asustada

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    Ya sabía lo que era sentirme denigrada al caminar, pero hace un tiempo experimenté mi mayor miedo.

    – Huachita te espero mañana – dijo tocando mi cuello.
    Al llegar al colegio sólo rompí en llanto y no supe qué hacer.

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      A lo largo de mi vida he sido acosada a diario, pero lo que más me marcó sucedió hace dos años. Eran cerca de las 22.00 horas, estaba oscuro y salí de mi departamento para ir a dejar a mi novia al colectivo. Cuando iba de vuelta, un tipo pasó en un auto a baja velocidad, me miró y sonrío mientras se masturbaba. Rápidamente atravesé la calle asqueada y sin poder creerlo.

      Aceleré el paso y el tipo comenzó a seguirme por la calle. De repente se subió a la vereda y me bloqueó el paso. Atravesé la calle, asustadísima, creyendo que el tipo se iba a bajar del auto o qué sé yo. Volvió a cruzarse en mi camino y detuvo el auto, esta vez frente a mi departamento, por lo que sin pensar corrí sin pensar antes que el tipo hiciera cualquier cosa. Mi madre no sabía cómo tranquilizarme, lloré por horas. Aún temo salir de noche y cada vez que un auto aparece en la oscuridad se me aprieta el corazón.

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        Al inicio de mi pubertad, hombres de todas las edades (viejos, universitarios y adolescentes mayores que yo) se tomaron el derecho de decirme cosas a mí, una niña de doce años que recién comenzaba a entender los cambios en su cuerpo y lo que sería ser mujer en las calles.

        Lo que más recuerdo son dos eventos, ambos a mis 14 años. El primero, fue cuando me acercaba al paradero de mi población a tomar micro. Vi a un señor de unos 70 u 80 años que, mientras caminaba hacia mi dirección, me miraba con gracia. Pensé que por observarme de esa manera, y estar en el paradero de mi población, quizás conocía a mi mamá (ella conoce a todos). Entonces pasó por mi cabeza que debería saludarlo, pero él se agachó para ver de frente mi trasero y decirme algo horrible que ni repetiré. Me aterré y encontré el colmo que ni si quiera un adulto mayor respete a una niña que anda sola por la calle.

        El segundo fue aún peor. Andaba con mi mejor amiga en bicicleta en una villa cercana a la casa de mis padres, cuando un furgón de una famosa panadería comenzó a seguirnos. Nos hicimos a un lado pensando que así nos dejaría, pero no. Nos tiró el furgón para llamar nuestra atención y luego se detuvo, exclusivamente, para hacernos gestos con sus manos y lengua.

        Ninguna de estos traumáticos episodios se lo conté a mis padres, solo a unas amigas y resultó que todas habían sufrido acoso callejero.

        Yo ya no quiero que esto sea normal y que tengamos que pasar por lo mismo, menos que sea una situación transversal a todas las generaciones; ni que nuestras niñas tengan que sufrir esos sucios momentos en las calles y que deban “aprender” a afrontarlos.

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          Soy una mujer en la mitad de los 20. A lo largo de mi vida, hombres en la calle me han gritado, silbado, susurrado, dado agarrones, me han seguido y se han expuesto frente a mí. Todo desde más o menos los once años. Después de casi 15 años de no poder caminar con tranquilidad por la calle, siempre temiendo que alguien pueda decir algo, me he convertido en una mujer cansada. De solo pensar en la cantidad de mujeres que cargan con su propia mochila de años de acoso, me siento también una mujer derrotada.

          De todas aquellas experiencias que puedo recordar, hay una que está en el centro de mi mente: tenía 16 años y había salido recién del colegio una tarde y caminaba a tomar la micro cuando paré a esperar una luz verde. Casi al cambio, un auto se detuvo en la esquina frente a mí y escuché a los hombres en su interior decirme casi gritando un “elogio” a cómo me quedaba la ropa que estaba ocupando, o sea, un jumper y corbata de colegio. Instintivamente subí la mirada y vi frente a mí un auto de carabineros con dos hombres dentro que me miraban y sonreían. Sí, Carabineros, los defensores de nuestro bienestar estaban ahí “piropeando” a una (y por ninguna parte alguien podría haber pensado que yo no lo era) escolar.  Traté de no congelarme y crucé la calle.

          Es cierto que en cuanto a acoso he vivido muchas otras experiencias que podrían ser consideradas “peores”, pero jamás se va a comparar a la sensación de vulnerabilidad, de rabia y decepción que sentí en ese momento. Para una adolescente ese es un golpe en la cara que deja escrito “estás sola, no hay nadie que pueda ayudarte en este momento ni nunca.”

          Puede que después de eso me haya vuelto más fuerte, pero de seguro me volvió más débil también. Comencé a tener miedo a las multitudes y a que la gente me mirara. Si salir de mi casa era realmente necesario, desde la puerta me ponía audífonos con música y pretendía que nada pasaba a mi alrededor.

          Después de años y mucho trabajo ya no trato de esconderme del mundo. Pero no porque me haya acostumbrado a este sistema mental en el que todos estamos insertos, sino porque he perdido la esperanza; la fe en esta “humanidad”. Incluso mis ganas de en el futuro tener un hijo o una hija se desmoronan. No quisiera traer a una mujer a esta sociedad machista y discriminadora que pareciera estar esperando por su próxima víctima. Ya dejé de achacarme al escuchar un “piropo” y dejé también de defenderme con palabras contra ellos porque sólo lograba deprimirme más. Ahora, aunque sé que no es la opción perfecta, cuando un “auto de aquellos” se detiene en alguna esquina, o algún hombre se acerca o me dice algo desagradable, tomo mi celular y comienzo a grabarlo. O al menos actúo como que lo estoy grabando. No discuto, sólo lo enfoco con la mínima esperanza de que al menos algo del miedo que nosotras sentimos lo sientan ellos al ser expuestos.

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            Tengo 22 y creo que he sufrido muchos más acosos que los años que tengo. Me han asaltado tres veces y en mi etapa escolar sufrí a diario miles de punteos

            En mi etapa escolar sufrí miles de acosos, el más chocante fue en los años que me movilizaba en la hora punta hacia mi liceo. Un viejo verde empezó a tocarme la vagina. Probablemente tenía hijas y nietas. Quedé paralizada y solo atiné a pegarle un codazo y tratar de moverme. En ese momento, el cobarde se movió rápido.

            Después en la universidad sufrí otro episodio de violencia. Recuerdo que a eso del mediodía iba camino a la micro, pero para llegar al paradero tengo que pasar por una calle solitaria, donde por una cuadra es solo pared y rejas de unas parcelas. Me faltaba la mitad de esa calle y vi que un auto dio la vuelta en U, estacionándose justo frente mío, en una vereda que es muy chica. Escuché que algo me dijeron desde la ventana y al mirar, vi que el huevón se estaba pajeando y gritándome cosas sexuales. Comencé a caminar rápido hacia donde hubiera más gente. Me di vuelta para ver la patente y el tipo empezó a retroceder el auto para seguirme. Ahí tuve que correr hasta llegar a un sitio concurrido, pero el loco volvió a avanzar. Mi miedo y desesperación fue terrible. No sabía qué hacer ni a quién acudir. Llamé a los pacos, pero no hicieron nada. Después de un largo rato, tomé la micro y el huevón seguía ahí.

            Creo que nunca había relatado todas las cosas que me han pasado, y eso es solo una parte, pero ¿qué se puede hacer? Solo sé que tipos como esos, no lograrán que ande con miedo. Mujeres, somos fuertes, somos más y por eso hay que aprender a defenderse, porque son unos cobardes que se creen superiores a nosotras, pero cuando los enfrentamos se descolocan. Luchemos, no nos rindamos, hermosas mujeres. ¡Luchemos por nuestro respeto!

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              Sí, yo viví con un acosador callejero. Durante cuatro años creí estar en la relación perfecta. Perfecta desde el punto de vista de lo clásico: vivir juntos y planificar parte de lo que vendrá. Estándares, por supuesto. La verdad es que nunca sospeché las perturbadoras intenciones que escondía mi pololo de aquella época. Quizás existieron señales que indicaban que estaba en una tóxica relación. Lamentable no fui capaz de reaccionar a tiempo.

              Crecí, como tantas otras mujeres, con violentos estereotipos que se presentan en nuestra sociedad como entidades inmodificables que a la larga terminan limitándonos como mujeres, con ideales de belleza imposibles de alcanzar,  además de otras tantas absurdas construcciones sobre el amor romántico, naturalizando situaciones que nos destruyen como mujeres pero sobre todo como sociedad.

              Con el paso de tiempo, las cosas ya no andaban bien. La inseguridad era algo que vivía a diario. Conductas machistas, celos, y por ahí otras cosas que ya no vale la pena mencionar, confirmaban que aquella relación no tenía ningún futuro. Pero finalmente lo que terminó por quebrarla fue descubrir que mi pareja era un ACOSADOR CALLEJERO.

              Aquello que repudiada con el alma y que rechazaba a diario estaba mucho más cerca de lo que yo pensaba. “Sin querer” comencé a hurgar en su computador. Realmente no imaginaba con qué me iba a encontrar. Para ser sincera, no era algo que acostumbraba a hacer. Entiendo que vivir en pareja no es sinónimo de coartar espacios. Pero para mí desgracia, y la de muchas mujeres, encontré algo  horrible: carpetas llenas de fotografías y vídeos de alto contenido erótico y sexual tomadas silenciosamente – a través de un celular- por quien era en ese minuto mi pololo.

              El puto miedo me paralizó. No supe cómo reaccionar. ¿Tenía yo la culpa de aquello que estaba pasando? ¿Cómo no pude ver esta situación antes? ¿Con quién estaba viviendo realmente?

              Descubrir que este “hombre” fotografiaba de forma silenciosa las partes íntimas de cualquier mujer que pudiese estar a su alrededor, fue algo que me mantuvo en shock durante horas, días y meses. Hasta el día de hoy lamento que mujeres de mi familia, amigas, conocidas, compañeras de su trabajo y gimnasio hayan sido violentadas de esa forma, sin que muchas de ellas- hasta el día de hoy – tengan conocimiento de lo ocurrido.

              Sentí pena y vergüenza con lo ocurrido. Me sentí completamente vulnerable. Transgredió completamente mi cuerpo, mi confianza y mi libertad. Me violentó y no sólo la mí sino también a muchas mujeres que caminan libres por las calles sin saber qué cosas como estas se viven a diario. Me aterra pensar que se trata de una práctica naturalizada por muchos hombres. Realmente me perturba pensar que muchas de las fotografías son de mujeres desconocidas que caminan a diario por Valparaíso. Hoy recuerdo cada detalle, cada lugar con rabia. Siento haberlas expuesto sin quererlo. Hoy comprendo que no fue mi culpa.

              A los 15 años tuve que soportar que un hombre me encañonara con una pseudo pistola y me llevará por un callejón bajo amenaza. Hace unos días, y consecuencia de un asalto, tuve que aguantar que un puto de mierda me manoseara como si nada. ¿Hasta cuándo tenemos que aguantar que cosas como estas continúen ocurriendo? Nos vulneran, nos violentan, nos violan, nos maltratan. Pero hoy no estoy dispuesta a seguir callando.

              El acoso callejero es – en todas sus formas- una práctica totalmente abusiva y patriarcal. Sé que es complejo tomar conciencia sobre lo que ocurre en torno a esto, sobre todo si pensamos que vivimos en una sociedad androcéntrica, donde se presenta a la mujer en completa subordinación del hombre.

              Hace mucho tiempo debí levantar la voz. Hoy renuncio a la culpa. Hoy renuncio al miedo. Hoy vuelvo más segura que nunca. Hoy escribo, porque tal como leí hace algún tiempo escribir te permite dar las cosas por zanjadas: los fantasmas, las obsesiones, los remordimientos y los recuerdos que nos despellejan vivos. Hoy no tiemblo, hoy lucho.

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                Tenía 12 años cuando ocurrió. Debía de tomar locomoción a mi hogar después del colegio, así que decidí tomar la micro y sentarme atrás. No me di cuenta que había un hombre sentado en la misma corrida de asientos, quien al momento de bajarme, me siguió hasta la puerta y me tocó violentamente la vagina. Yo iba vestida de uniforme, con la falda hasta las rodillas, sin provocarlo.

                Bajé desconcertada y llorando ¡Solo quiero que se haga justicia y se nos respete por siempre!

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                  Hace un par de semanas me dirigía al gimnasio (para variar atrasado) en taxi, cuando a pocas cuadras de andar el taxista de la nada me dice: “mire, la mijita rica que va ahí, cuando yo veo a una así le grito inmediatamente ¡Guachiiiiita!, ¡Mijita rica!, ¡Cosita! u otra cosa”. Quedé plop, sobre todo al ver el rostro de la joven en la calle, que nos miró con una cara de absoluta vulneración, diciendo con su mirada “¿por qué a mí?”. Descolocado, le dije que me dejara ahí mismo, porque no estaba dispuesto a financiar el trabajo de un asqueroso ser que tratara así a las mujeres.

                  Lamentablemente este tipo seguirá haciendo lo mismo y lo peor es que para él es un acto de total normalidad.

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                    Siempre digo que el machismo nace en casa. Así es en mi hogar, mi padre, el único hombre de la familia, hasta hace un par de años, siempre me hizo saber que le habría gustado tener un varón como primogénito. Yo, por querer hacerlo sentir orgulloso de mí, le pedí que me pagara el curso para conducir. Después de mucho insistir lo hizo, amenazándome para que no reprobara porque era muy caro y que no me tenía fe.

                    En fin, en mi primera clase me tocó un profesor de unos 25-30 años de edad. Esperó a que nos  alejáramos unas cuadras de la escuela para empezar a decirme cosas obscenas al oído y tocarse. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida. Yo no sabía conducir y él me obligó a hacerlo en la primera clase y con esas distracciones. De vuelta en la escuela me agarró y me dijo que si le contaba a alguien me reprobaría el curso ($200.000) y que tenía que elegirlo como profesor único. Me fui corriendo y llorando. Las 11 clases siguientes fueron cada vez peores: un par de días después me empezó a tocar los pechos; a la semana siguiente, la vagina. Se insinuaba cada vez que pasábamos por un motel; decía que pasáramos a su casa, que no estaba lejos; me metía los dedos en la boca, me jalaba el pelo y por sobre todo, se masturbaba. Terminé el curso y aprobé (nunca me había esforzado tanto por algo en mi vida).

                    La escuela de conductores es la única que hay en mi comuna, está a 15 minutos de mi casa. Ha pasado casi un año y él aún se pasea por mi barrio, me sigue, me grita cosas y la última vez que pude conducir fue cuando di el examen al inspector municipal. No hay día que no recuerde su cara, sus botas, su asquerosa sonrisa, su forma de caminar, todo. Pero lo peor es que  mi papá tenía razón, aun sin saber lo que pasó: si hubiera nacido hombre, esto jamás habría pasado.

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                      Me subí a un Transantiago después de salir del colegio. Me senté tranquila cuando de pronto un viejo de unos cincuenta y tantos años, que estaba muy curado, se puso al frente mío y me miró con cara de depravado todo el recorrido. Yo sólo lo ignoré mirando por la ventana, hasta que de repente sentí que me tocó el muslo por debajo de la falda. Asqueada, le grité “¡viejo degenerado!”, entre otras cosas.

                      La gente se unió y le gritó cosas humillándolo, incluso un joven muy atento de la FACH lo agarró y lo mantuvo en una esquina para que no escapara y llamó a Carabineros. La gente gritaba que pararan la micro y se lo llevaran detenido, pero el chofer no quería parar. Finalmente lo hizo y se lo llevaron los pacos. Después de unas horas lo dejaron libre porque no tenía antecedentes, lo que me dejó con mucho miedo y tristeza.