caminar

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    Cuando iba en cuarto medio, entré a uno de los tantos preuniversitarios de Santiago Centro. Era sábado en la mañana, las clases que estaba recuperando ya se habían acabado y en vez de tomar el metro en Santa Lucía, como siempre lo hacía, decidí caminar hacia Moneda. Así me topé con mi agresor. Estaba parado pidiendo plata frente a la puerta de madera de la iglesia San Francisco, la que da a la Alameda. Conforme avanzaba hacia él, sentía cómo me miraba, cómo me iba cerrando el paso, al estar parado frente a mí con la vista fija, supe que no iba sólo a gritarme una sarta de palabras sobre lo grande que eran mis pechos o lo mucho que le gustaría chuparme “la conchita”, como ya me habían dicho otras veces.

    Empecé a asustarme, a mirar si iba alguien más atrás mío, si la gente que iba adelante escucharía si yo gritaba, si alguien me podía ayudar en caso de que pasara algo. Cuando llegué frente a él fue como si todo pasara en cámara lenta, vi cómo extendía su mano con fuerza y decisión hacia la parte delantera de mi pantalón (hacia mi vulva), cómo su cara depravada miraba mi busto, lo vi y sentí miedo porque en el fondo sabía que si llegaba a tocarme no me iba a dejar ir fácilmente. Por suerte en esa época practicaba karate y pude bloquear su ataque de manera casi automática y salir corriendo. Nadie me ayudó, nadie se volvió cuando del susto di un gritito, no había nadie atrás mío y quienes iban delante (quiero creer) no escucharon nada.

    Cuando llegué a mi casa y conté lo que me había sucedido, nadie dijo nada, nadie culpó al agresor, no lo vieron como algo terrible y peligroso. Si bien esto pasó hace ya cinco años, me marcó mucho. Todavía evito pasar frente a esa iglesia si voy sola. Desde ese momento desconfío el triple de lo normal de los indigentes y de quienes piden dinero o se ven ebrios y siento un rechazo hacia toda persona que se acerque demasiado o que me mire mucho.