Culpa

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    Iba caminando a la universidad que queda cerca de mi casa, como todos los días, haciendo mi recorrido habitual. Cuando iba llegando a la universidad vi acercarse una moto a la vereda por la que iba y desde el anonimato de los dos sujetos que iban con casco sobre la moto, me gritaron “PERRA”. La verdad quedé muy confundida. Primero, me quedé paralizada por el susto que me dio lo mucho que se acercaron con la moto en movimiento y luego me sentí con rabia, porque las personas que iban cerca mío se dieron vuelta a mirarme, lo que me hizo sentir muy avergonzada.

    No era la primera vez que me gritaban en la calle, pero dio vueltas todo el día la palabra en mi mente. No quería salir de clases y tener que volver caminando sola a mi casa; me sentía muy mal conmigo misma por cómo iba vestida, siendo que no tenía la culpa de la situación.

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      Cuando tenía más o menos 15 años, estaba pololeando con una chica. Fuimos al Cerro Santa Lucía porque nos parecía bonito y queríamos pasar un buen rato. En un momento nos estábamos besando y vi que un señor se empezó a acercar a nosotras, muy despacio y como haciéndose el “loco”. Al final, se sentó atrás de unos arbustos mientras nosotras estábamos sentadas en el pasto, hasta que en un momento volteé para ver si se había acercado más y resulta que seguía en el mismo arbusto sentado viéndonos. Mi polola era un poco más alta que yo, así que podía ver mejor lo que estaba haciendo el hombre: se estaba masturbando frente a nosotras, aun cuando sólo nos estábamos besando y ni siquiera eran besos que se pudieran decir “calientes”, no era nada del otro mundo. A mí me dio mucho asco y decidí irme, mi polola en cambio quería encararlo, pero a mí me daba miedo así que le pedí que no lo hiciera. Ahora me arrepiento un poco de no haberlo encarado, pero en ese momento me sentí indefensa, me sentí asquerosa y me sentí muy pequeña. Sentí que era mi culpa.

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        Era verano, estaba de vacaciones y tenía una de esas piscinas armables. Hacía mucho calor, así que partí al patio con mi traje de baño puesto. Alcancé a bañarme unos diez minutos, cuando mi nana, que había estado un rato en el patio tendiendo ropa, se me acercó muy seria y me dijo “ándate pa’ dentro que ese señor te está mirando”. Yo ni siquiera me había percatado que había un hombre en el techo de la casa de al lado haciendo arreglos. Cuando lo miré, se hizo el hueón.

        En ese entonces no comprendí nada, no procesé nada, sólo obedecí y me entré. Pero ahora me doy cuenta de por qué me tuve que entrar y por qué ese señor me miraba. No estaba usando bikini, ¡ni me habían crecido las pechugas! Pero el señor aun así me había estado mirando. ¿Cómo tanto? ¿Cómo?

        Nunca toqué el tema con mi nana. Cuando fui más grande me acordé de eso y me sentí vulnerable. No me pude bañar en mi piscina, en mi propia casa, porque un viejo de la contru me miraba raro.

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          ¿Cuántas veces han escuchado a alguien decir “pero para qué se vistió así”, mientras hablaban de una víctima de violación? Hoy discutimos sobre la ropa para violar.

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          ¿Sabes qué es “cultura de la violación”? Es el hecho de culpar a la víctima por haber dado pie para ser violada. La ropa que usaba, su maquillaje, la hora del día o el lugar por el que transitaba, etc. “Es su culpa pues andaba sola (volvimos al siglo XVIII)”, “es su culpa por salir de noche”, “es su culpa, lo estaba pidiendo”, o el más clásico “a ver, pero ¿cómo andaba vestida?”.

          Esto me llevó a pensar cuál es el atuendo que debo evitar usar si no quiero ser violada. ¿Si quiera existe algo así? Quien formula esa pregunta ¿cree que todas las víctimas de violación andaban de peto y minifalda? Pues déjenme decirles que en Chile cada día, 17 mujeres son víctimas de violación y 34 de abuso sexual y te aseguro que todas ellas llevaban ropa distinta. Por eso se me ocurrió este concepto #OOTR (outfit of the rape o el atuendo para violaciones, un juego de palabras a partir del fashionista hashtag #OOTD, outfit of the day, el atuendo del día en inglés).

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          En la tristemente célebre Capital  de la Violación, Nueva Delhi, India, la enorme mayoría de las mujeres pertenece al Islam o al Budismo, esto quiere decir que sus indumentarias cubren casi el total de su cuerpo, lo que invalida totalmente el argumento de la ropa provocadora.

          Otro hecho comprobado es que las violaciones y abusos sexuales ocurren durante todo el año, tanto en las temporadas otoño-invierno como en la pecaminosa primavera-verano, así que si quieres armar tu #OOTR asegúrate de tener además de minifaldas, abrigos grandes, bufandas y botas.

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          Hablando en serio ¿ustedes realmente creen que todas las víctimas de violación o de abuso sexual son mujeres hermosas, con cuerpos increíbles que visten con poca ropa? ¿Ustedes creen que los niños y niñas víctimas de abuso sexual vestían provocativamente, con escotes y encajes (o lo que sea que luzca sexualmente atrayente)? ¿Las señoras de más de 50 años que estaban haciendo el aseo en la casa mientras extraños irrumpieron en su casa, las robaron y vejaron, ellas también vestían de acuerdo a la ocasión? Yo creo que no.

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          Me pregunto, cuando un hombre sufre un abuso ¿por qué nadie le pregunta cómo andaba  vestido?

          ¿No les parece que la mujer ya carga con demasiadas culpas como para además achacarle el andar “provocando”? ¿Es tan inconcebible pensar que una persona simplemente se siente cómoda con su cuerpo o tal vez, tiene calor? No existe un comentario más ridículo, básico, ignorante y francamente cruel. No creo que nadie pida, busque o intente ser abusad@ sexualmente.

          Déjenme decirles una cosa: LA CULPA NUNCA LA TIENE LA VÍCTIMA,  su ropa, sus horarios, sus hábitos nunca son una invitación a nada, detengamos YA la cultura de la violación, derribemos los mitos ridículos y culpemos a los verdaderos culpables.

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          Entonces les invito a pensar y si quieren a dejar un comentario: ese día que fueron abusad@s (espero que nunca, de verdad), que alguien las tocó en el transporte público, que alguien les gritó un insulto en la calle, cómo iban vestid@s? ¿Cuál era su #OOTR, su atuendo para violaciones?

          Ni la ropa, ni el alcohol, ni los lugares solitarios, ni la lencería, ni el labial rojo causan violaciones, ¿saben qué lo causa? LOS VIOLADORES y nada más.

          Mientras escribía esta columna y diseñaba las imágenes, dos mujeres fueron violadas en Chile, 30 en México, 6 en Colombia, 7 en Suecia, 75 en Estados Unidos. Me pregunto cómo andarían vestidas, cuál sería su #OOTR.

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            Toda la gente me pregunta por qué no me arreglo más si soy linda; y es por esto:
            Ayer, en el bus lleno, un tipo estaba acariciando mis manos con su barbilla (¡qué asco!), yo las corrí por supuesto, pero luego buscaba cómo tocarme, ya sea con sus manos, o después con sus piernas. Al irse bajando la gente, fue sumamente patético, pues pasó sus muslos por mis piernas (¡guácala!). No supe qué hacer, aún cuando me vestí atractiva, sino que sólo me pinté los ojos :S. Es terrible ser mujer a veces.

            Hace unos 2 años, parecía musulmana, porque cuando me dio neumonía fui a un médico, con ropa holgada y él al “examinarme”, comenzó a tocarme los senos. Yo pensé que era normal que el facultativo hiciera eso, hasta que otro doctor, al contarle cómo me habían puesto en la camilla, me dijo que eso jamás se hace con una paciente de neumonía (tengo mentalidad de niña de 9 años, pero cuando tienes 14; ya no es lo mismo). Me sentí horrible; con culpa, sucia, etc.

            Y qué más decir, ya que me han acosado profes, novios, me han toqueteado en el bus y me han insultado en la calle (porque para mí un comentario sexual es eso: un insulto a mi sexualidad y género). Es tremendo, deberían sancionar a este tipo de hombres.
            La otra solución es que me disfrace cada vez que salga a la calle. Lo peor de todo es que no ando ni con minis, ni escotes, ni nada de ello. Y a mis amigas que usaban este tipo de atuendos, jamás les pasó esto… ¡qué ironía!

            Espero que en Chile se dé a luz más hombres íntegros, pero ese ya es otro cuento. No obstante la educación en la casa y en el colegio en este tema debería ser apremiante, ya que yo nunca supe cómo actuar, al contrario me cohibí, salvo una vez que le di un codazo y grité algunas cosas cuando era más niña, pero encuentro que las mujeres más vulnerables son las que se quedan en silencio, lo que puede inclusive empeorar con una violación.

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              principal testimonios

              A mis 23 años, ya me ha pasado tres veces y la impotencia que se siente es enorme. El problema es que una se paraliza y no sabe cómo reaccionar. Lo peor de todo es que nadie hace nada.

              Recuerdo muy bien la primera vez que me pasó. Iba en una micro y por mucho rato un tipo me tocó el trasero por el espacio que quedaba entre el respaldo y el asiento. Yo tenía 12 años aproximadamente y la señora que estaba sentada en el asiento de al lado miró al tipo, vio lo que sucedía y me miró con cara de “pobrecita”, pero no hizo NADA. A mí nunca me han gustado las faldas largas y me sentí culpable porque andaba con una mini. Por mucho tiempo creí que yo tenía la culpa.

              Las otras veces han sido al pasar. Uno en una bici y el otro trotando, mientras yo caminaba, ni siquiera dieron la cara y además iba sola, no tenía cómo defenderme ni pedir ayuda. Sin contar todas las oportunidades en las que los hombres se paraban al lado de una, mientras iba sentada en la micro y rozaban sus genitales en el hombro. Aunque una se corría, ellos lo seguían intentando. ¡Un asco total!

              Creo que de una vez por todas se debe hacer algo respecto a este tema. Tengo una hija de cinco años y no me gustaría que por nada del mundo le pasara algo así. Nadie merece que un enfermo, por sentirse más hombre, la vulnere de esa manera.

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                principal testimonios

                En vez de pronunciarme explícitamente respecto del acoso callejero, he preferido contar una experiencia que, cuando escucho sobre el tema, se me viene a la mente. En cierto modo me da energías para seguir rechazando estas prácticas pero, al mismo tiempo, sigo reviviendo las sensaciones de miedo.

                Fue un viernes después de clases, hacía mucho calor – yo vivía en Iquique y esto creo que sucedió en primavera – así que llegué a mi casa y me puse ropa más cómoda. Recuerdo que me puse unos shorts que me llegaban unos cuatro dedos sobre la rodilla, unas ballerinas y una polera roja con escote que me encantaba. Quise ponerme a estudiar álgebra durante el fin de semana y había dejado mi cuaderno en el casillero del colegio, como éste quedaba a unas dos cuadras decidí ir a buscarlo. Puse mi celular en mi bolsillo trasero, tomé las llaves y salí de mi casa aproximadamente a las cuatro y media. Tenía que bajar una calle para llegar al colegio y cuando iba en la mitad del trayecto, levanto la vista del suelo porque escucho una respiración muy agitada que se acercaba. Era un tipo joven, de unos 23 años que imaginé venía de trabajar o algo así, andaba con ropa deportiva y llevaba un jockey (rojo creo) al levantar la vista me encontré con su mirada. Tenía los ojos café claro y me miró fijamente, yo lo miré un segundo y bajé la vista. Pasó a mi lado, siguió subiendo la calle y yo continué bajando. Llegué a mi colegio, saqué mi cuaderno de álgebra y de hecho, me di el tiempo de saludar a algunos profes, al inspector, conversé algunos breves minutos con ellos y luego volví. Cada profesor que me veía subir la calle para ir a mi casa me pedía que tuviera cuidado, se sabía que los barrios en los que yo vivía no eran muy buenos, pero yo estaba acostumbrada y nunca me había pasado nada (además no tenía otra opción).

                Así estaba ya a una cuadra de mi casa, abrazaba mi cuaderno y tenía las llaves “enganchadas” en el short. Llegué a la esquina y veo que el mismo tipo que había visto al bajar ahora iba a cruzar la misma calle que yo, pero él se dirigía a la izquierda y yo hacia arriba. Nos encontramos en el paso de cebra y yo no lo miré, sólo vi de reojo el gesto que me hizo para que pasara. Lo hice sin pensar mucho y al dar dos pasos frente a él me agarra con un brazo por el cuello y con la otra mano empieza a tocarme los shorts. Pensé que quería robarme y como no tenía nada, saqué rápidamente el celular de mi bolsillo y le dije “toma, ándate” y no me lo recibió, no era eso lo que quería. Sentí sus manos tocando mi trasero y mis pechos. No entendí lo que estaba pasando en ese momento y tampoco sé cuánto duró. Lo siguiente que recuerdo es que llegó un vecino, yo no lo conocía pero sí sabía que vivía a dos casas del lugar. Él le gritó algo a este tipo y él salió corriendo, yo lo miré una última vez y recuerdo sus zapatillas blancas deportivas correr hacia los pasajes que quedaban muy cerca de mi casa. El vecino también era un tipo joven, colombiano, más o menos de la misma edad. Recuerdo mirar al piso y ver mi cuaderno muy lejos en el piso, miré rápidamente al vecino y él decía algo como “malditos, siempre están por acá estos hijos de puta”. Sentí que me miró e intentando poner su mano sobre mi hombro me dice “¿estás bien?” antes de que pudiera terminar la frase y tocarme yo tomé mi cuaderno y me fui rápido, pero sin correr, tampoco le dije nada a él. Llegué a mi casa y no podía abrir la reja porque mis manos temblaban mucho, entré y tiré el cuaderno en la cama, caminé nerviosamente en círculos y decidí contarle a mi hermano que era el único en la casa a esa hora. Fui y con la voz más que cortada intenté decirle, él me dijo que intentara dormir y creo que nunca le había escuchado un tono de voz como el que usó ese día.

                Obviamente no pude dormir, me saqué rápidamente la ropa que tenía. Dejé los shorts en el fondo de mi clóset, donde no pudiera verlos y no recuerdo qué hice con la polera, pero pasado el tiempo la busqué muchas veces y nunca la encontré, seguramente la boté o la rompí. Me duché y mientras intentaba dormir me sentía culpable, odiaba la ropa que usé, pensé que yo lo había provocado. Sonaba la voz de las mujeres de mi familia que me decían que nunca saliera sola de la casa, las desobedecí pero ¿quién iba a pensar que podía pasarme algo a plena luz del día y a una cuadra de mi casa? No pude dormir y llamé a mi papá,. A la hora, estaba toda mi familia en la casa y cuando vi llorar a mi mamá, yo también lo hice. Llamaron a los carabineros, me llevaron a la posta para “constatar lesiones” (esto era necesario para poder dejar la constancia). Me hicieron repetir el relato una y otra vez, recordar cada detalle del tipo y – lo peor de todo – tenía contar con demasiados detalles los qué, cómo y dónde. En la posta me inyectaron un relajante muscular porque me vieron muy mal y con eso pude dormir.

                Al día siguiente no fui al colegio y cuando fui a justificar la ausencia con mi papá, lo que me repitieron fue “nunca tenías que haberte ido sola por ahí”, “siempre nos dio miedo que te fueras caminando”, etc. Esto, complementado a mi sentimiento de culpa. Me creía culpable por usar ropa tan ajustada, porque creí que era ropa provocativa, no sé. Lo peor de los meses que siguieron es que tenía que volver todos los días a mi casa por el mismo camino y cada vez que alguien pasaba a mi lado sentía una sensación de adrenalina, se me apretaba el estómago, sudaba y más de una vez me encontré a punto de golpear a los hombres que pasaban a mi lado, no lo pensaba, sólo reaccionaba porque pensaba que iban a tomarme por la espalda de nuevo. Veía en cada hombre que pasaba a mi lado los ojos de este tipo, que nunca más pude olvidar a diferencia del resto de sus rasgos.

                Los datos temporales que expuse puede que sean algo errados, ya que por alguna razón quise sólo olvidar todo lo que pasó y las cosas que recuerdo son porque las anoté en su tiempo para descargarme, pero nunca escribí fechas. Esto sucedió cuando iba en octavo o primero medio, ahora tengo 19 años y al crecer fui dándome cuenta de que la culpa no era mía, que era de este tipo por pensarme sólo como un cuerpo al que puede ir y agarrar porque quiere y que no tenía por qué dejar de hacer mi vida por su culpa (pese a que sí tengo muchísimas restricciones). Sin embargo, algunas veces sigo sintiendo todo el miedo que viví en ese momento y no puedo dejar de mirar con asco y rabia a los hombres que me ven con otros ojos (porque sí, se les nota).

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                  principal testimoniosCuando se nos pregunta sobre los piropos, silbidos y esas cosas, a muchas personas se les hace raro que algunas mujeres respondamos que nos molestan. Estando en el colegio, no lo entendía, pero ahora que uno crece se va dando cuenta de lo insoportables e incómodos que son.

                  Por desgracia, en Chile, aún no se ha aprendido que ese tipo de cosas nos hacen sentir mal, incómodas y algo temerosas.

                  Un día yendo del metro a mi casa -diez o quince minutos a pie-, conté tres tipos que me silbaron o me dijeron piropos, desde que subí por la escalera mecánica. Me bajó una mezcla de enojo extremo y pánico tremendo. El enojo fue porque los piropos, miradas y acoso en general lo hacen cobardes que después de decirnos algo o mirarnos se van sin ningún resentimiento; el pánico, porque a una se le pasan mil y una cosas por la cabeza, entre ellas un toqueteo o una violación.

                  Confieso que me gusta mucho usar faldas y zapatos, pero sin provocar. Para que no se malinterprete: piensen en una estudiante universitaria promedio, entre 18 y 22 años, usa transporte público todos los días a diferentes horarios (el más tarde a las 17 hrs.),  no trabaja sino que sólo estudia en la universidad. Establecido el perfil, imaginen que se sube al metro, hora punta y lleno a reventar. Todas las mujeres sufrimos un miedo tremendo cuando nos damos cuenta de que nos están mirando, y no es necesariamente los ojos: muchas hemos sorprendido a hombres que nos miran el escote o las piernas. A la vez, vamos pendientes de dos cosas o más: que no nos roben, que estemos bien afirmadas para no caernos, que no nos toqueteen y, peor aún, tenemos que estar atentas a que no nos graben debajo de la ropa.

                  Agreguemos la sanción social que a veces nos hace sentir culpables de cómo nos vestimos. Si bien en casa y en las tiendas compramos la ropa o zapatos a nuestro gusto y la probamos o nos vemos en el espejo antes de salir, es en público cuando se sufre. No sólo de hombres. Algunas mujeres, la mayoría de ellas de avanzada edad, miran a las mujeres jóvenes, que nos preocupamos de nuestra apariencia con una cara nunca antes vista. Recuerdo haber ido camino a clases en Metro y al frente mío se sienta una mujer de 50 años o más, que no me quitó la vista hasta que se bajó del tren. Mi falda no era tan corta, a la rodilla o un par de centímetros sobre ella. Todavía no entiendo por qué la mujer me miraba todo el trayecto, de pies a cabeza, como inspeccionando para saber si era una persona “decente” o no.

                   Pero volvamos a los hombres: tienen la cobardía de decirnos cosas molestas y de acosarnos. En vez de decir frases aberrantes y al borde de la violación, podrían ocupar esa osadía para respetar a las mujeres. Mirarlas a la cara cuando les hablan y tener normas mínimas de comportamiento, no sólo ante las féminas, sino que ante la sociedad en general.

                  NO ES NORMAL andar por la calle acosando a las mujeres. Si los delitos de violación, violencia física y verbal y la pedofilia están penados no sólo por las leyes de este país, sino que por las del mundo y son hechos reprochables por casi todos los habitantes del globo, tanto como la segregación social, el racismo o la discriminación…. ¿por qué el acoso callejero, que lleva muchas veces a la violación, no se considera delito? Es una tarea que tenemos pendiente y que debe empezar por un cambio social, consistente en denunciar y apoyar a las mujeres que sufren con estas frases y acosos reiterados y que son perpetuados por cobardes y poco hombres. Y mujeres… no cambien el modo de vestir y de ser por estos sinvergüenzas.  Sean felices siendo ustedes mismas.