colegio

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    Cuando llegué al colegio nuevo en segundo medio, había un profesor de matemáticas que yo, en ese entonces, lo encontraba seco, muy atento y preocupado por sus alumnos. Poco a poco me fui acercando a él con fines educativos: que me ayudara a resolver los ejercicios, me explicara las cosas que yo no entendía, etc. Todo iba bien, pero habían momentos en el que me decía que era muy linda, me preguntaba si estaba pololeando y por qué no pololeaba con él. En ese tiempo, yo no le veía lo malo, era chica y no me daba cuenta de lo que sucedía hasta que llegué a 4to medio. Hubo momentos en que nadie se daba cuenta y me hablaba al oído diciéndome cosas que me hacían sentir incomoda, como por qué no le daba un beso, que iba a ser un secreto entre los dos.

    Cada clase era lo mismo. La verdad no le tomé el peso hasta que hubieron momentos en que realmente me sentía incómoda, tan incómoda que no quería que llegarán las clases de matemáticas porque yo sabía que el profe me seguiría diciendo las tonteras que me decía.

    Hubo una vez en que tuvimos una prueba y yo me quedé sin puesto. El profesor me pidió que me sentara justo en la mesa frente a él. Claramente no pude hacer la prueba tranquila: me ponía nerviosa su mirada constante, incluso intentó ayudarme en ese control sin yo solicitarlo.

    A nada de esto le di importancia porque lo encontraba normal, pero no, no es normal que mi profesor de matemáticas se me insinuara o que me dijera “linda” cada vez que podía. Me siento triste porque no hice nada, no dije nada. Lo más malo es que al final de sus comentarios me decía que eran tallas entre los dos y que no me sintiera mal, como si fuéramos cómplices.

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      Estaba cursando segundo medio en un liceo de la comuna de Maipú cuando llegó un profesor nuevo de matemática llamado Jesús. Se empezó a acercar muy sutilmente, hacía bromas subidas de tono como “qué bonita” o “ay, no, que me pongo celoso”. Un día me dijo que me quedara a reforzamiento porque me estaba yendo mal en su asignatura. Cuando me di cuenta que era la única, preferí irme. Me sentí incómoda.

      Después de unas semanas, iban a ser las alianzas del liceo y habían partidos de básquetbol y otros deportes. Estaba viendo un partido con otras amigas y llegó el profesor y nos empezó a hablar. Iba todo bien hasta que se me acercó más y empezó a dirigir la conversación solo a mi. Estaba lloviendo y se puso a decir cosas más subidas de tono como “¿te imaginas a nosotros dos en un bote, en medio del mar, los dos solos?”. Le respondí que no, que no me lo imaginaba. Me preguntó si me gustaría tener una relación con alguien mayor mientras ponía su mano en mi cintura. Me fui corriendo a la sala con ganas de llorar porque quedé helada.

      Pasó una semana y le conté solo a mi mamá porque, si le decía a mi papá, pensaba que reaccionar mal. Mi mamá fue a hablar al liceo. Después me llamaron para que contara todo. Me hicieron hablar con mucha gente y mi mamá pidió que por favor desligaran al profesor de la institución. Le dijeron que sí, que lo iban a hacer.

      Llegó septiembre y por las Fiestas Patrias nos tocó bailar pascuense en el liceo. El profesor siempre estuvo deambulando por las salas, mirando y grabando todo.

      Cuando llegué a cuarto medio supe que había pasado lo mismo con varias estudiantes. Mi papá finalmente se enteró, fue al liceo y encaró al profesor frente a muchos apoderados.

      En el liceo jamás me apoyaron, siempre quisieron mantener todo en silencio. Me pedían que por favor no hablara.

      Hasta el día de hoy ese profesor sigue en el liceo.

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        Iba caminando, a plena luz del día, a la casa de un compañero de curso para hacer un trabajo del colegio. Estaba usando un jumper y un auto me siguió varias cuadras. El conductor, durante un par de minutos, me dijo todas las cosas que le haría a mi cuerpo. Irreproducibles. Pensé que me iba a violar.

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          Hubo un tiempo en el que realmente detesté el hecho de que me obligaran a usar jumper en el colegio. Sólo quería usar pantalones y chaleco para no oír más los silbidos y los gritos de los hombres (bastantes mayores, por lo demás) desde sus autos o camiones. Incluso, en ocasiones, llegaron a los toqueteos… El mayor acoso lo sufrí en mi etapa escolar usando jumper.

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            principal testimonios nuevoA través de mi relato quiero dar mi apoyo a este espacio, ya que a mi corta edad he sufrido en variadas ocasiones acoso callejero.

            Hace poco fui a buscar a mi mamá a la feria y como hacía mucho calor decidí ir en short, pero fue una mala decisión, terminé pasándolo horrible. Un señor de edad en auto me tiró un beso, unos hombres que iban a bordo de un camión me silbaron, y luego otro tipo en auto me gritó no sé qué frase. Sentí mucho miedo mientras caminaba y recordé que el año pasado presencie cómo un hombre trató de secuestrar a una niña de mi colegio en auto, así que imagínense el nivel de inseguridad que me genera este tipo de situaciones.

            Sinceramente, ¡estoy harta de esto!, de la violencia y de tener miedo de salir a la calle con short.

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              Hace un tiempo, cuando tenía 12 años estaba afuera de mi colegio, esperando a mis amigos que salían más tarde de clases ese día. Como estaba aburrida, comencé a dar vueltas por el lugar, pasé a comprar helado, etc., total el día estaba lindo. Sin embargo, en una de mis vueltas sentí que alguien corrió hacia mí y no alcancé a reaccionar. Un hombre me agarró del cuello y trató de sacarme los calzones, por lo que le pegué un codazo y logré ver su rostro. Luego de eso corrió asustado; era un cobarde. Yo hice lo mismo, corrí lo más que pude hasta llegar a un lugar con más gente y comprendí lo que me había pasado. Aún sentía sus manos asquerosas en mi cuerpo y no podía parar de llorar. Caminé a un paradero para irme a mi casa, donde había un hombre, y estaba tan asustada de que él me hiciera algo también que comencé a llorar otra vez. Mis amigos me vieron en el paradero y no entendieron nada, les conté y simplemente me abrazaron, luego me llevaron al colegio y ahí esperaron a que me calmara. Tuve que subir a inspectoría y contar lo que me había pasado, me dieron agüita de hierbas y me dijeron que debía andar con más cuidado, nada más. Llamaron a mi casa y llegó mi hermano con su polola a buscarme, ya les habían dicho por teléfono, así que solo me abrazaron y nos fuimos en silencio a la casa. Cuando llegué, mi mamá lloró y no supo qué decirme. Finalmente me fui a bañar y me quedé en mi pieza toda la tarde, sintiéndome sucia. Nadie llamó a los Carabineros o dijo algo, solo se quedaron callados.

              Al día siguiente mi mamá hizo como que no había pasado nada. Me levanté para ir al colegio, pero estaba tan triste que me atrasé. Mi mamá se enojó y comenzó a gritarme: ”¡Apúrate! Lo que pasó ya no importa, es pasado”, ”¿Y por estas tonteras vas a llegar todos los días atrasada? Mira esa falda, tan corta, por eso los hombres quieren bajarte los calzones; después no te quejes”. Ahí exploté, el llanto volvió junto con esa sensación asquerosa. Cuando llegué al colegio me llamó la orientadora y al principio mostró un poco de comprensión, sin embargo terminó diciéndome: ‘‘¿Y no andabas con calzas? Deberías alargarte la falda”.

              Ahora que tengo 17 años, sigo recordando esa experiencia de mierda, que afortunadamente no fue peor. Me da rabia el hecho de que se me terminara culpando de lo que me pasó y que mi mamá me pidiera que no me quejara si algo me pasaba solo por mi falda (que a todo esto era 3 dedos sobre la rodilla nada más). Me enoja que hueones como él anden por ahí sin más, haciendo lo que se les antoja y después yendo a sus casas como si nada, y sobre todo me da rabia que se me culpe de haber sido violentada solo por el hecho de ser mujer, por no defenderme o por “provocar”.

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                La medida exige que en los establecimientos de educación secundaria se enseñen las ‘‘diferentes formas de acoso sexual y violencia’’, y se incluyan clases sobre el concepto de consentimiento sexual.

                La iniciativa SB695 se encuentra en espera de la firma del gobernador de California, para que esta se convierta en ley en los próximos días.

                Hace unos días el medio The Guardian, publicó una artículo sobre la nueva ley ‘‘sí significa sí’’, que regula las conductas sexuales en las universidades que reciben fondos públicos de California al momento de investigar denuncias sobre agresiones sexuales, ya que exige que en las relaciones íntimas de los estudiantes haya un consentimiento explícito de las partes. La propagación de esta ley, impulsada por el senador demócrata Kevin De León, no sólo afectó a otras universidades de EE.UU., sino que además, a partir del próximo año, California establecerá una nueva medida en la que se encuentra el concepto de “consentimiento afirmativo” en el curriculum de las escuelas secundarias. La legislación exigirá que estas escuelas posean un componente relativo a la salud reproductiva que consista en enseñar el concepto de “consentimiento afirmativo”, antes de involucrarse en una actividad sexual, como también las ‘‘diferentes formas de acoso sexual y violencia’’.

                La nueva iniciativa de California autoriza solamente a los educadores de las escuelas secundarias para que aborden el concepto de ‘‘sí significa sí’’ con los estudiantes, pero no exige que este se aplique en un delito de agresión sexual. Sin embargo, esta introducción puede ayudar a generar conciencia sobre las expectativas y consecuencias relacionadas con la falta de consentimiento afirmativo antes de ingresar a los establecimientos de educación superior, ya que la infracción de estas políticas puede llevar a la expulsión del establecimiento.

                Una de cada cinco universitarias ha sufrido algún tipo de agresión física, sexual o amenazas de violencia física durante su educación, según la ‘‘Asociation of Title IX Administrators’’ (‘‘Asociación de administradores del Título IX’’ o ATIXA por sus siglas en inglés). Los educadores señalan que esta realidad hace que sea esencial enseñar a los jóvenes la idea de ‘‘sí significa sí’’ antes de que ingresen a las instituciones de educación superior.

                Emilie Mitchell, una profesora ayudante de psicología que enseña sexualidad en el distrito de la Universidad de Los Rios Community, afirma que la mayoría de las universidades con políticas de consentimiento afirmativo exigen que los estudiantes se sometan a una orientación sobre conductas sexuales cuando ellos comienzan la escuela, que por lo general es cuando se exponen por primera vez a esta noción. ‘‘Incluso en el caso de la infancia existen maneras de explicar los límites en relación con el cuerpo y con el comportamiento de una persona, que son la base del consentimiento afirmativo. Tienes el derecho de decir: ‘no me gusta lo que estás haciendo y quiero que te detengas’. Alguien no toma la mochila de otro o se sienta en su puesto sin su permiso, esto no tiene nada que ver con sexo, pero aun así es la base del consentimiento afirmativo’’.

                Según Jocelyn A. Lehrer, autora del libro ‘‘Violencia sexual y en el cortejo en estudiantes universitarios chilenos’’, en EE.UU., estos problemas en personas jóvenes empezaron a ser estudiados en la década de los 80. Los análisis de encuestas a estudiantes universitarios encontraron altas tasas de violencia en el cortejo (agresión física, sexual o psicológica que puede ocurrir en una cita casual o dentro de una relación romántica con más compromiso) y de violencia sexual (experiencias sexuales no deseadas que pueden ir desde un beso forzado a la violación). Gracias a estos datos es que se pudo identificar la violencia sexual y la violencia en el cortejo en gente joven, como un problema de salud pública que debía ser considerado por las autoridades.

                Sin embargo, en Chile este problema no ha recibido la misma atención. Los resultados de los análisis basados en la Encuesta de Bienestar Estudiantil del año 2005 muestran una alta prevalencia de ambas formas de violencia en esta muestra. El 26% de las alumnas reportó algún incidente físico de violencia en el cortejo y el 31% algún incidente de violencia sexual desde los 14 años. En la muestra de varones, las cifras fueron 38% y 20%, respectivamente.

                Carmen Andrade, directora de Oficina de Igualdad de Oportunidades de Género en la Universidad de Chile, se refirió a la forma en la que se abordan las denuncias de agresión sexual: ‘‘Creo que hay que cambiar el sistema a nivel global, porque aquí estamos hablando de delitos y no puede haber protocolos que sean independientes de lo que existe en términos de cómo está tipificado el delito o sobre cómo se establecen las denuncias. Pienso que se requiere una modificación global que, entre otras cosas, dé pie para que los protocolos que operen en las universidades y colegios sean coherentes con esas definiciones legales. Por ejemplo, nosotros en la actualidad tenemos una legislación sobre acoso sexual laboral, el delito está tipificado y establece sanciones. Sin embargo hay un procedimiento -tal como lo han dicho las propias trabajadoras de la Asociación Nacional de Funcionarios- que es muy ineficaz, en primer lugar porque se debe hacer una denuncia al superior jerárquico, el que instruye un sumario y el cual puede ser lento, engorroso, burocrático y muchas veces no da garantías a las víctimas de que se llegará a un resultado que proteja sus derechos. Finalmente tenemos una legislación pero no tenemos un procedimiento eficaz. Tú puedes hacer un procedimiento al interior de las universidades y los colegios, que estimo muy necesario, pero no basta con eso. Tienen que haber modificaciones en la ley general.’’

                Refiriéndose a la nueva ley que regirá en los establecimientos educacionales en California, “sí significa sí”, Andrade estima que: “Apunta a resolver un problema que nosotros como sociedad chilena también lo tenemos, en donde muchas veces se pone en duda los testimonios de las víctimas o se exige un tipo de comportamiento en el que se demuestre que pusieron en riesgo su integridad física para poder defenderse. De lo contrario, se supone que lo que se está diciendo no es verdad.  En ese sentido, creo que la exigencia de estándares es absolutamente inaceptable.’’

                Imagen: The Guardian

                Por: Alejandra Pizarro

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                  principal testimonios

                  Esto ocurrió 13 años atrás cuando yo tenía 14 años; fue a la salida del colegio. Con mis compañeros siempre tomábamos la misma micro y ese día como siempre pasamos al fondo de la micro.  Yo me senté junto a la ventana y uno de mis amigos en el otro asiento, cuando un tipo se subió en la siguiente parada y mi amigo le cedió el asiento,  ya que la micro se había llenado de gente. De pronto sentí algo en mi pierna: el tipo me estaba acariciando (yo usaba falda larga). Me congelé, le palmeé la mano y se hizo el tonto,  pero al rato siguió. Entonces decidí pararme y bajarme, pero el tipo hacía como que no me escuchaba  y me dijo que era una pendeja exagerada.  Mi amigo se dio cuenta y sin tener que decirle, le paró el carro y el viejo me dejó salir, claro con un agarrón de poto.  Me bajé rápido y me puse a llorar con mi amigo. Acordamos no decirle a nadie, ya que en esa época te tachaban de ‘‘suelta’’ al tiro. Mi amigo me dijo que era mejor que usara el uniforme deportivo del colegio y así lo hice. Colegio al que iba, usaba pantalón ancho, ya que siempre me sentí incómoda e insegura de vestir como a mí me gustaba. Me da rabia recordarlo porque me marcó mucho, ojalá todo tipo de acoso sea castigado, porque no es sólo un trauma de momento, sino que puede ser por siempre.

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                    "No podemos dejar que nuestras escolares se sientan culpables al ser acosadas y no debemos callar ante un acosador. Que lo que le pasó a mi compañera y a tantas niñas y mujeres no se repita. Partamos educando."

                    Debemos haber tenido unos 15 años. Quizás 16. Habíamos salido temprano por algún acto del colegio y, como solíamos hacer, nos fuimos a la feria artesanal para mirar los puestitos con las mismas chucherías de siempre: cueros para usar como pulseras o en el cuello, pañuelos, aros baratos, posters o chapitas del grupo de moda. No nos dimos cuenta cómo pasó, lo supimos después, cuando llegaron a contarnos: un tipo le había agarrado el poto a una compañera.

                    Al día siguiente, el rumor ya se había expandido por todo el colegio: en la feria artesanal habían manoseado a una compañera. La chica era amiga mía, así que me preocupé y fui a hablar con ella. Hablar es un decir, ella sólo podía llorar al recordar el incidente que la dejó paralizada, vulnerable en su traje de colegiala, como una niña a pesar de que ya nos creíamos adultas.

                    La chica lloraba con hipo, lloraba con el alma, con pena y con rabia, porque seguramente no supo qué hacer frente a la brutalidad de la acción. El grupo más cercano la consolábamos y las otras, las que no eran sus amigas o le tenían mala, comentaban que cómo se le ocurría andar con ese jumper tan corto. Aunque no lo dijeran abiertamente, pensaban que, en el fondo, era su culpa.

                    Recuerdo que ya en esa época me dio rabia y tuve la sensación de que algo no estaba bien, de que era injusto que un imbécil se sintiera con el derecho de manosear a una colegiala sólo porque podía.

                    Hoy, viéndolo con la perspectiva del tiempo y de lo que ahora sé sobre el acoso sexual callejero, hay un punto en especial que me llama la atención: la actitud de los y las profesoras de mi colegio. Ninguno se acercó a mi compañera, y si lo hizo sólo fue para consolarla, mas no para empoderarla. Nadie nos habló de acoso. Nadie nos enseñó cómo teníamos que reaccionar. Nadie nos dijo que no era nuestra culpa. Lo tomaron como un caso más, algo que a veces sucedía y que, como la lluvia, no se podía hacer nada por evitarlo, sólo esperar que pasara.

                    Y pienso en la reacción de mis profesores y profesoras, y me da rabia. Me da rabia que no hayan sido capaces de ver más allá del acto mismo, de no prestar ayuda de verdad creando consciencia sobre lo terrible del acoso callejero, diciéndonos que no estábamos solas, que nos teníamos (y nos tenemos) las unas a las otras para cuidarnos y para apoyarnos. Porque, quizás,uno de los mayores problemas que tenemos al enfrentar el acoso es que es un tema del que no se habla, por miedo, por vergüenza o, peor, porque lo hemos naturalizado. Porque creemos que, como la lluvia, no va a cambiar.

                    El problema es que nosotras a los 15 años podíamos equivocarnos, pero nuestros profesores tendrían que haber hecho algo. Las escolares son uno de los grupos más vulnerables al acoso sexual callejero y, sin embargo, muchos colegios insisten en ignorar esta problemática, dejando a las personas que lo sufren en una situación de gran soledad, vergüenza y dolor.

                    Es fundamental que los educadores y educadoras sean un agente activo en la erradicación de este tipo de violencia de género, educando para que sus alumnos no se conviertan en potenciales acosadores y conteniendo de manera apropiada a aquellos estudiantes que lo han sufrido.

                    Uno de los primeros pasos para terminar con el acoso sexual callejero es desnaturalizándolo y terminando con el círculo de silencios. Porque aquí hay dos tipos de silencio: el silencio culpable y el silencio cómplice. No podemos dejar que nuestras escolares se sientan culpables al ser acosadas y no debemos callar ante un acosador. Que lo que le pasó a mi compañera y a tantas niñas y mujeres no se repita. Partamos educando.

                    * Columna original publicada por Myriam Aravena en el El Mostrador.