denuncia

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    Cuando denuncian una publicidad por sexista, no es porque se busque tapar los cuerpos para frenar su hipersexualización. Al contrario, apelamos a que la diversidad de cuerpos no se venda al mejor postor para satisfacer a un binarismo sexual.

    Hace unos días, TVN realizó una nota sobre la polémica publicidad de WOM Chile, enfatizando que se había planteado un fuerte “debate de género”. Lamentablemente, es difícil entender este debate como uno de género. Para ser así, hubiera sido necesario que, al menos, las dos o más partes que integran tal debate manejaran contenidos mínimos sobre el género. TVN no emitió un debate de género, sino un intento de desarme a una publicidad sexista y, a la vez, una intención de argumentar a favor de ésta, en nombre de la diversidad, la diferencia y lo subversivo, con conceptos como “opción” y “libertad”.

    En la noticia, Chris Bannister (CEO de WOM) comentó: “no fue nuestra intención denigrar a la mujer ni a ninguna persona, al contrario, quisimos celebrar la diversidad (…) ser inclusivos en la campaña”. Según él, la agresividad de la campaña, denunciada por varios grupos feministas, no era su objetivo. En realidad, su campaña era “apasionada” y “diferente para Chile”. Por más honesta que sea esta respuesta, la verdad es que es errada si se observa desde los principios que él mismo declara defender.

    No es culpa de Bannister desconocer los mecanismos de reproducción y contexto que lo empuja a decir lo que dice. Por ello, no sabe que la diversidad, las diferencias y la inclusividad efectivamente son parte de su publicidad, pero al apellidarlas neoliberalmente.

    Cuando hablamos de conceptos como “libertad” y “opción” –entre comillas– es porque operan en base al mercado, donde no sólo es el dinero lo que se pone en juego, sino que todo un sistema que funciona en relación a éste. Uno de los mayores éxitos del proyecto neoliberal –que sacudió y sacude a nuestro país– es que efectivamente impuso un determinado significado a los significantes “opción” y “libertad”, hegemonizando su estructura, encarnando el slogan de la dictadura de la opción y la libertad de elegir, así, en negrita y en destacado. Sin embargo, por debajo, éstas se postulaban sólo dentro del mercado, escondiendo otras alternativas dentro de los parámetros neoliberales.

    Hoy se profesa la ilusión de escoger el colegio, la vivienda, la salud, etcétera, pero la elección no es tal, ya que todas éstas se supeditan a nuestra capacidad de pago, entre otras cosas. Tal cual ocurre cuando el periodista entrevista a una mujer de la tercera edad, para escucharla hablar contra “la escandalosa publicidad de WOM” y la responsabilidad de las mujeres que aparecen en ella, mencionando que “ellas están en su libertad de desnudarse”, argumento del que el neoliberalismo se ríe a carcajadas, porque ha cumplido su objetivo: absorber la idea de libertad. Que estos hombres y mujeres participen en la campaña no implica que dentro de sus libertades y opciones haya estado, efectivamente, participar. Existe un sistema operando para que ESA “opción” sea real, y por tanto, estas personas ejerzan su libertad neoliberal.

    La publicidad de WOM Chile es sexista, sí, pero no sólo por exhibir mujeres parcializadas -senos anónimos siendo tocados por manos anónimas- y por visibilizar la diversidad sexual de forma restrictiva; es sexista porque se despliega en parámetros patriarcales, con una visibilización mediante la hipersexualización de las mujeres e invisibilizando a los hombres, si es que los hubo en la campaña. Es agresivo, al jugar con las opciones y libertades (neoliberales) de las personas, sin preguntar cuáles son los mecanismos que generan que este tipo de publicidad sea una posibilidad, ni cuestionándose qué empuja a unas, más que a otros, a vender sus cuerpos, enteros o parcializados.

    La publicidad de WOM Chile es, entonces, “inclusiva”, al recoger lo diferente y la diversidad, en una inclusión con barreras de mercado, y “diferente” y “diversa” dentro de lo igual.

    Es necesario pensar estos conceptos fuera de la hegemonía significativa del aparato neoliberal. Cuando varios grupos feministas y de la diversidad sexual, entre otros, denuncian una publicidad por sexista, no es porque se busque tapar los cuerpos para frenar su hipersexualización. Todo lo contrario, apelamos a que la diversidad de cuerpos no se venda al mejor postor para satisfacer a un binarismo sexual, a que el cuerpo –en sí mismo–no represente la opción neoliberal de ser vendido. Si por consecuencia de esto, mujeres, hombres y quien sea, puede correr sin polera cuando se le antoje, y nadie teme ser violado, tocado o acosado, entonces estaríamos un paso más cerca de una diversidad sin el estilo de WOM, sin el estilo neoliberal.

    Columna escrita por María José Guerrero, Directora de Estudios de OCAC Chile.

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      Desde que salió el sistema del pase escolar, lo he perdido como ocho o nueve veces, por lo que me sé de memoria los pasos para poder sacarlo de nuevo. Una vez, yo tenía como 15 años y haciendo el trámite de la constancia en una comisaría, el carabinero me quedó mirando y dijo: “¿por qué miras para atrás? ¿Te portaste mal? ¿querís que te lleve al calabozo?“. Yo, como era chica, no supe qué hacer. Agarré mi papel y, asustada, me despedí. ¿No se supone que los Carabineros deben cuidar? Nunca me sentí tan vulnerada.

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        Eran cerca de las nueve de la mañana y un auto me siguió hasta mi casa. Jamás me percaté. El auto era del año y el motor era imperceptible. El conductor sacó su mano por la ventana y me agarró el trasero. Yo estaba colgando el teléfono y al sentir el “agarrón” sólo reaccioné a tirar un manotazo al hombre y tirarle un improperio. El auto avanzó, yo me congelé. Corrí hacia mi casa, les conté a mis papás y salimos a buscarlo en auto. Como no dimos con él, volvimos. Para nuestra sorpresa, el muy sin vergüenza había vuelto a pasar por el mismo pasaje donde me atacó.

        Lo seguimos en auto y el tipo se fugó. Transgredió infinitas normas de tránsito. Hasta pasó a llevar un auto. Luego lo perdimos en el camino. Pese a eso, pude gritarle y dejarle claro lo mal parido que era. Mi papá le dio un susto que seguramente jamás olvidará. Por suerte anotamos la patente.

        Tengo rabia aún, pero haber dado con él y haberlo denunciado es un alivio inmenso. No sé cómo habría sido cargar con la impotencia de no haber hecho nada. Yo pude, pero me preocupó saber que en la comisaría dijeran que hay pocas denuncias de estos abusos o acosos, cuando me he enterado por personas del sector y chicas de mi edad que estos ocurren. Chicas, DENUNCIEN, es la única manera de que se hagan cargo de este problema.

        Lo otro, no bajen la guardia. Yo soy una persona terriblemente paranoica. Si salgo, llevo mi gas pimienta, pero esta vez no lo traía, porque nunca imaginé que a esa hora me sucedería algo así. El tipo no era un viejo depravado, era joven de buen aspecto, de no más de treinta. A veces el estereotipo que tenemos de “hombre peligroso” no permite que estemos alerta.

        Ojalá esto les sirva de algo, yo esperaré  la denuncia y seguiré con los trámites.

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          Eran más o menos las ocho de la noche, un día de verano. Había luz. Estaba trabajando y fui a comprar unas bebidas. Cuando iba llegando a la Copec, tres tipos que podían ser mis papás empezaron a gritarme “rica, te pasaste”. Aplaudían y decían estupideces. Entré a la tienda y compré con mucha rabia, pensando por qué hay gente que hace esas cosas, cuál es la estupidez en sus cabezas que los hace actuar así. Decidí que si dejaba la situación así, no estaría haciendo ningún cambio. Salí y, por suerte, había una patrulla cerca. Les expliqué la situación a los carabineros y fuimos a encararlos. Cuando llegamos, quedaba solo un tipo y su única excusa y defensa básica durante toda la conversación fue decir “yo no fui el único que le gritó”. Como si eso lo legitimara o lo hiciera más inocente. En fin, me tuvo que pedir disculpas públicas y dar sus datos y se notó que pasó una vergüenza horrible. Me consta que la próxima vez lo pensará dos veces.

          Le conté lo sucedido a muchos amigos hombres y me dijeron que era una exagerada. Pero ellos no saben lo que vivimos y la lucha que llevamos por exigir el respeto que merecemos. Por favor nunca callen y alcen siempre su voz por nuestra causa.

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            Un día de semana del verano del año pasado, alrededor de las 23 horas, iba caminando por el pasaje en que vivo y revisando el celular, cuando sentí que un auto a mis espaldas entró al pasaje. Me hice a un lado sin mirar atrás para permitirle el paso, ya que el pasaje es bastante pequeño y no tiene vereda. Pasaron unos segundos y el auto no pasaba a mi lado y esto me pareció extraño, por lo que pensé en mirar dónde estaba en ese preciso momento y me di cuenta de que el auto iba justo atrás mío. Aceleró y se cruzó bloqueando mi camino y desde la ventana del conductor, un tipo sacó la mitad del cuerpo para poder introducir su mano por debajo de mi vestido y darme un ‘‘agarrón’’.

            En un principio, no supe cómo reaccionar. No me lo esperaba y quedé congelada. Supongo que esto duró una fracción de segundo, porque sin pensarlo, arrojé con todas las fuerzas que el momento me permitió un puñetazo a su cara asquerosa de placer que se encontraba a centímetros de mí. Supongo que esto lo hizo reaccionar, su rostro se transformó. Se acomodó y aceleró todo lo que el pasaje le permitió para irse a toda velocidad de mi vista.  Fue tanto el shock, que lo único que se me ocurrió fue gritar improperios a todo pulmón, mientras las lágrimas empezaban a salir.

            Traté de recordar su patente mientras se alejaba, pero mi mente estaba tan nublada que no la pude retener. Estaba a pasos de mi casa. Caminé lo más rápido que pude y llegué llorando donde mi mamá, a contarle la historia. Ella, que estaba en pijamas, se enfureció y se levantó rápidamente para pedirme que me fuera al auto y fuéramos a perseguir al desgraciado, ya que si bien no recordaba la patente, sabía que podía reconocer el auto si lo veía nuevamente. Era algo que jamás podría olvidar. Lamentablemente, a pesar de nuestro esfuerzo, el pervertido se había esfumado y no logramos dar con él. Pasaron días para dejar de sentir su mano en mi cuerpo, era algo tan desagradable y me sentía tan pasada a llevar, tan ultrajada. Es algo que no le deseo a ninguna mujer. Aún me pesa no haber recordado la patente para dejar algún tipo de denuncia, solo me consuela que todo cae por su propio peso y espero que la propia vida se encargue de darle lo que este tipo se merece.

            No es el primer caso de acoso que he vivido, pero sin duda ha sido uno de los que más me ha marcado. A pesar de que ya pasó un año, hasta el día de hoy, cuando un auto baja la velocidad a mis espaldas, no puedo evitar sentir miedo, angustia y mirar rápidamente.

            Espero que algún día, tipos como éste paguen por estos acosos, que de una vez por todas no queden en el aire estos abusos y que se tome conciencia sobre el hecho de que hay que respetar a las mujeres.

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              Me iba a juntar con mi pololo alrededor de las cuatro, en su sala de ensayo. Él es músico. Iba a una tocata en San Felipe y quería desearle suerte. Casi llegando, unas tres o cuatro casas antes, un hombre salió de algo así como un local de repuestos. Caminé lo más rápido que pude, pero igual cuando pasé, el idiota se volteó para decirme “preciosa, rica”. Yo venía ya bastante chata, porque ya me venían gritando hace rato en el viaje, así que me di vuelta y le dije que la chupara. Se burló de mí, dijo algo como “obvio que se la chupo…”, le mostré el dedo de al medio y el imbécil seguía riéndose y repitiendo que me la chuparía toda.

              Llegué a la sala de ensayo, evidentemente, mi pololo notó mi molestia y yo le conté para sentirme mejor. Acá pasó lo peor, mi pololo vio salir al tipo y fue a increparlo, le decía que por qué le estaba gritando a su polola. Lo más indignante es que el tipo no cedió en su postura y, delante de mí, le decía a mi pololo que me gritó rica porque yo era rica “y qué tiene hueón”, restándole importancia y en una actitud provocante. Mi pololo se enojaba cada vez más, le decía que era un enfermo, que si acaso no tenía hijas y esposa, que si le gustaría que las trataran así. El idiota respondió, carepalo, que sí, que le daba lo mismo. Yo también lo increpaba, le preguntaba si le daría lo mismo que a sus hijas se las llegaran a violar y supongo que no me entendió la pregunta porque me respondió que sí (?). Ahí me aburrí y me quise ir, sin embargo, mi pololo estaba tan enfurecido que agredió al tipo con un combo en la nariz, entonces el tipo lo agarró del pelo y yo no pude hacer más, porque no tengo la fuerza física de un hombre. Finalmente, el tipo se arrancó, gritándole a mi pololo amenazas de muerte, “¡Te voy a pegar un balazo!”, “Ya vai a ver, te voy a matar”, etc. Mi pololo estaba tan enchuchado, que me dio miedo que hiciera algo más y que el tipo de verdad lo baleara o algo.

              Salieron todos los compañeros de trabajo del imbécil y un miembro de la banda de mi pololo salió a tratar de calmar los ánimos. Luego nos contó que el tipo le preguntó si sabía dónde vivía mi pololo, dónde trabajaba, que estaban planificando una venganza. Fue tanto, que tuvieron que cargar los instrumentos en la camioneta a unas cuadras de distancia, para evitar problemas.

              Al día siguiente y por recomendación del OCAC, fui a la PDI. Mi intención era contar la verdad y entablar una denuncia por acoso o lo que fuera. Primero, me atendió un caballero que resultó ser bastante amable, le conté la situación y me explicó que en vista de que el acoso callejero no está tipificado como delito, no me podía tomar la denuncia y que por lo mismo mi pololo salía para atrás porque él agredió al sujeto primero. La única opción que me dio fue que mi pareja hiciera la denuncia por amenaza (y alterando la historia, porque si no salía perjudicado él) y que yo dejara una constancia en Carabineros avisando que en ese lugar trabaja un tipo que acosa mujeres. No podía hacer la constancia en la PDI, porque esta policía sólo toma denuncias.

              Salí super enojada. Además, el policía que me atendió primero me preguntó si quería conversar con una mujer, yo le dije que sí, pensando que se pondría en mi lugar, pero resultó todo lo contrario. Fue más o menos así:

              ¿Por qué te voy a tomar la denuncia? ¿Porque ibas pasando y un tipo te dijo un piropo? Seamos sinceras, ¿a qué mujer no le dicen piropos en la calle? A mí también me han dicho rica y esas cosas, yo creo que hay que reirse.

              Yo le expliqué que sabía que no podía denunciar, pero que no me parecía su respuesta, porque le estaba restando importancia al problema y tomándolo como algo natural. Ahí trató de bajarle el perfil, diciendo que yo no le había entendido, que en el fondo no me podía tomar la denuncia.

              Me dio mucha rabia, hasta el caballero que me atendió al principio resultó ser más empático que la mujer. Se nota la ligereza con que se toman el tema. En la conversación salieron comentarios como “pero si hay chiquillas que les gustan los piropos” o “tú eres de las pocas mujeres que les molesta que les griten”. Eran muy sutiles, pero se notaba que pensaban que estaba exagerando. Creo que bastaba con que me dijeran que mi pololo hiciera la denuncia por amenaza y que yo pusiera la constancia, el resto de comentarios estaba de más. Queda la sensación de que pueden decirte lo que quieran, mientras no te toquen, da lo mismo la forma o a cuántas mujeres acosen. No entendían que si un tipo me acosa a mí una vez, lo más probable es que acose a otras mujeres. Al final, no es mucho lo que se puede hacer.

              Pasó el tiempo y OCAC Chile insistió en que dejara constancia como me dijeron en la PDI. No estaba muy convencida al principio por el mal rato en la PDI, pero al final accedí y mi pololo quiso acompañarme. Le explicamos al carabinero que me atendió todo lo sucedido y debo decir que fue tremendamente amable y empático. Sin embargo, me explicó que no se puede dejar constancia del hecho porque está enmarcado en la libre expresión (no era que él lo pensara, era lo que decía la ley) y que el procedimiento adecuado era haber llamado a una patrulla de Carabineros para que llegara a la casona y le hiciera un control de identidad al tipo para dejar el hecho directamente en sus antecedentes. Dijo que dejar una constancia ahora no lo iba a perjudicar en nada. Además, nos recomendó hacer la denuncia por amenaza de muerte, pero tampoco se podía porque no teníamos el domicilio del tipo ni su lugar de trabajo. Al final, como verán, quedó en nada.

              Me da lata porque se notaba que el carabinero quería ayudarnos, pero al intentar algo, se notaban las trabas del sistema. De hecho, en un momento, el carabinero, que era joven, hizo el comentario “pa callao” de que él le habría pegado más al tipo, porque al final la demanda por lesiones es la misma y hay cero amparo para las víctimas en el caso del acoso.

              Lamentable, esperaba que esto quedara marcado en la hoja de vida del sujeto. Lo único que espero ahora es que el imbécil tenga las mismas trabas que nosotros y que la demanda sea puro tollo, porque dudo que tenga el nombre de mi pololo. En un principio, sentí que yo tuve la culpa de lo que pasó. Sentí que debí haberme quedado callada, porque temía represalias posteriores. Por otro lado, no avalo en absoluto el actuar de mi pololo, pero lo entiendo -cómo no, si vivo acoso a diario-. A pesar de que no estuvo bien, creo que el imbécil se lo merecía, porque por lo visto encontraba totalmente normal que a sus hijas las acosen. Lo que más lamento es no haber podido ser yo la que le sacara la chucha y haberle podido ahorrar el problema a mi pololo. Después de esto, le dejé claro a mi pareja que no le contaré nunca más un episodio de acoso, no porque esté enojada con él, todo lo contrario: porque lo amo y temo por su integridad física. Además, pareciera que la “justicia” está diseñada para que estos enfermos hagan lo que quieran y para que gente de la autoridad con ganas de ayudar queden de manos atadas.

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                Caminaba tranquilamente del colegio a mi casa. De pronto, un tipo en bicicleta me preguntó algo sobre un consultorio y le respondí. Noté algo raro en su cara, porque de verdad se veía enfermo. El tipo esperó a que una familia pasara y se acercó nuevamente, pero esta vez más cerca, y me toqueteó. Quedé shockeada. Le pegué y le grité todo lo que se me vino a la mente. Ante esto, el tipo se fue a hacer de las suyas a otro lado. Yo corrí a un cuartel de Carabineros que estaba cerca. Lo buscamos y nunca apareció. Días más tarde aparecieron nuevos casos del mismo tipo.

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                  – Vengo a dejar una denuncia por acoso sexual callejero.
                  – ¿Cómo es eso?
                  – Un hombre me dijo algo muy grosero, que me violentó.
                  – ¿Qué le dijo?
                  – Me da mucha vergüenza repetirlo.
                  – Dígame qué le dijo.
                  – “Le llenaría el choro de moco”.
                  – Ya, espéreme aquí.

                  Hice el ejercicio de denunciar una manifestación “no física” de acoso sexual callejero: la agresión verbal que según la primera encuesta sobre el fenómeno realizada por el Observatorio Contra el Acoso Callejero, ha sido sufrida por un 72% de las consultadas.

                  Mi visita a la comisaría tuvo distintas paradas. La primera con la carabinera que me recibió, a quien tuve que reproducirle la vergonzosa frase que un desconocido me dijo al oído. Luego, entré a otra habitación, donde dos carabineros me informaron que no podían tomarme la denuncia, por tres razones: porque lo que me sucedió no era delito, porque no tenía el nombre de quien me había violentado y porque sólo se tomaban denuncias por acciones como exhibicionismo o intentos de violación.

                  Entonces constaté algo que en el OCAC Chile, ya hemos manifestado: las víctimas de agresiones verbales y tocaciones anónimas, no encuentran espacios de denuncia, y estas acciones tienden a ser minimizadas. Decidí insistir y pregunté: ¿cómo se denuncia un robo, si tampoco se conoce la identidad del ladrón? Respuesta recibida: porque eso, en la ley, sí es delito. Para la otra tómele el nombre a la persona. El comentario me colapsó y aclaré de inmediato: ¿usted cree que después de escuchar una frase de ese calibre me voy a acercar a conversar? Los policías me miraron en silencio, dándome la razón.

                  Seguí insistiendo: ¿Qué hago? Necesito denunciar, dejar registro de lo ocurrido, porque esto pasó cerca de un colegio y quiero impedir, de alguna forma, que algo así o un hecho más grave le suceda a una escolar. Luego de varios minutos de insistencia, uno de los carabineros se puso de pie y me dijo “voy a ir a preguntar”. Esperé un largo rato y me hicieron pasar a una nueva habitación, en la que me atendió otro policía. Me dijo, le vamos a recibir la denuncia, por otros hechos, porque no tengo otra forma de hacerlo. Le voy a tomar declaración de todo lo que pasó y esto se va a ir a la Fiscalía, ¿de acuerdo? De acuerdo, le respondí, y le di las gracias. No se preocupe, aquí estamos para ayudar, me aseguró.

                  Nunca un carabinero había sido tan amable conmigo, lo que también me hizo reflexionar respecto de la arbitrariedad de estas instancias. Cuando hablamos de violencia en los espacios públicos, no podemos descansar en la buena voluntad y en el criterio personal, es necesario tipificar el acoso sexual callejero para que las autoridades sepan cómo responder ante estas faltas. Asimismo, al encasillar las agresiones como “otros hechos”, no se generan reparaciones específicas para estas vulneraciones sexuales.

                  El carabinero me pidió mi carné, que escribiera la declaración en una hoja y una serie de detalles, como la hora en que todo había ocurrido y una descripción física del agresor. Luego, me mostró la declaración que debía firmar. La leí y sólo le pedí que cambiara una cosa. En el final, había escrito “frase que la hizo sentir vulnerada en su condición de mujer”, le pedí que reemplazara mujer por persona. Ahí también constaté una mitificación: se cree que el acoso sexual callejero nos vulnera como mujeres, cuando realmente nos vulnera en nuestros derechos humanos. No exigimos respeto por ser mujeres, no pretendemos caer en ensoñaciones machistas como “a las mujeres no se les pega” o “respétame, podría ser tu madre”. A ninguna persona se la golpea y todas merecemos respeto como pares. Esta cruzada es por el disfrute del espacio público en igualdad de condiciones, no una reivindicación moral desde nuestra esencia femenina.

                  Con ese pequeño cambio, firmé la denuncia y abandoné la comisaría, concluyendo cuatro puntos importantes:

                  Uno: necesitamos una ley que tipifique las manifestaciones más graves de acoso callejero, algunas de ellas ya consideradas por la policía como denunciables, como el exhibicionismo y la masturbación. Una ley contra el abuso sexual en espacios públicos facilitaría la denuncia de estas acciones y agregaría otras manifestaciones graves, como las tocaciones, el roce de genitales, la masturbación con y sin eyaculación, y los “piropos” agresivos, como el que yo recibí.

                  Dos: estas acciones no pueden caer en el mismo saco de “otros hechos”, debe existir una ley para que las víctimas entreguen su testimonio y reciban una reparación social por sus vulneraciones; a la vez que sirva de ayuda y alerta para prevenir otros ataques.

                  Tres: las sanciones por acoso sexual callejero deben ser acordes a la magnitud del delito. Nadie debería pasar por un calabozo por “piropear” de forma grosera, pero sí debería recibir una pena por masturbarse sobre una adolescente y eyacular sobre ella. Casos que hoy ocurren y cuya fuente es el relato de las propias víctimas.

                  Cuatro: muchas veces, las víctimas no denuncian por vergüenza o porque piensan que no serán escuchadas, o serán culpadas por lo que les sucedió. Hemos recibido testimonios que así lo confirman. Personas que, frente a la autoridad, escucharon frases como, “¿y por qué andaba sola?”, “¿por qué salió tan tarde?”. En ese sentido, el beneficio de una ley contra el acoso callejero radica en el poder que otorga a las víctimas, para hacer valer su derecho a la libre circulación y exigir el resguardo de la privacidad de sus cuerpos y su integridad sexual.

                  En mi experiencia, la denuncia fue considerada porque insistí, porque destiné varios minutos de mi tiempo para asegurarme de que lo que me sucedió no quedaría impune. Afortunadamente, los policías no se mofaron de mí y realmente intentaron ayudarme. Pero, insisto, no podemos confiar en el azar y el criterio particular. Chile necesita una ley contra el acoso sexual callejero, para que en el futuro, cuando una mujer, adolescente o niña denuncie una vulneración sexual, nunca más le pregunten, “¿acoso callejero? ¿Cómo es eso?”.

                   *Columna escrita por Arelis Uribe originalmente en El Quinto Poder.

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                    Hace un mes, un tipo se subió en la estación Salvador y venía rozándome con su entrepierna todo el rato en el túnel. Yo me corría y estaba tan apretada, que no lograba zafar. Finalmente me bajé en Manuel Montt y al abrirse las puertas el tipo me pegó un agarrón que me hizo saltar. Me di vuelta y le pegué un cornete en la cara -tengo tres hermanos hombres, así que de chica supe pegar combos- y le grité “sicópata asqueroso”. La gente me aplaudió y le gritaban cosas al estúpido. Lo malo es que lo acusé con el guardia y él me dijo que no podía hacer nada. Me sentí pésimo por ser violentada así y de llegar tan lejos en mi reacción a golpes, pero ya sufrir casi todos los días esa intimidación, en todos lados, por parte de hombres que se sienten con el derecho a invadir nuestro espacio y calma, ya nos hace caminar a la defensiva.

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                      El viernes pasado salí como a las diez de la noche a tomarme una cerveza con un amigo y a pasear a mi perro. Cerca de la casa. Mientras conversábamos sentados en el pasto, veo que a menos de una cuadra se acercan tres hombres rápidamente. En seguida supe que era un asalto, ya me ha sucedido antes. Nos preguntaron si conocíamos a una Melani, a lo que respondí por si acaso, ya resignada, a ver si salvaba un poco la situación, cosa que por supuesto no sucedió. Todos sacan pistolas de su pantalón y nos revisan.  Como éramos dos y ellos tres, cada cual tenía a su asaltante personal. El mío era el más grande. Me revisa la chaqueta y me pregunta si tengo dinero, yo sólo tenía mi celular antiguo y malo. Cuando se da cuenta de que no tengo dinero en los bolsillos, me dice: “tranquilita, que te puede llegar un balazo. A ver acá”, bajándome el chaleco, revisándome el sostén y toqueteándome los senos. No pude hacer nada con una pistola en mi cabeza, sólo pedir al universo que no siguiese en otro lugar. Cuando acabó y nos quitaron todo, se fueron corriendo hasta una camioneta estacionada un poco más allá.

                      Me fui a mi casa y a la mañana siguiente hice la denuncia en carabineros, le dije al policía que  tal vez tendría que hacer dos, una por robo y otra por abuso sexual, ya que por supuesto me sentía abusada. Él me respondió que como su objetivo principal era robarme y no abusar, que al robar se aprovechó de algo más, sólo quedaba como robo y no se puede hacer nada más. Entonces, realmente, eso para la ley no es abuso. Le dije, no entiendo.

                      ¿Es una tocación pequeñita? ¿Es robo con una manoseá leve? Qué mierda es eso. Qué es eso que sucede todos los días y, a veces, de forma peor. Qué es, entonces, esto que pasa, estos HECHOS que podemos ver relatados aquí en paginas como ésta. Qué es, qué es, qué es.

                      Le conté a mi mamá y me retó. Le conté a mi papá y me retó más. Dijo que me pasó por “exponerme”. Entonces, ¿no puedo pasear a mi perro de noche? Y ni tan de noche era. ¿No me merezco libertad de andar sola porque sencillamente me gusta? ¿Sólo porque ser mujer me ando exponiendo? En este país, lo que me pasó no es abuso. La mentalidad no cambia mucho.

                      Quiero libertad y juro que trabajo día a día para que esto cambie. Aunque ocurran asuntos desmotivantes como éste. Agradezco, con toda mi alma, páginas de trabajo feministas y/o contra el acoso, como ésta.