Caminar tranquila

    0 1815

    principal testimonios

    He sido víctima de acoso callejero desde muy chica, yo diría de que los nueve años aproximadamente. Siempre detesté este tipo de situaciones, pero hay una que quedó grabada en mi memoria.

    Tenía 12 años y acompañaba a mi mamá a hacer unas compras. Yo estaba vestida de uniforme (faldita y polera), cuando al llegar a la esquina de mi casa (ubicada en un barrio “bien” y en una calle concurrida, en teoría “segura”) un grupo grande de obreros de la construcción comenzaron a silbarnos y a decir piropos molestos. Me sentí muy incómoda, pero seguimos avanzando con mi mamá e intentamos hacer oídos sordos. En eso, una brisa me jugó una mala pasada y me levantó la falda, dejando expuesta mi ropa interior. Fue ahí cuando la situación tomó otros tintes: los silbidos se hicieron más fuertes, se escucharon gritos obscenos y más de alguno hizo gestos y expresiones de índole sexual. La conducta de esos hombres me dejó en shock, sobre todo porque era pequeña y no entendía nada.

    Cada vez que recuerdo esa situación me vuelve el mismo asco y desagrado. No puedo creer que, a pesar de haber ido acompañada de mi madre y estar a tan solo una cuadra de mi casa, fuera acosada por señores que perfectamente podrían ser mis abuelos. Menos mal que tengo una mamá “chora” que los encaró de inmediato, aunque ellos negaran lo sucedido. Como era de esperar la actitud de “machito” les llegó hasta ahí no más: le echaron la culpa a otros y básicamente la tildaron de loca. Lo dejamos pasar y seguimos caminando, mientras temblaba y lloraba de asco y vergüenza. Sentí que era mi culpa.

    Siempre fui una niña insegura y tímida, y esto no hizo más que empeorar la situación. Sentía miedo de salir a la calle y de pasar cerca de un grupo de hombres. Lamentablemente, aún queda en mi algo de ese temor. Ni imagino lo difícil que debe ser pasar por experiencias aún más traumáticas.

    Hoy tengo más confianza a la hora de defenderme, pero aún no lo supero. Seguimos siendo vulnerables y en algún lugar del inconsciente sigue viva la culpa y la vergüenza, como si nosotras escogiéramos pasar por esto.  Solo nos queda luchar por lo que creemos justo para vivir tranquilamente y desarrollarnos en un ambiente respetuoso.

      0 1517

      principal testimonios

      Hace poco escuché a alguien decir, muy sensatamente, que ser revolucionario hoy en día es ser una persona amable con los demás. Esto se vuelve especialmente complejo en Santiago, que se ha transformado en un lugar hostil, donde el que sobrevive es el más fuerte y con un sistema educativo que fomenta el individualismo. Siempre he sido consciente de esto, por lo que soy amable con las personas cuando me preguntan direcciones en la calle. Pero desde ayer que estoy cuestionando esa gentileza intrínseca.

      Con mi jefa fuimos a charla muy motivadora de Benito Baranda en el Club Providencia. Salimos contentas y con ideas frescas para el proyecto social en que trabajamos. Pedimos un taxi y lo esperamos en las afueras del Colegio San Ignacio El Bosque, un barrio que se caracteriza por su limpieza y seguridad. De repente, se acerca un tipo joven en auto y con una pinta muy normal, y nos pregunta a viva voz: “¿Cómo llego a Av. Providencia?”. Como hablo fuerte no me acerqué al auto, sólo me limité a darle las instrucciones. A la distancia, y gracias a mi vista periférica, me di cuenta que estaba sin pantalones y masturbándose. Mi jefa de inmediato se dio vuelta y quedó en silencio, pero yo le seguí respondiendo como si no me hubiese dado cuenta. No quería darle el placer de intimidarme. Me dio las gracias y arrancó a toda velocidad.

      No es la primera vez que me ocurre, por eso pude reaccionar con naturalidad. Mi jefa quedó muy afectada, le daba pena pensar que algo así le podría pasar a su hija pequeña. Cuando contamos lo ocurrido tuvimos varias opiniones, algunos se rieron como si se hubiera tratado de una buena broma, mientras que otros fueron más comprensivos. Lo que no muchos saben es que la conducta de esta persona es un delito, con todas sus letras, comprendido en el artículo 373 del Código Penal y en el que se otorga una pena baja (61 días a tres años de reclusión). Si le hubiese pasado a un menor de edad, la pena sube un grado (presidio de 541 días pudiendo llegar a cinco años).

      Esa misma tarde estaba leyendo una página de turismo con recomendaciones de seguridad para extranjeros que quieren venir a Chile. Allí recomiendan que si están en Santiago, deben permanecer “extremadamente atentos de quienes los rodean y pensar primero en su seguridad y, en segundo lugar, los buenos modales”. Antes del incidente hubiera encontrado una exageración la recomendación, pero hoy me encuentro absolutamente hostil y no quiero que nadie me hable en la calle, exclusivamente por miedo y frustración.

        0 1665

        principal testimonios

        Mi primera experiencia de acoso callejero la viví cuando iba en los primeros años de enseñanza media. Era un día absolutamente normal, iba caminando de vuelta a mi casa después del colegio a eso de las 13:30 horas. El trayecto era bastante corto, casi veinte minutos si andaba muy lento. A dos cuadras de llegar a la casa, un hombre en una moto me detuvo para preguntarme una dirección. Yo le señalé que quedaba a dos calles y me agarró un pecho. Di un salto hacia atrás y creo que le dije: “¡Qué te pasa estúpido!” y salí corriendo a mi casa. Recuerdo que esa tarde estuve llorando en un rincón de mi pieza por mucho rato.

        Nunca me había sentido insegura en mi propio barrio, vulnerable, frágil y sin ninguna herramienta para defenderme de una situación como esa. Fue a plena luz del día y por un lugar que transitaba todos los días. Me costó mucho volver a por esa cuadra y desde entonces evito responder a la gente que me habla en la calle.

        Ahora estoy en la universidad y pienso cómo ese evento (y varios otros) han cambiado la forma en que vivo mi día a día. Si vuelvo a la casa y está atardeciendo, empiezo a caminar rápido. O si viene algún hombre tras de mi, voy lento hasta que este pase.

          0 1740

          principal testimonios

          Estudio y trabajo en una universidad pública. Ese día, entraba a trabajar a las 09:00 horas, iba apurada a la pega casi corriendo para llegar al departamento. Cuando pasé por el lado del estacionamiento que está junto al Almacén General, dos funcionarios de la universidad, que estaban afuera del recinto, me silbaron e hicieron sonidos de connotación sexual mientras caminaba. Como iba apurada miré a estos sujetos, pero hice oídos sordos. Al llegar a la pega, de inmediato me enviaron a un salón, donde tendría que pasar por al lado de estos hombres otra vez.

          Caminé temerosa y haciéndome la loca, pero éstos al reconocerme me increparon diciendo: “Uh… No, si era sólo por detrás, por delante no tiene nada”. Y como si eso fuera poco agregaron: “Si estas niñitas son planas”, riéndose por mi físico.

          Me dieron unas ganas de responderles, pero luego pensé que ese era mi lugar de trabajo y que había mucha gente alrededor. Eso, sumado a mi notorio nerviosismo, terminó por hacerme callar. Luego hablé con mis jefes, quienes dijeron que tomarían medidas, pero para mí ese día ya había sido gris. Hace mucho no me ponía esos jeans, porque como se marcaban mucho mis caderas me habían gritado cosas y esta vez no fue la excepción.

          Me aguanté todo el día la angustia, pero camino a casa lloré de rabia e impotencia por haber tenido que soportar agresiones psicológicas y burlas sólo por ser mujer.

          Desde niña supe por mis padres, familiares y hermana que, sólo por pertenecer al género femenino, algunos hombres se sienten con el derecho de gritarte cosas en la calle o silbarte. Situación que muchas mujeres, de alguna manera u otra, se ven obligadas a aceptar por ser parte de la cotidianidad. Pero cuando estas acciones sobrepasan los límites y pasan de un silbido o cursilería a denigrarte con ordinarieces, da para preguntarse si estos hombres tienen hermanas, hijas o madres. No puedo creer que el instinto masculino le gane a las buenas costumbres o ¿será que la culpa radica en la crianza?

          No entiendo porqué tenemos que limitar nuestra forma de actuar y vestir por culpa de algunos hombres con mente primitiva.

           

            0 3723

            principal testimonios

            Siempre fui más desarrollada físicamente que mis compañeras, así que sin poder evitarlo al llegar a los 13 recibí mí primer acoso en la calle.

            Era verano, recuerdo que llevaba una polera de tiras e iba caminando al supermercado a comprar algunas cosas. Un tipo muy alto, calvo con lentes de sol pasó por al lado mío. Miró mi busto, susurrando se acercó y dijo: “Las medias tetas”.  Sentí su aliento y respiración muy cerca, fue asqueroso, quedé paralizada. Pensé que me haría algo, pero él siguió caminando como si nada. Creo que fue una especie de iniciación al acoso varonil.

            Después de haber sido víctima de acoso, se volvió algo normal el que me susurren, griten o silben. Siempre recibo una opinión sobre mi cuerpo, independiente de la ropa que use, y pese a que ya es parte de mi día a día, me siento igual de violentada que la primera vez.

            Actualmente tengo 18 años y cuando alguien me violenta con algún “piropo”, no dudo en responder con insultos. Pero cuando pienso en mi prima pequeña, que está llegando a su adolescencia, no quiero que entre a este circulo vicioso y que piense que por ser mujer un hombre tiene el derecho de decir lo que quiera.

            En algún futuro tendré hijos o hijas, y haré todo lo posible para evitar que sean víctimas o victimarios de acoso. Para ello les enseñaré, desde pequeños, que este tipo de situaciones son incorrectas y les inculcaré un valor que muchos desconocen: el respeto. Respeto por los demás y por ellos mismos.

              0 1524

              principal testimonios

              Tenía 12 años, era delgada y sin ningún tipo de curva o algo que destacara mi físico. Ese día, andaba con jumper, aunque normalmente usaba pantalón, (me quedaba ajustado porque nunca lo usaba). Iba por el centro con mi prima y unos viejos asquerosos nos silbaron desde la vereda de en frente. Dijeron cosas que ni recuerdo. Intentamos ignorarlos, seguimos caminando, pero un tipo en una moto nos chifló. Empecé a caminar con vergüenza y miedo, porque sentía cómo los hombres me miraban. No hice nada, no tomé conciencia, era chica e hicieron que me sintiera avergonzada por mi cuerpo. Me dieron ganas de tener un abrigo hasta los tobillos.

                0 1571

                principal testimonios

                Iba a encontrarme con mi mamá en el supermercado. Es un camino habitual que hago, ya que me queda al lado de mi casa. Me acuerdo que andaba con ropa suelta, sin escote y un enorme chaleco café que me tejí hace un tiempo. Estaba hablando con una amiga por celular. Por la calle, en sentido contrario, venía un ciclista, de sexo masculino y de aproximadamente unos veinte años. Pasó  y sonrió. Luego de eso me agarró una pechuga y siguió su camino.

                ¡Quedé helada! Jamás me había pasado algo así, menos pensé que lo haría un ciclista que son socialmente reconocidos como tan “buena ondas”. Me enojé mucho y sin pensar me di vuelta y con toda mi fuerza le tiré el celular en la espalda, y le grité muy fuerte un garabato. Nadie hizo nada. Me sentí sumamente vulnerable, porque habían violado mi intimidad. Ya no creo en los ciclistas, los miro con recelo, y cuando se me acercan me aparto. Cuesta volver a confiar después de haber vivido algo así. Uno se pregunta, ¿Sabrán el tremendo daño qué pueden causar sus acciones?

                 

                  0 4256

                  principal testimonios

                  Tenía 15 años y luego de la hora de almuerzo, me iba caminando al colegio. Como eran cerca de las 14:00 horas casi no había gente en la calle. Estaba todo muy tranquilo. Iba escuchando música, cuando de pronto levanté la mirada y vi un hombre de aspecto desaseado, con su pene afuera, masturbándose y acercándose a mí. Tenía mucho olor a trago, me acorraló contra la pared de una casa e hizo ese maldito sonido como jadeo en mi oído (que lamentablemente he sentido muchas otras veces). Alcancé a empujarlo, perdió el equilibrio y corrí despavorida.

                  Llegué tan asustada al colegio que mis compañeros me preguntaron qué es lo que me había pasado; cuando les conté me respondieron algo insólito y a la vez doloroso: “es tu culpa, eso te pasa por andar leseando por ahí… nadie te manda a venirte caminando… andai buscando que te hagan algo…”.

                  Solo años después me convencí que no era mi culpa. Pero en el momento, la incomodidad y el temor de volver a escuchar esas respuestas, hicieron que no le contara a mi familia.

                    0 2076

                    principal testimonios

                    Una tarde salí con mis compañeros de trabajo a un bar muy cerca de mi casa. Como era verano, temprano y estaba agradable, decidí volver sola. Siempre había hecho ese recorrido caminando, hasta ese día…

                    Llegando a una avenida, un auto dobló hacia mí; frenó a varios metros, y vi que alguien, supuestamente, se bajó a revisar la rueda del auto. Seguí caminando, alejándome de donde él estaba, en dirección a la avenida principal, pero sentí que corría detrás mío. Luego, me tomó de las nalgas y me levantó en el aire. Quedé tirada en el suelo y él volvió corriendo a su auto riéndose, gritando y tocando bocina, como festejando un gol.

                    Tuve que tomar aire mientras caminaba muy de prisa (temía que si corría él lo tomara como otro juego) y llamar a un amigo por teléfono para pedirle que se mantuviera en línea mientras caminaba las dos cuadras que me faltaban para llegar.

                    Lamentablemente lo que al tipo este le pareció divertido, acabó con mi confianza de caminar sola en la calle, me dejó invalidada como mujer independiente, y me llenó de una sensación de miedo y odio a encontrarme a un hombre en la calle. Hasta hoy transito con temor, mirando a cada rato por si viene alguien siguiéndome, sin importar la hora ni el lugar.