calle

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    Una tarde salí con mis compañeros de trabajo a un bar muy cerca de mi casa. Como era verano, temprano y estaba agradable, decidí volver sola. Siempre había hecho ese recorrido caminando, hasta ese día…

    Llegando a una avenida, un auto dobló hacia mí; frenó a varios metros, y vi que alguien, supuestamente, se bajó a revisar la rueda del auto. Seguí caminando, alejándome de donde él estaba, en dirección a la avenida principal, pero sentí que corría detrás mío. Luego, me tomó de las nalgas y me levantó en el aire. Quedé tirada en el suelo y él volvió corriendo a su auto riéndose, gritando y tocando bocina, como festejando un gol.

    Tuve que tomar aire mientras caminaba muy de prisa (temía que si corría él lo tomara como otro juego) y llamar a un amigo por teléfono para pedirle que se mantuviera en línea mientras caminaba las dos cuadras que me faltaban para llegar.

    Lamentablemente lo que al tipo este le pareció divertido, acabó con mi confianza de caminar sola en la calle, me dejó invalidada como mujer independiente, y me llenó de una sensación de miedo y odio a encontrarme a un hombre en la calle. Hasta hoy transito con temor, mirando a cada rato por si viene alguien siguiéndome, sin importar la hora ni el lugar.

     

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      Tengo 25 años y durante parte de mi infancia viví en un tranquilo barrio de Ñuñoa. Yo y una de mis hermanas menores (teníamos 10 y 7 años respectivamente) asistíamos a un colegio que quedaba a siete cuadras de la casa. Mis padres accedieron a mi petición de que yo y mi hermana volviéramos a pie después de clases. En una de esas ocasiones, en pleno día de verano y después de educación física, mi hermana y yo nos quedamos a mitad de trayecto mirando una cucaracha que estaba llena de hormigas. Estábamos las dos en cuclillas en la vereda y con el buzo del colegio (polera de manga corta y pantalones largos y sueltos); la calle no tenía casi nada de tránsito, salvo un ciclista que cada cierto tiempo daba la vuelta a la manzana y pasaba por donde estábamos nosotras.

      Mi hermana estaba concentrada en mirar los bichitos y no se dio cuenta de nada, pero en una de las pasadas del ciclista, que era un hombre crespo y joven (aparentaba 20-25 años), escuché que algo iba diciendo. Cada vez que pasaba, se escuchaba un susurro. Me asusté, pero como sólo daba vueltas pensé que podía estar cantando, rezando o que tenía algún problema intelectual o psiquiátrico. Sin mirarlo, me incorporé un poco para poder oír mejor. Como a la décima pasada, ya ni siquiera desaparecía de la vista; sólo llegaba a la esquina, daba media vuelta y regresaba por la vereda donde estábamos, insistentemente. Después de eso fue que le entendí claramente lo que decía: “te voy a chupar la vagina, hueona”.

      No les puedo explicar el terror que sentí. Toda la vida me dijeron que la calle era peligrosa, que a las mujeres se las llevaban hombres malos para violarlas, y yo con la escasa noción de sexualidad que tenía en el momento, no podía entender que un tipo así pudiera tener intenciones sexuales con niñas tan chicas. No sabía qué hacer, miré a mi hermana y temí que le pasara algo, si el tipo intentaba concretar su amenaza yo no podría igualar su fuerza física. Pensé en arrancar pero ¿cómo dos niñas le ganan corriendo a un adulto en bici? Luego miré al tipo y vi que nuevamente iba a dar la vuelta.

      No dije nada, solo agarré a mi hermana del brazo, la arrastré hasta la casa más cercana y empecé a aporrear la puerta a manotazos y patadas, gritando para pedir ayuda. Salió una nana y entre sollozos le pedí si me podría prestar su teléfono para que me viniera a buscar mi mamá. Fue a preguntarle a dos jóvenes que estaban adentro, ellos fueron hasta la puerta y me preguntaron qué había pasado. Me costó decirles, lo único que quería era salir de esa calle y que el tipo no nos hiciera nada. Tuve que contar lo que me dijo, aunque me daba mucha vergüenza porque involucraba mis partes íntimas, y además mi hermana seguía sin notar nada y no quería que se asustara. El miedo fue más grande. Salieron a buscar al tipo, pero lógicamente se había ido.

      Mis padres no hicieron ningún tipo de denuncia, se limitaron a contratar un furgón escolar. Para ellos esto era sólo la consecuencia de dejar que niñas anden solas en la calle, el curso “natural” al hacer las cosas de ese modo. El razonamiento es prudente, pero de él se desprende una realidad desesperanzadora: nunca recae la culpa en la gente que comete el acoso, sino en quienes transitan por la calle o bien en sus tutores. Por suerte nuestros padres no depositaron culpa sobre nosotras, creo que por eso y porque pude contarles lo que nos pasó, el daño no fue tan grave. Además el hecho fue opacado porque me diagnosticaron una enfermedad grave, e incluso hasta el día de hoy mis padres no saben que un niño de octavo básico nos empezó a pegar en el furgón. Mi hermana ni siquiera se acuerda.

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        Hubo un tiempo en que vivía relativamente cerca de mi Universidad y me iba caminando. Recuerdo que a diario los trabajadores de la construcción me gritaban cosas, porque estaban haciendo reparaciones en el hospital y en el liceo, debido al terremoto. Lo típico era que tiraran besos o gritaran piropos como cosita, rica, guagüita, mi amor, etc. Hacía caso omiso, caminaba más rápido y cuando estaba harta, les señalaba el dedo del medio. En una oportunidad, no fue un maestro sino un perfecto desconocido quien me detuvo en la calle para regalarme una flor y decirme lo bella que era; me obligó a recibirla y se fue sonriendo. ¡Quedé perpleja! Porque si bien para la mayoría no se lee como un gesto agresivo para mí si lo fue, al menos ahora lo entiendo así.

        Me violentó ser abordada por un hombre completamente desconocido, que creía tener el derecho de verbalizar sus sentimientos por considerarlos “románticos”. Y es que ese “romance” es la justificación más burda que existe para naturalizar el acoso callejero. Es hora de entender que toda acción de este tipo es violencia sexual, aunque no necesariamente involucre groserías. En el momento en que un hombre cree que tiene el derecho y poder de acercarse a una mujer desconocida basándose no sólo en su atractivo físico, sino en su pertenencia al sexo femenino, es violencia sexual. Las mujeres históricamente hemos sido cosificadas como objeto de placer para el sexo masculino, cuestión que lamentablemente han validado los medios de comunicación y el mercado, a través de la publicidad, dando como resultado este tipo de situaciones.

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          La mayor parte del tiempo soy acosada en la calle, con miradas que poco menos me desnudan, sonidos extraños, gritos o frases que dicen estos asquerosos cuando pasas a su lado. Pero lo que más me marcó fue cuando iba en primero o segundo medio. Había salido tarde del colegio e iba a mi casa caminando. Estaba tranquila, ya que aún no estaba oscuro, pero como iba sola quería llegar luego. De repente, vi que venía hacia mí un tipo alto, vestido con unos pantalones con muchos bolsillos y una polera blanca. Empezó a hacer como que buscaba algo en sus bolsillos y  avanzaba; se detenía, se devolvía y luego seguía caminando hacia mí. Todo eso me pareció medio sospechoso,  así que crucé a la vereda de enfrente y seguí caminando, haciéndome la loca. En eso oí un sonido, la verdad es que no me acuerdo cuál fue, pero miré hacia la otra vereda pensando que quizás el tipo estaba perdido. Sin embargo, lo que quería era enseñarme su miembro y gozar  viendo cómo quedaba pasmada, asustada, en blanco. Realmente no me lo esperaba, lo único que atiné a hacer fue  seguir caminando, aunque moría de susto de que él me siguiera e hiciera algo. Pensé en correr, pero hasta eso me dio miedo, pensaba que si salía corriendo sería una motivación para seguirme o que podía ser aún más satisfactorio para él verme así de asustada, por lo que seguí caminando hasta llegar a mi casa.

          Cuando llegaron mis papas les conté todo, lo único que querían era salir a buscar al tipo y golpearlo brutalmente, pero no valía la pena. En fin, me habría gustado haber reaccionado de otra forma, haberlo encarado o ridiculizarlo, pero incluso hoy si me pasara lo mismo, no sé si tendría las agallas.

          Por mucho tiempo no quise usar short o bikinis en la playa sólo para no llamar la atención. Sin embargo, me enorgullece decir que ya no me importa lo que estos animales digan en la calle, soy libre de vestirme como quiero, cómoda y linda. Sinceramente espero que esta mala cultura del acoso sexual callejero deje de existir, ¡ya es suficiente!

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            Soy una mujer de 34 años. A los 12 sufrí mi primer acoso callejero. Iba del colegio a la casa a eso de las 16:00 horas, cuando en el camino tres niños comenzaron a turnarse para correr detrás mío y tocarme el trasero, uno tras otro. Ningún hombre me había tocado y mi primera vez fue así: en la calle. Ahora que lo escribo revivo mi pánico y humillación. En aquella ocasión traté de defenderme, pero los niños siguieron tocándome. Lloré todo el camino y, a pesar que era una avenida muy transitada, nadie hizo algo.

            Años más tarde se repitió, a los 14 y luego a los 15, unos tipos nos mostraron, a mí y a unas compañeras, sus genitales en plena calle. Las palabras groseras, miradas abusivas, sonidos y gemidos no sólo las recibí en la calle, también en la micro y el metro. Incluso una vez fui acosada frente a un carabinero quien, pese a mi petición de ayuda, no hizo nada.

            Por años me transformé, dejé de usar la ropa que me gustaba.  Dejé de salir. Dejé de ser yo misma. Es muy denigrante y humillante vivir así.

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              Iba caminando sola por calle Kennedy lateral sur, a la altura del ingreso al estacionamiento de centro comercial (Tottus, Homy, Easy) a las 17:50 horas aproximadamente, cuando un técnico de GTD Manquehue, rodeado por otros cuatro varones más de la misma empresa, expresó un calificativo hacia mí de forma indirecta y  por la espalda. Al devolverme y confrontarlo  respondió que “tenía que” decirme lo que piensa, ¡cómo si fuera su facultad calificarme! Le aclaré que no tenía derecho, que no le he pedí su opinión y que eso era acoso. Espero que la sorpresa de haber sido confrontado y el silencio del grupo que lo acompañaba, impliquen una mínima reflexión y tenga un impacto, aunque sea pequeño,  en disminuir el acoso por parte de alguno de ellos en el futuro.

              Esta conducta sólo demuestra la actitud machista y cobarde de un hombre con muy pocas o nulas habilidades sociales que, muy probablemente, se siente empoderado dentro de un grupo de varones, creyendo que tiene el derecho de opinar sobre el cuerpo de otras. Lo que sucedió me hace pensar y preocuparme de las menores de edad expuestas a ser acosadas por personas como esta.

              Luego de enviar reclamo a la Empresa GTD Manquehue, el mismo día tomaron contacto telefónico conmigo, fuera de horario de oficina, para recabar más detalles de lo sucedido. Me transmitieron su preocupación por este tipo de situaciones, ya que no las apoyan, y agradecieron la información para plantearla en las distintas áreas de la empresa, a fin de que no vuelva a suceder. Quedé muy contenta con la pronta respuesta, acogida y valoración del reclamo y me alegro  haber contribuido en algo.

               

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                principal testimonios Tengo 20 años y desde los 11 sufro acoso callejero. Siempre me dicen cosas obscenas y de carácter sexual. Siempre evito a los hombres en la calle para no escuchar sus mal llamados “piropos”, pero hay cosas que no se pueden prevenir siempre. Una tarde, iba caminando con mi hijo de un año y medio a tomar micro. Pasó un tipo en bicicleta y me dio un agarrón. Yo llevaba mi mochila en la espalda, la de mi hijo en un brazo y al otro lado mi pequeño, con quien jugueteaba, así que quedé inmóvil. Me había agarrado tan fuerte, que llegó a empujarme hacia adelante y mi nalga quedo adolorida. No supe cómo reaccionar ni qué hacer. El tipo huyo lo más rápido que pudo, ni siquiera logré mirarle su cara. Quedé en medio de la vereda, a plena luz del día, sin nadie como testigo y con mi hijo en brazos, sin saber qué hacer. Tenía miedo, me sentía sucia, asqueada de la naturaleza de ese hombre que me faltó el respeto. Me tomó un tiempo recuperarme y con lágrimas en los ojos llegué a mi casa. Mi novio me tranquilizó, mi madre me dijo que cosas así me sucederían siempre, que así era la educación de la mayoría de los hombres chilenos. Eso me dio más rabia e impotencia. Me convertí en una persona que andaba a la defensiva en la calle. Ante cualquier ruido de una bicicleta acercándose a mí, temblaba y me hacía a un lado hasta que pasara. Tenía temor de salir sola, cambié mi recorrido mil veces porque cuando les veía la cara a los hombres me aterraba; cambié mi forma de vestir, hasta el color y el corte de mi pelo. Llegué a odiar mi propio cuerpo y cada vez que oía un “piropo” me sentía aún más sucia. Gracias a otros testimonios comprendí que no es culpa de mi cuerpo, que no debo odiarme, así que volví a arreglarme y a vestirme como yo quería. Siempre salgo con audífonos para evitar oír idioteces, aún tengo miedo de salir sola a la calle, pero no puedo vivir escondida. Sinceramente espero que a futuro esto cambie y las mujeres logremos salir a la calle sin miedo, que se nos respete y que ya no seamos tratadas como un objeto sexual.

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                  Al crecer, nos enseñan la manera de “evitar” ciertos acosos en la calle, pero nadie le enseña a los acosadores a no acosar.

                  Desde los 12 años mi experiencia con los acosadores en las calles se ha hecho presente.

                  Caminaba al preuniversitario, un día sábado a las 8:00 am. Viña del Mar estaba casi desierto. Cruzaba la calle, y un auto se detuvo a mi lado, con dos hombres de unos cuarenta años, mirándome fijo. Caminé rápido, con el corazón a mil por hora. El copiloto bajó el vidrio y me dijo con voz amenazante: “Oye guachita súbete”. Temblorosa, comencé a correr mientras el auto avanzaba a mi lado. Llegué al semáforo y para mi mala suerte, estaba en rojo peatonal. El hombre abrió la puerta del auto y dijo que si no me subía, la iba a pasar mal. Miré para otro lado y mis lágrimas empezaron a caer. Se rieron. Me sentí el ser más inferior del mundo. Se aprovechaban de mi vulnerabilidad y yo no podía hacer nada. El semáforo cambió y seguí corriendo. Me siguieron tocando la bocina hasta llegar al Preu.

                  Gracias a Dios que no pasó a mayores. La verdad es que sentí tanto miedo que no sé lo que hubiera hecho si hubiera tratado de meterme al auto. Han pasado dos años desde que pasó y aún me tiemblan las manos al escribirlo.

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                    Tenía 11 años y caminaba siempre sola al colegio, a la casa, a comprar. Hasta a la iglesia. Pero tuve que dejar de hacerlo por un tiempo.

                    En esa época participaba en un coro. El ensayo era en la tarde y como era horario de invierno, ya estaba oscuro cuando salí de mi casa. Iba a mitad de camino y un hombre en bicicleta, que al ojo tenía unos 25 años, se me acercó preguntando por el horario de salida de mi colegio. Dijo que tenía que ir a buscar a su hermanita. Ingenua, le di la información. Empezó a hacer más preguntas, que yo, inocentemente, respondí, hasta que se fue y yo seguí mi camino.

                    A la cuadra siguiente, se me acercó otra vez diciendo que no pudo encontrar a su hermanita y no sé qué más. A la media cuadra se me volvió a acercar. Yo ya llegaba a mi destino, cuando pasó esto, un recuerdo en mi retina muy vivo:

                    – ¿Tú vienes a la iglesia mormona?
                    – ¡Sí!
                    – ¿En serio? ¡Porque yo también soy mormón!
                    – ¿De verdad?
                    – Sí, ¿y sabes lo que tengo aquí?- dijo, señalando el bolsillo del pecho en su chaqueta.
                    – No, ¿qué es? – pensando en algún objeto distintivo de la iglesia.
                    – Una cuchilla, y si hablai, ¡te mato! ¡Sigue derecho!

                    A esa altura estábamos afuera de la iglesia y sentí un miedo infinito. Por instinto, no le hice caso, doblé y entré.

                    Después de ese suceso, mi mamá me fue a dejar al colegio todos los días por dos años, hasta que coincidió mi horario con el de mi hermano. Anduve mucho tiempo con miedo por la calle, pensando que podía volver a encontrarme con ese tipo. Nunca más lo volví a ver.

                    Ahora tengo 24 años y tengo claro que nadie puede amenazarme, acosarme o a decirme algo en la calle que yo no quiera escuchar. Con esto aprendí que no toda la gente tiene buenas intenciones.

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                      Eran las 8.30 de la mañana e iba camino al trabajo. Cerca de mi casa, hay una vereda angosta en la que no caben más de dos personas. De repente, apareció un tipo que me empujó contra la reja y me dio un agarrón en el trasero. Le dije un par de garabatos y salió corriendo. Lo seguí. Yo iba de tacos y él, con zapatillas. Cuando llegó a la esquina, se dio vuelta para mirarme. No alcancé a ver su cara, solo vi que llevaba un polerón rojo, jeans, y mochila.

                      Dejé de seguirlo y me puse a llorar. La impotencia que se siente es muy grande. Me sentí violentada. Tengo 52 años y de inmediato pensé en mi hija de 20 años. Ruego porque esto no le pase nunca.