columna

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    Estábamos carreteando en la casa de una amiga y no sé cómo salió el tema de los café con piernas. Yo he ido a algunos del centro, como el Haití, donde más que mirar culos, una disfruta del café. Dos amigos empezaron a compartir sus experiencias en esos locales que no tienen las puertas abiertas, sino que ocultan todo lo que pasa tras vidrios polarizados o derechamente pintados de negro.

    Uno dijo: estábamos en primer año de universidad y entramos a uno de Estación Central. Pedimos los copetes más baratos y un amigo le miraba las tetas con descaro a una de las chiquillas. Llegó la hora feliz y mi amigo tuvo la osadía de hundir la nariz en el escote de la tipa que lo atendía. Cuando nos fuimos -ninguno pasó a un privado, éramos estudiantes pobres- el amigo con el que iba contó que después de emerger de esas pechugas enormes, la boca le había quedado llena de galleta molida. Parece que alguien, antes que él, había incursionado en el escote sin lavarse los dientes.

    Nos reímos. Era una anécdota cerda y esas historias vomitivas siempre son chistosas.

    Otro contó esto: éramos escolares y no teníamos nada de plata. Fuimos a un café con piernas del centro. Entré con mi amigo y altiro dos chicas nos hablaron. Nos pidieron que las invitáramos a un copete y nos sentamos en un sillón. Estábamos tomando y conversando, yo le miraba las tetas y tenía ganas de agarrarle el culo, pero no sabía si podía. No era fea, pero no era pa’ presentársela a tu papá. De repente, la mina me preguntó “¿querís que te la chupe?”. Quedé palacagá.

    Ahí lo interrumpí y le pregunté, ¿se te paró?

    Qué, me contestó él, cómo me preguntai esa hueá.

    ¿Qué tiene que te pregunte?

    Na’ que ver po’, cómo preguntai eso.

    Pero dime po’.

    No, no se me paró.

    Mi amigo quedó choqueado. Se puso rojo, supongo que se sintió vulnerado y avergonzado. A mí me dio rabia y se lo dije, ¿por qué si acabas de hablar del culo y las tetas de una mina y yo te escucho intentando empatizar con tu historia, tú te ponís de todos colores cuando te pregunto por tu entrepierna, por lo que sentías?

    Nos dimos vueltas en una discusión que no tuvo sentido y que no vale la pena reproducir, pero en el fondo la actitud y el discurso de mi amigo no fue más que el reflejo de algo que tenemos bien interiorizado y naturalizado: hablar y referirse al cuerpo de las mujeres es normal. Pero los penes y el cuerpo masculino es otra cosa. Parece que son sagrados.

    Por ejemplo, excluyendo la pornografía, la tele y las películas en general igual muestran pechos o potos, pero nunca hombres piluchos. ¿Por qué? Mi teoría es que la narrativa en general es masculina y el androcentrismo poderoso: las historias -tele, radio, libros, cine- son contadas mayormente desde y para varones heterosexuales, a quienes “no les gusta el pico” y por lo tanto no muestran ni quieren ver penes en la pantalla. Así, lo masculino es menos referido como objeto que lo femenino.

    Alguien podrá decir que igual Pato Laguna salía en calzoncillos en los catálogos Avon. Sí, hay una objetivización ahí, pero insisto que a nivel masivo no hay comparación. En fin, sólo me sorprendió eso, que mi amigo, como no está acostumbrado a que lo traten como objeto, se pusiera rojo porque me referí a su cuerpo, pero ni se inmutó al referirse al culo de la chica del café. Quizá, con lo que sintió, el patudo aprenda a ser más empático. Ojalá.

    *Columna escrita por Arelis Uribe originalmente para Esmifiesta

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      No sé si es el efecto del alcohol o si es un comportamiento reprimido que sale a la luz en situaciones decadentes, como la de la otra noche.

      Es viernes a las cuatro de la mañana. Estoy con un chico, conversando y fumando tabaco, sentados en un espacio abierto donde hay otra gente fumando, conversando y tomando. Llega un amigo, de esos del colegio, que conozco hace más de 11 años. Se sienta junto a nosotros y nos interrumpe a gritos, con una actitud amenazadora y en “broma”.

      – ¡Oye, hueón! Aléjate de ella, hueón, yo sé que te gusta. Ten cuidado con ella, ella es mi amiga, no te metai con ella.

      Descolocada e incómoda, me reí, nos reímos. Mi risa fue en serio y en broma. Me sentí violentada, pero no quise darle importancia, mi amigo de hace años estaba muy borracho, lo entendí.

      Pero la “broma” no llegó hasta ahí.

      – Oye, hueón, para la hueá, ésta loca es mi amiga, no te metai con ella, yo sé que querí culiar con ella, pero no, hueón, aléjate de ella.

      Siguió así, como por 15 minutos.

      Antes de eso, en el mismo carrete, terminábamos de hablar sobre la campaña contra el acoso callejero, sobre el afiche en el que aparece mi foto, y otro ex compañero de curso que conozco hace más de diez años, pero que no es tan amigo, empezó a gritar:

      – ¡Es que erís súper rica! ¡RICA! ¡Rica, hueón!

      En ese momento, traté de dialogar con él, entre risa, rabia y trasnoche.

      – Oye, hueón, para, no me interesa saberlo, menos viniendo de ti. Deja de hablar de mí como si fuera un pedazo de carne.
      – Es que eso eres, poh: un pedazo de carne RICA. De hecho, te tiraría a mi parrilla- dijo, haciendo un gesto de parrillero.

      Quedé perpleja.

      Algo no anda bien. Dos ex compañeros de colegio, que conozco hace años, hablando frente a mí sobre mi cuerpo, rebajándome a un objeto sexual, faltándome el respeto y riéndose de la situación como si fuese un chiste. ¿Qué tiene de gracioso?

      Entiendo que hombres y mujeres nos sintamos atraídos y haya cosas que decir, pero no entiendo la forma ni el momento. ¿Por qué una persona que supuestamente quiere halagarme lo hace a los gritos, en una actitud desafiante y agresiva, diciendo que me tiraría a su parrilla?

      Me sentí muy violentada. ¿Fue el alcohol o una debilidad lo que produjo que los pensamientos más obscuros e inconscientes salieran a la luz? No avalo ni justifico esa “broma”. ¿Por qué debo reírme del comentario que me rebaja como persona a un simple trozo de carne muerta? Reírme y aceptarlo, ni cagando.

      Al otro día, hablé con mi amigo, ahora lúcido, y dijo que no se acordaba de nada, pero le refresqué la memoria.

      – Discúlpame, estaba muy curao, no me acuerdo de nada.

      Pude dejarlo pasar, pero no. No soy cristiana, así que si quiero no perdono. Además, así los amigos aprenden de sus errores.

      No es aceptable que un amigo se refiera a ti como un objeto “culiable”. Las mujeres no somos objetos sexuales y cada una decide con quien “culiar”. Es lo mismo que cuando camino por la calle y me gritan cosas obscenas. “Mamita, con esa boquita cómo me gustaría que me la chuparai”. ¿Por qué ese afán de decirnos cada estupidez que se les ocurre, sin pensar si queremos oírla o no?

      Detrás de este comportamiento hay un deseo oculto y violento. Una amenaza: ¡aquí mando yo! El copete no es el problema, es sólo un estímulo para sacarlo a luz. El problema es callar durante años en un sistema patriarcal donde la diferencia entre hombres y mujeres es gigantesca, en todos los ámbitos, desde el laboral al sexual. Pero no más. Yo no disculpo, no me callo. Porque no soy un pedazo de carne, no soy una vagina. Soy una mujer, una persona, y como tal exijo respeto.

      *Columna publicada originalmente por Danita en Es mi Fiesta

       

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        En Chile, para que se configure el delito de abusos sexuales, no sólo se exige que exista significación y relevancia sexual en el acto, sino además que concurran algunas de las circunstancias mencionadas en el artículo 366 ter, esto es, que medie contacto corporal con la víctima o que afecte los genitales, el ano o la boca, aun cuando no hubiere contacto corporal. Además, se exige la presencia de las circunstancias reguladas en el delito de estupro o de violación, dependiendo de la edad de la víctima.

        El Observatorio Contra el Acoso Callejero ha puesto sobre la mesa la problemática de la violencia de carácter sexual, que día a día se ejerce en los espacios públicos. El primer estudio realizado por OCAC Chile sondeó la forma en la que opera el acoso sexual callejero, arrojando cifras lapidarias: el 90% de las encuestadas ha sufrido algún tipo de acoso sexual en los espacios públicos y un 70% de éstas declara haber tenido una experiencia de carácter traumática.

        Asimismo, llama la atención la amplia brecha existente entre las mujeres que son acosadas y las que denuncian: sólo un 5% lo hace. En razón de lo anterior, conviene analizar el panorama actual en la legislación chilena ante el acoso sexual callejero, delineando cuál es la respuesta que nuestras leyes le otorgan.

        De forma preliminar, debemos establecer que el acoso sexual callejero es un concepto que agrupa a múltiples conductas, tales como tocaciones, persecuciones, frotación de genitales en el cuerpo de otra persona, exhibicionismos, masturbaciones, “piropos” agresivos, entre otras.

        Estos actos comparten determinadas características: se ejercen en el espacio público, provienen de un desconocido sin el consentimiento de la persona a la que se dirigen, provocan malestar en la víctima y son de connotación sexual. Asimismo, se diferencian en su intensidad. Desde luego no es igual que una persona se exhiba masturbándose ante un menor, a que esa persona se acerque al oído de otra para decirle una frase sexual. Es por esto que se plantean y examinan diversas gradualidades, no sólo en las conductas, sino además en los daños que éstas provocan.

        La primera respuesta que entrega nuestra legislación ante el acoso sexual callejero es el cuestionado delito de ofensas al pudor y las buenas costumbres. Conviene decir, tal como lo expresamos en una columna anterior, que existen múltiples razones para no utilizar esta figura normativa como respuesta, dentro de las cuales destaca que en este delito el bien jurídico protegido es el pudor y las buenas costumbres, bien jurídico que está completamente fuera del ámbito de los bienes que OCAC desea proteger.

        Por ello, usar el delito de ofensas al pudor como un mecanismo de protección ante la violencia ejercida en el acoso sexual callejero implicaría desenfocar la problemática e ignorar que, con este tipo de conductas, se daña la libertad e indemnidad sexual de las víctimas, más allá del pudor o las buenas costumbres que imperan en una sociedad en un determinado momento histórico.

        Al adentrarnos en el Código Penal, encontramos una segunda respuesta que se acerca a una posible solución y aunque es más adecuada que el delito en contra del pudor, sigue siendo insuficiente. Nos referimos al delito de abusos sexuales.

        Existen manifestaciones de acoso sexual callejero que pueden llegar a configurarse a través del delito de abusos sexuales. Sin embargo, recordemos que en nuestro ordenamiento jurídico este delito posee una regulación restrictiva, si lo comparamos con legislaciones como la francesa o española, en donde se define y configura de forma genérica como “las agresiones sexuales distintas a la violación”.

        En Chile, para que se configure el delito de abusos sexuales, no sólo se exige que exista significación y relevancia sexual en el acto, sino además que concurran algunas de las circunstancias mencionadas en el artículo 366 ter, esto es, que medie contacto corporal con la víctima o que afecte los genitales, el ano o la boca, aun cuando no hubiere contacto corporal. Además, se exige la presencia de las circunstancias reguladas en el delito de estupro o de violación, dependiendo de la edad de la víctima.

        Estas circunstancias restringen bastante la aplicación de la norma, dejando sin respuesta jurídica a aquellos actos que, pese a tener significación y relevancia sexual, no cumplen con lo descrito en el 366 ter. Incluso, deja sin respuesta a aquellos actos que, cumpliendo con lo descrito en el artículo, no se realizan a través de las circunstancias reguladas para el delito de estupro o violación, como es el caso que comúnmente las menores de edad confidencian a OCAC, quienes declaran haber sido acosadas por personas que se masturbaban en plena vía pública mientras las perseguían. Nadie podría dudar de la significancia y relevancia sexual de este caso, así como del daño que esto provoca a la indemnidad sexual de esa menor que, calle tras calle, padece ese tipo de violencia. Sin embargo, para la ley, esta situación no constituye abuso sexual.

        Por esta razón, pese a que este delito es una respuesta posible, sigue siendo insuficiente, en la medida en que abarca el fenómeno de forma tangencial, dejando el grueso de las conductas constitutivas de acoso sexual callejero sin una respuesta jurídica. Así, casos de exhibicionismo, masturbación pública, persecuciones, “piropos” agresivos o amenazantes, tocaciones por sorpresa, entre otros actos, no pueden ser configurados bajo el delito de abusos sexuales.

        Agotadas las vías anteriores, no hay respuestas en nuestra legislación ante este tipo de violencia. La única forma en que el Estado pudiera actuar, implicaría que una persona, además de ser víctima de acoso sexual callejero, encarne otro tipo de vulneración que sí se encuentre regulada. Por ejemplo, acoso callejero acompañado de una violación. Resulta preocupante que las víctimas estén en un estado tal de desprotección que, aun cuando se trata de manifestaciones tan violentas y peligrosas –como lo es el que alguien eyacule en la ropa de una escolar–, no exista ninguna vía posible para restituir o detener la vulneración de sus derechos.

        En esta línea debemos trabajar para no seguir naturalizando la violencia sexual y pensar en un proyecto de ley que entregue una herramienta a aquellas mujeres, adolescentes y niñas que la sufren, para sacarlas del estado de desprotección al que nuestra legislación las ha relegado. Dicha respuesta debe dar amparo ante los ataques más graves y lesivos, asegurando un espacio público libre de violencia sexual.

        *Columna escrita por Dayana Barrios publicada originalmente para El Mostrador 

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          – Vengo a dejar una denuncia por acoso sexual callejero.
          – ¿Cómo es eso?
          – Un hombre me dijo algo muy grosero, que me violentó.
          – ¿Qué le dijo?
          – Me da mucha vergüenza repetirlo.
          – Dígame qué le dijo.
          – “Le llenaría el choro de moco”.
          – Ya, espéreme aquí.

          Hice el ejercicio de denunciar una manifestación “no física” de acoso sexual callejero: la agresión verbal que según la primera encuesta sobre el fenómeno realizada por el Observatorio Contra el Acoso Callejero, ha sido sufrida por un 72% de las consultadas.

          Mi visita a la comisaría tuvo distintas paradas. La primera con la carabinera que me recibió, a quien tuve que reproducirle la vergonzosa frase que un desconocido me dijo al oído. Luego, entré a otra habitación, donde dos carabineros me informaron que no podían tomarme la denuncia, por tres razones: porque lo que me sucedió no era delito, porque no tenía el nombre de quien me había violentado y porque sólo se tomaban denuncias por acciones como exhibicionismo o intentos de violación.

          Entonces constaté algo que en el OCAC Chile, ya hemos manifestado: las víctimas de agresiones verbales y tocaciones anónimas, no encuentran espacios de denuncia, y estas acciones tienden a ser minimizadas. Decidí insistir y pregunté: ¿cómo se denuncia un robo, si tampoco se conoce la identidad del ladrón? Respuesta recibida: porque eso, en la ley, sí es delito. Para la otra tómele el nombre a la persona. El comentario me colapsó y aclaré de inmediato: ¿usted cree que después de escuchar una frase de ese calibre me voy a acercar a conversar? Los policías me miraron en silencio, dándome la razón.

          Seguí insistiendo: ¿Qué hago? Necesito denunciar, dejar registro de lo ocurrido, porque esto pasó cerca de un colegio y quiero impedir, de alguna forma, que algo así o un hecho más grave le suceda a una escolar. Luego de varios minutos de insistencia, uno de los carabineros se puso de pie y me dijo “voy a ir a preguntar”. Esperé un largo rato y me hicieron pasar a una nueva habitación, en la que me atendió otro policía. Me dijo, le vamos a recibir la denuncia, por otros hechos, porque no tengo otra forma de hacerlo. Le voy a tomar declaración de todo lo que pasó y esto se va a ir a la Fiscalía, ¿de acuerdo? De acuerdo, le respondí, y le di las gracias. No se preocupe, aquí estamos para ayudar, me aseguró.

          Nunca un carabinero había sido tan amable conmigo, lo que también me hizo reflexionar respecto de la arbitrariedad de estas instancias. Cuando hablamos de violencia en los espacios públicos, no podemos descansar en la buena voluntad y en el criterio personal, es necesario tipificar el acoso sexual callejero para que las autoridades sepan cómo responder ante estas faltas. Asimismo, al encasillar las agresiones como “otros hechos”, no se generan reparaciones específicas para estas vulneraciones sexuales.

          El carabinero me pidió mi carné, que escribiera la declaración en una hoja y una serie de detalles, como la hora en que todo había ocurrido y una descripción física del agresor. Luego, me mostró la declaración que debía firmar. La leí y sólo le pedí que cambiara una cosa. En el final, había escrito “frase que la hizo sentir vulnerada en su condición de mujer”, le pedí que reemplazara mujer por persona. Ahí también constaté una mitificación: se cree que el acoso sexual callejero nos vulnera como mujeres, cuando realmente nos vulnera en nuestros derechos humanos. No exigimos respeto por ser mujeres, no pretendemos caer en ensoñaciones machistas como “a las mujeres no se les pega” o “respétame, podría ser tu madre”. A ninguna persona se la golpea y todas merecemos respeto como pares. Esta cruzada es por el disfrute del espacio público en igualdad de condiciones, no una reivindicación moral desde nuestra esencia femenina.

          Con ese pequeño cambio, firmé la denuncia y abandoné la comisaría, concluyendo cuatro puntos importantes:

          Uno: necesitamos una ley que tipifique las manifestaciones más graves de acoso callejero, algunas de ellas ya consideradas por la policía como denunciables, como el exhibicionismo y la masturbación. Una ley contra el abuso sexual en espacios públicos facilitaría la denuncia de estas acciones y agregaría otras manifestaciones graves, como las tocaciones, el roce de genitales, la masturbación con y sin eyaculación, y los “piropos” agresivos, como el que yo recibí.

          Dos: estas acciones no pueden caer en el mismo saco de “otros hechos”, debe existir una ley para que las víctimas entreguen su testimonio y reciban una reparación social por sus vulneraciones; a la vez que sirva de ayuda y alerta para prevenir otros ataques.

          Tres: las sanciones por acoso sexual callejero deben ser acordes a la magnitud del delito. Nadie debería pasar por un calabozo por “piropear” de forma grosera, pero sí debería recibir una pena por masturbarse sobre una adolescente y eyacular sobre ella. Casos que hoy ocurren y cuya fuente es el relato de las propias víctimas.

          Cuatro: muchas veces, las víctimas no denuncian por vergüenza o porque piensan que no serán escuchadas, o serán culpadas por lo que les sucedió. Hemos recibido testimonios que así lo confirman. Personas que, frente a la autoridad, escucharon frases como, “¿y por qué andaba sola?”, “¿por qué salió tan tarde?”. En ese sentido, el beneficio de una ley contra el acoso callejero radica en el poder que otorga a las víctimas, para hacer valer su derecho a la libre circulación y exigir el resguardo de la privacidad de sus cuerpos y su integridad sexual.

          En mi experiencia, la denuncia fue considerada porque insistí, porque destiné varios minutos de mi tiempo para asegurarme de que lo que me sucedió no quedaría impune. Afortunadamente, los policías no se mofaron de mí y realmente intentaron ayudarme. Pero, insisto, no podemos confiar en el azar y el criterio particular. Chile necesita una ley contra el acoso sexual callejero, para que en el futuro, cuando una mujer, adolescente o niña denuncie una vulneración sexual, nunca más le pregunten, “¿acoso callejero? ¿Cómo es eso?”.

           *Columna escrita por Arelis Uribe originalmente en El Quinto Poder.

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            La presentación del acoso sexual callejero como violencia no reconocida en Chile, ha sido uno de los temas de género más abordados del año. ¿Cómo y dónde ocurre? ¿Qué prácticas implica? ¿Dónde están los límites? Son las preguntas con más eco en los medios y en la sociedad civil.

            Poner en tensión la naturalización de prácticas violentas, que socialmente hemos incorporado desde tiempos inmemoriales, es sinónimo de irrumpir en el orden. Hablar del acoso sexual que ocurre en la vía, transporte o espacio público, pone en duda una lógica política, bajo la cual los géneros conviven en la cotidianidad.

            El Observatorio Contra el Acoso Callejero de Chile, OCAC Chile, se ha transformado en el primer espacio institucionalizado bajo el cual esta forma de violencia tiene voz y acción, un lugar donde, por primera vez, víctimas pueden expresar su sentir. Son cientos los testimonios que hemos recibido en nuestro fanpage, mayormente de mujeres, que hasta hace poco no hallaban otros canales de desahogo y contención.

            Ese posicionamiento sostenido ha concertado el apoyo de instituciones de amplia trayectoria y reconocimiento internacional. Este año, con el patrocinio de ONU Mujeres y la Unión Europea, CulturaSalud y OCAC Chile implementarán el primer programa contra el acoso sexual callejero en Chile, que abordará líneas de investigación, sensibilización y propuestas de políticas públicas. Tres áreas complementarias e indispensables para impactar en el gobierno y la sociedad civil.

            Los estudios de género en Chile son un nicho fértil, ya que muchas de sus diversas aristas aún no son abordadas. Por eso, la línea de investigación espera ahondar en la percepción ciudadana sobre el acoso callejero y y qué tan abiertos estamos los chilenos y chilenas a cuestionar este fenómeno. Si bien tenemos resultados de una encuesta preliminar realizada este año, no existen otros estudios de género que analicen científicamente el fenómeno.

            La idea no es sólo revelar datos significativos, sino además sensibilizar, concientizar e informar a la comunidad sobre el acoso sexual en el espacio público, su impacto y formas de erradicación. Así, la segunda área de trabajo del programa se basa en una fuerte campaña comunicacional, que se centra en dar insumos a la sociedad chilena para enfrentar estas agresiones.

            Un error de las políticas de igualdad de género es la guetificación de los discursos, abriendo espacios que sólo identifican a los grupos afectados o a personas con sensibilización en género. En el Observatorio consideramos fundamental que la violencia se reconozca en distintos niveles y que la ciudadanía participe ampliamente en su erradicación. El verdadero desafío está en lograr que todos y todas comprendan el problema, empaticen y aspiren a un futuro más igualitario.

            Finalmente, ninguna organización es suficiente sin una política pública que respalde la lucha social. Por eso, nuestra última arista de trabajo consiste en impulsar normativas responsables, que atiendan con seriedad el acoso sexual callejero. El objetivo es que posean un enfoque preventivo y educativo, para avanzar hacia un trabajo institucional comprometido con la equidad de género y la sociedad chilena.

            Con este ambicioso proyecto, OCAC Chile se convierte en un organismo pionero en abordar agresiones de género que hoy no son reconocidas en nuestro país. No obstante, el impacto y apoyo de nuestro trabajo responde a un Chile que persigue cerrar brechas sociales. Si nuestra cruzada ha sido exitosa es porque representamos a un Chile que quiere relaciones de género construidas en principios de justicia, derechos y equidad.

            *Columna publicada originalmente por María Francisca Valenzuela en El Mostrador.

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              "No podemos dejar que nuestras escolares se sientan culpables al ser acosadas y no debemos callar ante un acosador. Que lo que le pasó a mi compañera y a tantas niñas y mujeres no se repita. Partamos educando."

              Debemos haber tenido unos 15 años. Quizás 16. Habíamos salido temprano por algún acto del colegio y, como solíamos hacer, nos fuimos a la feria artesanal para mirar los puestitos con las mismas chucherías de siempre: cueros para usar como pulseras o en el cuello, pañuelos, aros baratos, posters o chapitas del grupo de moda. No nos dimos cuenta cómo pasó, lo supimos después, cuando llegaron a contarnos: un tipo le había agarrado el poto a una compañera.

              Al día siguiente, el rumor ya se había expandido por todo el colegio: en la feria artesanal habían manoseado a una compañera. La chica era amiga mía, así que me preocupé y fui a hablar con ella. Hablar es un decir, ella sólo podía llorar al recordar el incidente que la dejó paralizada, vulnerable en su traje de colegiala, como una niña a pesar de que ya nos creíamos adultas.

              La chica lloraba con hipo, lloraba con el alma, con pena y con rabia, porque seguramente no supo qué hacer frente a la brutalidad de la acción. El grupo más cercano la consolábamos y las otras, las que no eran sus amigas o le tenían mala, comentaban que cómo se le ocurría andar con ese jumper tan corto. Aunque no lo dijeran abiertamente, pensaban que, en el fondo, era su culpa.

              Recuerdo que ya en esa época me dio rabia y tuve la sensación de que algo no estaba bien, de que era injusto que un imbécil se sintiera con el derecho de manosear a una colegiala sólo porque podía.

              Hoy, viéndolo con la perspectiva del tiempo y de lo que ahora sé sobre el acoso sexual callejero, hay un punto en especial que me llama la atención: la actitud de los y las profesoras de mi colegio. Ninguno se acercó a mi compañera, y si lo hizo sólo fue para consolarla, mas no para empoderarla. Nadie nos habló de acoso. Nadie nos enseñó cómo teníamos que reaccionar. Nadie nos dijo que no era nuestra culpa. Lo tomaron como un caso más, algo que a veces sucedía y que, como la lluvia, no se podía hacer nada por evitarlo, sólo esperar que pasara.

              Y pienso en la reacción de mis profesores y profesoras, y me da rabia. Me da rabia que no hayan sido capaces de ver más allá del acto mismo, de no prestar ayuda de verdad creando consciencia sobre lo terrible del acoso callejero, diciéndonos que no estábamos solas, que nos teníamos (y nos tenemos) las unas a las otras para cuidarnos y para apoyarnos. Porque, quizás,uno de los mayores problemas que tenemos al enfrentar el acoso es que es un tema del que no se habla, por miedo, por vergüenza o, peor, porque lo hemos naturalizado. Porque creemos que, como la lluvia, no va a cambiar.

              El problema es que nosotras a los 15 años podíamos equivocarnos, pero nuestros profesores tendrían que haber hecho algo. Las escolares son uno de los grupos más vulnerables al acoso sexual callejero y, sin embargo, muchos colegios insisten en ignorar esta problemática, dejando a las personas que lo sufren en una situación de gran soledad, vergüenza y dolor.

              Es fundamental que los educadores y educadoras sean un agente activo en la erradicación de este tipo de violencia de género, educando para que sus alumnos no se conviertan en potenciales acosadores y conteniendo de manera apropiada a aquellos estudiantes que lo han sufrido.

              Uno de los primeros pasos para terminar con el acoso sexual callejero es desnaturalizándolo y terminando con el círculo de silencios. Porque aquí hay dos tipos de silencio: el silencio culpable y el silencio cómplice. No podemos dejar que nuestras escolares se sientan culpables al ser acosadas y no debemos callar ante un acosador. Que lo que le pasó a mi compañera y a tantas niñas y mujeres no se repita. Partamos educando.

              * Columna original publicada por Myriam Aravena en el El Mostrador.

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                Cazador

                Era fácil. Cosa de repetir e insistir, en algún momento algo bueno tenía que ocurrir. Hacer una tarea tan burda tenía que tener algún sentido. Con el tiempo, algo no me fue haciendo sentido, algo entre lo enseñado y lo practicado fallaba. Quizás el problema era yo, por no ser lo suficientemente hombre, pero a mis amigos -bastante más machitos que yo, porque jugaban a la lucha libre y eran campeones para la pelota- tampoco parecía resultarles. Sin embargo, ellos no se veían contrariados. Es más, parecían disfrutarlo, como si se tratase más de un juego de niños que del intento de agradar a una niña al decirle un comentario al aire.

                Eran tiempos de ser jóvenes y estúpidos, bastante estúpidos. Más aún cuando se trataba de mujeres. Era difícil saber qué hacer, así que había que echar mano a lo que tenías más cerca: tus amigos, tan perdidos como tú. Y todo terminaba en un montón de teorías y mitos, basados en el consumo cultural: películas, series de televisión, libros, juegos y algún consejo trasnochado del tío de alguien. Todo parecía reducirse a decirle cosas bonitas a una mujer y tomar lo que quisieras cuando ella “pareciera ceder”. Suena fuerte, pero así es.

                Todos los consejos de seducción que recibí en mi adolescencia apuntaban a lo mismo: “atontar y tomar”, cual cazador con su presa. “Le robai un beso”, en una acto de dominación y salvajismo. “Tómala cerca y cuando dude, te la agarrai”, donde importaba poco el otro (u otra). “Y cuando esté media curá, te la llevai a la pieza”, porque tú eres el cazador, nadie le pregunta a la presa su opinión.

                Parecía que hacíamos lo correcto: era lo que nos habían enseñado. Aún así, todo era muy confuso, considerando que, además, muchas veces la cacería resultaba en fracasos. “Voy al baño y vuelvo”, podía ser el más doloroso de ellos, porque era el más rotundo NO que podíamos recibir. Al parecer, lo que nos habían enseñado no era del agrado de ellas. Nos consolábamos repitiendo que les gustaba hacerse las difíciles. Hasta que en un momento decidí abandonar a los viejos maestros y cruzar la vereda. Por suerte, con tantos fallos también había aprendido a hacer amigas.

                Lo más interesante que descubrí es que ellas tampoco tenían muy claro cómo era la cosa. Al parecer, su rol de presa nunca las tenía muy cómodas. También había muchas incongruencias en lo que ellas aprendían. Una situación llamó en especial mi atención: hay cosas que a ellas les molestan. Era increíble, me di cuenta que ser insistente no era la puerta de entrada correcta a nada. Seguirlas por la discoteque parecía tener el efecto contrario del que buscábamos. A veces, simplemente, y a pesar de lo que creíamos, no querían ser joteadas o estar con un hombre, se bastaban con ellas mismas o estando con sus amigas.

                De un momento a otro, entendí que “la presa” también era una persona. Ellas no estaban y no están allí para nosotros, a pesar de lo que creíamos y siguen creyendo algunos machos. Sin embargo, todo el mundo -incluso ellas mismas- repiten constantemente que sí, hasta el punto de ceder por obligación o bancarse el mal rato para callado. La presa es una persona, así ya no es tan bonito ser un cazador.

                *Escrito originalmente por Francisco Rojas para Zancada

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                  Por favor, nada de brigadas ni de antipiroperas. No reduzcamos el asunto a un mal chiste y a un mal apodo. Acá estamos hablando de violencia real y eso jamás es para la risa.

                  Desde que apareció el Observatorio Contra el Acoso Callejero, OCAC, se ha dicho mucho sobre nosotras. Que somos las “acosadoras de los acosadores”, que somos “feminazis” o que somos la “brigada de antipiroperas furiosas”. Más que molestarnos por los apelativos, estamos abiertas a explicar cuál es nuestro rol como organización. En especial, porque una de nuestras metas es educar para el cambio social.

                  Quiero quedarme en el último apodo, “brigada antipiroperas”. Primero, no somos una brigada, aquí no hay escuadrones de cacería ni ajusticiamiento. Somos un observatorio y entre las tareas que nos hemos propuesto está la de visualizar el problema a través de campañas comunicacionales, entrevistas en medios de comunicación, capacitaciones y asesoría jurídica. Asimismo, esperamos realizar la primera investigación sobre el acoso sexual callejero en Chile, que dé un respaldo teórico y promueva políticas públicas que, desde la educación y la prevención, se hagan cargo de un problema social que hoy no es abordado. Todo lo anterior no es matonaje pandillero, sino un trabajo serio que incluso ha recibido el respaldo y los elogios de Claudia Pascual, Ministra del Sernam.

                  Segundo, no somos “antipiropos”. Este tema es el que ha levantado más debate entorno a nuestro quehacer, otra vez, por falta de información.

                  El acoso sexual callejero es un fenómeno antiguo visibilizado recientemente. Su definición también es nueva. En el OCAC, lo entendemos como una forma de violencia de género, que se manifiesta como un acto de connotación sexual, ejercido por parte de desconocidos de manera sistemática, en el espacio público, generando malestar en la persona agredida. Esta violencia se da de diferentes formas, como el “piropo” suave, “piropo” agresivo, tocaciones, presión de genitales sobre el cuerpo o “punteo”, registro con dispositivos tecnológicos sin consentimiento, exhibicionismo y violación.

                  Como ven, el “piropo” suave que tanto debate genera es sólo una de las formas de acoso callejero y es, probablemente, la forma menos cruda de violencia sexual en el espacio público. Es curioso que la forma más sutil es la que concite mayor atención.

                  Hay mitos y un cierto romanticismo alrededor del “piropo”. Se piensa que la mayoría de las veces es poético y nerudiano. Según nuestros sondeos, los versos están lejos de los ángeles y las rosas y más cerca de la violación múltiple y los genitales. El grueso del “piropo” callejero carece de galantería y folclore.

                  Por otro lado, entendemos que la identidad se construye de forma diferente. Depende de la subjetividad de cada persona si ese “piropo” resulta una agresión o no. Sin embargo, hay que destacar que la construcción de esa subjetividad se realiza en una cultura machista, en la que el atributo físico de las mujeres siempre es resaltado por sobre sus emociones y pensamientos. Por ello, en última instancia, el “piropo”, suave o agresivo, es una expresión sutil de una misma lógica que objetiviza a la mujer.

                  Así, la validación del “piropo” por parte de las mujeres está sujeta a debate y estamos abiertas a dar esa discusión. Sin embargo, hay formas más agudas de acoso callejero, que ya no descansan en apreciaciones personales. Piensen en los niños, niñas y adolescentes que escuchan frases feroces o son manoseadas por hombres adultos en el espacio público, abusos que incluso terminan en eyaculaciones sobre ellas. De ese tenor son los testimonios que hemos recibido. ¿Alguien duda que eso es violencia sexual? ¿Está eso sujeto a discusión?

                  Ampliemos el debate, detenernos en el “piropo suave” sólo nos distrae de ver el mapa completo del problema. Cuando hablamos de acoso sexual callejero hablamos de ataques que nadie merece recibir y que transgreden la línea del halago simpático.

                  Por favor, nada de brigadas ni de antipiroperas. No reduzcamos el asunto a un mal chiste y a un mal apodo. Acá estamos hablando de violencia real y eso jamás es para la risa.

                  *Columna escrita por Arelis Uribe originalmente para El Quinto Poder

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                    Cada vez que alzamos la voz y pedimos o, peor aún, exigimos respeto, desafiando el lugar que este mundo de machos nos otorga, se nos tilda de histéricas, exageradas, zorras y hasta de antidemocráticas. Ya sea porque reivindicamos derechos -como caminar en paz por la calle- o porque vivimos la opción personal de no depilarse, el crimen es el mismo: querer cambiar la sociedad. Como respuesta, un orgulloso machismo herido y acorralado nos corona con el apodo de “feminazis”.

                    Según datos del Observatorio contra el Acoso Callejero, la edad promedio en que una mujer comienza a ser acosada es a los 14 años y un 25,1% de las encuestadas dice sufrir de acoso más de una vez al día. En promedio, una víctima vive 4.400 hechos de acoso antes de cumplir 25 años. Eso, si sólo lo sufriera una vez al día.

                    ¿Es exagerado visibilizar el problema? ¿Es violencia encarar al acosador y a la sociedad porque no quiero que un desconocido me puntee en el transporte público o me informe sobre sus deseos sexuales? ¿Es tiranía pedir políticas públicas para proteger a las menores de edad que son las principales víctimas? ¿Son comparables estas demandas al régimen nazi?

                    El régimen nazi es responsable de uno de los genocidios más horribles de la historia. Aniquiló, torturó y esclavizó a una población equivalente a la de todo Santiago. Sin embargo, quienes defienden el patriarcado en Chile no ven diferencia cuando usan indiscriminadamente este apodo contra las mujeres que luchan por la igualdad.

                    Hace algunas semanas, como OCAC publicamos una columna de opinión explicando por qué el acoso sexual callejero no es una forma de libertad de expresión. Recibimos comentarios que decían cosas como “ojalá las feminazis se preocuparan por asuntos de mujeres maltratadas mucho más serias que prestarle atención a simple piropo” o tildándonos de “femistéricas (que) desparraman contra la figura masculina”.

                    ¿Qué nos dice esto? Que en Chile, se tilda de represor o represora a quien denuncia la violencia. Lo que reproduce un modelo que somete a hombres y mujeres, ellos atrapados en modos nocivos para reafirmar su virilidad en el espacio público, nosotras excluidas de esta espacio, siendo remitidas a la casa, el dormitorio… el espacio privado.

                    Me declaro culpable de exigir respeto en el espacio público, de encarar a los acosadores y tratar de coartar sus conductas violentas cuando me molestan a mí o a otras mujeres, especialmente a las adolescentes. Soy culpable de desear caminar tranquila, sin ruidos desagradables o frases como “te chuparía el sapo rico”. Pero no acepto los cargos de promover un genocidio como el que llevó a cabo el nazismo.

                    Quienes usan el peyorativo “feminazi” para describirme, sólo evidencian su ignorancia, falta de racionalidad y poca empatía. Y lo más terrible, dan cuenta de que ellos están más sometidos que nosotras, porque su hombría tradicional no les permite ver que han convertido la violencia sexual en privilegio y el privilegio en un supuesto “derecho”.

                    * Columna de Constanza Salazar escrita originalmente para Zancada

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                      Sé que todavía recuerdan las piernas sin cuerpo de Tritón, esa campaña que invitaba a fotografiar “tentaciones” en el Metro. Sé que todavía recuerdan el comercial de Sprite donde el protagonista tenía tortícolis de tanto fotografiar el cuerpo de mujeres desconocidas. Sé que todavía recuerdan al tipo que filmaba con su celular a escolares por debajo del jumper.

                      Sé que aún no olvidan estos casos porque son especiales, porque impactaron al vincular el acoso sexual callejero con una variable particular, con algo que todos manejamos a diario: los celulares.

                      Las nuevas tecnologías pueden usarse para lo que soñemos, incluso si ese sueño es tan distorsionado como filmarle los calzones a una adolescente. La tecnología es nuestra aliada, pero también es una potencial amenaza. Cada día, más mujeres sufren violencia por el uso de Internet y de los smartphones. Y no sólo en la calle, también en Internet. Ya es toda una maldita moda el porn revenge: gente que difunde en la web fotos eróticas de sus ex parejas a modo de venganza.

                      Entonces, la felicidad que produce descargar y compartir libremente contenidos se vuelve una pesadilla cuando lo que se está viralizando son nuestras imágenes, tomadas con o sin nuestro consentimiento, y que no queremos que sean públicas.

                      Lección número uno: la tecnología es nuestra amiga, siempre y cuando tengamos el control de la información. Si está a nuestro alcance, pensémoslo bien antes de compartir esa foto hot, porque una vez en la red, la información es imparable y casi imposible de eliminar.

                      No se asusten, como dije al principio, la tecnología también es nuestra aliada. Porque así como el tipo que fotografiaba escolares por debajo de la falda desarrolló una sórdida estrategia para concretar sus acosos, también hay personas poniendo la tecnología al servicio de una causa: elcese de la violencia de género. Esa es la labor del proyecto Everyday Sexism o Take Back The Tech, los que buscan que las mujeres se empoderen a partir de las TIC, que las pongan al servicio de sus necesidades y causas.

                      Tal es el caso del OCAC, que en su cruzada contra el acoso sexual callejero usa las tecnologías de diversas formas: recibimos testimonios a través de nuestro fan page, con lo que contribuimos a crear redes de apoyo y escucha para las víctimas de acoso callejero. Usamos este mismo canal para difundir nuestras propias opiniones y contenidos, ya que muchas veces la prensa nacional distorsiona nuestros discursos o los invalida.

                      También usamos Twitter para estar al tanto de las conversaciones que fluyen en las redes sociales, plataforma en la que batallamos, en primera fila, para denunciar el caso con el que abrí esta columna: la campaña de Tritón que invitaba a fotografiar a mujeres en el espacio público.Un gallito que ganamos, gracias al apoyo de otros internautas.

                      Sabemos que hay potenciales acosadores, pero también hay gente como el OCAC, usando la tecnología para sensibilizar, educar y erradicar la violencia sexual del espacio público. Una tarea a la que todos los que leen esta publicación digital pueden contribuir. Por ejemplo, denunciando abusos o no difundiendo material que inste a la violencia sexual.

                      La idea: que en el futuro, los casos que más recordemos sean aquellos en los que la tecnología estuvo del lado de los activistas contra la violencia sexual y no al servicio de acosadores que incitan a la violencia. Al menos para eso trabajamos todos los días.

                      * Columna escrita por Arelis Uribe originalmente para El Quinto Poder