dinero

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    Aquel día salí a hacer trámites. Andaba con short, polera con pabilos y sandalias tipo hawaianas. Era la tenida más cómoda para capear el calor. No estaba arreglada, era flaca y a los 17 años igual tenía cuerpo de niñita.

    Cuando volvía a mi casa, en la misma cuadra de mi casa, me llamó la atención un vehículo Mercedes nuevo, estacionado frente al almacén. No es un auto común en la pequeña ciudad donde vivía entonces, así que lo miré y seguí caminando, pero me tocó la bocina una vez.

    Me di vuelta pensando que era alguien conocido, pero no y seguí caminando. Tocó de nuevo y empezó a acercar su auto a mí, y yo también me acerqué pensando que quería indicaciones.

    Bajó el vidrio y empezó a preguntar mi nombre y a decirme que era bonita. Yo me congelé, no sabía qué decir y entonces me invitó a ‘‘dar una vuelta, e incluso hasta a tomar helado” e hizo un gesto sugerente hacia su entrepierna. Ahí el miedo me hizo moverme, pero él me seguía en el auto. Yo estaba a un par de casas de la mía, pero no podía entrar, no quería que supiera dónde vivía. Al final, amenacé con llamar a Carabineros al borde del llanto, pero decidida. Me gritó “cabra culiá” y se fue rápidamente.

    Era un hombre de terno y corbata, decente a simple vista, adinerado, elegante y pese a lo que me dijo se notaba en su forma de hablar que era culto. No me tocó un pelo, pero cuando por fin me atreví a entrar a mi casa lo hice tiritando y al borde del llanto. Se lo conté a un conocido y quedé de “cuática”, así que dejé de compartir la historia. Para variar el machismo censurándonos.