agresión verbal

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    Sarah Teale, periodista de BBC Nottingham (Reino Unido), fue acosada por un hombre quien le gritó obscenidades sexuales justo cuando ella realizaba un reportaje sobre el acoso callejero. Este tipo de situaciones de violencia son comunes para quienes investigan agresiones sexuales.

    De acuerdo a lo publicado por BBC News, Sarah Teale se encontraba sentada afuera del Nottingham Women’s Center (‘‘Centro de la Mujer de Nottingham’’), en el donde se estaba llevando a cabo una conferencia sobre acoso callejero, cuando se perpetró la agresión. En el video, que posteriormente fue subido a la página de Facebook de BBC Radio Nottingham, la periodista decía: ‘‘Un estudio muestra que un 95% de las mujeres aseguró haber sido acosada o víctima de obscenidades verbales en la calle. Muchas también indicaron que han sido manoseadas de forma inapropiada en público’’. En cuanto Teale terminó de hablar, se pudo oír a un hombre emitiendo un comentario que posteriormente fue censurado. La periodista muy sorprendida y  ofendida señaló al agresor y dijo: ‘‘¡Sí, así mismo!’’.

    Más tarde, Teale escribió en twitter: “Ironía. Informando sobre cómo el 95% de las mujeres son víctimas de acoso verbal y un hombre me grita obscenidades sexuales”. Además declaró a BBC: ‘‘No es divertido y nadie debería soportarlo. Es obvio por mi reacción que no fue actuado. El hecho de que sea considerado una moda no lo hace menos ofensivo’’.

    La autora de ‘‘Acosada en el Paseo Ahumada’’, Rosario Castillo, evidencia cómo la violencia de género afecta a todos por igual, sin diferenciar edad, profesión y menos a quienes investigan el fenómeno. En el texto, la periodista chilena -gracias a un experimento social donde ella es la protagonista- describe la vivencia de una mujer acosada en el centro de Santiago a la hora peak, y cuenta cómo las víctimas deben cambiar y adoptar su interacción con los otros y con el espacio público debido a estas malas prácticas.

    La vivencia de Castillo es una situación bastante común entre las investigadoras de acoso callejero, quienes usualmente se transforman en víctimas de la misma. Fenómeno que se vuelve más extremo en sociedades donde la cultura de la violación y el silencio se encuentra mucho más arraigada. Un ejemplo de ello es Egipto. Hace un par de años se produjeron cientos de violaciones en los 18 días que duraron las manifestaciones contra el Presidente de ese entonces, Hosni Munarak, y que culminaron con su caída.  Estos ataques sexuales fueron perpetrados por manifestantes y policías, en su mayoría, hacia periodistas extranjeras que estaban cubriendo las agresiones que las mujeres sufrían en estas protestas.

    En esa línea, María José Guerrero, coordinadora del Área de Estudios de OCAC Chile señala: ‘‘No es casual que una mujer que esté investigando un caso de acoso sexual callejero sea víctima del mismo. Si bien es irónico, mientras sigan existiendo las estructuras que posibilitan este tipo de violencia, esta no se limitará a los sujetos investigadores (por más que la periodista la esté evidenciando simultáneamente). Por lo tanto, el desafío es seguir trabajando para que el acoso callejero deje de ser considerado como un hecho aislado y pase a ser visto como un problema social que nos afecta a todos y todas, y que sea considerado como tal por las instituciones públicas’’.

    Imagen: BBC News

    Por: Alejandra Pizarro

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      Viajaba en metro por la línea cinco un domingo a las tres de la tarde, cuando un hombre se subió y comenzó a vender agua mineral diciendo que el agua estaba “rica, rica”. Sin embargo, como una ya está acostumbrada a ese tipo de agresiones lo dejé pasar. Luego, el vendedor se cambió de vagón y cuando me bajé del metro, en la estación Ñuble, el tipo también lo hizo y en vez de subir a otro vagón, me esperó. Casi nadie bajó del metro así que estaba prácticamente sola en el andén. La estación tiene sólo una salida, por lo que tenía que pasar por el lado de él, así que pasé sabiendo que me diría algo. Me susurró todo lo que me haría y estiró la mano como para agarrarme por la cintura o tocarme. Ante esta agresión, pegué un salto y avancé rápido. Me di vuelta y le grité: “Cagaste, le voy a decir al jefe de estación”. Bajé corriendo la escalera y le dije a un carabinero que estaba vigilando. Rápidamente él llamó a otro guardia y lo agarraron. Me ofrecieron poner una denuncia y pregunté bajo qué figura, a lo que el carabinero me respondió: “En realidad ninguna porque no la alcanzó a tocar”, y le dije: “Exacto, ninguna ley nos protege, pero a mí ya se me echó a perder el día”. Por mientras, yo tiritaba. Finalmente, anotaron el intento de tocación y lo detuvieron por vender agua.
      Al carabinero se le caía la cara de la vergüenza por no poder hacer nada más, y me dijo: “A mi hermana le pasó lo mismo. Da rabia que no puedan andar tranquilas en la calle por tipos como éste”.

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        Ahí estaba yo, saliendo de la pega. Aún hacía calor, pero una suave brisa refrescaba mi ida a casa. Desde lejos, vi en el paradero a un lolita alta, pelo crespo, negro, largo; delgada, vestida con una falda muy linda. Mientras caminaba, pensé en mi Amparo y que desde lejos a pesar de la diferencia de edad se parecía físicamente a esta muchacha.

        Cuando me acerqué más para llegar al mismo paradero, la miré y vi que llevaba una holgada polera que dejaba ver parte de su muy lindo sostén, tipo traje de baño. En ese momento, mientras volvía a pensar que se parecía mucho a mi chiquilla, pasó una camioneta llena de “hombres” y paró frente a nosotras. Comenzó un bombardeo de “piropos” de aquellos trogloditas hacia nosotras en el paradero. La niña me miró asustada y caminó a mi lado, le dije: estos tipos no tienen hijas, ni mamá, ni hermanas. Ella me regaló una sonrisa asustada, me preguntó qué micro tenía que tomar y me explicó que íbamos al mismo lugar. Me pidió irnos juntas para evitar “piropos” ordinarios, que quizás juntas se atrevería a responderles con alguna frase célebre que los hiciera callar.

        Subimos en silencio a la micro, buscamos un par de asientos y me comentó lo asustada que se sintió, que quizás no debió ponerse esa polera. Me sentí indignada, con rabia y pena al mismo tiempo y le dije que se sintiera libre de vestir cómo guste y se sienta cómoda, que nadie le quite la libertar de sentirse bella caminando por la calle, que no debería dejar que nadie le quitara ese derecho.

        Ahora pienso que mis hijas caminarán asustadas de que uno o más troglodita las empapele de violencia callejera. Así es: que un tipo se quede mirando tu escote es violencia; que alguien se te acerque sin conocerte a decirte que “tai rica” al oído es violencia en su máxima expresión; que uno o más tipos te griten por diversión en la calle es una agresión.

        ¡Basta de “galanes” cumas e indecentes que se creen con la libertad de decirlos lo que se les ocurra!

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          Siempre he estado en contra de los ‘‘piropos’’, desde que era muy pequeña sentí que era una injusticia recibir opiniones ajenas sin pedirlas. Por eso, desde que empecé a moverme sola por la ciudad, cada vez que podía respondía a cada uno de los ‘‘piropos’’ que escuchaba. Partieron desde el “tú eres feo” (cuando me decían ‘’súper linda’’) hasta empapelarlos en chuchás como hoy en día. Sin tapujos.

          Un día iba caminando con una amiga cerca de la Plaza Brasil (nosotras entramos a trabajar en nuestra profesión hace poco, por eso nos vestimos bonitas y siempre bien arregladas). Cruzamos corriendo un semáforo porque ‘’el mono verde estaba saltando’’ y nos tocó la mala suerte de que en la otra esquina había dos ‘’machos alfas’’ en una camioneta, que no encontraron nada mejor que bajar el vidrio del auto para asomar la cabeza y vernos de espalda (obvio que de frente nos miraron con una cara asquerosa). Iba conversando con mi amiga y cuando pasamos al lado de su ventana del auto les grité “¡¿QUÉ MIRAN LOS CONCHESUMADRES DEGENERADOS, ASQUEROSOS?!”. No les di pie siquiera para tirar el famoso ‘‘piropo’’. Obviamente no dijeron nada, porque hasta ahí nomás les quedó “la hombría” cuando los encaré.

          Lo que me llamó la atención, fue la reacción de mi amiga, que se puso roja y a reír. Yo le expliqué que consideraba justa mi acción, que no hay que abrirles paso ni siquiera a mirar, y que si no lo hacemos nosotras mismas, nadie lo va a hacer.

          No justifico la agresión, pero en el fondo de mí espero que mi agresión verbal al menos sirva de algo en contra de estos degenerados.

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            Un día salí a caminar y un tipo que vendía cómics en la calle, me preguntó si me gustaban. No ando por la vida pensando que la gente es malintencionada y creí que serían un par de minutos de conversación interesante, así que le dije que sí. Él me dijo que me quería hacer un regalo, un dibujo de un superhéroe. Pasó un segundo y el tipo me tomó la polera y me metió el dibujo a los sostenes.

            Yo me eché para atrás y le dije “¡NO!”, y me empecé a ir media congelada, caminando como robot, descolocada. Entonces él me empezó a gritar “es porque eres gordita, verdad”, “¡es porque erís guatona!”. Yo me alejé más rápido y como una cuadra lo escuché gritarme “guatona culiá”, más de una vez. Él estaba con un amigo y los dos se rieron en mi cara. Yo estaba con depresión y es verdad que estaba pasada de peso, pero ¿a él qué le importa? Además él me abordó a mi. Él no sabe por qué yo estaba así. Me hizo sentir asquerosa, sucia y con el autoestima más por el suelo de lo que ya estaba.

            Ha pasado como un año y medio de esa situación y aún me cuesta mucho relacionarme con los hombres. Odio caminar por la calle y sentirme congelada y como robot cuando siento esas miradas asquerosas, los comentarios, los silbidos y -peor aún- los toqueteos. Yo sé que esto me afectó de sobremanera debido al estado emocional en el que me encontraba en ese momento y en el que aun estoy un poco. Pero ninguna, NINGUNA mujer merece ser tratada de esa forma.

            Quiero dejar de sentirme así. Cada vez que me pasa algo en la calle me acuerdo de esa situación. Con cada “preciosa”, que algunos estúpidos piensan que es de los más “educado” o “poético”,  me acuerdo de esa situación.

            Ahora estoy mejor anímicamente y automáticamente “mejoró” mi apariencia. Lo pongo entre comillas, porque eso al final sólo tiene que ver con los cánones dictaminados por la publicidad sexista y demases. Al final sólo es peor, porque ahora recibo el doble de molestias en la calle.

            El machismo tiene que morir y ojalá pronto. Yo no quiero nuevas generaciones de mujeres volviendo a pasar por estas situaciones una y otra vez.

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              Por Daniela

              Yo no quiero ser mujer en Santiago.

              Un regreso siempre puede ser caótico, no lo veo como algo negativo. Se aprende, nuevamente, a posicionar los pies en la tierra. Me fui de Chile por un año y dos semanas, nada más. Conocí mucha gente, culturas, lugares y acumulé un sinnúmero de experiencias buenas y malas. Quizás en la distancia idealicé el retorno, me acordé del baile, familia y amigos. Sin darme cuenta, en un año mi comportamiento y sentir cambió. Ayer cumplí una semana en Santiago y me vi llorando de impotencia en una micro.

              Un día desperté en Santiago, caminé con mi mochila al metro y me encuentro con los precios de los pasajes: ¡horror! Pero con mi optimismo me propuse adquirir una bici en el corto plazo y perderle el miedo a bicicletear por las calles de Santiago.  Compré una tarjeta Bip! y decidí tomar una micro para ver y admirar Santiago. Cuando terminé mi trayecto y me disponía a bajar de la micro, me vino el más vil de los recuerdos. “Huachita rica”.

              Fue como si mi mochila instantáneamente pesará, con cada segundo, más y más kilos. Tragué saliva y me acordé que andaba con shorts, que mostraba piernas y brazos y que eso en Santiago “se paga”.

              Dos hechos me pasaron en esta semana. El primero, iba en una micro y había un  idiota  molestando a una joven -tendría 16 años la niña-, se puso al lado a mirarle las tetas descaradamente. Se acercó, casi rozando el cuerpo de la adolescente, ella se corrió y él le lanzó un beso. Me salió innato el “déjala tranquila, hueón”. El tipo me hizo un gesto levantando la pera y una señora mayor le comentaba a su nieta o sobrina “si anda mostrando qué espera pueh”. Enfurecí, me ardía la garganta y me latía el estómago de ganas de gritar. Miré casi cómplice, con dolor a la adolescente violentada,  que tuvo que aguantar a aquel pelmazo, quizás no es el primero y, obviamente, no el último.

              El segundo episodio fue el viernes. Salí a una entrevista de trabajo, por lo que iba mas formal. Acercándome al paradero me crucé con un grupo de idiotas que me empezaron a agredir gritándome cosas que yo no quería escuchar. El último de ellos me gritó ya cerca del oído, me di vuelta y le dije “cállate, culiao”. En coro, como ladridos de perros, me empezaron a gritar desde “te creís la muerte guatona culiá”, hasta “te creís la raja porque erís rucia”, “cuica culiá que hacís aquí po”. Me subí a la primera micro que pasó, no miré el número, no me importaba, solo quería sentarme a llorar. Y lo hice. Lloré, me dolió la garganta de tanto llorar.

              Creo profundamente (o creía) que a la violencia no se le trata con más violencia, pero  la indiferencia no es remedio tampoco. Dar gracias cuando llego a casa porque hoy nadie me tocó el poto en la calle o sentirme culpable por cómo visto  no puede ser parte de la cotidianeidad en la vida de una mujer.

              Es muy duro volver, cuando ya había olvidado las miles de formas de violencia que día a día se pueden sufrir en Santiago.  Éste no es sólo un comportamiento de Chile, mi primer shock, cuando me di cuenta de que estaba en Latinoamérica, lo tuve en Buenos Aires, donde fue parecido.

              ¿El miedo es normal? Pero ¿y si no quiero vivir con miedo al salir a la calle? Sí, tenemos miedo, muchas, quizás todas, pero eso no implica que sea normal. Yo no quiero vivir en esta normalidad.

              No es justo y  no sé qué hacer. Personas me dicen “tranquila, te vay a acostumbrar, es solo porque estai recién llegá”. ¡¡Yo no me quiero acostumbrar!! Exijo que nadie se acostumbre y que nadie lo mire como algo normal. Y sigo sin saber qué hacer.