bicicleta

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    A los 12 años, paseaba en bicicleta con una amiga por el parque y se nos ocurrió subir un poco el cerro. En eso, sale un viejo entre los árboles masturbándose, mirándonos y riéndose. Nosotras, asustadas, nos subimos a la bicicleta y nos tiramos para abajo lo más rápido posible. Nos dio miedo, nos pusimos nerviosas, nos caímos. A mi amiga se le rompió el manubrio. Nos sentimos vulneradas.

    No lo contamos en nuestras casas, por miedo a que no nos dejaran seguir saliendo. No subimos en meses al cerro.

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      El 30 de Agosto del 2016, cuando me dirigía al Metro después de una junta con una amiga, el nivel de acoso callejero al que (lamentablemente) me veo expuesta a diario, subió de nivel. Esta vez no me acosaron verbalmente, esta vez ME TOCARON y respondí. En esta ocasión mi acosador cruzó los límites de mi reacción y me paralicé. No supe qué hacer, no lo esperaba. Sentí un fuerte golpe en mi trasero y, como si fuera poco, agregó una frase de connotación sexual. Inmediatamente identifiqué a mi agresor huyendo en bicicleta delante de mí, mientras yo analizaba lo ocurrido y le pedía a mi cerebro que me explicara qué había pasado. ¿Por qué siento dolor? ¿Me tocó? ¡ME AGREDIÓ! ¡UN EXTRAÑO ME AGREDIÓ! Y no sólo me acosó, me humilló. Porque yo, teniendo un punto de vista radical y más que firme con respecto a este tipo de situaciones, sentí vergüenza, a pesar de saber que no fue mi culpa, a pesar de que mi grito de furia y llamado de atención aletargado dijera lo contrario. Luego, vino la incontrolable rabia de saber que mi cuerpo dejó de ser mío en esos segundos, dejé de ser persona y fui un objeto a sus ojos, a esos asquerosos ojos.

      Cuando llegué a mi casa, aún me dolía el violento golpe, pero a pesar de eso mantuve silencio. Me guardé la rabia, porque sabía que si le contaba a mi mamá, su atención se iría al hecho de que regresé muy tarde. Frustrada y con ganas de no quedarme paralizada (como lo estuve en ese momento) quise escribir y compartir lo que está a continuación:

      Hoy un hombre más se creyó el cuento de la superioridad, se creyó la mentira del machismo, se creyó con derechos sobre mi cuerpo y reprimió mi libertad. Hoy un hombre me acosó manifestando su opinión sobre mi apariencia (que nadie pidió) y se sintió con el derecho a tocarme violentamente al pasar. Pero lo más terrible fue reconocer, luego de la violación a mi espacio personal y privado, su juventud entre la cobardía que dejó el viento de su bicicleta. Es irrefutable que el patriarcado sigue pariendo más acosadores cada día, como hijitos pródigos y violentos de un sistema podrido.

      ¿Qué esperan de las mujeres los acosadores? NADA, porque no esperó a que le hablara, no esperó mi aprobación para acercarse, ni tampoco mi percepción de lo que hizo. Lo único que buscan es reafirmar el poder que la sociedad les ha otorgado sobre el cuerpo femenino. Es por esto que decido publicarlo, porque no podemos normalizarlo más, no puedo llegar y acostarme como si nada. Justificándolo con que era de noche, que mis jeans son apretados, que andaba sola. Hay que entender que no hay justificación y que, como él, hay muchos que andan por la calle y por la vida creyendo y transmitiendo las mentiras que les han hecho creer generaciones de machotes acosadores, abusadores y cobardes. La degeneración no se justifica, se combate.

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        Salí a comprar a eso de las cuatro de la tarde y no tenía llaves. Mientras llamaba a mi mamá desde la calle para que me abriera la puerta, se acercó un tipo en bicicleta, me dio un agarrón en el poto y siguió pedaleando tranquilamente.

        Más adelante viví situaciones parecidas, pero con más dolor físico y psicológico. Hoy solo quiero perder el miedo a caminar sola en la calle.

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          Eran aproximadamente las diez de la mañana e iba en dirección al gimnasio que está a veinte minutos de mi casa. Mientras caminaba, vi que a un costado había un tipo sentado en el pasto, de más o menos 30 años, con su bicicleta y ropa deportiva. Pensé que estaba descansando después de haber hecho ejercicio o algo por el estilo. Seguí mi camino y él pasó por mi lado en bicicleta, hasta ese momento, nada de qué preocuparse. Casi diez minutos después sentí que alguien, con mucha fuerza, me dio un agarrón en el trasero. Para mi sorpresa era el mismo tipo que había visto unos minutos atrás, sentado en el pasto con su bicicleta. Lo primero que atiné fue a gritarle “ahueonao” y a perseguirlo. Logré empujarlo y tuve la esperanza de que se cayera, pero no, sólo se desestabilizó un poco y siguió su camino.

          Sentí tanta rabia, como si lo hubiese planeado. Claramente me siguió durante un largo rato sólo para cometer su abuso. No supe qué hacer, se me escapó y me dio impotencia pensar que se fue a sentar a otro lugar a esperar a que pasara alguien para acosarla/o. Nunca me había pasado algo así, nunca pensé que me pasaría. La verdad es que no entiendo por qué alguien lo haría. Sentí asco. Pensé en todos mis seres queridos, en especial aquellos que son más sensibles de personalidad. Espero que nunca en la vida se encuentren con un tipo como este. Espero que avancemos como sociedad para terminar, entre muchos males, con la violencia de género.

          A pesar de que fue un momento demasiado incómodo y violento, no voy a dejar de vestirme como yo me siento cómoda y si vuelve a pasarme algo por el estilo (deseo profundamente que no vuelva a pasar), voy a correr más rápido y gritar más fuerte para poder identificarlo y hacer la denuncia.

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            Toda mi vida he debido soportar el acoso de hombres. La naturaleza me hizo dotada, pero ¿qué culpa tengo yo? ¡Es mi cuerpo! Cuando tenía 16 años, estaba caminando con uniforme por Av. Departamental a las 16:00 horas, cuando pasó un tipo en bicicleta. Yo iba a ver a mi abuelita y de repente, el hombre se acercó mucho, estiró su mano hacia mis senos y los tocó. No podría describir el sentimiento de violación que sentí, le grité un par de cosas, pero siguió tranquilamente andando en su bicicleta. Para evitar este tipo de situaciones, me he tapado para que no me miren, pero igual lo hacen, así que aprendí que debía protegerme y enfrentarlos. Siempre los enfrento y les pregunto qué miran, si se les perdió algo o les digo que yo podría ser su hija, pero en general desvían la mirada y desaparecen.

            A mis 28 años, tenía superados estos eventos y logré dejar de lado el hecho de que me afecten, aprendí a vivir con ellos y enfrentarlos, eso hasta hace dos meses. Iba en la micro 210 a las 14:00 horas en el último asiento, cuando dos tipos caminaron hacia el fondo, me miraron y se sentaron separados. Ambos empezaron a masturbarse por separado, riéndose de la situación. Yo atiné a pararme y decirles que eran unos asquerosos, pero entre risas me dijeron: ”Uy, la santa” y entre carcajadas se bajaron. Estaba indignada. Me pregunto ¿por qué tenemos que soportar esto? ¿Por qué no podemos andar tranquilas? Incluso en el metro estamos muy expuestas a tocaciones, sin capacidad de ver si son intencionados o no. Debemos tratar de salvar nuestra integridad como sea, deberíamos poder caminar y vestirnos como queramos, donde queramos y ¡en paz!

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              Me animo a contar esta historia, porque durante más de una década no pude compartirlo con alguien por la vergüenza que sentía de sólo pensar en mencionar lo que me habían dicho.

              Tenía 11 años, era muy niña. Me estaba quedando en casa de una tía por unos días. En algún momento de la tarde me pidieron que fuese a comprar a un  negocio cercano.  Decidí ir en bicicleta y como hacía calor fui con un short de mezclilla y una polera muy normal. Cuando venía de vuelta (feliz por el paseo) un hombre mayor, que también estaba en bicicleta, pasó junto a mí; y mientras lo hacía,  además de mirarme con una cara lo suficientemente depravada como para sentir asco, me gritó: “Te chuparía la vagina rica, mijita”. Todo eso mientras se reía. Sentí asco, pánico y vergüenza. Volé en la bicicleta y golpeé el portón mientras lloraba. Cuando abrieron me preguntaron qué había pasado, pero no me atreví a decir algo por la vergüenza que me invadía. Sentí que yo había hecho algo malo.

              ¡Nadie merece vivir estas experiencias tan horriblemente marcadoras y que más encima uno misma se sienta culpable! Basta de acoso callejero. Hombres y mujeres, despertemos de una buena vez.

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                Iba a encontrarme con mi mamá en el supermercado. Es un camino habitual que hago, ya que me queda al lado de mi casa. Me acuerdo que andaba con ropa suelta, sin escote y un enorme chaleco café que me tejí hace un tiempo. Estaba hablando con una amiga por celular. Por la calle, en sentido contrario, venía un ciclista, de sexo masculino y de aproximadamente unos veinte años. Pasó  y sonrió. Luego de eso me agarró una pechuga y siguió su camino.

                ¡Quedé helada! Jamás me había pasado algo así, menos pensé que lo haría un ciclista que son socialmente reconocidos como tan “buena ondas”. Me enojé mucho y sin pensar me di vuelta y con toda mi fuerza le tiré el celular en la espalda, y le grité muy fuerte un garabato. Nadie hizo nada. Me sentí sumamente vulnerable, porque habían violado mi intimidad. Ya no creo en los ciclistas, los miro con recelo, y cuando se me acercan me aparto. Cuesta volver a confiar después de haber vivido algo así. Uno se pregunta, ¿Sabrán el tremendo daño qué pueden causar sus acciones?

                 

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                  Hace una semana iba en bici por Avenida Bascuñán Guerrero. Iba por la vereda y un tipo que venía con una caja en la mano en dirección contraria a la mía, me mostró la lengua y dijo “te chuparía el pico”. De puro sorprendido seguí sin reaccionar, un poco asqueado. Dejé de pasar por esa intersección, pero sigo recordando el episodio y ahora albergo un sentimiento fascistoide-homofóbico que antes no tenía.

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                    Hace años que me olvidé de las faldas, nunca he usado escotes y nunca me he comprado una polera con tiritas. Uso el pelo largo, en parte, porque me cubre el cuerpo. Entre los trece y catorce años, ya medía un metro setenta, razón suficiente para que ya no me vieran como una niña. Soy potona y tengo ojos claros. Ése ha sido el punto de partida de todas las asquerosidades que los “galanes” me dedican. Me dijeron e hicieron tantas cosas en la calle, ustedes se las pueden imaginar.

                    Tuve un acosador desde los 17 a los 24 años, un desquiciado de 53 años que me seguía. Pedí ayuda a Carabineros, pero no podían hacer nada. Pedí ayuda a la Fiscalía y tampoco, a menos que él me hubiese amenazado, pero en las cartas que me mandaba no lo hacía. Me decía cuánto me deseaba, me contaba sin ninguna vergüenza que me seguía y que se imaginaba una vida de amor conmigo.

                    Un día fui a andar en bici por la ciudad y fue traumático. Es como si al verme encima de la bici se imaginaran que estoy encima de ellos. Casi todos los días quiero ser invisible en la calle, siempre llevo lentes oscuros.

                    Cuando termino mis cosas y sobre todo si he tenido un día pesado, me gusta salir a botar las tensiones, hacer deporte. ¿Y saben qué ropa se usa para correr? Ropa apretada, es lo más cómodo, es una lata trotar con buzo y la polera de mi papá. Así no puedo arreglar mi día, no logro relajarme, vuelvo totalmente desmoralizada. ¡Si hasta reverencias me han hecho! Mientras troto sólo pienso “ignóralos, ignóralos, ignóralos”. Mandaré a estampar una polera que diga “puedo ser tu hermana, tu hija, tu mamá, tu prima, tu amiga”, pero ¿daría resultado? Ya me imagino la respuesta: “fea culiá, quién te mira a voh”. O “cómo quiere que no le digan cosas, si mira con los leggings que anda”. “Uy, rebelde, rica, me encantan las minas así”.

                    Finalmente, me metí al gimnasio, no salgo más a trotar al aire libre. ¡Me lo quitaron! ¡Me quitaron mi derecho a estar en el parque! ¡Me lo quitaron y ya me habían quitado mi derecho a vestirme como quisiera!

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                      Nunca me dijeron que existía otro peligro frente a un auto al andar en bicicleta, más que un accidente de tránsito. Iba, como todos los días, en bicicleta de vuelta a casa del trabajo alrededor de las 5:30 de la tarde por avenida Santa Rosa (paradero 36). Iba a gran velocidad por la pista derecha, cuando sentí un fuerte golpe en el trasero seguido de una enorme carcajada. Los segundos después fueron confusos, hasta que vi el auto adelantarme y al idiota reírse. Intenté estabilizar mi bicicleta, agarré fuerte el manubrio y di gracias por no haberme caído. Subí la vista y vi un auto verde. Memoricé la patente mientras pedaleaba lo más rápido que podía, con rabia e impotencia, para alcanzarlo. Yo creo que ni siquiera sabía lo que hacía. Finalmente, no pude alcanzarlo. Me di cuenta que estaba descontrolada y muy nerviosa.

                      Pedalee todo el camino de vuelta a casa con mucho dolor, con la risa del tarado resonando en mi cabeza, con una sensación de impotencia por la impunidad con la que actúan. Llegué a mi casa y me vi una mano marcada en el glúteo. Todo porque a un hombre se le ocurrió que eso era chistoso.