calle

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    Soy una mujer en la mitad de los 20. A lo largo de mi vida, hombres en la calle me han gritado, silbado, susurrado, dado agarrones, me han seguido y se han expuesto frente a mí. Todo desde más o menos los once años. Después de casi 15 años de no poder caminar con tranquilidad por la calle, siempre temiendo que alguien pueda decir algo, me he convertido en una mujer cansada. De solo pensar en la cantidad de mujeres que cargan con su propia mochila de años de acoso, me siento también una mujer derrotada.

    De todas aquellas experiencias que puedo recordar, hay una que está en el centro de mi mente: tenía 16 años y había salido recién del colegio una tarde y caminaba a tomar la micro cuando paré a esperar una luz verde. Casi al cambio, un auto se detuvo en la esquina frente a mí y escuché a los hombres en su interior decirme casi gritando un “elogio” a cómo me quedaba la ropa que estaba ocupando, o sea, un jumper y corbata de colegio. Instintivamente subí la mirada y vi frente a mí un auto de carabineros con dos hombres dentro que me miraban y sonreían. Sí, Carabineros, los defensores de nuestro bienestar estaban ahí “piropeando” a una (y por ninguna parte alguien podría haber pensado que yo no lo era) escolar.  Traté de no congelarme y crucé la calle.

    Es cierto que en cuanto a acoso he vivido muchas otras experiencias que podrían ser consideradas “peores”, pero jamás se va a comparar a la sensación de vulnerabilidad, de rabia y decepción que sentí en ese momento. Para una adolescente ese es un golpe en la cara que deja escrito “estás sola, no hay nadie que pueda ayudarte en este momento ni nunca.”

    Puede que después de eso me haya vuelto más fuerte, pero de seguro me volvió más débil también. Comencé a tener miedo a las multitudes y a que la gente me mirara. Si salir de mi casa era realmente necesario, desde la puerta me ponía audífonos con música y pretendía que nada pasaba a mi alrededor.

    Después de años y mucho trabajo ya no trato de esconderme del mundo. Pero no porque me haya acostumbrado a este sistema mental en el que todos estamos insertos, sino porque he perdido la esperanza; la fe en esta “humanidad”. Incluso mis ganas de en el futuro tener un hijo o una hija se desmoronan. No quisiera traer a una mujer a esta sociedad machista y discriminadora que pareciera estar esperando por su próxima víctima. Ya dejé de achacarme al escuchar un “piropo” y dejé también de defenderme con palabras contra ellos porque sólo lograba deprimirme más. Ahora, aunque sé que no es la opción perfecta, cuando un “auto de aquellos” se detiene en alguna esquina, o algún hombre se acerca o me dice algo desagradable, tomo mi celular y comienzo a grabarlo. O al menos actúo como que lo estoy grabando. No discuto, sólo lo enfoco con la mínima esperanza de que al menos algo del miedo que nosotras sentimos lo sientan ellos al ser expuestos.

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      Hace un par de semanas me dirigía al gimnasio (para variar atrasado) en taxi, cuando a pocas cuadras de andar el taxista de la nada me dice: “mire, la mijita rica que va ahí, cuando yo veo a una así le grito inmediatamente ¡Guachiiiiita!, ¡Mijita rica!, ¡Cosita! u otra cosa”. Quedé plop, sobre todo al ver el rostro de la joven en la calle, que nos miró con una cara de absoluta vulneración, diciendo con su mirada “¿por qué a mí?”. Descolocado, le dije que me dejara ahí mismo, porque no estaba dispuesto a financiar el trabajo de un asqueroso ser que tratara así a las mujeres.

      Lamentablemente este tipo seguirá haciendo lo mismo y lo peor es que para él es un acto de total normalidad.

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        Hoy tomé el Metro más tarde. Suelo irme temprano para evitar la hora punta. Estudio en el Liceo 7 de Providencia y lo tomo desde la estación Calicanto hasta los Héroes, para luego hacer combinación hasta Pedro de Valdivia. Hoy, cuando tome el Metro, me di cuenta que el tren que iba delante del mío le estaba saliendo humo y dejó pasado a plástico quemado. El Metro avanzaba lento por lo que se empezó a juntar mucha gente en cada estación y, por ende, mi vagón estaba cada vez más lleno. Cuando llegué a la estación Pedro de Valdivia el olor a plástico quemado ya era insoportable, por lo que cuando se abrieron las puertas, se juntó mucha gente para salir. Avancé lento y justo cuando estaba en el fierro que esta frente a cada puerta, sentí que me dieron un agarrón, ¡quede helada! Me di vuelta para mirar quién me había agarrado y solo vi gente que me empuja para tratar de salir. Seguí avanzando y en la escalera me toqué la chaqueta en la parte del trasero, pensando que quizás se habían masturbado detrás de mí y podía tener semen en la chaqueta. Pensé esto porque a una compañera le pasó en el metro. El agarrón que me dio fue sobre la chaqueta que me cubre el trasero, no fue un roce o que puso su mano, si no que me agarró un buen pedazo de carne.

        El Liceo 7 está junto al Metro, cuando llegué en la entrada estaban varias inspectoras, me acerqué a la mía y le comenté  la situación, porque todavía estaba en shock. Ella me llevó con  la enfermera del liceo, le conté y me puse a llorar. Fueron la psicóloga y la encargada de convivencia escolar, quienes conversaron conmigo y me preguntaron si quería hacer la denuncia. Luego junto con la inspectora general fui a Carabineros y al Metro a dar aviso. Me sentí muy apoyada por mi liceo, porque no se tomó como algo común, sino como algo grave.

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          Tenía 18 o 19 años, iba a tomar la micro después de pasar la noche donde una amiga. Eran las 08:00 horas de un día sábado o domingo, por lo que había poca gente en la calle. Un tipo caminaba detrás mío diciendo: “¡Uy mijita, que no te haría, medio culo!”. Yo iba vestida como niñito (probablemente producto del trauma de sentir que ser femenina es ser débil y propensa a ser víctima, después de años de acoso del mismo tipo) y con caña. Me aburrí. Después de varias cuadras me di vuelta, lo miré y le pregunté: “¿Te ha resultado alguna vez? ¿Una mina te ha dicho ¡ay huevón, me tení tan moja! Vámonos a un motel, culeame ahora ya!? ¿Te ha resultado?” El huevón quedó helado (ahí caché que tenía más de treinta años). Solo atinó a decirme algo así como: “¿Pero acaso está mal que te diga que te encuentro bonita?”.

          O sea, que decir que quiere meterme cosas en la vagina y el ano ¿es decirme que soy bonita? Aunque me encuentre bonita, ¿por qué tengo que escucharlo?

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            Llevo unos meses viviendo en Santiago debido a mis estudios. Estaba tranquila porque no había pasado nada desagradable, hasta hoy. Venía en la micro de vuelta de la universidad, y se subió un sujeto joven a recitar poesía por unas monedas. Yo no estaba prestando atención y en ningún momento lo miré, estaba escuchando música y mirando por la ventana. Resultó que íbamos al mismo paradero y mientras me bajaba, él tomó mi mano para ayudarme a bajar. Yo respondí un gracias cortado, pero el sujeto no me soltó la mano. En vez de eso, no encontró nada mejor que recitarme poesías de su invención al oído, diciendo que yo era muy hermosa, que ojalá nos volviéramos a ver, que no me asustara y que no podía dejar de mirarme, todo eso en verso y arrinconándome contra el paradero. De susto casi no me salía la voz y lo único que atiné a decir fue “ya, suéltame por favor, suéltame”. Cuando finalmente lo hizo, tiró su cuerpo contra el mío, me dio un beso en la mejilla  y puso todo su pene, que sobresalía del pantalón, en mi pierna. ¡Fue asqueroso! Y más encima, mientras yo huía, vi como otro hombre, que estaba manejando un auto con la ventana abajo, se reía pese a haber sido testigo de toda la situación.

            Quizás no fue un gran acoso o podría haber sido peor, pero yo estoy indignada. ¿Quién me quita ahora la sensación de haber sido violentada? ¿Por qué ese tipo se creyó con el derecho de decirme y hacerme cosas que nunca le pedí? Siempre pensé que si me llegaban a acosar alguna vez, iba a responder y sacar toda mi fuerza. Pero la situación fue tan de la nada, y tan incómoda, que no supe qué hacer, ni cómo reaccionar. Ahora tengo mucha rabia y pena, me gustaría volver a atrás, apartar a ese hombre, alejarme y responderle. Pero no puedo. El único recuerdo que me quedará es la risa del otro personaje que consideró mi acoso un espectáculo entretenido de ver, porque la idea de ayudarme claramente jamás se le pasó por la cabeza. Gracias a la conducta de ese tipo de gente, ya no podré caminar en las calles con la misma tranquilidad y soltura de siempre.

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              Cuando era chica (aproximadamente unos seis años), mi mamá me llevó con ella a su entrega de empanadas en el centro de la ciudad. Una vez allí, me quedé afuera del local jugando con palitos de helado que recogí del suelo. En eso se me acercó un hombre de unos 35 años que se veía desarreglado, tenía pelo largo y usaba lentes oscuros. Se quedó mirando por un rato, lo miré y en mi interior sentí una voz que me dijo que entrara al local donde estaba mi mamá. Entonces entré, le dije a mi mama y ella salió a ver. El tipo se fue rápidamente y desde ahí que sufrí un trauma, me daba miedo salir a la calle sola. Además comencé a usar buzos oscuros y muy holgados, y siempre me amarraba un polerón a la cintura para que me tapara el trasero. Afortunadamente, como a los 13 años logré superarlo. Hoy me siguen diciendo cosas en la calle, pero no me han vuelto a toquetear.

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                No recuerdo que edad tenía exactamente, pero cursaba sexto básico. Ese día quedé de juntarme con mi hermana mayor. Se suponía que debía esperarla cerca de su liceo a la hora de salida, pero llegué diez minutos antes y quise hacer hora en la esquina que estaba al frente de la puerta de entrada. Pasaron los minutos y yo seguía ahí, pero ya no sola.

                Un hombre de unos treinta años pasó por mi lado y me miró. Yo, inocente, le devolví la mirada y sonreí. Al cabo de unos segundos él se devolvió y se puso al lado mío, pero sin decir una sola palabra. Me sentí demasiado invadida y me quería ir. En eso vi a dos personas que se aproximaban y como ya faltaba poco para la salida de mi hermana me quedé. El tipo, que ya estaba prácticamente pegado a mi, me preguntó dónde quedaba la calle Brasil. Lo miré apenas, pero pude ver en su cara una sonrisa que me incomodó. Traté de darle las indicaciones para que se alejara, pero él me dijo: “¿Qué?” y se acercó más. Sentí un olor desagradable a alcohol, entonces le hable más fuerte, pero él no se daba por aludido y seguía a la misma distancia con su sonrisa de galán. Me dijo: “No sé cómo llegar, ¿por qué no te vas conmigo?”. ¡Quedé helada!

                Luego, me volvió a abordar con preguntas como por qué razón estaba ahí y si estaba sola. Le respondí que no estaba sola y que mis papas eran los que venían acercándose. El hombre se alejó de inmediato, pero para mi desgracia las personas que venían entraron a una casa, así que nuevamente se acercó, pero ahora ya no sonreía. Estaba enojado y de su bolsillo sacó $400 y me los ofreció, yo no los quería recibir pero me tomó de las manos y las puso de a una en mis palmas diciendo que podía comprarme un helado porque era linda. Yo estaba al borde de las lágrimas, no me podía mover, sentí mis piernas pesadas y él comenzó a tironear.

                Pasaba gente, pero nadie interfería, solo miraban y hacían vista gorda. Hasta que apareció un hombre que se dio cuenta que algo raro sucedía. Dejó su bolso en el suelo y comenzó a ver la hora en su celular justo en frente de nosotros. Gracias a eso el acosador me soltó un poco. Tenía mucho miedo pero me di valor y corrí hacia el hombre del bolso. Entre sollozos le dije que me ayudara. Me miró y me dijo: “Te salvaste”. Mientras el

                No sabía si gritar, pero la gente miraba y hacían como que no veían nada, hasta que apareció un hombre con un bolso y se dio cuenta de que algo raro sucedía. Dejó su mochila en el suelo y comenzó a ver la hora en su celular parado cerca del tipo. Gracias a eso, el acosador me soltó del brazo, y yo me di valor para correr hacia el hombre del bolso. Entre lágrimas le pedí que me ayudara y me dijo: “Te salvaste”, mientras el victimario me gritaba: “¡Puta de mierda!”.

                Luego del episodio el hombre del bolso me acompañó hasta una Comisaria. Cuando llegamos entré a una habitación y declaré lo que me había sucedido. Al rato llegó mi papá y solo en ese momento me pude sentir segura. Camino a casa mi padre me dijo que no debía andar sola, menos en una esquina que daba mala impresión, y agregó que debía aprender a defenderme.

                Me sentí culpable por mucho tiempo, tenía pesadillas recordando lo sucedido y me daba miedo salir a la calle. No podía entender qué había hecho mal. Me culpaba por haber ido ese día, por haber estado sola, por usar falda. Durante mucho tiempo pensé que yo había ocasionado que ese hombre pensara que yo era una prostituta por haber estado sola y parada en una esquina.

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                  Me animo a contar esta historia, porque durante más de una década no pude compartirlo con alguien por la vergüenza que sentía de sólo pensar en mencionar lo que me habían dicho.

                  Tenía 11 años, era muy niña. Me estaba quedando en casa de una tía por unos días. En algún momento de la tarde me pidieron que fuese a comprar a un  negocio cercano.  Decidí ir en bicicleta y como hacía calor fui con un short de mezclilla y una polera muy normal. Cuando venía de vuelta (feliz por el paseo) un hombre mayor, que también estaba en bicicleta, pasó junto a mí; y mientras lo hacía,  además de mirarme con una cara lo suficientemente depravada como para sentir asco, me gritó: “Te chuparía la vagina rica, mijita”. Todo eso mientras se reía. Sentí asco, pánico y vergüenza. Volé en la bicicleta y golpeé el portón mientras lloraba. Cuando abrieron me preguntaron qué había pasado, pero no me atreví a decir algo por la vergüenza que me invadía. Sentí que yo había hecho algo malo.

                  ¡Nadie merece vivir estas experiencias tan horriblemente marcadoras y que más encima uno misma se sienta culpable! Basta de acoso callejero. Hombres y mujeres, despertemos de una buena vez.

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                    Ese día estaba esperando a mi pareja que saliera de la universidad. Como yo había salido antes, decidí bajarme en el metro Baquedano y esperarlo en el Parque Bustamante. Había gente trabajando y haciendo deporte, así no me preocupé y me puse los audífonos para escuchar música. Después de un rato, pasó frente a mí un hombre de unos 27 o 30 años con una enorme cicatriz en el rostro que le atravesaba todo el pómulo. Obviamente, como no es algo que se ve todos los días, lo miré pero no con desprecio o algo por el estilo.

                    Cuando hicimos contacto visual, me di cuenta que él ya me estaba observando. Bajé la vista pero fue demasiado tarde, porque él se sentó en mi misma banca. Me saludó y por educación respondí; en ese momento comenzó a cantarme “rapeando”, y me incomodó porque lo hacía muy cerca, así que decidí no mirarlo. Pero mi desprecio no funcionó, él se deslizo por la banca hasta quedar junto a mí y comenzó a tocar mi brazo de manera brusca para llamar mi atención. Luego me contó que estuvo en la cárcel, que se crió en la calle y algunas mentiras sobre cosas que decía tener. Yo no sabía qué hacer, me sentía invadida, y sólo atiné a mirar a la gente con cara de miedo, como pidiendo ayuda, pero nadie lo notó.

                    El acosador me contó que me había visto desde que llegué, que era hermosa y que les había dicho a sus amigos que iría a buscarme. Luego me dijo que tenía un insecto en la zona de los pechos y me dio tanta rabia, porque obvio que era la excusa para decir alguna cochinada; así que le lancé una de esas miradas matadoras, pero él reaccionó rápido y dijo: “Noooo, no te pases películas( haciéndose el ofendido)”, y agregó: “Quien fuera bicho…”.

                    Ojo que la situación no terminó ahí, porque sin inmutarse por mi reacción me preguntó si estaba esperando a alguien. Cuando supo mi pareja venía en camino no se limitó en preguntarme si a mi pololo le iba a molestar que él estuviera ahí conmigo, ya que pretendía quedarse hasta que llegara. Le respondí que obvio que sí. Fue entonces cuando el acosador dijo que si era así, le pagaría y que yo no podría hacer nada. Me horroricé y le grité: “¡Qué te pasa! Es mi pololo”. Me paré y salí corriendo.

                    Lloré todo el camino, me sentí tan insegura que tuve que llamar a mi pareja para que que me fuera a buscar. ¿Cómo es posible que sólo nos sintamos seguras con un hombre al lado?

                    Lo peor es que cuando se habla de este tipo de situaciones todos te dicen que debes encarar a los acosadores o simplemente irte, pero la verdad es que cuando te enfrentas a una (como me pasó a mí), el miedo te paraliza.

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                      Siempre fui más desarrollada físicamente que mis compañeras, así que sin poder evitarlo al llegar a los 13 recibí mí primer acoso en la calle.

                      Era verano, recuerdo que llevaba una polera de tiras e iba caminando al supermercado a comprar algunas cosas. Un tipo muy alto, calvo con lentes de sol pasó por al lado mío. Miró mi busto, susurrando se acercó y dijo: “Las medias tetas”.  Sentí su aliento y respiración muy cerca, fue asqueroso, quedé paralizada. Pensé que me haría algo, pero él siguió caminando como si nada. Creo que fue una especie de iniciación al acoso varonil.

                      Después de haber sido víctima de acoso, se volvió algo normal el que me susurren, griten o silben. Siempre recibo una opinión sobre mi cuerpo, independiente de la ropa que use, y pese a que ya es parte de mi día a día, me siento igual de violentada que la primera vez.

                      Actualmente tengo 18 años y cuando alguien me violenta con algún “piropo”, no dudo en responder con insultos. Pero cuando pienso en mi prima pequeña, que está llegando a su adolescencia, no quiero que entre a este circulo vicioso y que piense que por ser mujer un hombre tiene el derecho de decir lo que quiera.

                      En algún futuro tendré hijos o hijas, y haré todo lo posible para evitar que sean víctimas o victimarios de acoso. Para ello les enseñaré, desde pequeños, que este tipo de situaciones son incorrectas y les inculcaré un valor que muchos desconocen: el respeto. Respeto por los demás y por ellos mismos.