acoso verbal

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    Estudio y trabajo en una universidad pública. Ese día, entraba a trabajar a las 09:00 horas, iba apurada a la pega casi corriendo para llegar al departamento. Cuando pasé por el lado del estacionamiento que está junto al Almacén General, dos funcionarios de la universidad, que estaban afuera del recinto, me silbaron e hicieron sonidos de connotación sexual mientras caminaba. Como iba apurada miré a estos sujetos, pero hice oídos sordos. Al llegar a la pega, de inmediato me enviaron a un salón, donde tendría que pasar por al lado de estos hombres otra vez.

    Caminé temerosa y haciéndome la loca, pero éstos al reconocerme me increparon diciendo: “Uh… No, si era sólo por detrás, por delante no tiene nada”. Y como si eso fuera poco agregaron: “Si estas niñitas son planas”, riéndose por mi físico.

    Me dieron unas ganas de responderles, pero luego pensé que ese era mi lugar de trabajo y que había mucha gente alrededor. Eso, sumado a mi notorio nerviosismo, terminó por hacerme callar. Luego hablé con mis jefes, quienes dijeron que tomarían medidas, pero para mí ese día ya había sido gris. Hace mucho no me ponía esos jeans, porque como se marcaban mucho mis caderas me habían gritado cosas y esta vez no fue la excepción.

    Me aguanté todo el día la angustia, pero camino a casa lloré de rabia e impotencia por haber tenido que soportar agresiones psicológicas y burlas sólo por ser mujer.

    Desde niña supe por mis padres, familiares y hermana que, sólo por pertenecer al género femenino, algunos hombres se sienten con el derecho de gritarte cosas en la calle o silbarte. Situación que muchas mujeres, de alguna manera u otra, se ven obligadas a aceptar por ser parte de la cotidianidad. Pero cuando estas acciones sobrepasan los límites y pasan de un silbido o cursilería a denigrarte con ordinarieces, da para preguntarse si estos hombres tienen hermanas, hijas o madres. No puedo creer que el instinto masculino le gane a las buenas costumbres o ¿será que la culpa radica en la crianza?

    No entiendo porqué tenemos que limitar nuestra forma de actuar y vestir por culpa de algunos hombres con mente primitiva.

     

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      Cuando recién empecé a manejar me ocurrió una situación muy desagradable y que por desgracia aún recuerdo. Iba bajando por una calle en la mitad de un taco que no se movía ni de buena voluntad. Al frente había una camioneta ‘’pick-up’’ en la que había varios hombres que parecían de una construcción. Uno de ellos hace bastante rato que me estaba mirando, hasta que me señaló con el dedo y le dijo algo a sus compañeros. Todos voltearon a verme y comenzaron a tirarme besos y a sonreír. No les hice caso y traté de ignorarlos, pero fue bastante complicado considerando que se encontraban a  sólo unos metros y era imposible moverme a otra pista. Los tipos insistían y cada vez se ponían más desagradables; de tirarme besos pasaron a relamerse los labios y a hacer gestos con los dedos (como mover la lengua entre los dedos índice y medio), y muchas cosas más que cada vez que me acuerdo se me hace un nudo en la garganta. En ese momento no podía hacer nada, ningún auto avanzaba y esos asquerosos seres seguían con su cuento y riéndose.

      En ese momento, me sentí atrapada y muy pequeña, porque esos asquerosos seguían con su cuento y no paraban. Fue tanto el acoso que rebajaron mi persona hasta que me puse a llorar, pero ellos siguieron riéndose. Luego de unos minutos por fin pude cambiarme de pista para no verlos más.

      Desde entonces, cada vez que veo una camioneta con gente en la parte de atrás, le hago el quite o me pongo extremadamente nerviosa.

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        Ese día estaba esperando a mi pareja que saliera de la universidad. Como yo había salido antes, decidí bajarme en el metro Baquedano y esperarlo en el Parque Bustamante. Había gente trabajando y haciendo deporte, así no me preocupé y me puse los audífonos para escuchar música. Después de un rato, pasó frente a mí un hombre de unos 27 o 30 años con una enorme cicatriz en el rostro que le atravesaba todo el pómulo. Obviamente, como no es algo que se ve todos los días, lo miré pero no con desprecio o algo por el estilo.

        Cuando hicimos contacto visual, me di cuenta que él ya me estaba observando. Bajé la vista pero fue demasiado tarde, porque él se sentó en mi misma banca. Me saludó y por educación respondí; en ese momento comenzó a cantarme “rapeando”, y me incomodó porque lo hacía muy cerca, así que decidí no mirarlo. Pero mi desprecio no funcionó, él se deslizo por la banca hasta quedar junto a mí y comenzó a tocar mi brazo de manera brusca para llamar mi atención. Luego me contó que estuvo en la cárcel, que se crió en la calle y algunas mentiras sobre cosas que decía tener. Yo no sabía qué hacer, me sentía invadida, y sólo atiné a mirar a la gente con cara de miedo, como pidiendo ayuda, pero nadie lo notó.

        El acosador me contó que me había visto desde que llegué, que era hermosa y que les había dicho a sus amigos que iría a buscarme. Luego me dijo que tenía un insecto en la zona de los pechos y me dio tanta rabia, porque obvio que era la excusa para decir alguna cochinada; así que le lancé una de esas miradas matadoras, pero él reaccionó rápido y dijo: “Noooo, no te pases películas( haciéndose el ofendido)”, y agregó: “Quien fuera bicho…”.

        Ojo que la situación no terminó ahí, porque sin inmutarse por mi reacción me preguntó si estaba esperando a alguien. Cuando supo mi pareja venía en camino no se limitó en preguntarme si a mi pololo le iba a molestar que él estuviera ahí conmigo, ya que pretendía quedarse hasta que llegara. Le respondí que obvio que sí. Fue entonces cuando el acosador dijo que si era así, le pagaría y que yo no podría hacer nada. Me horroricé y le grité: “¡Qué te pasa! Es mi pololo”. Me paré y salí corriendo.

        Lloré todo el camino, me sentí tan insegura que tuve que llamar a mi pareja para que que me fuera a buscar. ¿Cómo es posible que sólo nos sintamos seguras con un hombre al lado?

        Lo peor es que cuando se habla de este tipo de situaciones todos te dicen que debes encarar a los acosadores o simplemente irte, pero la verdad es que cuando te enfrentas a una (como me pasó a mí), el miedo te paraliza.

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          Tengo 25 años y desde que tengo memoria mi mamá ha trabajado en el caracol de Franklin junto a mi abuela en una peluquería. Yo soy bajita, morena y gorda; lo digo porque al ser “gorda” (tampoco es tanto, sólo tengo unos kilos de más y es debido a que padezco diabetes tipo 2, ya que cuando era niña mis abuelos me daban más dulces que comida y pesaba casi 70 kilos. Actualmente cuido mucho mi alimentación, aunque sigo con sobrepeso, y pese a que la mayoría de la gente piensa que los gordos (as) no tienen sexo o parejas estables, yo estoy emparejada hace 5 años y feliz. Esta introducción es para que entiendan un poco el contexto.

          Hoy estoy sacando mi segunda carrera y tengo ventanas largas en la universidad, por lo que voy a almorzar donde mi mamá. Un día que salí temprano, mi pololo me dijo que me esperaría allá (donde mi madre), para ponernos de acuerdo sobre un asunto. La cosa es que salí del metro, caminé y crucé el semáforo que está al frente del caracol de Franklin, y un tipo (un viejo) pasó por al lado mío y me dijo: “Uf la chanchita rica”. Me invadió mucha rabia y pena (era la única mujer que estaba cruzando), ya que yo no voy por la calle señalándole a la gente sus “defectos” físicos. No lo pude encarar porque un auto estaba esperando a que yo cruzara, pero no es la única vez que me han dicho algo o me han molestado en el sector de Franklin.

          Una vez enfrenté a un tipo que me tiró besos y me gritó cosas al bajarme de la micro, y escuché que con sus amigos me gritó: “Guatona re cualiá fea”, sólo porque los había encarado. Incluso una vez me llamaron puta, porque andaba con un vestido semiformal, un poco apretado y escotado. Estoy bastante cansada de este tipo de trato hacia nosotras.

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            Últimamente he estado muy interesada en el tema del acoso sexual callejero, porque sé la impotencia que se siente cuando viejos degenerados (lo digo así porque no hay otra forma de referirse a ellos) abusan de tu espacio y de tu libertad de tránsito; y lo hacen de tal manera que te hacen sentir vulnerable y violentada. Me ha pasado tantas veces que ya ni recuerdo la cantidad. He sufrido de piropos, tocaciones, seguimientos, alusiones sexuales a mi cuerpo, entre otras cosas. Y lo que más me enfurece es que he quedado tan frágil que no he podido responder.

            Una de mis peores experiencias ocurrió cuando tenía 13 años y venía de vuelta de la playa con una amiga. Un tipo viejo nos empezó a seguir y me asusté mucho, ya que él estaba cada vez más cerca. Caminaba hacia mí de forma tan intimidante que mi corazón se aceleró y mis piernas empezaron a temblar. Finalmente el viejo se acercó, me tocó el poto y me dijo al oído: “Tan hermosa que es usted”. Yo no sabía qué hacer hasta que un cuidador de autos le empezó a gritar que era degenerado y el acosador se fue. Desde ese día que siento un constante temor a salir sola a la calle. Además, ya me han pasado muchas cosas más como palabras al oído, agarrones o punteos en la micro que me hacen sentir, además de vulnerable, víctima de acoso.

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              Soy médico, estaba caminando por un pasillo de un hospital, con delantal e identificación,  y se me acercó la pareja de una paciente (junto a ella y con su hijo lactante en brazos) y me dijo: “Uf ojalá enfermarse con esa doctorcita”. No le importó ir al lado de su mujer; creo que ella no lo escuchó y yo no dije nada. El ordinario iba con su guagua y pareja, y le dio lo mismo, pero a mí no.  Después de eso no me ha vuelto a pasar algo así, al menos vestida como médico. No sé cómo reaccionaría si volviera a pasar.

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                Un día cuando me disponía a ir a clases particulares, un hombre de 18 años más o menos empezó a seguirme. Yo aceleré el paso, ya que nunca había sufrido acoso ni nada similar. Cuando ya estaba en la puerta del establecimiento, me percaté que el tipo se había quedado un poco atrás, pero sentí que iba a venir hacia mí. Me puse tan nerviosa, que empecé a tocar la puerta para que alguien me abriera; cuando por fin lo hicieron, él me dijo a escasos pasos: “Pero no se me esconda mamita”. El acosador se rió y no dejó de mirarme hasta que entré.

                Nunca había sentido tanto miedo. Algunas veces cuando voy sola, me acuerdo de esto y pienso en qué habría pasado si nadie hubiera abierto la puerta.

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                  Viajaba en metro por la línea cinco un domingo a las tres de la tarde, cuando un hombre se subió y comenzó a vender agua mineral diciendo que el agua estaba “rica, rica”. Sin embargo, como una ya está acostumbrada a ese tipo de agresiones lo dejé pasar. Luego, el vendedor se cambió de vagón y cuando me bajé del metro, en la estación Ñuble, el tipo también lo hizo y en vez de subir a otro vagón, me esperó. Casi nadie bajó del metro así que estaba prácticamente sola en el andén. La estación tiene sólo una salida, por lo que tenía que pasar por el lado de él, así que pasé sabiendo que me diría algo. Me susurró todo lo que me haría y estiró la mano como para agarrarme por la cintura o tocarme. Ante esta agresión, pegué un salto y avancé rápido. Me di vuelta y le grité: “Cagaste, le voy a decir al jefe de estación”. Bajé corriendo la escalera y le dije a un carabinero que estaba vigilando. Rápidamente él llamó a otro guardia y lo agarraron. Me ofrecieron poner una denuncia y pregunté bajo qué figura, a lo que el carabinero me respondió: “En realidad ninguna porque no la alcanzó a tocar”, y le dije: “Exacto, ninguna ley nos protege, pero a mí ya se me echó a perder el día”. Por mientras, yo tiritaba. Finalmente, anotaron el intento de tocación y lo detuvieron por vender agua.
                  Al carabinero se le caía la cara de la vergüenza por no poder hacer nada más, y me dijo: “A mi hermana le pasó lo mismo. Da rabia que no puedan andar tranquilas en la calle por tipos como éste”.

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                    Tengo 25 años y durante parte de mi infancia viví en un tranquilo barrio de Ñuñoa. Yo y una de mis hermanas menores (teníamos 10 y 7 años respectivamente) asistíamos a un colegio que quedaba a siete cuadras de la casa. Mis padres accedieron a mi petición de que yo y mi hermana volviéramos a pie después de clases. En una de esas ocasiones, en pleno día de verano y después de educación física, mi hermana y yo nos quedamos a mitad de trayecto mirando una cucaracha que estaba llena de hormigas. Estábamos las dos en cuclillas en la vereda y con el buzo del colegio (polera de manga corta y pantalones largos y sueltos); la calle no tenía casi nada de tránsito, salvo un ciclista que cada cierto tiempo daba la vuelta a la manzana y pasaba por donde estábamos nosotras.

                    Mi hermana estaba concentrada en mirar los bichitos y no se dio cuenta de nada, pero en una de las pasadas del ciclista, que era un hombre crespo y joven (aparentaba 20-25 años), escuché que algo iba diciendo. Cada vez que pasaba, se escuchaba un susurro. Me asusté, pero como sólo daba vueltas pensé que podía estar cantando, rezando o que tenía algún problema intelectual o psiquiátrico. Sin mirarlo, me incorporé un poco para poder oír mejor. Como a la décima pasada, ya ni siquiera desaparecía de la vista; sólo llegaba a la esquina, daba media vuelta y regresaba por la vereda donde estábamos, insistentemente. Después de eso fue que le entendí claramente lo que decía: “te voy a chupar la vagina, hueona”.

                    No les puedo explicar el terror que sentí. Toda la vida me dijeron que la calle era peligrosa, que a las mujeres se las llevaban hombres malos para violarlas, y yo con la escasa noción de sexualidad que tenía en el momento, no podía entender que un tipo así pudiera tener intenciones sexuales con niñas tan chicas. No sabía qué hacer, miré a mi hermana y temí que le pasara algo, si el tipo intentaba concretar su amenaza yo no podría igualar su fuerza física. Pensé en arrancar pero ¿cómo dos niñas le ganan corriendo a un adulto en bici? Luego miré al tipo y vi que nuevamente iba a dar la vuelta.

                    No dije nada, solo agarré a mi hermana del brazo, la arrastré hasta la casa más cercana y empecé a aporrear la puerta a manotazos y patadas, gritando para pedir ayuda. Salió una nana y entre sollozos le pedí si me podría prestar su teléfono para que me viniera a buscar mi mamá. Fue a preguntarle a dos jóvenes que estaban adentro, ellos fueron hasta la puerta y me preguntaron qué había pasado. Me costó decirles, lo único que quería era salir de esa calle y que el tipo no nos hiciera nada. Tuve que contar lo que me dijo, aunque me daba mucha vergüenza porque involucraba mis partes íntimas, y además mi hermana seguía sin notar nada y no quería que se asustara. El miedo fue más grande. Salieron a buscar al tipo, pero lógicamente se había ido.

                    Mis padres no hicieron ningún tipo de denuncia, se limitaron a contratar un furgón escolar. Para ellos esto era sólo la consecuencia de dejar que niñas anden solas en la calle, el curso “natural” al hacer las cosas de ese modo. El razonamiento es prudente, pero de él se desprende una realidad desesperanzadora: nunca recae la culpa en la gente que comete el acoso, sino en quienes transitan por la calle o bien en sus tutores. Por suerte nuestros padres no depositaron culpa sobre nosotras, creo que por eso y porque pude contarles lo que nos pasó, el daño no fue tan grave. Además el hecho fue opacado porque me diagnosticaron una enfermedad grave, e incluso hasta el día de hoy mis padres no saben que un niño de octavo básico nos empezó a pegar en el furgón. Mi hermana ni siquiera se acuerda.

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                      Hoy salí como a las diez y media de la mañana de mi casa para ir a la Universidad. Como subió la temperatura temprano, decidí ir con pantalones, una polera sin mangas y mi camisa leñadora favorita atada a mis caderas. Sé no es la ropa,  que no soy yo y no es mi culpa. Me bajé de la micro ya dándome cuenta de miradas. En la calle fui rápidamente hacia mi destino, como siempre, por la misma calle que, por cierto, tiene mucho flujo peatonal.

                      Caminando con la mirada perdida, porque tampoco suelo mirar a los ojos de quienes van y vienen, percibí con mi sexto sentido -ese radar de viejos calientes que tenemos o hemos desarrollas tras las experiencias- que venía uno.

                      Rozándome el hombro, por un descuido mío y un atrevimiento de él, me susurró lentamente “cosita”. Todavía lo recuerdo y lo registro junto a todas las otras experiencias similares que he vivido.

                      La situación la puedo sobrellevar, puedo sostener los episodios, tengo 21 años y un carácter bastante fuerte como para verme influenciada por estas prácticas. Aun así, no deja de ser la situación más discretamente aberrante que podría pasar una persona. Me preocupa aquellas (y aquellos, para no restringir la situación a cuerpos femeninos) que no tienen el equilibrio suficiente para no destruirse la vida por estas vivencias.