carabineros

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    Un factor para no visibilizar estas situaciones es “por miedo a perder el trabajo, por miedo a que te trasladen, por miedo a las represalias, o te quedas callada o denuncias” declaró la mujer.

    Un reportaje del programa Informe Especial develó la realidad de los casos de acoso sexual dentro de la institución policial Carabineros de Chile, que ya suman 130 incidentes en los últimos cuatro años, según datos otorgados a través de la ley de transparencia al medio escrito The Clinic.

    Carabineros es una institución que cuenta mayoritariamente con un personal masculino, actualmente está constituida por 55 mil efectivos, de los cuales sólo un 15% son mujeres.

    “Dentro de Carabineros se ve mucho el acoso sexual”, declaró una funcionaria de manera anónima  en el reportaje de TVN. Un factor para no visibilizar estas situaciones es “por miedo a perder el trabajo, por miedo a que te trasladen, por miedo a las represalias, o te quedas callada o denuncias”, manifestó la mujer.

    Tanto la violencia física, sexual y sicológica contra las mujeres “es una violación a los Derechos Humanos”, expresó Camila Maturana, abogada de la Corporación Humanas y es “una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre hombres y mujeres”.

    Carabineros de Chile es una institución que posee gran relevancia a nivel nacional, ya que su misión consiste en “dar eficacia al derecho, garantizar el orden público y la seguridad pública interior en todo el territorio de la República” por lo que es indispensable generar mecanismos de educación y sanción ante estas prácticas para garantizar la transparencia e integridad dentro de esta policía.

    En los últimos dos años, el alto mando de Carabineros reconoce 15 hechos ligados con delitos sexuales, de acuerdo a los datos entregados por Informe Especial. No obstante, debido a la jerarquización, a la distribución de los poderes y altos mandos, y al orden existente en la Institución, se especula que existen cifras negras en asuntos de esta envergadura.

    Para ver la nota original del reportaje ingresa aquí.

    Jazmín Salazar

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      – Vengo a dejar una denuncia por acoso sexual callejero.
      – ¿Cómo es eso?
      – Un hombre me dijo algo muy grosero, que me violentó.
      – ¿Qué le dijo?
      – Me da mucha vergüenza repetirlo.
      – Dígame qué le dijo.
      – “Le llenaría el choro de moco”.
      – Ya, espéreme aquí.

      Hice el ejercicio de denunciar una manifestación “no física” de acoso sexual callejero: la agresión verbal que según la primera encuesta sobre el fenómeno realizada por el Observatorio Contra el Acoso Callejero, ha sido sufrida por un 72% de las consultadas.

      Mi visita a la comisaría tuvo distintas paradas. La primera con la carabinera que me recibió, a quien tuve que reproducirle la vergonzosa frase que un desconocido me dijo al oído. Luego, entré a otra habitación, donde dos carabineros me informaron que no podían tomarme la denuncia, por tres razones: porque lo que me sucedió no era delito, porque no tenía el nombre de quien me había violentado y porque sólo se tomaban denuncias por acciones como exhibicionismo o intentos de violación.

      Entonces constaté algo que en el OCAC Chile, ya hemos manifestado: las víctimas de agresiones verbales y tocaciones anónimas, no encuentran espacios de denuncia, y estas acciones tienden a ser minimizadas. Decidí insistir y pregunté: ¿cómo se denuncia un robo, si tampoco se conoce la identidad del ladrón? Respuesta recibida: porque eso, en la ley, sí es delito. Para la otra tómele el nombre a la persona. El comentario me colapsó y aclaré de inmediato: ¿usted cree que después de escuchar una frase de ese calibre me voy a acercar a conversar? Los policías me miraron en silencio, dándome la razón.

      Seguí insistiendo: ¿Qué hago? Necesito denunciar, dejar registro de lo ocurrido, porque esto pasó cerca de un colegio y quiero impedir, de alguna forma, que algo así o un hecho más grave le suceda a una escolar. Luego de varios minutos de insistencia, uno de los carabineros se puso de pie y me dijo “voy a ir a preguntar”. Esperé un largo rato y me hicieron pasar a una nueva habitación, en la que me atendió otro policía. Me dijo, le vamos a recibir la denuncia, por otros hechos, porque no tengo otra forma de hacerlo. Le voy a tomar declaración de todo lo que pasó y esto se va a ir a la Fiscalía, ¿de acuerdo? De acuerdo, le respondí, y le di las gracias. No se preocupe, aquí estamos para ayudar, me aseguró.

      Nunca un carabinero había sido tan amable conmigo, lo que también me hizo reflexionar respecto de la arbitrariedad de estas instancias. Cuando hablamos de violencia en los espacios públicos, no podemos descansar en la buena voluntad y en el criterio personal, es necesario tipificar el acoso sexual callejero para que las autoridades sepan cómo responder ante estas faltas. Asimismo, al encasillar las agresiones como “otros hechos”, no se generan reparaciones específicas para estas vulneraciones sexuales.

      El carabinero me pidió mi carné, que escribiera la declaración en una hoja y una serie de detalles, como la hora en que todo había ocurrido y una descripción física del agresor. Luego, me mostró la declaración que debía firmar. La leí y sólo le pedí que cambiara una cosa. En el final, había escrito “frase que la hizo sentir vulnerada en su condición de mujer”, le pedí que reemplazara mujer por persona. Ahí también constaté una mitificación: se cree que el acoso sexual callejero nos vulnera como mujeres, cuando realmente nos vulnera en nuestros derechos humanos. No exigimos respeto por ser mujeres, no pretendemos caer en ensoñaciones machistas como “a las mujeres no se les pega” o “respétame, podría ser tu madre”. A ninguna persona se la golpea y todas merecemos respeto como pares. Esta cruzada es por el disfrute del espacio público en igualdad de condiciones, no una reivindicación moral desde nuestra esencia femenina.

      Con ese pequeño cambio, firmé la denuncia y abandoné la comisaría, concluyendo cuatro puntos importantes:

      Uno: necesitamos una ley que tipifique las manifestaciones más graves de acoso callejero, algunas de ellas ya consideradas por la policía como denunciables, como el exhibicionismo y la masturbación. Una ley contra el abuso sexual en espacios públicos facilitaría la denuncia de estas acciones y agregaría otras manifestaciones graves, como las tocaciones, el roce de genitales, la masturbación con y sin eyaculación, y los “piropos” agresivos, como el que yo recibí.

      Dos: estas acciones no pueden caer en el mismo saco de “otros hechos”, debe existir una ley para que las víctimas entreguen su testimonio y reciban una reparación social por sus vulneraciones; a la vez que sirva de ayuda y alerta para prevenir otros ataques.

      Tres: las sanciones por acoso sexual callejero deben ser acordes a la magnitud del delito. Nadie debería pasar por un calabozo por “piropear” de forma grosera, pero sí debería recibir una pena por masturbarse sobre una adolescente y eyacular sobre ella. Casos que hoy ocurren y cuya fuente es el relato de las propias víctimas.

      Cuatro: muchas veces, las víctimas no denuncian por vergüenza o porque piensan que no serán escuchadas, o serán culpadas por lo que les sucedió. Hemos recibido testimonios que así lo confirman. Personas que, frente a la autoridad, escucharon frases como, “¿y por qué andaba sola?”, “¿por qué salió tan tarde?”. En ese sentido, el beneficio de una ley contra el acoso callejero radica en el poder que otorga a las víctimas, para hacer valer su derecho a la libre circulación y exigir el resguardo de la privacidad de sus cuerpos y su integridad sexual.

      En mi experiencia, la denuncia fue considerada porque insistí, porque destiné varios minutos de mi tiempo para asegurarme de que lo que me sucedió no quedaría impune. Afortunadamente, los policías no se mofaron de mí y realmente intentaron ayudarme. Pero, insisto, no podemos confiar en el azar y el criterio particular. Chile necesita una ley contra el acoso sexual callejero, para que en el futuro, cuando una mujer, adolescente o niña denuncie una vulneración sexual, nunca más le pregunten, “¿acoso callejero? ¿Cómo es eso?”.

       *Columna escrita por Arelis Uribe originalmente en El Quinto Poder.

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        principal testimonios

        Vivo en Antofagasta y regularmente salgo hacer deporte por la costanera. Un día, mientras esperaba en el semáforo para cruzar, mi hermana y yo recibimos una gran cantidad de “piropos” -si es que así se les pueden llamar- de varios hombres que pasaban en sus autos, entre ellos un carro policial. En su interior, había alrededor de cuatro o cinco uniformados y podría asegurar que TODOS  silbaron y dijeron cosas como “¡Uy lindas!, ¡cositas!”, y varias otras expresiones que no alcancé a oír. Con mi hermana seguimos nuestro camino y decidimos ponernos los audífonos para evitar escuchar cualquier cosa que nos pudiesen decir. Cuando veníamos de regreso, nos topamos, creemos que con el mismo carro policial, sólo que esta vez venía con menos uniformados en su interior y solamente nos tocaron la bocina del vehículo.

        Hace unos días atrás, mi hermana nuevamente se enfrentó a una situación parecida, cuando  un carabinero desde el interior del carro le grito algunas cosas, mientras ella esperaba para cruzar la calle.

        A mi parecer, que Carabineros realice estas acciones está completamente fuera de contexto y despedaza por completo su ética profesional. Es en este punto en donde recaen mis dudas y temores, ¿cómo denuncio estas acciones en Carabineros, si son ellos mismos quienes están ejerciendo este abuso? Sé que para hacer esta acusación debo tener pruebas, pero ellos se aprovechan de la velocidad que toma el vehículo y se esconden dentro, además se escudan en su “uniforme”. Los uniformados son personas comunes como todos, pero también son quienes velan por nuestra seguridad y con estos hechos ya no confío en ellos.

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          En el parque de “Condorito”, también conocido como Llano Subercaseaux, ubicado en la comuna de San Miguel, todos los días transita mucha gente. Sin embargo, hay ciertos hombres que de manera frecuente rondan por allí y lo único que hacen es molestar, me han molestado un millón de veces, pero quiero relatar un hecho específico.

          Cierto día pasé caminando en dirección al metro San Miguel y escucho que alguien me dice “hola señorita”. Al mirar, vi a un hombre de aproximadamente 50 años, masturbándose mientras me miraba… quedé en shock. Lo único que hice fue seguir caminando muy rápido, tratando de olvidar algo que en el fondo sabía que no iba a poder hacer.

          Dejé de pasar por allí durante algún tiempo, hasta esta semana, era la una de la tarde e iba caminando al metro cuando veo al mismo sujeto, pero esta vez con amigos. Me invadió el miedo, pero caminé más fuerte que nunca y ahí empezó el festival de comentarios en relación a lo que querían hacer con mi cuerpo, bueno, ya se imaginarán el tipo de frases.

          Esta vez me llené de valor y sola empecé a gritarles que me dejaran tranquila, que eran unos ordinarios, y debido a mis gritos y a sus risas (porque al parecer el tratar de defenderme les provocaba excitación) mucha gente se dio cuenta, pero nadie dijo nada, nadie se metió, de hecho fue como “ver un espectáculo”… lo peor es que incluso ahí mismo había una comisaría y no sirvió de nada.

          Con mi relato quiero llegar a dos cosas. Primero, es un aviso para todas las chicas que transitan en las cercanías del metro El Llano o San Miguel por el camino de la plaza, para que traten de ir por la vereda de enfrente en caso de ir solas o para que pidan ayuda si ven algo, ya que se está haciendo muy frecuente el acoso en esta zona. Y lo otro es un llamado a que si vemos que una persona está siendo molestada, debemos ayudarla. Nadie merece un insulto, opinión ni nada que nos incomode, esto lo debemos frenar

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             principal testimonios

            En estas calles de Chile, muchas mujeres han sufrido algún tipo de acoso. En algunos casos, más de uno. Las calles de Valparaíso no son para nada tranquilas y no hay diferencia entre noche y día. Las personas que presencian estas situaciones no hacen más que eso, presenciar el abuso.

            Hoy, un tipo algo ebrio -la verdad, ebrio era lo menos que podía tener, probablemente tenía otro tipo de droga en el cuerpo y no me refiero a marihuana- me tiró el pelo e intentó acosarme No me soltó inmediatamente, por lo que le dije “oye, para la hueá” y comenzó a insultarme. No me dejó seguir mi camino e intentaba provocarme para que le pegara. Me decía “pégame,
            poh”, reiteradas veces. Su “acompañante” rápidamente se fue. Pude hacerme a un lado e intentar seguir mi camino, pero el tipo caminaba detrás de mí y me decía; “cuando esté sano, te las vas a ver conmigo”, “¿acaso no me has visto?, ¿no me conoces maraca culiá?”, y volvía a repetir “cuando esté sano te las vas a ver conmigo”.

            Era un tipo que no se veía de poco dinero. Tomé mi celular, me vio y cruzó la calle. Inmediatamente, se fue. Carabineros no contestó en las más de cinco llamadas que hice. Unos bomberos me dijeron que  tomara la micro para irme a casa, que los carabineros no contestan, ellos me “custodiaron” mientras tomaba la micro.

            Es horrible cómo muchas mujeres que son acosadas -y otras hasta violadas- no pueden obtener justicia en este país, pues estos tipos saben muy bien que con contactos y dinero salvan la situación. Como mujer, ya estoy cansada de ver y de tener que cruzar o “dar la vuelta más larga” para poder ir un poco, solo un poco, más segura. Estoy cansada y me da mucha impotencia tener que soportar este tipo de situaciones, ya que el tipo que tienes en frente es muy poderoso o simplemente no hay asistencia policial. IMPOTENCIA.