cuicos

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    En el marco de la publicación de su primer libro, “Quiltras”, la Directora de Comunicaciones de OCAC Chile, Arelis Uribe, se refiere a la necesidad de más referentes femeninas en la literatura y sobre ser una autora feminista.

    Conocida por sus cercanos como “Arolas”, la historia de Uribe cruza diversas inquietudes desde los bordes: crecer en un barrio de clase media, no sentirse identificada por la literatura a la que accedió cuando era más joven y la eterna otredad que representa el ser sujeto de diferencia. Fue desde allí que la autora terminó por comprometerse con la causa feminista, luego de estudiar un magíster en Comunicación Política.

    Tras coronarse como ganadora del concurso “Santiago en 100 Palabras” en su versión 2016, y con un historial ligado a otros premios literarios y periodísticos, Arelis se decidió a dar origen a su primer libro de la mano de la editorial Los Libros de la Mujer Rota.

    ¿El libro empieza con una cita de Supernova, en qué medida sientes que están impresas esas referencias pop?
    Me gusta escribir como hablo. Hay una comparación política bien profunda en el libro y es con el Chavo del 8; puede parecer liviano, pero como persona que creció en los noventa y dos mil, el pop te cruza mucho. Me encanta que Supernova sea una banda de niñas cuicas con una canción con crítica social súper dura.

    A referentes literarios femeninos, como Gabriela Mistral, siempre se las relega a zonas de trabajo comúnmente asociadas a mujeres, como la educación y el ámbito sentimental. ¿Cómo sientes que podría cambiar esto con libros como “Quiltras”?
    El 70 por ciento de los profesores son mujeres, eso te habla de que las pegas con peores remuneraciones las hacen mujeres; a Mistral se la idealiza en el cuidado de los niños. El otro día me entrevistaron y me preguntaron si había machismo en la literatura, yo dije que había machismo en todos lados. Si tú analizas bien, te das cuenta de la desigualdad; si te fijas en los nombres que marcan las eras literarias siempre son hombres: estuvo Bolaño, luego Fuguet y ahora Zambra. No es culpa de ellos, son talentosos, pero te habla de una cultura androcentrista que no se lo cuestiona. Por algo escribí un libro con posicionamiento político súper explícito, pero no es un panfleto, son decisiones estético-políticas.

    ¿Cómo suma a terminar con situaciones de desigualdad el hecho de que exista representación de las historias de mujeres en primera persona?
    Ojalá una adolescente lea un libro donde vea que su historia de amor con su amiga está representada. Creo que uno aspira a lo que puede ver; en la medida en que ves mujeres protagonistas o autoras, puede que sientas que también lo puedes hacer. Me honraría muchísimo que cualquier mujer se inspirara a escribir a propósito de “Quiltras”.

    ¿Crees que en el ámbito masculino se admite mayor mediocridad en términos de talento?
    No sé si más mediocridad, pero es más fácil que el mundo tenga altas expectativas contigo si eres hombre. Es como ser cuico: cuando eres pobre, nadie piensa que por serlo llegas a brillar; cuando eres cuico, es como obvio que te va a ir bien porque te han estimulado y lo tienes todo. Es muy charcha que te subestimen desde antes: tienes que ser el doble de buena que un hombre, demostrar que no te han regalado nada. Es paradójico ser sujeto de diferencia, porque hablas desde el ser distinto para apelar a lo universal, pero tampoco puedes ser universal porque eres distinto. Me gustan mucho las mujeres que escriben ahora en Latinoamérica: Lina Meruane es súper feminista y encuentro que su lucidez es maravillosa. Leila Guerriero es un monstruo, al igual que Margarita García Robayo. Tengo sintonía con Paulina Flores y Romina Reyes; con Romina tenemos sintonía en el feminismo y con Paulina desde la clase media.

    ¿Qué implica ser quiltra?
    Ser quiltra es, primero, no saber de dónde vienes, es algo que me llama mucho la atención de los cuicos: saben exactamente cuál es su origen. En mapudungun, quiltro es perro, pero como en Chile lo indígena es menos, la palabra pasó a significar perro sin raza, sin clase, y con eso abrazó todo lo mezclado. Ser quiltra es ser alguien que merodea, que es pobre y mestizo.

    ¿Por qué decidiste que todos los personajes masculinos en “Quiltras” fuesen secundarios?
    Es curioso porque siempre pasa que las mujeres en películas son “la polola de”, “la amiga de”. En varios cuentos siento que aparece lo masculino muy marcado como la otredad, ese espacio nebuloso en que no sabes cómo son, esa otra mitad de la población muy desde el recelo y el miedo. Hay mucho miedo desde la sexualidad, hay mucho despertar sexual en el libro, la mujer es un personaje que analiza y teme mucho de la masculinidad violenta, de los fanáticos del fútbol, de los hombres que se curan. Encuentro bacán mostrar lo masculino como lo desconocido. En esta sociedad que nos sitúa tan binariamente, hay un montón de cosas que no se entienden de la idea de ser hombre. Me gusta que “Quiltras” sea un libro en que los hombres son personajes secundarios, como en una revancha, aunque no es lo mismo una revancha que una reivindicación. Ésta es una reivindicación.

    ¿Por qué crees que al mundo le asusta una postura feminista en el mundo de la literatura o de las artes en general?
    Que me consideren radical es un poco herencia de la dictadura, pero nuestros papás vivieron con miedo de hablar de política, porque meterse en problemas significaba morirse. Nosotros crecimos con ese miedo también, pero la generación que nació en los 90 está desprendida de ese miedo, por algo llenaron la Alameda tan hermosamente. Con respecto al miedo…a mí también me asustaría, si no estuviese ligada a la política, que alguien llegara a decirme que todo en lo que creo es violento. Nadie quiere estar en el banquillo de los acusados, cuando te muestran que estás reproduciendo violencia es súper fuerte, pero yo estoy convencida que no hay progreso sin rebelión. Probablemente no soy la más radical, pero sí sé que estoy muy a la izquierda; no me da miedo. Está bien gritar, si no, las cosas no cambian.

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      Hace dos semanas, en un almuerzo de trabajo, me quedé sola con un cliente, porque las demás ocho personas de la mesa fueron a una reunión. Él ofreció acompañarme mientras terminaba de comer y comenzó a meterme conversa.

      Me contó que una vez había tenido un alumno que ahora era mujer. Creyendo que la identidad viene aparejada a la orientación sexual, me dijo que no entendía cómo podía haber hombres que no supieran apreciar la belleza de una mujer desnuda, sentada en una cama, con sus calzoncitos –porque si se sacan todo pierde un poco la gracia-, con el pelo largo y suelto sobre sus pechos –así, como el suyo-, naturales, sin mucho maquillaje –así, como usted-. Me explicó que no había nada más sexy que una mujer a medio vestir, sobre todo si se hacía la difícil, que le daban ganas de arrancar la ropa con los dientes.

      Yo escuchaba su monólogo y no podía creer hasta donde llegaba el descaro y la violencia. Este hombre, unos 30 años mayor que yo, que recién venía conociendo, que era cliente de mi empresa, me hablaba de su homofobia y sus deseos sexuales, haciendo directa alusión a mi persona, en un ambiente de trabajo.

      Hace un año, en una reunión con una poderosa empresa, me tocó presentar los resultados de un estudio a un grupo de cuatro gerentes y mi jefe. Mientras hablaba, uno de ellos sacó su teléfono y comenzó sutilmente a tomarme fotos a la altura del pecho.

      Continué mi presentación mirándolo fijo, desafiándolo a ponerme nerviosa con su actitud machista y violenta. Miré a mi jefe, a los demás, nadie parecía notarlo.

      Hace dos años, me tocó ir a otra reunión con los directores de una prestigiosa editorial, a quienes ya conocíamos. Mi rol era tomar nota de los acuerdos, nada muy relevante, así que pienso que olvidaron mi presencia. Al poco rato comenzaron a contarle a mis compañeros varones de la nueva incorporación de la editorial: una mujer, que describieron de pies a cabeza, para luego inventar entre todos una excusa para llamarla a la reunión. Cuando se fue, siguieron comentando sobre ella varios minutos.

      También me dieron ganas de tomar nota de eso.

      Ahora llevo varios meses aguantando comentarios sobre lo rica, mina, guachita que me veo, por parte de un directivo de mi empresa, porque sabe que participo activamente en el Observatorio Contra el Acoso Callejero. Le parece muy gracioso que tenga una bandera de lucha tan pintoresca y poco relevante para sus estándares.

      Cuando camino por la calle y me acosan, respondo con rabia. Siempre respondo, a veces incluso los sigo y los avergüenzo frente a la gente. No me da plancha, me siento empoderada y además responsable de que estas personas al menos piensen dos veces antes de volver a hacerlo. Pero cuando estoy en el trabajo, donde veo día a día a la élite de este país entrando y saliendo de reuniones, no me da el cuero para hacer valer mi voz: ellos están en una posición privilegiada no sólo en términos de género, sino también de poder económico y político. Yo soy una persona común y necesito mi trabajo para vivir, no puedo arriesgarlo, al menos no por ahora. Vuelco mi energía y rabia día a día en mi trabajo en el Observatorio.

      Muchas veces he escuchado y leído que los acosadores y los abusadores sexuales son sólo personas de origen popular. Cuán equivocados y equivocadas están. Así como hay delincuentes de cuello y corbata que se coluden o que emiten boletas falsas para hacerse más ricos, también hay machismo y acoso sexual en Lo Curro, Isidora Goyenechea y El Golf.

      *Columna publicada originalmente en Es Mi Fiesta