Caminar tranquila

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    Me encontraba en el departamento de informática de la Universidad de Santiago, ubicado en Estación Central. Estaba sentada junto a otros compañeros de la carrera, conocidos y desconocidos, mientras hablaba por télefono. De pronto, se acerca un compañero que no veía hace tiempo, me saludó y luego pasó por detrás mío. Justo en ese momento, sentí un tirón de mi ropa interior, claramente intencional. Es más, el elastico llegó a golpear mi piel. Me di vuelta y vi como él se alejaba, sonriéndome de forma burlesca.

    Al principio, me cuestioné si mi pantalón no me protegió lo suficiente para haber evitado que se notara la ropa interior. Pero con el pasar de los días (e incluso años), me di cuenta que eso nunca debió haber ocurrido, independiente si mi ropa interior se encontraba visible o no, no era posible tal acto.

    También recordé que ese mismo compañero intentó tocar mis senos camino a la casa de otro compañero. Varios compañeros caminábamos para ir a carretear, yo iba al lado de él hablando, cuando de pronto hace el gesto de tocación. Le tomé la mano y le dije que no. Él respondió diciendo “shh shh”, haciéndolo pasar por algo normal. Incluso sabiendo él que yo estaba pololeando y él conocía a mi pololo de ese entonces.

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      Ya sabía lo que era sentirme denigrada al caminar, pero hace un tiempo experimenté mi mayor miedo.

      – Huachita te espero mañana – dijo tocando mi cuello.
      Al llegar al colegio sólo rompí en llanto y no supe qué hacer.

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        A lo largo de mi vida he sido acosada a diario, pero lo que más me marcó sucedió hace dos años. Eran cerca de las 22.00 horas, estaba oscuro y salí de mi departamento para ir a dejar a mi novia al colectivo. Cuando iba de vuelta, un tipo pasó en un auto a baja velocidad, me miró y sonrío mientras se masturbaba. Rápidamente atravesé la calle asqueada y sin poder creerlo.

        Aceleré el paso y el tipo comenzó a seguirme por la calle. De repente se subió a la vereda y me bloqueó el paso. Atravesé la calle, asustadísima, creyendo que el tipo se iba a bajar del auto o qué sé yo. Volvió a cruzarse en mi camino y detuvo el auto, esta vez frente a mi departamento, por lo que sin pensar corrí sin pensar antes que el tipo hiciera cualquier cosa. Mi madre no sabía cómo tranquilizarme, lloré por horas. Aún temo salir de noche y cada vez que un auto aparece en la oscuridad se me aprieta el corazón.

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          Al inicio de mi pubertad, hombres de todas las edades (viejos, universitarios y adolescentes mayores que yo) se tomaron el derecho de decirme cosas a mí, una niña de doce años que recién comenzaba a entender los cambios en su cuerpo y lo que sería ser mujer en las calles.

          Lo que más recuerdo son dos eventos, ambos a mis 14 años. El primero, fue cuando me acercaba al paradero de mi población a tomar micro. Vi a un señor de unos 70 u 80 años que, mientras caminaba hacia mi dirección, me miraba con gracia. Pensé que por observarme de esa manera, y estar en el paradero de mi población, quizás conocía a mi mamá (ella conoce a todos). Entonces pasó por mi cabeza que debería saludarlo, pero él se agachó para ver de frente mi trasero y decirme algo horrible que ni repetiré. Me aterré y encontré el colmo que ni si quiera un adulto mayor respete a una niña que anda sola por la calle.

          El segundo fue aún peor. Andaba con mi mejor amiga en bicicleta en una villa cercana a la casa de mis padres, cuando un furgón de una famosa panadería comenzó a seguirnos. Nos hicimos a un lado pensando que así nos dejaría, pero no. Nos tiró el furgón para llamar nuestra atención y luego se detuvo, exclusivamente, para hacernos gestos con sus manos y lengua.

          Ninguna de estos traumáticos episodios se lo conté a mis padres, solo a unas amigas y resultó que todas habían sufrido acoso callejero.

          Yo ya no quiero que esto sea normal y que tengamos que pasar por lo mismo, menos que sea una situación transversal a todas las generaciones; ni que nuestras niñas tengan que sufrir esos sucios momentos en las calles y que deban “aprender” a afrontarlos.

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            Soy una mujer en la mitad de los 20. A lo largo de mi vida, hombres en la calle me han gritado, silbado, susurrado, dado agarrones, me han seguido y se han expuesto frente a mí. Todo desde más o menos los once años. Después de casi 15 años de no poder caminar con tranquilidad por la calle, siempre temiendo que alguien pueda decir algo, me he convertido en una mujer cansada. De solo pensar en la cantidad de mujeres que cargan con su propia mochila de años de acoso, me siento también una mujer derrotada.

            De todas aquellas experiencias que puedo recordar, hay una que está en el centro de mi mente: tenía 16 años y había salido recién del colegio una tarde y caminaba a tomar la micro cuando paré a esperar una luz verde. Casi al cambio, un auto se detuvo en la esquina frente a mí y escuché a los hombres en su interior decirme casi gritando un “elogio” a cómo me quedaba la ropa que estaba ocupando, o sea, un jumper y corbata de colegio. Instintivamente subí la mirada y vi frente a mí un auto de carabineros con dos hombres dentro que me miraban y sonreían. Sí, Carabineros, los defensores de nuestro bienestar estaban ahí “piropeando” a una (y por ninguna parte alguien podría haber pensado que yo no lo era) escolar.  Traté de no congelarme y crucé la calle.

            Es cierto que en cuanto a acoso he vivido muchas otras experiencias que podrían ser consideradas “peores”, pero jamás se va a comparar a la sensación de vulnerabilidad, de rabia y decepción que sentí en ese momento. Para una adolescente ese es un golpe en la cara que deja escrito “estás sola, no hay nadie que pueda ayudarte en este momento ni nunca.”

            Puede que después de eso me haya vuelto más fuerte, pero de seguro me volvió más débil también. Comencé a tener miedo a las multitudes y a que la gente me mirara. Si salir de mi casa era realmente necesario, desde la puerta me ponía audífonos con música y pretendía que nada pasaba a mi alrededor.

            Después de años y mucho trabajo ya no trato de esconderme del mundo. Pero no porque me haya acostumbrado a este sistema mental en el que todos estamos insertos, sino porque he perdido la esperanza; la fe en esta “humanidad”. Incluso mis ganas de en el futuro tener un hijo o una hija se desmoronan. No quisiera traer a una mujer a esta sociedad machista y discriminadora que pareciera estar esperando por su próxima víctima. Ya dejé de achacarme al escuchar un “piropo” y dejé también de defenderme con palabras contra ellos porque sólo lograba deprimirme más. Ahora, aunque sé que no es la opción perfecta, cuando un “auto de aquellos” se detiene en alguna esquina, o algún hombre se acerca o me dice algo desagradable, tomo mi celular y comienzo a grabarlo. O al menos actúo como que lo estoy grabando. No discuto, sólo lo enfoco con la mínima esperanza de que al menos algo del miedo que nosotras sentimos lo sientan ellos al ser expuestos.

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              Hace meses comencé mi práctica profesional y empecé a salir de lunes a viernes hacia el metro, a la misma hora a la que llegan los albañiles a las construcciones que hay por mi barrio. En el camino de siempre me cruzo con muchos de ellos y todos los días me acosan. Al principio me fascinaba caminar a esa hora, con aire fresquito y escuchando música, pero después de esto me  empezó a dar miedo y desagrado hacer el camino de siempre. Primero, pensé en cambiar de ruta pero llegaba atrasada; luego, le pedí a mi papá que me fuera a dejar pero igual me acosaban, hasta que empecé a responder los insultos a todos, con garabatos y gestos, y exponiéndome a que me pegaran, qué se yo.

              Fue tanto el estrés que me empezó a salir caspa por primera vez en la vida. Cuando hablé del tema con mi mamá y mi ex pareja, diciéndoles con impotencia que no entendía que me hicieran tanto daño si yo no les he hecho nada, se rieron y me dijeron que eso pasaba siempre y que no iba a cambiar.

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                Me pidieron que fuera a comprar a la farmacia y decidí ponerme unos shorts con una camisa para salir rápido. Después de caminar por fuera de una construcción con miradas no muy amigables, logré cruzar la calle. Pero, cuando llegué la farmacia, se me cruzó un caballero que hablaba por teléfono. Se lo quitó, se acercó y me dijo: ”Tss, que estai rica”. No era la primera vez que me decían algo y tal vez no ha sido lo más fuerte que me han dicho, pero me impactó que estando con unos shorts en verano, con 35 grados de calor me dieran ganas de irme corriendo a mi casa a ponerme pantalones. Me dio vergüenza y rabia. Pero, ¿vergüenza por qué? no había sido yo la que había hecho algo malo, pero sentí culpa.
                Cada vez se me van quitando las ganas de gritarle o decirles algo a esas personas, siento que pierdo el tiempo. Me da rabia no salir con vestido si no voy acompañada de mi padre, hermano o en auto. Esto tiene que parar. Siempre me había sentido tranquila en las calles de mi barrio, pero con ese hecho, ahora sólo ocupo pantalones para ir a la farmacia o cualquier lugar que este a más de una cuadra.

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                  Cuando tenía once años era más desarrollada que mis compañeras de mi edad, pero eso nunca me importó porque mi cuerpo todavía no era un tema para mí. Un día, mi mamá me pidió ir a comprar a cuatro cuadras de la casa. Cuando iba de vuelta, un hombre de unos 40-45 años cruzó la calle directo hacia mí y me susurró al oído “te lamería enterita”. Sentí toda su respiración en mi cara y me congelé. Volví corriendo a la casa, aguantándome el llanto porque pensaba que algo malo me iba a pasar.

                  Nunca le conté a nadie porque no quería que se preocuparan y tampoco pensé que fuese mi culpa, aunque esa frase me dio vueltas por mucho tiempo en la cabeza. Pasé meses tapada con chalecos enormes para que nadie viera mi cuerpo y lloraba cada vez que me pedían salir a comprar algo. Recién cuando pasaron los años me atreví a comentarlo con mis amigas y fue ahí cuando comencé a sentirme  culpable, porque la respuesta que siempre recibía era “¿pero cómo andabas vestida?”. Me dio rabia y me empecé a callar, porque me sentía juzgada y asustada del mundo con solo 13 años.

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                    Tenía 18 o 19 años, iba a tomar la micro después de pasar la noche donde una amiga. Eran las 08:00 horas de un día sábado o domingo, por lo que había poca gente en la calle. Un tipo caminaba detrás mío diciendo: “¡Uy mijita, que no te haría, medio culo!”. Yo iba vestida como niñito (probablemente producto del trauma de sentir que ser femenina es ser débil y propensa a ser víctima, después de años de acoso del mismo tipo) y con caña. Me aburrí. Después de varias cuadras me di vuelta, lo miré y le pregunté: “¿Te ha resultado alguna vez? ¿Una mina te ha dicho ¡ay huevón, me tení tan moja! Vámonos a un motel, culeame ahora ya!? ¿Te ha resultado?” El huevón quedó helado (ahí caché que tenía más de treinta años). Solo atinó a decirme algo así como: “¿Pero acaso está mal que te diga que te encuentro bonita?”.

                    O sea, que decir que quiere meterme cosas en la vagina y el ano ¿es decirme que soy bonita? Aunque me encuentre bonita, ¿por qué tengo que escucharlo?

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                      La micro siempre se demoraba más de lo normal y para no llegar atrasada al trabajo, me tuve que comprar una bicicleta. Hasta ahí todo bien, pero devuelta a casa, tenía que bajar sí o sí por José Arrieta y pasar cerca de una vulcanización. Afuera de ese lugar, todas las tardes se juntaban los trabajadores a mirar a las niñas de colegio y a una que otra mujer que pasaba por ese lugar.

                      Ese día pasé y me tocó a mí. No recuerdo que me dijeron, pero sí sus caras de depravación (no puedo evitar que siempre eso me quede en la mente). Me devolví y los encaré, sin embargo ellos se reían y seguían diciendo cosas. Mi adrenalina estaba a full, posteriormente vi una piedra en el suelo, en realidad era un gran camote, no tengo idea cómo, pero lo levanté y lo tiré al suelo cerca de los pies de uno de los hombres. Les dije que estaba cansada de tipos así y de tener que defenderme, y que para la próxima vez el camote se los tiraría en la cabeza (obviamente sólo fue una amenaza y lo hice porque no sabía a qué más acudir). Eso me hizo sentir más impotente.

                      Después de irme, esa escena quedó en mi cabeza: sus caras de cerdos, sus risas y la indiferencia de la gente. Debido a todo esto, llegué a mi casa súper mal. Al cabo de dos meses, traté de pasar por esa calle para irme al trabajo, pero tuve miedo. No he podido transitar por ese lugar a menos que sea en auto o en micro, ya que ellos siempre están sentados ahí mirando.

                      A veces me siento tan mal que incluso me da rabia ser mujer. Trato de no vestirme muy femenina, a menos que vaya a estar acompañada. El acoso me deja tan mal que siento rabia de vivir en este país, en este lugar donde nadie te ayuda y todos te miran como loca por tratar de defender tu derecho a caminar libre y sin molestias por las calles. Después de tanto defenderme, desarrollé un rechazo inmenso a los hombres.

                      Actualmente pololeo y me llevó muy bien con él, pero cada vez que me suceden cosas como ser acosada en la calle, termino mal y me altero. Además, siempre les recalco lo mal que me hacen sentir, ya que incluso me da miedo pensar que cuando esa persona sea más vieja, seguirá haciendo eso. Me afecta salir a la calle sola, siempre ando con el ‘‘detector de acosadores’’ y me siento insegura, pese a que respondo cuando me pasa algo.

                      A quien lea mi testimonio, pregúntenle a su papá, hermano, abuelo, primo o tío, si alguna vez acosó a una mujer en la calle. Díganle lo mucho que molesta y el asco que provoca. Háganle saber que si la violación no estuviese penada por la ley, él sería un violador. Si ellos no son capaces de guardarse un comentario, imagínense qué pasaría.

                      Por eso, tenemos que educar a nuestros familiares y, en especial, a los más viejos, ya que ellos fueron criados de una forma machista y retrógrada.