depravado

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    Cuando iba en segundo medio, a mitad de año, me cambiaron a un colegio lejos de mi comuna, por lo que tuve que empezar a andar en micro sola, largas distancias, todos los días. Como a las dos semanas del cambio, venía sentada en el asiento que daba hacia el pasillo en una micro llenísima, mirando hacia afuera, cuando, al mirar al otro lado, vi un pene casi en mi cara. No se imaginan lo que sentí, fue tan asqueroso y traumático. Miré al tipo y él miraba hacia afuera, como si nada. No atiné, me dio miedo gritar o pedir ayuda a la persona que venía al lado. Lo único que sentía era que las pocas cuadras que faltaban para mi casa eran una eternidad.

    Cuando llegó el momento de bajarme, le tuve que pedir permiso a ese mismo asqueroso para poder salir, lo miré a la cara y ni siquiera se avergonzó. Caminando a mi casa, me auto convencí de que era un pene de goma, no sé, una mala broma y que nunca debía contarle a mis papás, porque seguramente me iban a sacar del colegio nuevo y tendría que volver al anterior para que no volviera a andar en micro. Luego del episodio sentí tanta vergüenza, que guardé silencio y solo hablé de eso varios años después con una amiga, la que también sufrió un acoso similar en un ascensor. Creo que no han sido más de cinco veces las que he contado esta historia.

    Ahora, después de 12 años del suceso, pienso que debí haber gritado, que no era un pene falso, sino que era un enfermo mental. Desde ahí que muchas veces he tenido miedo de los hombres. Ojalá todo esto pare algún día y dejen de tratarnos de exageradas, porque realmente no saben lo que se siente.