comentarios sexuales

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    Hace algún tiempo, caminaba en dirección a mi casa y en una de las calles divisé un auto que estaba detenido con una puerta abierta con un hombre en su interior. En ese instante pensé que quizás le había pasado algo, por eso lo miré; pasados unos segundos me di cuenta de que el hombre estaba sin pantalones y masturbándose. En cuanto se dio cuenta de que había mirado al interior del auto, comenzó a decirme: “Mírame, ven. Me corro una paja contigo“. Sentí mucho miedo, apuré el paso y bajé la mirada.

    Situaciones como esta me han ocurrido en varias oportunidades, y creo que todas hemos pasado por episodios similares. Por eso me molesta cuando llaman feminazi a quienes nos preocupan las temáticas de género; ¿cómo negar una situación que está presente todos los días y a cada rato? ¿Cómo burlarse de las mujeres a quienes nos molesta que se nos vulneren nuestros derechos y dignidad? Quienes consideren que el acoso callejero es “un grupo de minas dramáticas”, los invito a abrir los ojos, porque situaciones como las que viví son el pelo de la cola del sin número de violaciones a los derechos humanos, sexuales y reproductivos de la mujer.

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      Me avergüenza un poco contar esto, porque tiene que ver con mi actitud pasada en relación a el acoso callejero. Sin embargo, quiero compartirlo por si a alguien alguna vez le sirve.

      Yo era una niña con muchos problemas de autoestima, me sentía fea e indeseable. En especial, porque en esta sociedad machista ser bella pareciera ser lo más importante. Entonces cuando me llegó la pubertad y empezaron a gritarme cosas en la calle, nunca me sentí asqueada como lo hago ahora. En parte porque mis padres decían que la culpa era mía. Ahora cuando me detengo a analizar las cosas que me decían por mi físico, pienso en lo asqueroso que era. Cómo gente adulta podía acosar a una niña de 12 años, sin que alguien cuerdo hiciera algo.

      Afortunadamente, con el tiempo y con ayuda de información, empecé a darme cuenta de que eran conductas inadecuadas. Sin embargo, no fue hasta conocer el OCAC que supe realmente porqué no debemos aguantar que este tipo de situaciones sigan ocurriendo. Gracias a la organización pude tener herramientas para discutir contra el acoso callejero, como otra forma de violencia de género.

      ¡Chicas recuerden, no necesitan que nadie les diga lo “buenas que están” y tampoco necesitan estarlo!

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        Era fin de verano y hacía calor. Yo andaba con jeans y una polera, comunes y corrientes. Ese día acompañé a un amigo marino a unas clases de cueca en la Escuela Naval de Valparaíso. Yo me había estacionado en la misma calle, aproximadamente a unos 50 metros de la entrada, que contaba con guardias y todo.

        Al terminar la clase, mi amigo tenía permiso para salir de la Escuela Naval. Como debía formarse y cambiarse de uniforme, me pidió que lo esperara en mi auto. Me subí y abrí la ventana, por el calor que hacía y para fumar mientras esperaba. Prendí la radio y chateaba en mi celular tranquilamente, cuando desde atrás de mi auto apareció un tipo de unos 30 años e intentó subirse metiendo las manos para sacar el pestillo.

        En el momento pensé que intentaba asaltarme, pero me metió la mano bajo mi polera, dándome un fuerte agarrón en el pecho izquierdo, mientras seguía intentando subirse a mi auto y decía: “ya po’, cuiquita, si te quiero manosear un poquito no más, yo sé que te va a gustar y te lo hago rico”.

        Cuando se dio cuenta de que los guardias de la Escuela Naval iban hacia el auto, desistió y salió corriendo, desapareciendo en la esquina de la calle siguiente. Los guardias llegaron hasta mi auto. Yo estaba traumada, llorando y con los brazos cruzados tapándome el pecho, aún sintiendo el dolor del apretón. Me preguntaron si estaba bien y me dijeron que tenían que volver a sus puestos. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida, y de sólo pensar lo que podría haber pasado si el tipo hubiese aparecido estando abajo del auto, o si hubiese logrado entrar, me da una sensación de angustia horrible.

        Los días siguientes tenía constantes recuerdos de lo sucedido. Sus palabras asquerosas seguían retumbándome en la cabeza y el moretón que me dejó me duró una semana. Nunca imaginé que en mi auto, a plena luz del día y frente a una institución de las Fuerzas Armadas podría pasarme algo así. Desde entonces, en cualquier momento y lugar que estoy sola, tengo en mi mano un spray de pimienta que no dudaré en usar contra cualquiera que trate de acosarme.

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          Siempre recordaré cuando me di cuenta que estaba convirtiéndome en mujer. Me dio mucha pena.

          Fui a comprar una bebida un día de verano. Me acuerdo perfecto, pasó un degenerado de mierda en bici, quien me preguntó por una calle. Noté algo raro en su tono y expresión, pero le respondí igual. Luego de eso, me preguntó si quería “ir a tomarme un heladito con él”, y yo lo miré con cara extraña, tan extraña que se reía a carcajadas y me decía “dime que sí, preciosa”, y yo no entendía qué quería decir con eso, además estaba impactada. Sólo sentí mucho miedo, sabía que me estaba acosando, pero en ese tiempo era una niña.

          Al final reaccioné y le dije que me tenía que ir. Caminé rápido, lo más que pude. Él se fue riendo a carcajadas, se reía de mi inocencia y se calentó con eso.

          Nunca lo conté ni lo he contado, pero siempre me acordaba y más grande lo comprendí. Lo que más me molesta es que tenía once años, no me merecía descubrir el mundo así.

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            A fines del año pasado, tuve un evento de barras donde participábamos y el colegio nos regalaba notas por asistir. Fui con ropa del colegio al evento -que era un día sábado-. Como no hay mucha locomoción los fines de semana en mi comuna, decidí irme caminando hasta mi casa.

            Mientras iba capeando el calor, se me acercó un viejo de unos 65 años -que perfectamente podía ser mi abuelo- y me dijo que me haría cosas en mi vagina y otras asquerosidades y ordinarieces. Me fui por otra calle asustadísima. Pensaba que en cualquier momento este viejo aparecería por detrás y me violaría.

            Este año no iré a las barras. Me da miedo ir de falda un día sábado y tener que caminar por la calle. Tenía catorce años cuando me pasó esto. Y no, no tengo un cuerpo voluptuoso. De hecho, aún no me desarrollo y la falda me queda hasta las rodillas.

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              Era un lunes, tenía once años y el día anterior me había quebrado el brazo, por lo que estaba con reposo. Mi papá se fue al trabajo y mi mamá tuvo que salir a hacer algunos trámites. Eran como las nueve de la mañana y yo estaba sola en mi casa cuando llamaron por teléfono, contesté y era una llamada de cobro revertido, corté. Volvieron a llamar y pensé que quizás era mi papá que necesitaba algo y no tenía plata, así que acepté la llamada.

              De repente me habló un hombre, se notaba que era mayor, y me preguntó si estaba mi papá o mi mamá. Como era chica y media pava le dije que no, me preguntó si estaba sola y le dije que sí. Me contó que era un amigo de mi papá, que lo había conocido en Mejillones cuando yo era muy guagua, así que seguramente no me iba a acordar del él y me empezó a meter conversa, me preguntó en qué curso iba, entre otras cosas, cuando de repente me preguntó de la nada “¿cómo estás?”, le dije que bien y me dice: “no, ¿cómo estas ahora?, ¿cómo estás vestida?“.

              En ese momento quedé congelada, no sabía qué decir ni qué pensar y le pregunté: “¿cómo?”. Se quedó callado un rato y me dijo, “cuando tú vas al colegio, ¿cómo vas vestida? Con jumper, ¿cierto? ya… ¿qué hay debajo del jumper?”. Yo le dije: “¿calcetas?”. Se enojó y empezó a hablar con mucha agresividad y me dijo: “no po’, debajo del jumper tienes calzones, ya, quiero que con la mano te toques ahí”.

              En ese minuto empecé a tiritar entera y sentía que no me podía mover, que no podía hacer nada, le dije que iba a cortar porque ya había llegado mi mamá y me dijo: “a ver, dame con ella… ¿viste que soy mentirosa?”. En ese rato me dio la dirección de mi casa y el nombre de mi papá, me dijo que estaba hablando por un teléfono cerca de mi casa, y que si no hacía todo lo que me decía, iba a venir para acá. Me puse a llorar y lo único que atiné a hacer fue encerrarme en el baño, por si llegaba a venir. Me acuerdo que me decía que me calmara.

              No quise colgar el teléfono por  miedo a que realmente viniera. Aquí hay un momento en que quedé en blanco y la verdad no me acuerdo mucho, sólo sé que después estaba en el antejardín de mi casa gritándole a la vecina para que me pudiera ayudar. Después de eso, el tipo ya había colgado.

              Después con mi mamá intentamos hacer una denuncia en Carabineros, pero nos dijeron que ni aunque tuviésemos el número de donde me había llamado podríamos hacer algo, ya que lo que había hecho, no era ningún tipo de delito.

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                Estaba comprando en una panadería hace un par de años y atrás mío había tres tipos de la construcción haciendo fila. Me empezaron a tirar besos y a decir cosas obscenas. Me di vuelta y los confronté: “¿Cuál es su problema? ¡Tienen que andar en grupo para dárselas de machos!, pobres perdedores”. Cuando salí del lugar me siguieron para insultarme y decirme cosas como: “a esta puta no le han metido el pico” y “ven maraca, no me cobres“. Me metí al auto y huí.

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                  Esto sucedió una tarde de la semana pasada. Estaba anocheciendo y le pedí a mi hermana mayor que me acompañara a tomar unas fotos en la calle cerca de mi casa. Yo estaba vestida como suelo hacerlo en época de verano, un short y una polera sencilla. A pesar de estar vestida de manera normal, desde el primer momento la situación se comenzó a tornar cada vez más molesta y tensa. Fácilmente me habrán gritado, tirado besos y tocado la bocina unas diez veces mientras estaba en esa calle tomando fotos. Mi hermana lo consideró como algo “gracioso”, lo que me causó mucha molestia y rabia. El acoso y mi sensación de malestar iban en aumento. Hasta que en un momento, mientras cruzaba la calle para tomarle una foto a un edificio, mi paciencia definitivamente se colmó. En el sentido de la calle donde yo me encontraba, pasó un auto rojo con una música reguetonera a todo volumen y la ventana abierta. Un tipo joven de unos 27 años más o menos, con el pelo rubio y rapado en los costados, asomó su cabeza por la ventana y me gritó: ¡huaaaachita rica! Tirándome un estruendoso beso. Luego, se rió y el auto redujo la velocidad.  Yo estaba totalmente indignada, así que me armé de valor y con la rabia que tenía, le contesté levantándole el dedo. Como él había girado su cabeza, no sé bien si vio mi gesto directamente o lo observó por el espejo retrovisor del auto, pero no contento con molestarme en la calle, me gritó: “¿y por qué no te lo metes por el hoyo?”. Estaba totalmente furiosa, mi paciencia había llegado a su límite. Así que me descargué gritándole: “¡hueón ordinario!”. El auto aceleró y se perdió.

                  No le alcancé a ver la patente, pero cada vez que lo recuerdo me hierve la sangre. La tarde de tomar fotografías se estropeó por completo.

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                    En el parque de “Condorito”, también conocido como Llano Subercaseaux, ubicado en la comuna de San Miguel, todos los días transita mucha gente. Sin embargo, hay ciertos hombres que de manera frecuente rondan por allí y lo único que hacen es molestar, me han molestado un millón de veces, pero quiero relatar un hecho específico.

                    Cierto día pasé caminando en dirección al metro San Miguel y escucho que alguien me dice “hola señorita”. Al mirar, vi a un hombre de aproximadamente 50 años, masturbándose mientras me miraba… quedé en shock. Lo único que hice fue seguir caminando muy rápido, tratando de olvidar algo que en el fondo sabía que no iba a poder hacer.

                    Dejé de pasar por allí durante algún tiempo, hasta esta semana, era la una de la tarde e iba caminando al metro cuando veo al mismo sujeto, pero esta vez con amigos. Me invadió el miedo, pero caminé más fuerte que nunca y ahí empezó el festival de comentarios en relación a lo que querían hacer con mi cuerpo, bueno, ya se imaginarán el tipo de frases.

                    Esta vez me llené de valor y sola empecé a gritarles que me dejaran tranquila, que eran unos ordinarios, y debido a mis gritos y a sus risas (porque al parecer el tratar de defenderme les provocaba excitación) mucha gente se dio cuenta, pero nadie dijo nada, nadie se metió, de hecho fue como “ver un espectáculo”… lo peor es que incluso ahí mismo había una comisaría y no sirvió de nada.

                    Con mi relato quiero llegar a dos cosas. Primero, es un aviso para todas las chicas que transitan en las cercanías del metro El Llano o San Miguel por el camino de la plaza, para que traten de ir por la vereda de enfrente en caso de ir solas o para que pidan ayuda si ven algo, ya que se está haciendo muy frecuente el acoso en esta zona. Y lo otro es un llamado a que si vemos que una persona está siendo molestada, debemos ayudarla. Nadie merece un insulto, opinión ni nada que nos incomode, esto lo debemos frenar