso para conducir. Después de mucho insistir lo hizo, amenazándome para que no reprobara porque era muy caro y que no me tenía fe.

    En fin, en mi primera clase me tocó un profesor de unos 25-30 años de edad. Esperó a que nos  alejáramos unas cuadras de la escuela para empezar a decirme cosas obscenas al oído y tocarse. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida. Yo no sabía conducir y él me obligó a hacerlo en la primera clase y con esas distracciones. De vuelta en la escuela me agarró y me dijo que si le contaba a alguien me reprobaría el curso ($200.000) y que tenía que elegirlo como profesor único. Me fui corriendo y llorando. Las 11 clases siguientes fueron cada vez peores: un par de días después me empezó a tocar los pechos; a la semana siguiente, la vagina. Se insinuaba cada vez que pasábamos por un motel; decía que pasáramos a su casa, que no estaba lejos; me metía los dedos en la boca, me jalaba el pelo y por sobre todo, se masturbaba. Terminé el curso y aprobé (nunca me había esforzado tanto por algo en mi vida).

    La escuela de conductores es la única que hay en mi comuna, está a 15 minutos de mi casa. Ha pasado casi un año y él aún se pasea por mi barrio, me sigue, me grita cosas y la última vez que pude conducir fue cuando di el examen al inspector municipal. No hay día que no recuerde su cara, sus botas, su asquerosa sonrisa, su forma de caminar, todo. Pero lo peor es que  mi papá tenía razón, aun sin saber lo que pasó: si hubiera nacido hombre, esto jamás habría pasado.

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      Soy chilena, pero hace casi 9 años que vivo en Barcelona. Habían pasado 6 años desde que no iba a Chile. Cuando por fin fui, me gustó ver a mi familia, amigos y a mi barrio. Estaba todo bien, hasta que empecé a salir a la calle; casi de inmediato, me agarraron el trasero, me gritaron obscenidades y me molestaron incluso cuando iba con mi madre. No podía salir tranquila con mis amigas, ya que los hombres nos insistían hasta el agobio. Me enfermó la situación. Desde que vivo en España, hace casi 9 años, lo peor que me han dicho es ”guapa”. Sin embargo, casi nunca me dicen cosas así; salgo a la hora que quiero, vestida como quiero y sin miedo. Cuando me preguntan por qué me fui de Chile yo respondo: “porque ser mujer ahí es una mierda”. Hoy tengo un bebé, y no quiero que se críe en una sociedad tan violenta con las mujeres. Es por esto que no tengo interés en volver.

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        Iba caminando, a plena luz del día, a la casa de un compañero de curso para hacer un trabajo del colegio. Estaba usando un jumper y un auto me siguió varias cuadras. El conductor, durante un par de minutos, me dijo todas las cosas que le haría a mi cuerpo. Irreproducibles. Pensé que me iba a violar.

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          Ayer, cuando iba saliendo a ver a mi mamá a la oficina,  vi uno de esos autos de VTR  entrando al pasaje donde vivo. Paró al lado mío y pensé “quizá necesita saber una dirección” y retrocedí dos pasos. Cuando bajó la ventanilla me dijo “güashita rica” y algo más que no alcancé a escuchar. Lo miré con cara de ‘ok’ y le pregunté  “¿qué me dijiste?”. Luego caminé y llegué a un bazar a comprarme un dulce. Cuando salí, vi que el tipo del auto estaba en la vereda del frente, estacionado. Al parecer, me había seguido y los tipos volvieron  a hacer un gesto y me tiraron un beso. Miré si había alguien que me ayudara y le grité “cállate, tal por cuál”. Me enojé bastante con la situación, ya que un señor que vio lo que pasó se rio de mi cara de enojada, haciéndose el indiferente. En este caso, no fue tan fea la situación como en otros testimonios.

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            Cuando tenía once años era más desarrollada que mis compañeras de mi edad, pero eso nunca me importó porque mi cuerpo todavía no era un tema para mí. Un día, mi mamá me pidió ir a comprar a cuatro cuadras de la casa. Cuando iba de vuelta, un hombre de unos 40-45 años cruzó la calle directo hacia mí y me susurró al oído “te lamería enterita”. Sentí toda su respiración en mi cara y me congelé. Volví corriendo a la casa, aguantándome el llanto porque pensaba que algo malo me iba a pasar.

            Nunca le conté a nadie porque no quería que se preocuparan y tampoco pensé que fuese mi culpa, aunque esa frase me dio vueltas por mucho tiempo en la cabeza. Pasé meses tapada con chalecos enormes para que nadie viera mi cuerpo y lloraba cada vez que me pedían salir a comprar algo. Recién cuando pasaron los años me atreví a comentarlo con mis amigas y fue ahí cuando comencé a sentirme  culpable, porque la respuesta que siempre recibía era “¿pero cómo andabas vestida?”. Me dio rabia y me empecé a callar, porque me sentía juzgada y asustada del mundo con solo 13 años.

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              Tenía 11 años e iba caminando a mi casa, cuando un hombre en un auto me preguntó por una dirección. Amablemente le indiqué donde quedaba la calle que buscaba. Luego me preguntó si conocía a una persona que supuestamente vivía por ahí y yo le dije que no. Comenzó a preguntarme por mi edad y a decirme que le gustaban mis senos, entonces miré el mapa que tenía en sus manos y descubrí que se estaba masturbando. Ni siquiera recuerdo haber tenido miedo, solo quedé  profundamente impactada.

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                Les comento que soy una estudiante universitaria de 23 años, y actualmente estoy en mi último curso. Mi apariencia física es como la de una adolescente, especialmente mi rostro, incluso aquellos que no me conocen me consideran de 16 años. Desde hace al menos 3 años, he sido reiteradas veces víctima de acoso callejero.

                La primera, ocurrió cuando tenía 15 años. Un hombre me siguió hasta mi establecimiento sin dejar de observarme. Mis padres me aconsejaron que cambiara el horario en el que llegaba y lo hice. Después de eso no volvió a ocurrir nada, por lo que no me preocupe más del tema.

                Uno de los episodios más fuertes que he vivido, fue hace un par de años. Iba viajando en un bus lleno y un hombre se quedó parado detrás mío. Como no tenía espacio para moverme, el tipo se quedó ahí y puso sus brazos muy cerca de mí pero sin tocarme. Sin embargo, sentí como me “punteaba” descaradamente y nadie me ayudó. Intente correrme, pero no me dejó y cada vez que recuerdo esto vuelve a mí la impotencia y el asco que sentí. Luego él se bajó y yo quedé en blanco sin saber qué hacer. No le conté a mi familia, ya que no me dejarían seguir haciendo los viajes como siempre; todo esto me lo guardé con la esperanza de no volver a ver a este sujeto. Desde ese día, tengo cuidado de quienes se acercan y cómo me miran.

                En otras ocasiones los hombres que me encuentro en el trayecto de salida de la universidad se me cruzan para tirarme besos, decirme cosas de connotación sexual o algún tipo de frase que no se atreven a decir en frente de más público. Nunca son las mismas personas, pero la inseguridad sigue siendo la misma.

                No le cuento esto a otras personas, en primer lugar por el miedo de que me culpen a mí misma de provocar estas conductas. Yo no me visto provocativamente, no me gustan los escotes ni andar con
                faldas. Además, me he percatado que las veces que más me han molestado, siempre ha sido cuando ando más tapada, con ropa suelta y con una apariencia más infantil. En segundo, porque no hay nadie que le dé la importancia que tiene a esta problemática. Muchos dicen que le pongo mucho ‘‘color’’, incluso cuando estas situaciones me hacen sentirme pasada a llevar como mujer y como persona. Y en tercer lugar, mi familia es muy conservadora, por lo que esto es un tema tabú, pese a que mis primas también podrían llegar a sufrir los mismos abusos que yo.

                Esto es lo que quería contar, ya que llevo mucho tiempo con esto guardado. Espero que estas acciones el día de mañana sean sancionadas y el acoso callejero se considere un delito.

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                  Llevo unos meses viviendo en Santiago debido a mis estudios. Estaba tranquila porque no había pasado nada desagradable, hasta hoy. Venía en la micro de vuelta de la universidad, y se subió un sujeto joven a recitar poesía por unas monedas. Yo no estaba prestando atención y en ningún momento lo miré, estaba escuchando música y mirando por la ventana. Resultó que íbamos al mismo paradero y mientras me bajaba, él tomó mi mano para ayudarme a bajar. Yo respondí un gracias cortado, pero el sujeto no me soltó la mano. En vez de eso, no encontró nada mejor que recitarme poesías de su invención al oído, diciendo que yo era muy hermosa, que ojalá nos volviéramos a ver, que no me asustara y que no podía dejar de mirarme, todo eso en verso y arrinconándome contra el paradero. De susto casi no me salía la voz y lo único que atiné a decir fue “ya, suéltame por favor, suéltame”. Cuando finalmente lo hizo, tiró su cuerpo contra el mío, me dio un beso en la mejilla  y puso todo su pene, que sobresalía del pantalón, en mi pierna. ¡Fue asqueroso! Y más encima, mientras yo huía, vi como otro hombre, que estaba manejando un auto con la ventana abajo, se reía pese a haber sido testigo de toda la situación.

                  Quizás no fue un gran acoso o podría haber sido peor, pero yo estoy indignada. ¿Quién me quita ahora la sensación de haber sido violentada? ¿Por qué ese tipo se creyó con el derecho de decirme y hacerme cosas que nunca le pedí? Siempre pensé que si me llegaban a acosar alguna vez, iba a responder y sacar toda mi fuerza. Pero la situación fue tan de la nada, y tan incómoda, que no supe qué hacer, ni cómo reaccionar. Ahora tengo mucha rabia y pena, me gustaría volver a atrás, apartar a ese hombre, alejarme y responderle. Pero no puedo. El único recuerdo que me quedará es la risa del otro personaje que consideró mi acoso un espectáculo entretenido de ver, porque la idea de ayudarme claramente jamás se le pasó por la cabeza. Gracias a la conducta de ese tipo de gente, ya no podré caminar en las calles con la misma tranquilidad y soltura de siempre.

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                    He sido víctima de acoso callejero desde muy chica, yo diría de que los nueve años aproximadamente. Siempre detesté este tipo de situaciones, pero hay una que quedó grabada en mi memoria.

                    Tenía 12 años y acompañaba a mi mamá a hacer unas compras. Yo estaba vestida de uniforme (faldita y polera), cuando al llegar a la esquina de mi casa (ubicada en un barrio “bien” y en una calle concurrida, en teoría “segura”) un grupo grande de obreros de la construcción comenzaron a silbarnos y a decir piropos molestos. Me sentí muy incómoda, pero seguimos avanzando con mi mamá e intentamos hacer oídos sordos. En eso, una brisa me jugó una mala pasada y me levantó la falda, dejando expuesta mi ropa interior. Fue ahí cuando la situación tomó otros tintes: los silbidos se hicieron más fuertes, se escucharon gritos obscenos y más de alguno hizo gestos y expresiones de índole sexual. La conducta de esos hombres me dejó en shock, sobre todo porque era pequeña y no entendía nada.

                    Cada vez que recuerdo esa situación me vuelve el mismo asco y desagrado. No puedo creer que, a pesar de haber ido acompañada de mi madre y estar a tan solo una cuadra de mi casa, fuera acosada por señores que perfectamente podrían ser mis abuelos. Menos mal que tengo una mamá “chora” que los encaró de inmediato, aunque ellos negaran lo sucedido. Como era de esperar la actitud de “machito” les llegó hasta ahí no más: le echaron la culpa a otros y básicamente la tildaron de loca. Lo dejamos pasar y seguimos caminando, mientras temblaba y lloraba de asco y vergüenza. Sentí que era mi culpa.

                    Siempre fui una niña insegura y tímida, y esto no hizo más que empeorar la situación. Sentía miedo de salir a la calle y de pasar cerca de un grupo de hombres. Lamentablemente, aún queda en mi algo de ese temor. Ni imagino lo difícil que debe ser pasar por experiencias aún más traumáticas.

                    Hoy tengo más confianza a la hora de defenderme, pero aún no lo supero. Seguimos siendo vulnerables y en algún lugar del inconsciente sigue viva la culpa y la vergüenza, como si nosotras escogiéramos pasar por esto.  Solo nos queda luchar por lo que creemos justo para vivir tranquilamente y desarrollarnos en un ambiente respetuoso.

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                      A los 14 años participaba activamente en la Iglesia y un día me tocó ir muy temprano, a eso de las 08:30 horas, así que decidí caminar por una calle central (pensando que sería más seguro). En eso, un tipo joven de unos 18 o 19 años me puso un cuchillo, me abrazó y dijo: “Finge que eres mi polola o te lo entierro”. Luego me llevó para un pasaje solitario y dijo que me asaltaría, pero ese no era su real objetivo: me acorraló y se masturbó delante mío. ¡Fue asqueroso, sentí que no tenía escapatoria! Intenté safarme, pero él usó toda su fuerza corporal y me mantuvo retenida. Cuando eyaculó me dejó sola.  ¡Quedé en shock! Era una niña.

                      Al llegar a casa de inmediato le conté a mis papás y fuimos a poner la denuncia a Carabineros, aunque no me pude acordar de su cara. Fue realmente chocante.