columna

    0 4199

    No soy objeto, no soy a quien crees conocer. Me construyo y de-construyo día a día. Soy un cuerpo diferente, autónomo. Y mientras el masculino hegemónico defiende su libertad de expresión, yo lo invito a expresarse de otra manera. A que deje de parapetarse en sus viejas estrategias de supremacía, a que se rebele, a que le invente a su cuerpo un significado diferente, a que renuncie a los roles conocidos, a que se exprese, a que entienda que la libertad es permitirnos existir entre muchos.

    José existe y compartió un recuerdo conmigo. El de un tío que a los quince años, lo obligaba a acosar mujeres en la calle: “Grítale, ¡mijita rica, te lo metería hasta adentro!”.  José cuenta que sentía un nudo en el estómago. No se atrevía a hacerlo. Le daba miedo, vergüenza. Para zafar, José hacía oídos sordos. Pero un día no pudo con la presión, y lanzó el grito. Fueron pocas veces. Las suficientes para sentirse podrido. Sobre todo cuando su tío le palmoteó la espalda, felicitándolo.

    La historia de José, ilustra algo que suele invisibilizarse:la masculinidad es adquirida. Se aprende a ejercer de masculino, así como se aprende a armar una carpa en verano.

    El problema es que nuestros cuerpos no vienen con instrucciones de uso escritas en un folleto fácil de leer. Hay mandatos de género socializados entre nosotros, que provocan relaciones de poder y dominación, otorgándole a ciertos cuerpos mayor estatus que a otros.

    Diversas teóricas feministas han sido enfáticas en señalar que así como vivimos en un sistema económico desigual, también estamos inmersos en un sistema sexo-género, que asigna roles y significados sociales a nuestros cuerpos, reprimiendo su potencial de existir en el mundo.

    Es sabido que la masculinidad heterosexual y misógina ha conquistado este sistema, ejerciendo control. Y, en palabras de Michael Kaufman -teórico y activista por una masculinidad crítica-, esta masculinidad hegemónica se ha impuesto mediante un “trabajo de género” que, además de someter a sujetos diferentes, busca el adoctrinamiento entre iguales, forzándolos a eliminar sentimientos, esconder las emociones y suprimir necesidades particulares.

    En ese sentido, el “grítale-mijita-rica-te-lo-metería-hasta-adentro”, es la cancioncita de una masculinidad que sigue buscando nuevos soldados para su causa. Por eso, resulta tristemente coherente que desde que el Observatorio Contra el Acoso Sexual Callejero comenzó a operar, militantes activos de esa masculinidad hegemónica hayan contra-argumentado a nuestras denuncias diciendo que éstas coartan su libertad de expresión.

    Para esa masculinidad que hoy dramatiza, el grito de connotación sexual que lanzan a las mujeres en la calle, la mirada lasciva, el silbido, los jadeos en el oído, las masturbaciones públicas y los “punteos” en el metro, son las manifestaciones necesarias de su sobrevalorada virilidad. De ahí que acusen una persecución en su contra. Porque huelen en nuestra denuncia el cuestionamiento a una masculinidad que para ellos es la única imaginable.

    Porque al denunciar el acoso sexual callejero que vivo, estoy tomando el “grítale-mijita-rica…” y lo estoy devolviendo en forma de boomerang. Porque ese “grítale-mijita-rica…” pretende ubicarme en un lugar en el cual no quiero estar, al que no pertenezco. Es una cárcel inventada por quien se atreve a inscribir en mi cuerpo, un femenino obligatorio. Una forma de ser mujer que no comparto. No soy objeto, no soy a quien crees conocer. Me construyo y de-construyo día a día. Soy un cuerpo diferente, autónomo. Y mientras el masculino hegemónico defiende su libertad de expresión, yo lo invito a expresarse de otra manera. A que deje de parapetarse en sus viejas estrategias de supremacía, a que se rebele, a que le invente a su cuerpo un significado diferente, a que renuncie a los roles conocidos, a que se exprese, a que entienda que la libertad es permitirnos existir entre muchos.

    * Columna escrita por Verónica Torres originalmente para El Quinto Poder

      0 3784

      La publicidad es el “arte de convencer a los consumidores”, el puente entre un producto y el cliente. No sólo cumple con su principal objetivo, la venta, sino también influye en la sociedad de consumo: marca tendencias, crea valores sociales y contribuye a la construcción de estereotipos de género, sexo y raza, entre otros.

      Hay publicidad con mensajes violentos: desde el comercial de Limón Soda, del tipo que saca fotos indiscretas y sin consentimiento al escote de las mujeres, pasando por la campaña de Tritón que exhibía piernas femeninas sin cuerpo, hasta el anuncio de Duncan Quinn, marca de ropa masculina, en el que aparece un hombre estrangulando una mujer con la corbata. En ellos, la mujer es un ser inferior al hombre, convertida en un objeto sexual, lo que en extremo fomenta la violencia contra ella.

      La publicidad es el “arte de convencer a los consumidores”, el puente entre un producto y el cliente. No sólo cumple con su principal objetivo, la venta, sino también influye en la sociedad de consumo: marca tendencias, crea valores sociales y contribuye a la construcción de estereotipos de género, sexo y raza, entre otros.

      Así, la publicidad afecta a la sociedad y constantemente nos bombardea con mensajes que nos estereotipan y violentan. ¿Qué tiene que ver esto con la conducta de miles de hombres que nos acosan en las calles?

      A diario, nos rodean mensajes implícitos y explícitos en la publicidad. Al trasladarnos por la ciudad, vemos en el trayecto más de una propaganda publicitaria. Estas se enfocan a distintos públicos, pero quiero referirme especialmente a la publicidad sexista dirigida al género masculino, aquella que tiende a ser descalificativa y violenta contra el género femenino, estereotipando a la mujer como un objeto sexual y decorativo.

      Ejemplos hay de sobra: los licores, Cerveza Cristal, en el verano de este año, lanzó una campaña con la modelo danesa, de 22 años, Nina Agdal. Se la muestra en la playa, con un bikini amarillo posando junto a la botella Cristal. En la versión de televisión, Nina Agdal ocupa veinte segundos del comercial mostrando su cuerpo, y la cerveza sólo diez. El rol de Nina es ornamental, se muestra su cuerpo esbelto, curvilíneo y su cara bonita, como mera compañía del producto. Anuncios como éste se repiten todo el tiempo, las vemos masivamente en diarios, revistas e incluso en el Transantiago. El mensaje llega a mucha gente.

      Si posicionadas marcas como Calvin Klein o Dolce y Gabbana muestran en sus anuncios a mujeres que están siendo abusadas por grupos de cuatro o cinco hombres, no me extraña que el 38% de los asesinatos a mujeres en el mundo sean casos de violencia machista, según la OMS. Si Limón Soda, Brahma, Axe y Doritos promueven prácticas sexistas, tampoco me extraña que más de un 90% de las mujeres hayan sufrido algún tipo de acoso sexual callejero, según la encuesta OCAC realizada este año.

      Si constantemente nos asocian con un producto de deseo y satisfacción masculina, entiendo por qué a las mujeres nos miran y tratan como tal. Sea en la oficina, en el colegio y, también, en el espacio público. Los medios de comunicación y la publicidad detentan un rol protagónico en la percepción que los hombres tienen de las mujeres y viceversa. Por lo tanto, debiesen hacerse cargo de los mensajes que entregan en sus propagandas publicitarias. Ésa es una tarea necesaria para avanzar hacia mayor igualdad de género.
      *Columna escrita por Danita originalmente para El Quinto Poder

        0 3643

        Para superar estos paradigmas es necesario cambiar conductas tempranamente. Primero, visibilizando el acoso sexual callejero como un problema, no como una “tradición” o “folklore”, que va en escalada, que molesta, que deja a la mujer en posiciones vulnerables en el espacio público

        De la violación se puede decir mucho: cuáles son sus repercusiones en la psicología femenina, cómo hemos sido criadas en general en occidente al respecto, por qué suceden como crímenes de guerra, etc. La lista es amplia, sin embargo lo que de una vez debe ser aprehendido y aprendido por todos y todas, es que la violación es un DELITO, penado por la ley y con penas que no son bajas.

        Esta reflexión nace con el estreno de la teleserie turca“¿Qué culpa tiene Fatmagül?”, sobre una muchacha que es atacada por cuatro hombres que la golpean y la violan, básicamente, porque podían, porque tenían una buena posición y, en especial, por su condición de hombres. Como indica su nombre, el culebrón muestra cómo esta mujer víctima es acusada, despreciada y tildada de tentadora, de habérselo buscado, algo que la propia serie va planteando como una injusticia. Todo inmerso en una cultura que, a simple vista, se ve diferente a la nuestra, pero que, si escarbamos la superficie y el barniz progresivo de los chilenos, es exactamente igual de machista.

        Un argumento muy viejo y muy arraigado en este mundo es ése: siempre es la mujer la que lo está pidiendo. Sí, porque queremos que nos tomen a la fuerza y, sobre todo, un desconocido. “No hagas, no camines, no te vistas de tal o cual manera, no salgas a la calle a tal hora”. Siempre es la mujer la que “debe cuidarse”, “debe ser recatada”, “debe”, “debe”, “debe”. Si el hombre anda en calzoncillos en la calle, si bien es excéntrico, nadie pensaría que “se lo está buscando”. El acoso callejero y la violación, son manifestaciones de la “cultura de la violación”, en la cual la víctima es responsable de lo que sucede, ya sea por su forma de vestir o comportamiento, mientras que el acosador/violador es visto como un animal básico que no puede (ni debe) controlar sus instintos, de lo contrario su masculinidad se menoscaba.

        Es normal leer comentarios en las redes sobre noticias de violación, diciendo implícita o explícitamente que la mujer tentó al “pobre hombre”, que no pudo controlar sus bajos instintos al ver un par de piernas o un ombligo. “Ese huevito quiere sal”, fue el último comentario “notable” que leí a un gran pensador de Twitter. Lo encaré por ello y atacó de vuelta diciendo que, como era periodista hace más de 30 años, nadie tenía derecho a criticarlo. “¿Y si fuera tu hija”, le dije y él respondió que ella no era ninguna cartucha. No sé en qué parte de su mente la VIOLACIÓN y el sexo duro VOLUNTARIO son lo mismo.

        ¿Qué tiene que ver Fatmagül con el acoso callejero? Todo. La violación es la manifestación más grave del acoso sexual callejero, el punto cúlmine. Estudios extranjeros muestran que los violadores antes fueron acosadores callejeros: persiguieron mujeres y se masturbaron frente a ellas, en una escalada que no tiene castigo social ni penal y, de haberlo, es insuficiente. Otras veces, al momento de denunciar, la víctima no es tratada como tal. ¿Para qué denunciar un acto traumático y violento si te van a preguntar cómo ibas vestida o qué estabas haciendo? Sí, hoy en el 2014.

        Además de la ficción, cuando estos casos llegan a los noticiarios -único espacio de denuncia más o menos objetiva-, se ve la falta de tino de la policía, sobre todo si la violentada es una adolescente de clase media o baja. Basta recordar el caso de las desapariciones de Alto Hospicio, cuando las familias fueron despreciadas diciéndoles que sus hijas probablemente se habrían ido a Tacna a prostituirse.

        Para superar estos paradigmas es necesario cambiar conductas tempranamente. Primero, visibilizando el acoso sexual callejero como un problema, no como una “tradición” o “folklore”, que va en escalada, que molesta, que deja a la mujer en posiciones vulnerables en el espacio público. Una vulnerabilidad que no debería existir, porque tenemos el derecho a transitar libres por las calles, como cualquier otra persona. No somos un objeto, ni el objeto de nadie, pero sobre todo no somos víctimas ni tentadoras, simplemente somos personas.

        *Columna escrita por Kitsune originalmente para El Quinto Poder

          0 3039

          No todos los hombres son acosadores, pero todas las mujeres hemos sido acosadas. Es necesario que en Chile, tal como en Perú, trabajemos para que las niñas de hoy tengan un futuro diferente y no deban salir a la calle con vergüenza y miedo

          En lo que va del primer semestre, en Perú se han presentado dos proyectos de ley que tipifican como delito el acoso sexual callejero. El primero de ellos fue desarrollado por la parlamentaria Rosa Mavila, con participación de variadas organizaciones de mujeres. El segundo, que salió a la luz a fines de junio,fue impulsado por la Ministra de la Mujer, Carmen Omonte. Las iniciativas, pioneras en Latinoamérica, se suman a las de otros países como Bélgica y Egipto, donde la ley ya está operando.

          Muchos seguramente pondrán el grito en el cielo al ver cómo se sientan precedentes para lo que viene en Chile, con los argumentos de siempre: ¿Acaso ahora van a meter presos a los hombres por mirar? ¿Acaso uno ya no puede decir nada a nadie porque te pasarán una multa? ¿Acaso importa más su libertad de caminar tranquilas que mi libertad de expresión? A ellos, tenemos algunas cosas que decirles. Les pedimos el máximo de comprensión lectora posible y, por qué no, empatía.

          En primer lugar, la mirada lasciva y el mal llamado “piropo” son bastante comunes, pero no son las únicas formas de acoso callejero. Por el contrario, existen otras formas mucho más graves, como la masturbación pública que sufrió una actriz peruana, persecuciones, tocaciones y los intentos de violación que son mucho más frecuentes de lo que quisiéramos y que no pueden quedar impunes. ¿O acaso a alguien le parece bien que el hombre de 51 años que seguía y fotografiaba diariamente a una escolar en el Metro de Santiago haya quedado sólo con prohibición de acercamiento? ¿Quién nos asegura que no esté haciendo lo mismo en este momento con otra niña? ¿Quién nos asegura que no es capaz de ir más allá? Tanto en Perú como en Chile, necesitamos una ley que se haga cargo de esta problemática de manera seria y responsable, sobre todo para estos casos más graves.

          En segundo lugar, ambos proyectos de ley peruanos tienen un fuerte componente preventivo y no sancionatorio. Es decir, no busca llenar las cárceles de acosadores sexuales, sino visibilizar, concientizar y educar a las futuras generaciones, para que el acoso callejero deje de ser una característica “natural” y “pintoresca” de una nación en Latinoamérica y  que exista una transformación cultural que asegure un futuro libre de él.

          No todos los hombres son acosadores, pero todas las mujeres hemos sido acosadas. Es necesario que en Chile, tal como en Perú, trabajemos para que las niñas de hoy tengan un futuro diferente y no deban salir a la calle con vergüenza y miedo. Para eso, debemos impulsar ahora los cambios que apalanquen transformaciones en nuestra cultura. La mirada, el piropo, el agarrón, no provienen de la “naturaleza” de un hombre que no se puede controlar, provienen de una persona que ha vivido en una cultura del machismo y la violencia desde siempre.

          * Columna escrita por Camila Bustamante originalmente para El Quinto Poder

            0 3718

            Cuando usted, madre, padre, adolescente o señora usa esta clasificación moralista, lo hace desde el prejuicio y desde lo cosmético, usando una fórmula casi matemática: si usa escote, anda provocando; si usa shorts en la noche, “se buscó” la violación.

            Una opinión que he oído tanto a mujeres como a hombres, es esa que clasifica a las mujeres en dos tipos: las que “se buscan” ser acosadas porque “exhiben” su cuerpo en la calle, y las que “no merecen” el acoso porque “se tapan” y “se cuidan”. ¿Usted piensa así? A usted quiero hablarle.

            Cuando usted, madre, padre, adolescente o señora usa esta clasificación moralista, lo hace desde el prejuicio y desde lo cosmético, usando una fórmula casi matemática: si usa escote, anda provocando; si usa shorts en la noche, “se buscó” la violación. Esto critica a las mujeres por la forma en que se despliegan en el espacio público, es decir, sólo evaluándolas como cuerpo, como objetos; no se las juzga por su contenido, como personas, como sujetos, por cómo piensan, por su fondo.

            Este pensamiento establece el acoso callejero y el abuso sexual en una lógica de castigo y orden, una reprimenda “justa” que nos dan algunos hombres y mujeres machistas a las mujeres que nos “perdernos” del sendero “sumiso y casto” que nos corresponde.

            Sin embargo, la realidad del acoso desmitifica esta clasificación. Consideren sólo tres cosas.

            Uno: tanto las mujeres que “se exhiben” como las que “se tapan” son violentadas en el espacio público. El 72% de las mujeres ha sufrido acoso en la calle, independientemente de su aspecto físico, ropa o edad. No importa si sale vestida de astronauta o pasea en traje de baño por el centro de Santiago, el “piropo” o acoso verbal siempre llega. A todas nos acosan y ninguna se lo merece.

            Dos: separar a las mujeres entre las que “se buscan” el “agarrón” o “piropo” y las que “se cuidan” le achaca al agredido la responsabilidad del abuso. Piense en esto: las mujeres chilenas comienzan a sufrir acoso callejero a los nueve años. Repito, nueve años. ¿De verdad cree usted que esa niña a la que todavía no le crecen ni los pechos es la responsable de “provocar” a un hombre que luego le grita obscenidades en la calle? Evidentemente, el problema no surge en ella, sino en él. Y esto es válido para cualquier mujer, de cualquier raza y de cualquier edad.

            Tres: el derecho a caminar segura por la calle no depende de mis características físicas, sino de compromisos sociales cuando se vive en democracia. Yo, mujer que uso escote o mujer que “me tapo”, soy una ciudadana, igual que las señoras moralistas o los hombres que abusan de sus privilegios de macho. Todos “merecemos” y “nos ganamos” el derecho a caminar con tranquilidad y seguridad por la calle, a cualquier hora del día y en cualquier condición. Tal derecho no depende ni se suspende por la forma en que me visto. La igualdad de las personas no depende de factores cosméticos.

            La educación del miedo y la desconfianza sólo atrinchera más a hombres y mujeres. Por eso, hay que dejar de criarlas a ellas como vírgenes culposas, responsables de su acoso y abuso sexual y como ovejas perdidas cuando no siguen las normas; y dejar de educarlos a ellos como cancheros hipersexualizados, que sólo son “hombres” cuando dominan sexualmente a una mujer en el espacio público y en el privado.

            Pregúnteselo de nuevo, ¿en serio opina que hay mujeres que sí merecen ser violentadas sexualmente sólo por cómo se visten y que hay hombres que no tienen responsabilidad alguna en esa violencia? Espero que, por ahora, al menos se lo cuestione.

            *Columna escrita por Arelis Uribe para El Quinto Poder

              0 2179

              Según la primera encuesta sobre acoso callejero realizada por el OCAC, un 77% de las mujeres encuestadas es acosada, al menos, una vez a la semana y un 25% lo sufre varias veces al día.

              La ampliamente repudiada estampida de hinchas chilenos en el Maracaná, previa al encuentro con España, no fue la primera vez que los fanáticos de la selección nos dejaron en vergüenza. Muchos de ellos partieron aún antes de que se inaugurara el mundial, acosando a una profesora en Cuiabá.

              Lamentablemente el episodio de acoso callejero que sufrió la docente está lejos de ser aislado. Día a día, las mujeres chilenas -y las extranjeras que viven en nuestro país- padecemos el acoso de estos mismos chilenos en nuestras calles. Según la primera encuesta sobre acoso callejero realizada por el OCAC, un 77% de las mujeres encuestadas es acosada, al menos, una vez a la semana y un 25% lo sufre varias veces al día. Además, un 71% afirma haber sufrido una experiencia de acoso callejero traumática en su vida.

              El acoso sexual callejero es una forma de violencia de género que afecta principalmente a mujeres y que implica desde silbidos o comentarios sobre el cuerpo hasta tocaciones, masturbaciones en público y lo más grave de todo, violaciones.

              ¿Qué tiene que ver esto con el mundial? Mucho. En un evento que (se supone) es masculino, las mujeres pasamos a ser un adorno, un mero elemento decorativo en una fiesta de hombres. Pasamos a ser un torso desnudo pintado con la camiseta de la selección o un“trasero cábala”con el que el propio ministro Gómez, en un acto sexista, se toma una fotografía. Pasamos a ser las pololas o esposas insoportables que no entienden nada de fútbol y que no dejan ver el partido en paz. ¡Cuánto sexismo y cuánta violencia!

              De más está decir que muchas mujeres disfrutan del fútbol (y que a muchos hombres les importa un rábano). Pero más grave que estas etiquetas sexistas que están alejadas de la realidad, es transformar a las mujeres en objetos.

              La foto del ministro Gómez o la publicidad que algunos canales hacen del mundial, insinuando que turistear en Brasil es sinónimo de disfrutar de mujeres ligeras de ropa bailando samba, son formas de cosificación que nos reducen a simples pedazos de carne, objetos de consumo de los hombres. Y si los medios de comunicación o el propio Ministro lo avalan, ¿qué más le pedimos a los millones de hombres que cada día acosan a millones de mujeres en las calles de nuestro país e incluso del extranjero?

              Cuando hablamos de poner fin al acoso sexual callejero, también estamos pidiendo poner fin a las acciones que nos cosifican y nos deshumanizan, viendo a las mujeres como cuerpos ofrecidos al consumo de los hombres. El acoso sexual callejero en todas sus formas es finalmente una expresión más de una sociedad que nos sigue negando la igualdad y el ser tratada con respeto, el ser tratada como ser humano.

              * Columna publicada originalmente en El Quinto Poder

                0 1916

                Quiero ser tratada como igual, no como un “objeto lindo” o “carne”. Sin embargo, los extraños en la calle piensan que una es sólo un objeto, uno que no siente, que no responde, que no debe responder o que hasta le parece “divertido” que responda. No somos más que una cosa que mirar, inferior y ESO es lo que debe cambiar.

                Cuando era niña, me acuerdo de este spot publicitario de TVN, donde una bella muchacha, en sus veintes, con un ceñido traje de ejecutiva, camina bajo el alero de una construcción. Por supuesto, los silbidos, chiflidos y frases de pseudopoeta no se hacen esperar, mientras ella, nerviosa, ríe y baja la cabeza al caminar. “Qué linda esa pollita, para chuparle los huesitos”, dice una de las voces de los “maestros” que destaca por sobre el resto y grita. Ella ríe, sale el mensaje del canal y el spot termina.

                Recuerdo no haber sonreído, ni que me pareciera pintoresco u original el spot, al contrario, en mi fuero interno, tuve esa sensación intestinal de que algo no estaba bien con el conjunto entero, en especial con la frase para el bronce, la reacción de ella, todo. Me parecía y me parece insultante. “Pollita”, “Chupar”, “Huesitos”. No son términos que a mí me gustaría escuchar en la calle.

                Yo no tenía más de 10 años y hasta hoy esa frase me persigue. Creo que representa una naturalización institucionalizada de un acto que, lejos de ser poético, ofende y menosprecia. El tratar a una mujer con un símil animal ya es bajar de categoría tanto al animal como a la mujer, reduciendo ambos a una categoría “inferior”. Yo hombre, te trato en la categoría de “pollo” (carne) al que me puedo comer, en mi categoría de carnívoro, porque no eres un interlocutor válido y por lo tanto te puedo tratar como se me venga en gana. Segundo, por la reacción de ella ante el estímulo “piropo/halagador/poeta”, que más parece de vergüenza que esa reacción de inocencia que intentaron, vanamente, retratar.

                Es cierto que a los 10 años una no haría un análisis de esa clase, pero sí sentí que debía cuestionarlo. Al principio, fue de carácter instintivo, sólo un “algo está mal”, sin demasiados argumentos, pero un cuestionamiento al fin. No es como quiero que me traten. No es la forma de tratar a una mujer, ni en su categoría de mujer, ni en su categoría de persona.

                Los años pasaron y unos cuantos “piropos” después, había reunido argumentos para responder de vuelta. No me gusta que me incomoden cuando yo no molesto a nadie en la calle. La pregunta siempre era la misma: “Y a ese, ¿qué le importa cómo me veo o cómo me visto? No lo conozco, no me interesa conocerlo y mucho menos, si se mete en lo que no le importa”.

                Al final, se trata de eso: quiero ser tratada como igual, no como un “objeto lindo” o “carne”. Sin embargo, los extraños en la calle piensan que una es sólo un objeto, uno que no siente, que no responde, que no debe responder o que hasta le parece “divertido” que responda. No somos más que una cosa que mirar, inferior y ESO es lo que debe cambiar.

                Una idea: primero desnaturalizando el asunto. No es “simpático” que nos llamen por sobrenombres o nos digan poemas mal hechos, creyendo que nos hacen un favor. No es “simpático” que hagan sentir a una escolar asqueada de su propio cuerpo con insinuaciones venidas de un viejo que es el único asqueroso. No es “natural” que nos toquen la bocina o nos griten de un auto groserías pensando que son “halagos”, sin posibilidad de defendernos o al menos responder si nos parece o no. ¿Si debe terminar el acoso callejero? Mil veces sí.

                * Columna publicada por Kitsune originalmente en El Quinto Poder