baboso

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    Me pasa siempre cuando salgo y lo detesto. No hay día en que pueda salir tranquila, sin que un imbécil me grite algo, me toque la bocina o blah, blah, blah. Llegó un momento en que no quería ni salir, porque no me quería amargar el día con ese tipo de cosas, porque es algo que realmente te quita el ánimo del día, te llena de impotencia y ya no quieres ni volver a salir. O, por lo menos, no salir sola. Hasta que fue tanta la rabia, que en las calles perdí todo lo señorita, gritándole a los tipos o haciéndoles el típico “hoyuo”, porque ya estoy harta.

    Pero lo  más asqueroso y terrible que me ha pasado en las calles y que me hizo salir una furia terrible, fue una vez en la que iba caminando por el centro de Santiago. Pasa un tipo y me mira con una cara de imbécil, como si nunca hubiese visto piernas en su vida el muy idiota. Suelo usar shorts en verano, porque no quiero morir de calor. Bueno, sigo caminando y el tipo muy cara dura se devuelve y me dice al oído -lo que me dio un asco enorme- “con ese poto, mamita, qué no te haría”. Y no satisfecho con eso, el muy cerdo me da un agarrón, pero con tantas ganas que me hizo sacar una furia y le planté un combo en toda la cara al muy imbécil. También le grité un par de cosas. El gil quedó helado y yo con una mezcla de indignación, rabia, impotencia y un asco tremendo.

    Detesto que una tenga que pasar por este tipo de cosas cuando sale, no soporto los “piropos”, odio las miradas de babosos, odio al típico viejo verde que no se aguanta las ganas de decirte algo. En fin, creo que este tipo de actos son una falta de respeto total, ¿estos tipos no tiene madre acaso? Con este tipo de cosas no dan ganas de salir a la calle y ahora que mi hermana chica tiene que ir al colegio sola, para mí es terrible pensar que le pueda pasar algo como eso.

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      Iba caminando hacia mi hogar por la calle Matucana, un domingo en la tarde. Voy caminando tranquilamente, feliz, cuando veo que en la siguiente cuadra un viejo se da vuelta y se queda mirando babosamente a una curvilínea colombiana que pasa por su lado.

      Seguí caminando. Alcanzo a este viejo y, cuando paso por su lado, me queda mirando. Recuerdo esa cara y me da asco. Una cara que no era para dejarla pasar y hacerse la hueona. “¡Qué mirai tanto, pobre hueón!”, le dije. “Qué te pasa, ¡enferma!”, me dijo el viejo, medio balbuceando, cuando yo ya estaba un poco más lejos. Lo único que atiné fue a gritarle de vuelta un “pobre hueón”.

      En fin, yo me pregunto qué tan mal está esta sociedad patriarcal, que lo “enfermo” es que una mina de 20 se defienda de los dichos de un viejo de 40, y que sea aceptable andar expresando sus deseos sexuales a desconocidas que pasan por la calle. ¿Esos viejos culiaos tendrán su ego tal alto que pensarán que ese deseo es recíproco y por eso te dicen hueás? No sé, pobres y tristes hueones es lo que les digo, cuando puedo.

      Lo rescatable es que después de gritarle a ese viejo, sentí toda la choreza camino a mi casa, ja, ja já. Así que ya saben, lo único que hacen acosando en las calles es DAR PENA Y VERGÜENZA AJENA. Yo los dejaré en vergüenza cada vez que pueda, a ver si paran de alguna manera.