Culpa

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    El medio Refinery 29 publicó una encuesta realizada por ONU Mujeres en 2013, indicando que más del 99% de las mujeres y niñas en Egipto han experimentado alguna forma de acoso, y que más del 82% de ellas afirma que no se siente segura en la calle.

    El acoso callejero es un problema serio alrededor del mundo, sin embargo en el Medio Oriente se ha masificado. El medio Refinery 29 publicó una encuesta realizada por ONU Mujeres en 2013, indicando que más del 99% de las mujeres y niñas en Egipto han sufrido alguna forma de acoso, y que más del 82% de ellas afirma no sentirse segura en la calle.

    Las mujeres en Egipto actualmente están ideando diferentes maneras de enfrentar este problema y ayudar a otras a sentirse seguras, desde mapas interactivos hasta asociaciones de mujeres motoristas (scooter clubs). Estos enfoques buscan crear conciencia sobre el problema y ayudar a las mujeres a sobreponerse a esta conducta que provoca miedo e intimidación.

    Tinne Van Loon, directora de cine egipcio, registró este problema en un documental llamado ‘‘Creepers on a bridge’’, y señaló que la mayoría de las personas no se dan cuenta que ‘‘mirar insistentemente, también es una forma de acoso callejero’’. De hecho el puente más concurrido de El Cairo, es un importante foco de acoso callejero.

    ‘‘Ellos siempre dicen: ‘¿A qué te refieres? Vamos, es solo una mirada, es nada.’ Pero cuando el 80% de los hombres en la calle te miran con insistencia cuando caminas, especialmente cuando están en grupo, es bastante intimidante’’, agrega Van Loon.

    Por su parte, Basma El-Gabry, una joven egipcia de 21 años cansada de ser acosada en la calle, encontró la solución en su moto scooter. Desde que la comenzó a usar, no ha vuelto a sufrir este problema.

    El-Gabry fundó ‘‘Girls Go Wheels’’, una organización que ayuda a otras mujeres a comprar scooters y aprender a andar en ellas. Ella dice que espera que esto empodere a las mujeres no solo con el fin de sobreponerse ante el acoso callejero, sino que también las ayude en otros aspectos de su vida.

    ‘‘Mi visión de las mujeres egipcias es que deben romper los taboos, romper las tradiciones innecesarias que nos hacen ir a ninguna parte’’, afirma Basma El-Gabry.

    En esa línea, la académica feminista iraní, Dra. Homa Hoodfar, habló sobre el velo y la necesidad de entender las complejidades de esta antigua tradición en una entrevista para The News On Sunday. ‘‘El acoso callejero, desafortunadamente, es un problema serio en el Medio Oriente, ya sea Irán, Turquía o Egipto. Si hay una mujer sola caminando por la calle en la tarde, los hombres piensan que tienen el derecho de acosarla. Una vez tuve una estudiante de Arabia Saudita que me contó que las jóvenes de allá tenían que cubrirse completamente (usar el burka), porque en la escuela a la que iban les decían que sus cuerpos y rostros debían estar totalmente cubiertos. Incluso en esta situación, los hombres les mandaban besos desde el bus escolar cuando paraba en algún semáforo’’.

    ‘‘El problema es que más allá de reconocer que el acoso callejero es malo y que los hombres no deberían tener esta conducta, preferimos responsabilizar a las mujeres: ‘Debido a que los hombres te acosan, deberías usar este tipo de ropa… Debido a que los hombres te acosan, deberías usar el velo… No queremos obligarte, pero es para protegerte…’ Esto es un problema cultural, y no hay voluntad política para combatirlo. En vez de eso, se les permite a los hombres acosar a las mujeres, liberándolos de cualquier sentido de responsabilidad’’.

    ‘‘El punto es que el velo no es la solución, sino que exista voluntad política para detener el acoso callejero, ya que en el contexto de Egipto y Arabia Saudita, el velo no ha cambiado nada. Hoy en día si una mujer con velo camina por la calle en Egipto, al igual que en la década de 1980, ella enfrentará tanto acoso callejero como una mujer vestida de forma occidental’’, afirma la Dra. Hoodfar.

    Respecto a esto, María José Guerrero, coordinadora del Área de Estudios de OCAC Chile señaló: ‘‘Lamentablemente el acoso sexual callejero es un fenómeno generalizado que suele ser justificado de manera específica. Esto se ve reflejado al decir por ejemplo: ‘Es típico chileno por su picardía’, cuando realmente es típico de una cultura patriarcal donde se crean hombres victimarios y mujeres víctimas (sin dejar de lado que ambos son víctimas del mismo sistema). En Medio Oriente no es diferente, se utiliza la religión para justificar estas prácticas, exaltándonos cuando vemos una mujer con burka, sin embargo en Chile (sin la religión de Medio Oriente) prácticamente la totalidad de mujeres jóvenes sufren acoso callejero. Siempre se pueden dictar justificaciones para la misma práctica, y por lo tanto, la religión no es lo que impulsa a una cultura a ser más violenta que otra. Debido a esto, es importante cuestionar el sistema patriarcal que le da vida al acoso callejero, ya que sin este cuestionamiento, cualquier medida será provisoria, por muy bien intencionada que sea’’.

    Imagen: Reuters

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      Mi peor experiencia de acoso callejero ocurrió cuando tenía alrededor de 10 años. En ese tiempo, cuando mi mamá no podía, yo llevaba a mi hermano chico al colegio (que quedaba a unos 10 minutos de mi casa). A la vuelta, solía encontrarme con mi papá e íbamos a almorzar a la casa, pero justo ese día él no podía ir a encontrarse conmigo.

      A una cuadra de mi casa, un tipo que iba en bicicleta se me acercó, me acorraló entre la bicicleta y un arbusto y me metió la mano por dentro del calzón. Yo no entendía lo que pasaba, quedé inmóvil, debió haber sido un segundo (el peor de mi vida), quise empujarlo y el tipo se fue.  Me sentía horrible, sucia, quería llorar y no podía. Al llegar a mi casa, mis papás notaron que estaba rara y no aguanté más, les conté llorando que un tipo en bicicleta me había tocado el trasero, ni siquiera fui capaz de contarles la verdad porque quería bajarle el perfil para que no me preguntaran más. Me dijeron que esas cosas pasaban, que no era mi culpa, etc.  Mi Mamá dijo que a ella también le había pasado y yo si bien entendía que no era mi culpa, no podía dejar de sentirme mal.

      Después de eso no volví a usar jumper en un buen tiempo, sentía que ese hombre me había quitado la inocencia, en el sentido de que cada vez que veía a una mujer no podía parar de pensar que a ella le podía pasar lo mismo, no podía salir sin sentirme insegura. Nunca más me volví a sentir segura en la calle.

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        Hace un tiempo, cuando tenía 12 años estaba afuera de mi colegio, esperando a mis amigos que salían más tarde de clases ese día. Como estaba aburrida, comencé a dar vueltas por el lugar, pasé a comprar helado, etc., total el día estaba lindo. Sin embargo, en una de mis vueltas sentí que alguien corrió hacia mí y no alcancé a reaccionar. Un hombre me agarró del cuello y trató de sacarme los calzones, por lo que le pegué un codazo y logré ver su rostro. Luego de eso corrió asustado; era un cobarde. Yo hice lo mismo, corrí lo más que pude hasta llegar a un lugar con más gente y comprendí lo que me había pasado. Aún sentía sus manos asquerosas en mi cuerpo y no podía parar de llorar. Caminé a un paradero para irme a mi casa, donde había un hombre, y estaba tan asustada de que él me hiciera algo también que comencé a llorar otra vez. Mis amigos me vieron en el paradero y no entendieron nada, les conté y simplemente me abrazaron, luego me llevaron al colegio y ahí esperaron a que me calmara. Tuve que subir a inspectoría y contar lo que me había pasado, me dieron agüita de hierbas y me dijeron que debía andar con más cuidado, nada más. Llamaron a mi casa y llegó mi hermano con su polola a buscarme, ya les habían dicho por teléfono, así que solo me abrazaron y nos fuimos en silencio a la casa. Cuando llegué, mi mamá lloró y no supo qué decirme. Finalmente me fui a bañar y me quedé en mi pieza toda la tarde, sintiéndome sucia. Nadie llamó a los Carabineros o dijo algo, solo se quedaron callados.

        Al día siguiente mi mamá hizo como que no había pasado nada. Me levanté para ir al colegio, pero estaba tan triste que me atrasé. Mi mamá se enojó y comenzó a gritarme: ”¡Apúrate! Lo que pasó ya no importa, es pasado”, ”¿Y por estas tonteras vas a llegar todos los días atrasada? Mira esa falda, tan corta, por eso los hombres quieren bajarte los calzones; después no te quejes”. Ahí exploté, el llanto volvió junto con esa sensación asquerosa. Cuando llegué al colegio me llamó la orientadora y al principio mostró un poco de comprensión, sin embargo terminó diciéndome: ‘‘¿Y no andabas con calzas? Deberías alargarte la falda”.

        Ahora que tengo 17 años, sigo recordando esa experiencia de mierda, que afortunadamente no fue peor. Me da rabia el hecho de que se me terminara culpando de lo que me pasó y que mi mamá me pidiera que no me quejara si algo me pasaba solo por mi falda (que a todo esto era 3 dedos sobre la rodilla nada más). Me enoja que hueones como él anden por ahí sin más, haciendo lo que se les antoja y después yendo a sus casas como si nada, y sobre todo me da rabia que se me culpe de haber sido violentada solo por el hecho de ser mujer, por no defenderme o por “provocar”.

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          Tengo varias experiencias que compartir aquí, pero cuento esta porque es la más reciente y una de las que más me ha afectado anímicamente.

          Hace una semana vino a verme desde el sur mi mamá. Como vivimos lejos, vernos es un gran acontecimiento, así que salimos a comer algo rico a Providencia. Sabía que a la vuelta tendríamos que tomar la tristemente conocida micro 210, así que comimos y pagamos rápido para volver temprano, a eso de las 12:00 de la noche. Como cualquier día viernes, la micro venía llena con mucha gente tomando y fumando arriba. Yo soy emetofóbica (fobia al vómito), y justo tuve la mala suerte de que un hombre se puso a vomitar (de borracho) arriba de la micro, cerca de donde estábamos con mi mamá. Me puse muy nerviosa y avancé hasta el frente como pude (los que tienen alguna fobia entenderán que no fue de exagerada, sino para evitar un ataque de pánico), sin embargo mi mamá no pudo pasar con toda la gente que había, así que se quedó atrás. Mientras me sujetaba como podía, porque estaba tiritando y llorando por lo que acababa de ver, sentí una mano tocándome por atrás, fuerte, sin disimulo ni vergüenza. No fue un agarrón cualquiera, su dedo índice presionaba con fuerza mi vagina por sobre la ropa. Me quedé helada. Nadie, nunca, ni siquiera con mi consentimiento, me había tocado así, con esa brutalidad. Normalmente cuando me gritan cosas en la calle les respondo o al menos les hago algún gesto, pero iba tan mal con lo que acababa de pasar que no atiné a nada, solo a darme vuelta para que parara. Vi que era un niño, no mayor que yo, y me dio demasiada rabia la liviandad con que se tomaba lo que acababa de hacer. Ni siquiera le dio vergüenza que lo identificara. No ocultó su cara. Y yo que no había hecho nada malo, que había caminado a ese lugar de la micro buscando sentirme segura después de algo que había sido traumático, me tocó sentir culpa, vergüenza e impotencia. Agaché la cara y contuve las lágrimas, como si hubiera sido mi responsabilidad que me ultrajaran y por haber estado justo en ese lugar.

          Cuando nos bajamos, mi mamá asumió que seguía llorando por lo del viejo vomitando. Me consoló y me preparó un tecito. Cuando le conté, me dijo que no tomara nunca más esa micro. Luego le comenté a mi pololo y me dijo: “Pucha amor, que tienes mala suerte”. Pero lo peor fue contarle a mi papá, cito textual: “Tú eres tonta, como vas a andar sola en la micro a esa hora. Si un día te violan va a ser culpa tuya, de nadie más que tuya”.

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            Tengo 20 años y frecuentemente sufro de acoso callejero, sin embargo siempre me defiendo y defiendo a todas las personas que lo sufren. Yo vivo en Independencia, en una población llamada J.A.R.

            El jueves pasado, salí a las 7:20 horas de mi casa camino a la universidad, doblé en un pasaje para llegar al paradero y vi que por al lado mío pasó una moto y se estacionó frente a una casa, como si fuera a buscar a alguien. Yo seguí mi camino y cuando iba llegando a la avenida principal, alguien me agarró por detrás. Me tapó la boca con un brazo, sin dejarme respirar, mientras que con el otro tocó mi vagina. Me dijo al oído: “Quédate tranquila, si te quiero tocar no más”. Intenté zafarme y él me tiró al suelo pegándome un combo en la cabeza y patadas en mi brazo. Yo grité en busca de ayuda, y cuando me pude levantar a decirle groserías e intentar defenderme, él ya se estaba yendo. Le dije que qué se creía por tocarme y golpearme así, pero me volvió a pegar en la cabeza en la cabeza, diciéndome que caminara y que me fuera. El tipo se subió a su moto y se fue a toda prisa. Quedé en shock. En eso apareció un caballero con su hija y me trató de ayudar, pero no pude hablar. Tenía rabia, miedo y me sentía vulnerable. Después apareció un amigo, lo abracé, rompí en llanto y le pedí que me llevara a casa.

            Cuando llegué le conté de inmediato mi mamá. Me sentía demasiado débil y lloramos juntas. Luego llamamos a Carabineros. Ellos llegaron súper rápido, me llevaron a constatar lesiones y fueron muy buenos conmigo. Me encantó su trato porque hicieron que el proceso fuese lo más rápido posible para irme a mi casa.

            Apenas llegué a mi casa caí en la realidad. Fue el día más largo de mi vida, ya que repetía una y otra vez la situación en mi mente. Fueron mis amigas y familiares a verme y trataron de distraerme. No pude dormir en la noche y al otro día fue lo mismo. Estaba cansada de preguntas como “¿por qué no anotaste la patente?”, “no tienes que salir sola”, “debes andar con más cuidado”, “tienes que estar tranquila, pudo haber sido peor”; como si eso le quitara importancia a lo que me sucedió o como si me hiciera olvidarlo. Estoy tan cansada del argumento de: “Podría ser tu hija”, ¿por qué no me respetan por el hecho de ser persona? ¿Por qué no puedo estar en paz en la calle o ir tranquila a estudiar?

            Hoy, aún recuerdo el momento a cada rato. No tengo ganas de hablar con mis amigas o amigos, me da miedo salir, no me siento segura en el lugar donde vivo y ya no me puedo defender cuando me acosan en la calle, lo que me atormenta. No tengo ánimos de socializar con nadie, estoy tan vulnerable que lo único que quiero es retroceder el tiempo y borrar ese horrible momento.

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              Gracias a su testimonio, se pudo demostrar que los cuerpos de las mujeres siguen siendo considerados como propiedad pública.

              El medio ‘‘Bustle’’ evidenció el daño que causa el acoso callejero, a partir de una carta que una joven irlandesa envió al diario ‘‘The Irish Times’’. Se trata del testimonio de Jenny Stanley en el que relata la angustiosa situación que vivió hace un tiempo, mientras esperaba el bus para ir a su casa, en Dublín.

              Así es como Stanley describió una parte de su experiencia:

              ‘‘Comenzó cuando un miembro del grupo me miró fijo a los ojos, me señaló y les dijo a los otros: ‘Me gusta esa’. Otro concordó e insinuó lo que a él le gustaría hacerme si me llevara a casa, mientras un tercer hombre añadió detalles de lo que a él me haría. Básicamente yo era un objeto para satisfacer sus deseos. Las cosas que dijeron me llenaron de furia y, para ser honesta, hicieron que cuestionara mi valor como persona”.

              A partir de esto, se pueden desprender algunas de las formas en las que el acoso callejero nos ha dañado como sociedad y como personas.

              • El acoso callejero perpetúa la desigualdad de género en la sociedad
                ‘‘Si puedo ser vista de esa forma, es porque estas personas no me perciben como un miembro igualitario de esta sociedad’’, escribió Stanley. De hecho, el acoso callejero demuestra que los cuerpos de las mujeres se siguen considerando como propiedad pública, de la que se pueden emitir comentarios, y no como las de un ser humano con privacidad. Esto se evidencia por medio de calificaciones que se hacen a las mujeres de “puta” o “zorra”, a través de la cultura de la violación y también por medio de ataques a los derechos sexuales reproductivos. Ningún cuerpo es propiedad pública.
              • El acoso callejero disminuye la libertad de tránsito en el espacio público
                Las personas pueden ser acosadas donde sea que vayan y bajo cualquier circunstancia. El sentimiento de inseguridad en los espacios públicos restringe la movilidad de las víctimas y provoca que estas caminen con miedo a ser acosadas o violentadas, cuando desean o necesitan ir a un lugar.
              • El acoso callejero aísla a las víctimas y las hace sentir solas
                A menudo, las personas no responden al acoso callejero, incluso a veces forman parte de este. Anne Thériault, escritora de medios como Washington Post, Vice, The Daily Dot y The Toas, publicó un testimonio en Facebook sobre cómo recibió un comentario de un hombre en la calle y la respuesta que ella le dio. Sin embargo, cuando lo hizo un grupo de hombres que la observaban le dijeron que ‘‘le debía gustar la atención que recibía’’ y que ‘‘lo estaba pidiendo” (por su forma de vestir). Incluso algunas personas que no son acosadoras, reafirman y apoyan la idea de que este comportamiento es correcto (siendo que no lo es).
              • El acoso callejero limita la expresión de la identidad de género
                La diversidad sexual a menudo sufre acoso callejero de forma muy violenta. Este comportamiento no solo cosifica a la mujer, sino que demuestra la intolerancia social existente hacia la diversidad sexual y a quienes no se sienten cómodos dentro del binarismo de género.
              • El acoso callejero hace que las personas olviden cómo merecen ser tratadas
                ‘‘La experiencia de esta noche me develó que me he convertido en alguien sin sensibilidad a este tipo de comportamientos, porque mi reacción fue el silencio”, aseveró Stanley. Debido a lo común del acoso callejero, las víctimas olvidan que ellas no merecen estas agresiones. Lo que se produce normalmente son la objetificación y las amenazas. Sin embargo, después de un tiempo se genera, como lo señala Stanley, el ‘‘cuestionamiento de tu valor como persona’’.

              Respecto a este tipo de agresiones, Josefa Crino, coordinadora del Área de Intervención de OCAC Chile señala: ‘‘El acoso callejero, al ser un tipo de violencia normalizada por la población, deja en manos de la víctima la responsabilidad de estos ataques, ya que apela a la provocación que estas víctimas puedan generar en el acosador. Cuando se vive una experiencia como esta, se genera un trauma propio de sentirse violentado sexualmente. Junto con ello, se produce un sentimiento de culpa por parte de la víctima, que debe enfrentar la poca empatía y nula contención de los demás. Es por esto que las personas no hacen las denuncias y tienden a aislarse’’.

              ‘‘En relación con la normalización de la violencia, si una persona tolera este tipo de trato en el espacio público, y no denuncia ni enfrenta el acoso, permite que se ejerza violencia sobre ella misma y olvida que se están vulnerando sus derechos’’.

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                Me animo a contar esta historia, porque durante más de una década no pude compartirlo con alguien por la vergüenza que sentía de sólo pensar en mencionar lo que me habían dicho.

                Tenía 11 años, era muy niña. Me estaba quedando en casa de una tía por unos días. En algún momento de la tarde me pidieron que fuese a comprar a un  negocio cercano.  Decidí ir en bicicleta y como hacía calor fui con un short de mezclilla y una polera muy normal. Cuando venía de vuelta (feliz por el paseo) un hombre mayor, que también estaba en bicicleta, pasó junto a mí; y mientras lo hacía,  además de mirarme con una cara lo suficientemente depravada como para sentir asco, me gritó: “Te chuparía la vagina rica, mijita”. Todo eso mientras se reía. Sentí asco, pánico y vergüenza. Volé en la bicicleta y golpeé el portón mientras lloraba. Cuando abrieron me preguntaron qué había pasado, pero no me atreví a decir algo por la vergüenza que me invadía. Sentí que yo había hecho algo malo.

                ¡Nadie merece vivir estas experiencias tan horriblemente marcadoras y que más encima uno misma se sienta culpable! Basta de acoso callejero. Hombres y mujeres, despertemos de una buena vez.

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                  La segregación por sexos en el transporte público no funcionará en el Reino Unido ni en ningún otro país, según una experta.

                  La segregación por sexos en el transporte público no funcionará en el Reino Unido ni en ningún otro país, según una experta.

                  Hace un par de semanas, la fundadora de la organización internacional ‘‘Stop Street Harassment’’, Holly Kearl, se refirió a los dichos del líder del Partido Laborista del Reino Unido Jeremy Corbyn, en los que reveló un plan para ‘‘terminar con el acoso callejero’’. Entre las medidas sugeridas, el político planteó llevar a cabo campañas de sensibilización pública, garantizar que los asuntos de seguridad pública sean debidamente representados y tratados por los líderes políticos nacionales, y finalmente planteó la idea de implementar transporte público ‘‘exclusivo para mujeres’’. Esto generó un debate en el Reino Unido y a nivel internacional.

                  Holly no demoró en visibilizar su punto de vista sobre el tema, exponiendo que el acoso callejero desde hace mucho tiempo ha sido considerado como un ‘‘halago’’ o un malestar menor; algo que las personas deberían ‘‘superar’’. Sin embargo, muchas organizaciones y personas ahora están en desacuerdo con esta caracterización y Corbyn es uno de los que últimamente ha catalogado al acoso callejero como un problema serio. Kearl señaló que si bien era maravilloso que el político estuviera considerando este asunto, era un problema que tanto Corbyn estuviera considerando la idea de implementar transporte público exclusivo para mujeres .

                  Ella indicó que la segregación de sexos en el transito público no es una idea nueva. Grandes ciudades en más de 15 países han implementado esta medida debido a que es muy común el acoso sexual en espacios públicos. Entre algunos de los países en los que opera el servicio de buses ‘‘solo para mujeres’’ se encuentran Bangladesh, Guatemala, India, Indonesia, México, Pakistan, Tailandia y los Emiratos Arabes. Y en el caso de los países que tienen servicios de carros subterráneos o trenes se encuentran Brasil, Egipto, Irán, Japón, Malasia, México, Nepal y Rusia. En estos países, son varias las personas que han expresado su apoyo a esta medida, aunque no hay duda que cuando se enfrentan enormes multitudes de gente y acoso constante, cualquier cosa que ofrezca un respiro parecerá atractivo.

                  Holly señaló que se generan importantes problemas con esta medida y su ejecución. En primer lugar, con la división del transporte público se asume que el sexo y el género son binarios, y no considera a personas de la diversidad sexual. Tampoco se considera a los hombres que han sido agredidos y acosados, casos que se dan, a pesar de ser menos. Esto aplica especialmente en las personas que son (o son percibidos como) gays, bisexuales, queers, transgéneros y afeminados.

                  En segundo lugar, la políticia de segregación de sexos no previene que las mujeres sean acosadas en los andenes o en los paraderos de buses. Pallavi Kamat, una corresponsal india del blog ‘‘Stop Street Harassment’’, escribió sobre su experiencia y lo que presenció en Mumbai, India: ‘‘Las mujeres continúan enfrentando el acoso cada vez que se suben al tren diario. Esto se puede presentar cuando el área de hombres se encuentra junto al de mujeres, por lo que se produce acoso verbal y ‘piropos’. A menudo cuando el tren se detiene en una estación en particular, algunos hombres en el andén que pasan por al lado de las mujeres, les dicen comentarios lascivos y les susurran’’.

                  Por lo tanto, la ausencia de acoso en los carros ‘‘solo para mujeres’’ ni siquiera está garantizada. Tanto en Delhi como en el Cairo, es común ver que las mujeres tienen que ahuyentar a acosadores que tratan de subir a sus espacios.

                  En tercer lugar, no todas las mujeres pueden utilizar esta opción de transporte público. Debido a que el transporte ‘‘exclusivo para mujeres’’ sólo es implementado en la hora punta, en las vías principales de buses y en algunos carros del metro, hay muchas mujeres que se valen por sí mismas en los carros mixtos. El año 2010 en Japón, las mujeres señalaron en un taller sobre el acoso callejero que la segregación de sexos ‘‘no resolvía nada’’. Una de ellas dijo: ‘‘las mujeres que eligen no viajar en buses ‘solo para mujeres’ a veces son vistas como un blanco fácil; es la lógica del ‘¿por qué están aquí sino para ser manoseadas?’’’.

                  En cuarto lugar, no considera el problema base del por qué se produce el acoso y por lo tanto, no resuelve el problema. Simplemente les atribuye la responsabilidad a las mujeres de protegerse a sí mismas, en vez de atribuírsela a los acosadores para que cambien su comportamiento. Notablemente, una década después de que en Tokio se implementaran los carros de metro ‘‘solo para mujeres’’, una encuesta de YouGov realizada el 2014 ubicó a Tokio entre una de las primeras cinco ciudades del mundo donde se producía la mayor cantidad de acoso físico en el transporte público.

                  Holly finalizó diciendo que admiraba que los políticos quisieran abordar el acoso callejero, sin embargo en lugar de la segregación de sexos, ella sugería algo más complejo: comenzar a educar en las escuelas sobre las diferentes formas de acoso sexual, sobre el respeto, el consentimiento y sobre cuáles son los derechos de una persona que enfrenta acoso. Es necesario que existan campañas de servicio público que motiven a las comunidades a no tolerar el acoso y a denunciarlo en el caso de que la familia, los amigos o los colegas formen parte de este comportamiento inapropiado. También es necesario que los medios de comunicación y las empresas no presenten el acoso callejero como una broma o un halago en los shows de televisión, las películas, las canciones y la publicidad. Kearl señaló que es un largo camino por recorrer, pero que el camino será aún más largo si se implementan soluciones ‘‘parche’’ como el transporte público ‘‘solo para mujeres’’.

                  Imagen: Mujeres japonesas en el metro, TakePart.

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                    Cuando tenía ocho años, un día soleado iba caminando al colegio sola. No me desarrollé mucho; a esa edad mi cuerpo era totalmente de niña, recién me estaban saliendo senos y no se notaban para nada. Ese día, sentí una mano que asquerosamente tocaba mi seno mientras caminaba. Lo hizo mientras iba en dirección contraria; yo quedé congelada ya que fue algo muy traumático.

                    Hoy tengo 25 años y si bien no puedo describir con exactitud ese día, recuerdo muy bien la sensación, mi miedo, mi impotencia y mi culpa. Cada vez que paso cerca de un hombre, de forma inconsciente pongo un brazo como barrera para que nadie me toque, para que no me pase lo mismo.

                    Cuando tenía 20 años, el pololo de mi mejor amiga, de ese entonces, trató de violarme. Siempre había pensado, cuando veía las noticias o cuando escuchaba esto de otras personas, que si alguien intentaba violarme me defendería, no me quedaría callada, etc. Sin embargo, cuando pasó esa situación me congelé y ni siquiera pude hablar; fue algo muy violento. Lamentablemente, mi amiga desechó nuestra amistad y prefirió quedarse con él, pese a que fui yo quien le contó a ella. Unos días después fui a Carabineros, pero no me tomaron en cuenta, y al final todo quedó ahí.

                    Es impactante ver cómo somos vulneradas en la calle, en la publicidad o hasta en nuestra propia familia. Si nos pasa algo, es nos echan la culpa. Nosotras fuimos las que provocamos o somos las tontas, las confiadas y las que no debimos pasar por tal calle. Me impresiona que alguien abuse sexualmente de otro y que no tengamos el amparo legal o protección.

                    Siento que ser mujer en esta sociedad es horrible: no puedes vestirte como deseas, ya que, sea como sea tu ropa, por muy tapada que estés si te violan o abusan de ti, es tu culpa siempre. Eres un objeto, eres un cuerpo, y un hombre puede decir y hacer lo que quiera. No digo que todos los hombres sean iguales, pero en definitiva pienso que el no poder caminar por una simple calle sin tener miedo, es algo realmente preocupante. Debería ser una preocupación social.

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                      Estaba esperando la locomoción en Av. La Florida con Walker Martínez, había mucha gente en el paradero y la micro no pasaba hace rato. Estaba usando un pantalón tipo ‘opart’, de esos con rayas blancas y negras, par de tacos altos y una polera negra. El tipo que estaba delante de mí, me dejó pasar primero para subir a la micro y le respondí amablemente con un “gracias”. Nada raro hasta ahí.

                      La micro iba llenísima de gente, por lo que quedé en toda la pasada, cuando de repente sentí una palma de mano que pasó por todo mi trasero, llegó a mi entrepierna y me levantó. Fue asqueroso, quedé en shock. Iba con los audífonos puestos y no sabía si eso realmente me había pasado. Me di vuelta y el huevón que me había dejado subir primero a la micro (como de unos 40 años) estaba pasando por detrás mío. ¡Había sido él! Pero estaba tan paralizada que no atiné a hacer algo.

                      Me bajé de la micro tiritando y le hablé por Facebook a una persona que en ese entonces era mi amigo. Le dije: “Huevón, me agarraron todo el poto en la micro, me siento muy mal, estoy temblando”. Lo peor fue su increíble y machista respuesta: “Es tu culpa po, para qué te pones esos pantalones, es obvio que eso te iba a pasar”. ¿Cómo puede haber gente así? Me costó mucho sentirme confiada en una micro, sobre todo porque cuando me pasó eso, era menor de edad.