carabineros

    0 1965

    principal testimonios

    Tengo 25 años, soy una profesional del área de las ciencias sociales y procuro trabajar por el bienestar de otros. El camino ha sido difícil.

    La primera vez que me sentí violentada fue a los 16 años mientras iba camino al colegio. Todas las mañanas un vecino mayor, de 60 años, se sentaba al mi lado cuando viajábamos en la micro. Un día me tocó y al mirarlo, él me pidió que no dijera nada. Al comienzo creí que no había sido intencional, pero luego volvió a tocarme y yo lo enfrenté. Llegué a mi colegio y no hice más que llorar de impotencia. Después con mis padres establecimos una denuncia en Carabineros y con el tiempo nos citaron a la Fiscalía para declarar. En aquella ocasión, el persecutor me señaló que no tuviera esperanzas, porque por lo general estas denuncias no terminaban en nada.

    Han pasado cerca de 10 años, he vuelto a ver a este hombre en distintas ocasiones, y me sigue generando miedo. Algunas personas creen que hacer este tipo de actos puede ser insignificante, pero pienso que poca gente dimensiona el daño que esto produce en las víctimas. En mi caso tuve que enfrentar un tratamiento psicológico, ya que afectó mis relaciones interpersonales. Comencé a sentir miedo a los hombres, miraba con desconfianza las muestras de cariño y dejé de sentirme cómoda con las ropas más llamativas.

    Es por esto que escribo mi testimonio, porque estoy cansada de sobrellevar una situación que atentó contra mi voluntad y que me ha perjudicado tanto. ¡Es necesario que todos y todas terminemos con el acoso y volvamos a sentirnos seguros y seguras en nuestros propios espacios!

      0 2166

      principal testimonios

      Viajaba en metro por la línea cinco un domingo a las tres de la tarde, cuando un hombre se subió y comenzó a vender agua mineral diciendo que el agua estaba “rica, rica”. Sin embargo, como una ya está acostumbrada a ese tipo de agresiones lo dejé pasar. Luego, el vendedor se cambió de vagón y cuando me bajé del metro, en la estación Ñuble, el tipo también lo hizo y en vez de subir a otro vagón, me esperó. Casi nadie bajó del metro así que estaba prácticamente sola en el andén. La estación tiene sólo una salida, por lo que tenía que pasar por el lado de él, así que pasé sabiendo que me diría algo. Me susurró todo lo que me haría y estiró la mano como para agarrarme por la cintura o tocarme. Ante esta agresión, pegué un salto y avancé rápido. Me di vuelta y le grité: “Cagaste, le voy a decir al jefe de estación”. Bajé corriendo la escalera y le dije a un carabinero que estaba vigilando. Rápidamente él llamó a otro guardia y lo agarraron. Me ofrecieron poner una denuncia y pregunté bajo qué figura, a lo que el carabinero me respondió: “En realidad ninguna porque no la alcanzó a tocar”, y le dije: “Exacto, ninguna ley nos protege, pero a mí ya se me echó a perder el día”. Por mientras, yo tiritaba. Finalmente, anotaron el intento de tocación y lo detuvieron por vender agua.
      Al carabinero se le caía la cara de la vergüenza por no poder hacer nada más, y me dijo: “A mi hermana le pasó lo mismo. Da rabia que no puedan andar tranquilas en la calle por tipos como éste”.

        0 2114

        La charla se realizará entre el 19 y 28 de agosto, en el marco del IV Curso de Instructores en Derechos Humanos Aplicables a la Función Policial 2015.

        El próximo 19 de agosto a las 9:40 horas, María Francisca Valenzuela, Directora del Observatorio Contra el Acoso Callejero (OCAC), ofrecerá una charla a Carabineros de Chile durante el IV Curso de Instructores en Derecho Humanos Aplicables a la Función Policial 2015. El evento se realizará en la Escuela de Carabineros, ubicada en Av. Antonio Varas N° 1842, Providencia.
        Se trata de una jornada de sensibilización sobre violencia de género, específicamente en acoso sexual callejero, y la falta de una legislación acorde a los tiempos. Esto, para motivar el compromiso de carabineros y carabineras respecto a la seguridad ciudadana y recepción de denuncias.
        Cabe señalar que si hoy una víctima acude a la Fiscalía, a la PDI o Carabineros para denunciar acoso callejero leve, no va a encontrar acogida, ya que las policías no pueden iniciar procesos por faltas que no existen en la ley. Si bien hay funcionarios que inscriben las agresiones, las denuncias se pierden en cifras negras.
        El curso está destinado a Oficiales y Suboficiales de la institución, cuyo objetivo es formar a Carabineros de Chile sobre diferentes materias relacionadas con Derechos Humanos, como Derecho Internacional Humanitario y Mantenimiento del Orden Público.

         

          0 2542

          principal testimonios

          Soy una mujer de 34 años. A los 12 sufrí mi primer acoso callejero. Iba del colegio a la casa a eso de las 16:00 horas, cuando en el camino tres niños comenzaron a turnarse para correr detrás mío y tocarme el trasero, uno tras otro. Ningún hombre me había tocado y mi primera vez fue así: en la calle. Ahora que lo escribo revivo mi pánico y humillación. En aquella ocasión traté de defenderme, pero los niños siguieron tocándome. Lloré todo el camino y, a pesar que era una avenida muy transitada, nadie hizo algo.

          Años más tarde se repitió, a los 14 y luego a los 15, unos tipos nos mostraron, a mí y a unas compañeras, sus genitales en plena calle. Las palabras groseras, miradas abusivas, sonidos y gemidos no sólo las recibí en la calle, también en la micro y el metro. Incluso una vez fui acosada frente a un carabinero quien, pese a mi petición de ayuda, no hizo nada.

          Por años me transformé, dejé de usar la ropa que me gustaba.  Dejé de salir. Dejé de ser yo misma. Es muy denigrante y humillante vivir así.

            0 1613

            principal testimonios

            Desde que salió el sistema del pase escolar, lo he perdido como ocho o nueve veces, por lo que me sé de memoria los pasos para poder sacarlo de nuevo. Una vez, yo tenía como 15 años y haciendo el trámite de la constancia en una comisaría, el carabinero me quedó mirando y dijo: “¿por qué miras para atrás? ¿Te portaste mal? ¿querís que te lleve al calabozo?“. Yo, como era chica, no supe qué hacer. Agarré mi papel y, asustada, me despedí. ¿No se supone que los Carabineros deben cuidar? Nunca me sentí tan vulnerada.

              0 1813

              principal testimonios

              Eran cerca de las nueve de la mañana y un auto me siguió hasta mi casa. Jamás me percaté. El auto era del año y el motor era imperceptible. El conductor sacó su mano por la ventana y me agarró el trasero. Yo estaba colgando el teléfono y al sentir el “agarrón” sólo reaccioné a tirar un manotazo al hombre y tirarle un improperio. El auto avanzó, yo me congelé. Corrí hacia mi casa, les conté a mis papás y salimos a buscarlo en auto. Como no dimos con él, volvimos. Para nuestra sorpresa, el muy sin vergüenza había vuelto a pasar por el mismo pasaje donde me atacó.

              Lo seguimos en auto y el tipo se fugó. Transgredió infinitas normas de tránsito. Hasta pasó a llevar un auto. Luego lo perdimos en el camino. Pese a eso, pude gritarle y dejarle claro lo mal parido que era. Mi papá le dio un susto que seguramente jamás olvidará. Por suerte anotamos la patente.

              Tengo rabia aún, pero haber dado con él y haberlo denunciado es un alivio inmenso. No sé cómo habría sido cargar con la impotencia de no haber hecho nada. Yo pude, pero me preocupó saber que en la comisaría dijeran que hay pocas denuncias de estos abusos o acosos, cuando me he enterado por personas del sector y chicas de mi edad que estos ocurren. Chicas, DENUNCIEN, es la única manera de que se hagan cargo de este problema.

              Lo otro, no bajen la guardia. Yo soy una persona terriblemente paranoica. Si salgo, llevo mi gas pimienta, pero esta vez no lo traía, porque nunca imaginé que a esa hora me sucedería algo así. El tipo no era un viejo depravado, era joven de buen aspecto, de no más de treinta. A veces el estereotipo que tenemos de “hombre peligroso” no permite que estemos alerta.

              Ojalá esto les sirva de algo, yo esperaré  la denuncia y seguiré con los trámites.

                2 1902

                principal testimonios

                Eran más o menos las ocho de la noche, un día de verano. Había luz. Estaba trabajando y fui a comprar unas bebidas. Cuando iba llegando a la Copec, tres tipos que podían ser mis papás empezaron a gritarme “rica, te pasaste”. Aplaudían y decían estupideces. Entré a la tienda y compré con mucha rabia, pensando por qué hay gente que hace esas cosas, cuál es la estupidez en sus cabezas que los hace actuar así. Decidí que si dejaba la situación así, no estaría haciendo ningún cambio. Salí y, por suerte, había una patrulla cerca. Les expliqué la situación a los carabineros y fuimos a encararlos. Cuando llegamos, quedaba solo un tipo y su única excusa y defensa básica durante toda la conversación fue decir “yo no fui el único que le gritó”. Como si eso lo legitimara o lo hiciera más inocente. En fin, me tuvo que pedir disculpas públicas y dar sus datos y se notó que pasó una vergüenza horrible. Me consta que la próxima vez lo pensará dos veces.

                Le conté lo sucedido a muchos amigos hombres y me dijeron que era una exagerada. Pero ellos no saben lo que vivimos y la lucha que llevamos por exigir el respeto que merecemos. Por favor nunca callen y alcen siempre su voz por nuestra causa.

                  0 2784

                  principal testimonios

                  Hace más o menos un mes, salí de clases para juntarme con mi pololo. Tomé el Metro en Santa Ana y al subir, me di cuenta que tenía una calceta abajo, así que me agaché para arreglarla. Cuando levanté la vista, vi a un hombre de unos cuarenta años, la misma edad que mi papá,  me hacía  señas para que me sentara en sus piernas. Al mismo tiempo, apuntaba a un tipo que hablaba por celular. Quedé helada. Solo atiné a mover la cabeza y preguntarle qué le pasaba. Él me respondió el gesto con la cabeza y se rió. Puse cara de asco y no volví a mirarlo. Busqué ayuda en el vagón y vi una compañera del liceo que me miraba preocupada. Estaba en eso cuando divisé a un Carabinero. Pensé en pedirle ayuda cuando llegamos a la estación Los Héroes. La gente comenzó a bajarse y vi al sujeto haciéndole señas a un anciano que estaba sentado detrás mío para que se ubicara a su lado con otros dos tipos. Tomó sus cosas y se sentó con el acosador. Me sentí nerviosa e insegura, sentí que no podía pedir auxilio a nadie. ¿Qué pasaba si era conocido suyo? Miré a mi compañera, luego al Carabinero que estaba de espalda. Bajé la vista avergonzada y me cambié de carro.

                  Me sentí muy mal el resto del viaje. Quería llorar y no podía dejar de pensar en la niña de mi liceo. Tal vez el tipo le hizo algo. Me sentí cobarde por no enfrentarlo o acusarlo con el Carabinero, pero simplemente no pude. Llegué a mi estación y apenas vi a mi pololo lo abracé. Me puse a llorar y le conté lo sucedido. Me acarició y dijo que para la próxima pidiera ayuda, que nunca me quedara callada. Al menos saber que él piensa de esa forma me reconfortó.

                    3 4340

                    principal testimonios

                    Me iba a juntar con mi pololo alrededor de las cuatro, en su sala de ensayo. Él es músico. Iba a una tocata en San Felipe y quería desearle suerte. Casi llegando, unas tres o cuatro casas antes, un hombre salió de algo así como un local de repuestos. Caminé lo más rápido que pude, pero igual cuando pasé, el idiota se volteó para decirme “preciosa, rica”. Yo venía ya bastante chata, porque ya me venían gritando hace rato en el viaje, así que me di vuelta y le dije que la chupara. Se burló de mí, dijo algo como “obvio que se la chupo…”, le mostré el dedo de al medio y el imbécil seguía riéndose y repitiendo que me la chuparía toda.

                    Llegué a la sala de ensayo, evidentemente, mi pololo notó mi molestia y yo le conté para sentirme mejor. Acá pasó lo peor, mi pololo vio salir al tipo y fue a increparlo, le decía que por qué le estaba gritando a su polola. Lo más indignante es que el tipo no cedió en su postura y, delante de mí, le decía a mi pololo que me gritó rica porque yo era rica “y qué tiene hueón”, restándole importancia y en una actitud provocante. Mi pololo se enojaba cada vez más, le decía que era un enfermo, que si acaso no tenía hijas y esposa, que si le gustaría que las trataran así. El idiota respondió, carepalo, que sí, que le daba lo mismo. Yo también lo increpaba, le preguntaba si le daría lo mismo que a sus hijas se las llegaran a violar y supongo que no me entendió la pregunta porque me respondió que sí (?). Ahí me aburrí y me quise ir, sin embargo, mi pololo estaba tan enfurecido que agredió al tipo con un combo en la nariz, entonces el tipo lo agarró del pelo y yo no pude hacer más, porque no tengo la fuerza física de un hombre. Finalmente, el tipo se arrancó, gritándole a mi pololo amenazas de muerte, “¡Te voy a pegar un balazo!”, “Ya vai a ver, te voy a matar”, etc. Mi pololo estaba tan enchuchado, que me dio miedo que hiciera algo más y que el tipo de verdad lo baleara o algo.

                    Salieron todos los compañeros de trabajo del imbécil y un miembro de la banda de mi pololo salió a tratar de calmar los ánimos. Luego nos contó que el tipo le preguntó si sabía dónde vivía mi pololo, dónde trabajaba, que estaban planificando una venganza. Fue tanto, que tuvieron que cargar los instrumentos en la camioneta a unas cuadras de distancia, para evitar problemas.

                    Al día siguiente y por recomendación del OCAC, fui a la PDI. Mi intención era contar la verdad y entablar una denuncia por acoso o lo que fuera. Primero, me atendió un caballero que resultó ser bastante amable, le conté la situación y me explicó que en vista de que el acoso callejero no está tipificado como delito, no me podía tomar la denuncia y que por lo mismo mi pololo salía para atrás porque él agredió al sujeto primero. La única opción que me dio fue que mi pareja hiciera la denuncia por amenaza (y alterando la historia, porque si no salía perjudicado él) y que yo dejara una constancia en Carabineros avisando que en ese lugar trabaja un tipo que acosa mujeres. No podía hacer la constancia en la PDI, porque esta policía sólo toma denuncias.

                    Salí super enojada. Además, el policía que me atendió primero me preguntó si quería conversar con una mujer, yo le dije que sí, pensando que se pondría en mi lugar, pero resultó todo lo contrario. Fue más o menos así:

                    ¿Por qué te voy a tomar la denuncia? ¿Porque ibas pasando y un tipo te dijo un piropo? Seamos sinceras, ¿a qué mujer no le dicen piropos en la calle? A mí también me han dicho rica y esas cosas, yo creo que hay que reirse.

                    Yo le expliqué que sabía que no podía denunciar, pero que no me parecía su respuesta, porque le estaba restando importancia al problema y tomándolo como algo natural. Ahí trató de bajarle el perfil, diciendo que yo no le había entendido, que en el fondo no me podía tomar la denuncia.

                    Me dio mucha rabia, hasta el caballero que me atendió al principio resultó ser más empático que la mujer. Se nota la ligereza con que se toman el tema. En la conversación salieron comentarios como “pero si hay chiquillas que les gustan los piropos” o “tú eres de las pocas mujeres que les molesta que les griten”. Eran muy sutiles, pero se notaba que pensaban que estaba exagerando. Creo que bastaba con que me dijeran que mi pololo hiciera la denuncia por amenaza y que yo pusiera la constancia, el resto de comentarios estaba de más. Queda la sensación de que pueden decirte lo que quieran, mientras no te toquen, da lo mismo la forma o a cuántas mujeres acosen. No entendían que si un tipo me acosa a mí una vez, lo más probable es que acose a otras mujeres. Al final, no es mucho lo que se puede hacer.

                    Pasó el tiempo y OCAC Chile insistió en que dejara constancia como me dijeron en la PDI. No estaba muy convencida al principio por el mal rato en la PDI, pero al final accedí y mi pololo quiso acompañarme. Le explicamos al carabinero que me atendió todo lo sucedido y debo decir que fue tremendamente amable y empático. Sin embargo, me explicó que no se puede dejar constancia del hecho porque está enmarcado en la libre expresión (no era que él lo pensara, era lo que decía la ley) y que el procedimiento adecuado era haber llamado a una patrulla de Carabineros para que llegara a la casona y le hiciera un control de identidad al tipo para dejar el hecho directamente en sus antecedentes. Dijo que dejar una constancia ahora no lo iba a perjudicar en nada. Además, nos recomendó hacer la denuncia por amenaza de muerte, pero tampoco se podía porque no teníamos el domicilio del tipo ni su lugar de trabajo. Al final, como verán, quedó en nada.

                    Me da lata porque se notaba que el carabinero quería ayudarnos, pero al intentar algo, se notaban las trabas del sistema. De hecho, en un momento, el carabinero, que era joven, hizo el comentario “pa callao” de que él le habría pegado más al tipo, porque al final la demanda por lesiones es la misma y hay cero amparo para las víctimas en el caso del acoso.

                    Lamentable, esperaba que esto quedara marcado en la hoja de vida del sujeto. Lo único que espero ahora es que el imbécil tenga las mismas trabas que nosotros y que la demanda sea puro tollo, porque dudo que tenga el nombre de mi pololo. En un principio, sentí que yo tuve la culpa de lo que pasó. Sentí que debí haberme quedado callada, porque temía represalias posteriores. Por otro lado, no avalo en absoluto el actuar de mi pololo, pero lo entiendo -cómo no, si vivo acoso a diario-. A pesar de que no estuvo bien, creo que el imbécil se lo merecía, porque por lo visto encontraba totalmente normal que a sus hijas las acosen. Lo que más lamento es no haber podido ser yo la que le sacara la chucha y haberle podido ahorrar el problema a mi pololo. Después de esto, le dejé claro a mi pareja que no le contaré nunca más un episodio de acoso, no porque esté enojada con él, todo lo contrario: porque lo amo y temo por su integridad física. Además, pareciera que la “justicia” está diseñada para que estos enfermos hagan lo que quieran y para que gente de la autoridad con ganas de ayudar queden de manos atadas.

                      2 3667

                      principal testimonios

                      Era domingo, iba a tomar locomoción a cuatro cuadras de mi casa. En el camino, un desconocido que andaba en bicicleta subió a la vereda y, una vez allí, se bajó para caminar, lo que no me pareció muy extraño en ese momento. Sin embargo, una vez que él estuvo a mi lado, tiró su bicicleta contra mis piernas para inmovilizarme. Choqué contra una reja y me puse a insultarlo, pensé que me quería asaltar, pero no: él quiso tocarme. El tipo era un degenerado. Jamás agarró mi bolso, sólo deseaba tocar… tiré la carpeta que llevaba en la mano y sólo atiné a engancharle el brazo y lanzar combos al aire como loca. Cuando pude sacar una pierna empujé la bicicleta y le pegué una patada en las costillas, pero no fue lo suficientemente fuerte, porque no pude derribarlo.

                      Ante esto, el tipo agarró su bici y se fue rápido. Irónicamente, tres minutos después de este episodio pasó una patrulla de Carabineros, la que a pesar de mis gritos y señas, no paró. Asustada, regresé a mi casa. Horas más tarde, salí acompañada por un amigo y nos encontramos a un carabinero. Me acerqué y le pedí que me aconsejara sobre qué hacer en estos casos. Él dijo: si usted no quiere pasar por la humillación de contar y revivir este episodio, por su bienestar psicológico, es preferible que no denuncie. No hay a quién culpar, seguir o detener. Hizo bien en pegarle, pero sólo olvídelo, esto pasa.

                      Sólo quiero decir que aquí en Arica hay un tipo joven, veinteañero, moreno y encapuchado, anda en bicicleta y acosa mujeres. Esto no me pasó solamente a mí, cuando le conté a una amiga, ella reconoció haber sufrido un ataque similar en otro sector cercano al lugar donde yo fui atacada.