Agarrón

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    Era una tarde cualquiera, yo iba caminando por una de las calles más transitadas de Antofagasta, hacia el dentista. Sentía las miradas babosas de algunos hombres, pero las ignoraba porque no sabía qué hacer, así que seguí caminando. Luego de un rato, pasó al lado mío un hombre de treinta y tantos años y se atrevió a tocar uno de mis senos y decirme: “me lo comería todito, mi amor”. Quedé en shock, me di la vuelta y por un rato me quedé ahí mirando cómo se alejaba como si nada hubiese hecho, como si no acabase de tocarme, de agredirme y de humillarme. Comencé a maldecir hasta a mi genética por tener muchas curvas y entre esos pensamientos, se me cruzó el “no es tu culpa”. Me decidí y comencé a correr detrás del tipo, estaba esperando el semáforo como dos cuadras más allá y yo no me iba a quedar de brazos cruzados. Corrí y cuando lo tuve al lado mío, me miró y me dijo: “ah, te quedé gustando”. Me enojé y le pegué con el codo en todo lo que se llama cara. “¡Maraca de mierda, puta, zorra” y otros garabatos me siguió gritando mientras le sangraba la nariz y yo me alejaba de su lado.

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      Estaba en la micro sentada mirando por la ventana, hasta que de pronto sentí que pasaron a llevar uno de mis senos, me acomodé bien en mi asiento para no rozar y miré a quien estaba al lado mío: era un hombre vestido de terno de unos 35-40 años. Me miró con una sonrisa coqueta, tomé mi bolso con toda seguridad con la intención de salir de mi asiento y en ese segundo, con sus dos manos, agarró mis dos senos y me dice “adonde vai mijita rica”. Sin duda le di una cachetada y empezó a reír a carcajadas, toda la gente de la micro comenzó a mirarme y él me dijo “¿qué te hice ahora alaraca para hacerme eso?”. Me dio tanta rabia que grité todo lo que hizo, pero la gente empezó a defenderlo, decían que era una agresiva, que eso no se hacía, que cómo no iba a hacerlo si yo andaba vestida con pantalón apretado (eran jeans ajustados de esos que usa casi todo el mundo), que las señoritas no andaban en esas cosas, que cómo me sentaba al lado de un hombre. Luego, acarició mi rostro y me dijo “linda, no pasó nada, tranquila, siéntate no más y deja de huevear”.  No me quedé de brazos cruzados e insistí en que no tenían por qué defenderlo si no tenía ningún derecho a tratarme así.  En ese momento,  todos empezaron a gritarme y a defenderlo aún más, insistiendo en que querían viajar tranquilos y yo estaba molestando. ¿Acaso yo no tengo derecho a viajar sentada y tranquila también?

      Fue tanto el alboroto en la micro, que el chofer me insistió que dejara de molestar o me iba a tener que bajar. Lamentablemente tuve que hacerlo. Apenas bajé comencé a llorar, no quise llamar a nadie porque eran como 40 personas dentro de la micro. Estaba segura que nadie me iba a apoyar y tuve que caminar 25 minutos sola e  insegura por tratar de defenderme.

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        Por cosas de la vida me desarrollé un poco antes que la mayoría de las niñas de mi edad. A los  11 años ya tenía el cuerpo más formado, más de adolescente y  a los 10 años me había llegado la regla. Estas dos cosas me hacían sentir incómoda y al ver que a mis amigas no les pasaba lo mismo, me sentía rara, sólo quería seguir siendo una niña y jugar como las demás.

        Explico eso para dar contexto a algo que me pasó a los 12 años más o menos. Recuerdo andar de la mano con mi mamá por Santiago Centro en verano, hacía calor así que andaba con short, polera y chalitas, cuando sentí que alguien me agarró el trasero. Quedé congelada, no atiné a decir algo, sólo me di vuelta asustada y vi a un viejo canoso agarrándome el trasero; no conforme con eso, dio un par de pasos tras nosotras sin soltarme. Mi mamá no se dio cuenta y yo no fui capaz de contarle, no entendía bien que había pasado, sólo sabía que estaba asustada.

        Desde chica me acostumbré a andar siempre con audífonos para no escuchar las cosas que me decían hombres de toda edad como si fuera un halago, como si me fueran a seducir diciendo qué me harían, como si me interesaran sus palabras enfermas y depravadas.

        Hoy, por el mismo cuerpo voluptuoso, no me siento tranquila saliendo vestida como quisiera a la calle, porque si usas un poco de escote te quedan mirando con cara de depravados y ni intentar salir con shorts o calzas sin por lo menos recibir algún comentario respecto a mi figura. Parece que algunos hombres no entienden que si una se arregla y se quiere ver linda no es para llamar su atención, sino para sentirme cómoda, para yo encontrarme linda; su opinión sobre mi apariencia no me interesa en lo más mínimo y mucho menos cuando no la pido.

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          El 30 de Agosto del 2016, cuando me dirigía al Metro después de una junta con una amiga, el nivel de acoso callejero al que (lamentablemente) me veo expuesta a diario, subió de nivel. Esta vez no me acosaron verbalmente, esta vez ME TOCARON y respondí. En esta ocasión mi acosador cruzó los límites de mi reacción y me paralicé. No supe qué hacer, no lo esperaba. Sentí un fuerte golpe en mi trasero y, como si fuera poco, agregó una frase de connotación sexual. Inmediatamente identifiqué a mi agresor huyendo en bicicleta delante de mí, mientras yo analizaba lo ocurrido y le pedía a mi cerebro que me explicara qué había pasado. ¿Por qué siento dolor? ¿Me tocó? ¡ME AGREDIÓ! ¡UN EXTRAÑO ME AGREDIÓ! Y no sólo me acosó, me humilló. Porque yo, teniendo un punto de vista radical y más que firme con respecto a este tipo de situaciones, sentí vergüenza, a pesar de saber que no fue mi culpa, a pesar de que mi grito de furia y llamado de atención aletargado dijera lo contrario. Luego, vino la incontrolable rabia de saber que mi cuerpo dejó de ser mío en esos segundos, dejé de ser persona y fui un objeto a sus ojos, a esos asquerosos ojos.

          Cuando llegué a mi casa, aún me dolía el violento golpe, pero a pesar de eso mantuve silencio. Me guardé la rabia, porque sabía que si le contaba a mi mamá, su atención se iría al hecho de que regresé muy tarde. Frustrada y con ganas de no quedarme paralizada (como lo estuve en ese momento) quise escribir y compartir lo que está a continuación:

          Hoy un hombre más se creyó el cuento de la superioridad, se creyó la mentira del machismo, se creyó con derechos sobre mi cuerpo y reprimió mi libertad. Hoy un hombre me acosó manifestando su opinión sobre mi apariencia (que nadie pidió) y se sintió con el derecho a tocarme violentamente al pasar. Pero lo más terrible fue reconocer, luego de la violación a mi espacio personal y privado, su juventud entre la cobardía que dejó el viento de su bicicleta. Es irrefutable que el patriarcado sigue pariendo más acosadores cada día, como hijitos pródigos y violentos de un sistema podrido.

          ¿Qué esperan de las mujeres los acosadores? NADA, porque no esperó a que le hablara, no esperó mi aprobación para acercarse, ni tampoco mi percepción de lo que hizo. Lo único que buscan es reafirmar el poder que la sociedad les ha otorgado sobre el cuerpo femenino. Es por esto que decido publicarlo, porque no podemos normalizarlo más, no puedo llegar y acostarme como si nada. Justificándolo con que era de noche, que mis jeans son apretados, que andaba sola. Hay que entender que no hay justificación y que, como él, hay muchos que andan por la calle y por la vida creyendo y transmitiendo las mentiras que les han hecho creer generaciones de machotes acosadores, abusadores y cobardes. La degeneración no se justifica, se combate.

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            Me encontraba en el departamento de informática de la Universidad de Santiago, ubicado en Estación Central. Estaba sentada junto a otros compañeros de la carrera, conocidos y desconocidos, mientras hablaba por télefono. De pronto, se acerca un compañero que no veía hace tiempo, me saludó y luego pasó por detrás mío. Justo en ese momento, sentí un tirón de mi ropa interior, claramente intencional. Es más, el elastico llegó a golpear mi piel. Me di vuelta y vi como él se alejaba, sonriéndome de forma burlesca.

            Al principio, me cuestioné si mi pantalón no me protegió lo suficiente para haber evitado que se notara la ropa interior. Pero con el pasar de los días (e incluso años), me di cuenta que eso nunca debió haber ocurrido, independiente si mi ropa interior se encontraba visible o no, no era posible tal acto.

            También recordé que ese mismo compañero intentó tocar mis senos camino a la casa de otro compañero. Varios compañeros caminábamos para ir a carretear, yo iba al lado de él hablando, cuando de pronto hace el gesto de tocación. Le tomé la mano y le dije que no. Él respondió diciendo “shh shh”, haciéndolo pasar por algo normal. Incluso sabiendo él que yo estaba pololeando y él conocía a mi pololo de ese entonces.

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              Tengo 22 y creo que he sufrido muchos más acosos que los años que tengo. Me han asaltado tres veces y en mi etapa escolar sufrí a diario miles de punteos

              En mi etapa escolar sufrí miles de acosos, el más chocante fue en los años que me movilizaba en la hora punta hacia mi liceo. Un viejo verde empezó a tocarme la vagina. Probablemente tenía hijas y nietas. Quedé paralizada y solo atiné a pegarle un codazo y tratar de moverme. En ese momento, el cobarde se movió rápido.

              Después en la universidad sufrí otro episodio de violencia. Recuerdo que a eso del mediodía iba camino a la micro, pero para llegar al paradero tengo que pasar por una calle solitaria, donde por una cuadra es solo pared y rejas de unas parcelas. Me faltaba la mitad de esa calle y vi que un auto dio la vuelta en U, estacionándose justo frente mío, en una vereda que es muy chica. Escuché que algo me dijeron desde la ventana y al mirar, vi que el huevón se estaba pajeando y gritándome cosas sexuales. Comencé a caminar rápido hacia donde hubiera más gente. Me di vuelta para ver la patente y el tipo empezó a retroceder el auto para seguirme. Ahí tuve que correr hasta llegar a un sitio concurrido, pero el loco volvió a avanzar. Mi miedo y desesperación fue terrible. No sabía qué hacer ni a quién acudir. Llamé a los pacos, pero no hicieron nada. Después de un largo rato, tomé la micro y el huevón seguía ahí.

              Creo que nunca había relatado todas las cosas que me han pasado, y eso es solo una parte, pero ¿qué se puede hacer? Solo sé que tipos como esos, no lograrán que ande con miedo. Mujeres, somos fuertes, somos más y por eso hay que aprender a defenderse, porque son unos cobardes que se creen superiores a nosotras, pero cuando los enfrentamos se descolocan. Luchemos, no nos rindamos, hermosas mujeres. ¡Luchemos por nuestro respeto!

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                Tenía 12 años cuando ocurrió. Debía de tomar locomoción a mi hogar después del colegio, así que decidí tomar la micro y sentarme atrás. No me di cuenta que había un hombre sentado en la misma corrida de asientos, quien al momento de bajarme, me siguió hasta la puerta y me tocó violentamente la vagina. Yo iba vestida de uniforme, con la falda hasta las rodillas, sin provocarlo.

                Bajé desconcertada y llorando ¡Solo quiero que se haga justicia y se nos respete por siempre!

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                  Hoy a las 08:30 hrs. iba caminando y doblé en la intersección de las calles Castellón y Carrera, en Concepción. En la esquina de estas calles, un hombre, si es que se le puede llamar así, me acosó sexualmente en la vía pública (me dio un agarrón en la vagina). Quedé estupefacta y como se dio a la fuga no pude reaccionar de ninguna manera.

                  Este sujeto tenía entre 45 o 50 años, medía 1,70 cm., aproximadamente, era moreno, de ojos café, pelo corto negro y con partidura al lado), andaba vestido con jeans y chaqueta azul eléctrico con una huincha blanca en el pecho.

                  Nadie me prestó ayuda, ya que solo iban dos personas y no vieron muy bien la situación. Después de que ocurrió todo, arranqué porque me dio miedo que el tipo me siguiera. Cuando iba a la altura de Freire con Castellón vi que el tipo había vuelto a la esquina donde me atacó, sin ningún temor. Me imagino que volvió con la intención de atacar nuevamente a otra víctima.

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                    Salí a comprar a eso de las cuatro de la tarde y no tenía llaves. Mientras llamaba a mi mamá desde la calle para que me abriera la puerta, se acercó un tipo en bicicleta, me dio un agarrón en el poto y siguió pedaleando tranquilamente.

                    Más adelante viví situaciones parecidas, pero con más dolor físico y psicológico. Hoy solo quiero perder el miedo a caminar sola en la calle.

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                      El día 29 de enero iba de vuelta a mi casa a eso de las 3:00. Me había juntado a conversar con una amiga en Providencia y tomé una micro en Bilbao. Generalmente tomo taxi para evitar acosos, pero esta vez andaba sin plata. Me bajé en Bilbao con Salvador y de la misma micro se bajó un tipo. Me empezó a seguir y se me acercó para preguntarme hacia dónde quedaba una calle y yo le respondí. Después, empezó a acercarse cada vez más y me agarro el trasero con mucha fuerza, a lo que reaccioné y lo insulté preguntándole: “¿¡qué hueá te pasa!?”. El me respondió textualmente: “quiero tocarte el choro po’, ¿¡qué tanta hueá!?”, con una actitud muy agresiva. Cada vez sentía más miedo, lo insultaba, pero él me respondía con cosas cada vez más violentas, con amenazas y apuntaba a cómo estaba vestida, como si yo estuviera mostrando piel o queriendo que me acosaran. A medida que pasaba el tiempo, me paralizaba y asustaba más y más. Mientras él me gritaba cosas de índole sexual y se acercaba con la intención de arrinconarme. Logré correr al paradero más cercano mientras él se alejaba como intentando esconderse.
                      Dos hombres que estaban en el paradero me calmaron. Les conté lo que pasó y me dijeron que me quedara tranquila y que ellos se preocuparían de que llegara bien a mi casa. Afortunadamente llegué bien, pero casi no dormí esa noche. Sigo traumada, con miedo y con mucha rabia con la esperanza de que esto sea considerado un delito.