Escolar

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    Cuando iba en el colegio y pasaba por un pésimo momento emocional, familiar y escolar, mis amigos acudieron al psicólogo del colegio (hombre de 30 y tantos) para que me ayudara. Recuerdo que asistí después de clases, entré a su oficina con sillas y mesas para pre-escolares y me hizo comenzar a hablar del tema. Estaba todo bien, hasta que me puse a llorar por la presión que sentía emocionalmente hablando, y fue ahí cuando ocurrió algo que aún siento que no estuvo bien. Era la primera vez en su consulta. Este hombre se acercó a mi y me abrazó fuertemente, me apretó contra su cuerpo y me acarició. Algo me dijo -algo que ya no recuerdo-, pero después de eso nunca más fui al psicólogo del colegio. Tengo aún esa sensación de sentir que soy cuática, que quizás sólo me abrazó para reconfortarme, pero yo no lo pedí, tenía sólo 14 años, y me incomodó al punto de querer huir de ahí y temer por mi seguridad, mi cuerpo y mi persona.

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      Tenía 16 años, era muy delgada y no atraía a mucha gente. Mis amigas ya tenían pololos y yo ni siquiera había dado un beso. Sufría acoso escolar por parte de mis compañeras ya que tenía una apariencia poco habitual, me sentía muy insegura. Un día, una amiga me dijo que para llamar la atención debía ajustar mi jumper. Al principio me pareció mal, pero sentía que quería encajar. Fuimos a la casa de su tía y esta me lo dejó corto y apretado. El primer día salí a la calle y recibí toda aquella atención que nunca había tenido. Llamé la atención de un tipo y quiso salir conmigo, insistía en tocarme la cintura o decirme cosas como que estaba rica. Me sentía muy mal, pero sentía que debía encajar.

      A medida que pasaban los días, comencé a sentir los ojos amenazantes de muchos hombres, algunos de la edad de mi papá. Eso me volviós insegura y aún más tímida. Me volví muy torpe y comencé a taparme nuevamente con kilos de ropa. Estuve años atrapada en mis pensamientos de lo que era correcto llevar o no. Si la ropa realmente te hacía ver atractiva, si estaba bien escuchar “halagos” de esa índole tan… inadecuados.

      Hoy soy una persona segura que incluso defiende a niñas que están siendo acosadas a vista y paciencia de otros adultos, quienes se sienten con la obligación de decirte algo desagradable. Entendí y viví, esta experiencia y creo que me hizo ser la persona que soy.

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        Debido a que no me gusta estar encerrada, suelo salir harto. Supongo que eso aumenta mis probabilidades, tal vez sólo es mala suerte, o simplemente las calles están llenas de acosadores, o todas las anteriores. Estas son mis experiencias:

        La primera vez que me acosaron era súper chica, iba como en séptimo básico. Estaba con ropa de colegio junto a mis amigos jugando videojuegos adentro de un supermercado, cuando vino un tipo y me tocó una pierna. Yo grité y les dije a mis amigos y uno de ellos salió persiguiendo al tipo en cuestión. Yo fui donde un guardia y este me dijo: “¡Déjelo!, que no le pegue su amigo porque él es enfermito y viene siempre para acá y hace esas cosas”. Quedé impactada al saber que lo dejaban hacer esas cosas con tranquilidad a cabras chicas de colegio y quién sabe a cuántas más. Me enojé muchísimo y quise insultar al guardia. Ahí aprendí que tienes que defenderte solita y defender a las demás.

        En otra ocasión, ya más grande, yo estaba sentada en la micro al lado de la ventana y un viejo se sentó junto a mí como cualquier persona no más. Yo iba con el bolso sobre las piernas y de un momento a otro sentí algo extraño en mi cadera, levanté mi bolso y era la mano de este viejo que iba en dirección a mi entrepierna. Le pegué en el brazo, lo empujé, me senté más atrás y le grité como pude porque no me salía la voz, le dije: “¡Viejo degenera’o!”. Algunas personas se dieron cuenta, pero él ni se inmutó. Se bajó cuatro paraderos más adelante, justo en el que me tenía que bajar yo, así que preferí bajarme después y darme una vuelta gigante por otras calles. Me arruinó el día, tenía demasiada rabia por lo ocurrido, por no haber actuado diferente y haber hecho algo más.

        En otra, yo iba en el Metro cuando un viejo me tocó el trasero, lo agarré del brazo, lo miré a los ojos y le dije: “Cuidadito con las manos hueón” y le enterré las uñas unos buenos segundos. Sonó la puerta y se bajó corriendo. Una señora me felicitó.

        Una vez vi a un viejo que iba punteando a una niña como de 14 años y le dije: “¡Oye!, córrete de atrás de la niña, la micro tiene harto espacio pa’ atrás”. El viejo se desfiguró entero y se fue calladito. La cabra no entendiendo nada, se avergonzó.

        También me ha tocado escuchar a viejos que le gritan a escolares y yo les grito de vuelta o me voy caminando al lado de ellas cuando es de noche. Es raro y es lindo eso. En las micros las mujeres nos sentamos con las mujeres y en las calles oscuras y paraderos también se forman silenciosos grupos de mujeres que se acompañan porque, de una manera u otra, todas sabemos que es difícil y peligroso. Además, si algo pasa, solo otra mujer te puede entender y ayudar.

        Es súper estresante caminar por la calle, sobretodo en Santiago (en otra región me relajo un poco). Yo defiendo mi espacio con uñas y dientes. Si un tipo se me pone muy cerca me corro, lo alejo o lo encaro.

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          En el momento que viví esta situación tenía aproximadamente 14 años y recién estaba empezando a andar sola por la ciudad. Iba camino a la casa de un ex, alrededor de las 11 de la mañana por calle Moneda con Cumming. Estaba muy nerviosa, porque era temprano y sabía que el barrio no era el mejor. De repente, apareció un grupo de personas entre los que venía un tipo mirándome desde lejos y caminando hacia mi. Caminó, siempre con la vista fija en mi, hasta que llegó y tocó mi entrepierna a la pasada. Me tocó sin mayor remordimiento y me susurró algo al oído que no entendí bien. Luego, siguió caminando como si nada. Quedé en blanco sin saber qué hacer, solo seguí caminando, a punto de llorar. Esto sucedió con muchas personas de testigo, hombres y mujeres, y nadie hizo ni dijo algo. Cuando logré llegar donde mi ex, al ver lo consternada que estaba, él se río en mi cara de lo sucedido. Lo tomó como una broma, cambió el tema y ahí quedó.

          Cinco años después continúo recordando esto. No le he contado a nadie en profundidad, ni siquiera a mi mamá. Cinco años después, comienzo a aprender que esto es considerado como un evento de acoso callejero de tipo traumático; y vaya que tiene sentido. Han pasado muchos años y sigo recordándolo como si fuera ayer: cada vez que salgo sola, cada vez que camino por ese lugar (que evito a toda costa), cada vez que me gritan algo en la calle o, simplemente, cada vez que veo a alguien sospechoso en la calle.

          Por eso les pregunto a los acosadores, ¿en serio creen que hacer estas cosas es subirles el autoestima a las mujeres? No, no nos sube el autoestima. Nos trauma de por vida. Hago el llamado a pensar un poco, a ver más allá y a empatizar con quien está a tu lado.

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            Tenía menos de 10 años la primera vez que un exhibicionista decidió invadir mi espacio y lamentablemente no fue la única. Cuando iba en 5º básico, un degenerado me llamó por teléfono para pedirme que me tocara, haciéndose pasar por doctor. Los “piropos” me hacen sentir insegura, vulnerable y sola. Creo que, ya después de muchos roces incómodos en las micros, es momento de decir basta; merecemos más respeto y debe existir menos tolerancia o vista gorda. Lo que me pasó le pasa todos los días a nuestras hermanas, amigas, hijas y nietas. Creo que no es un asunto de género, sino avanzar hacia una sociedad más sana.

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              Estaba esperando la micro de vuelta del colegio en un paradero, con uniforme (jumper), cuando se acerca una camioneta y se para frente a mí. El conductor se estaba masturbando mientras me miraba fijamente. No supe qué hacer, solo miré a otro lado.

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                Siempre usé pantalones de colegio por mi comodidad, pero cuando tenía que dar una disertación, obligatoriamente tenía que ir con jumper. Era casi fin de año, hacía mucho calor y estaba agotada.

                Tomaba una micro en la granja que me dejaba muy cerca de mi casa y para mi “suerte” iba vacía, por lo que me pude sentar en el mismo paradero que subí. Conmigo se subió un vendedor ambulante y se sentó a mi lado. No tardó en hablarme y cordialmente le contesté. No debió haber pasado mucho hasta que puso su mano en mi pierna y luego la sacó. Pensé que lo había hecho sin querer hasta que lo volvió a hacer, pero esta vez más cerca de mi vagina y diciéndome que me veía preciosa con jumper, y que me venía viendo desde hace días. Quedé en shock, pero luego de unos segundos le pegué como pude y le grité ante toda la micro que era un viejo verde, que yo podía ser su hija o nieta, que gente como él debería estar muerta y que se podía ir a la mierda, que no me iba a quedar callada. Él solo se bajó de la micro y las señoras que iban a esa hora no hicieron nada. Sin embargo, una sí. Me basurió como pudo, diciéndome que era mi culpa por andar con jumper, que yo provocaba, que era una pendeja ordinaria y que si ella fuera mi mamá no me dejaría andar sola y que obviamente me educaría más, porque a la gente mayor no se le falta el respeto.

                Me quedé callada y me senté. No quería pelear con nadie más, pero me sentí realmente mal. Eran mujeres que en vez de entenderme, me culparon por todo.

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                  Hubo un tiempo en el que realmente detesté el hecho de que me obligaran a usar jumper en el colegio. Sólo quería usar pantalones y chaleco para no oír más los silbidos y los gritos de los hombres (bastantes mayores, por lo demás) desde sus autos o camiones. Incluso, en ocasiones, llegaron a los toqueteos… El mayor acoso lo sufrí en mi etapa escolar usando jumper.

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                    No recuerdo que edad tenía exactamente, pero cursaba sexto básico. Ese día quedé de juntarme con mi hermana mayor. Se suponía que debía esperarla cerca de su liceo a la hora de salida, pero llegué diez minutos antes y quise hacer hora en la esquina que estaba al frente de la puerta de entrada. Pasaron los minutos y yo seguía ahí, pero ya no sola.

                    Un hombre de unos treinta años pasó por mi lado y me miró. Yo, inocente, le devolví la mirada y sonreí. Al cabo de unos segundos él se devolvió y se puso al lado mío, pero sin decir una sola palabra. Me sentí demasiado invadida y me quería ir. En eso vi a dos personas que se aproximaban y como ya faltaba poco para la salida de mi hermana me quedé. El tipo, que ya estaba prácticamente pegado a mi, me preguntó dónde quedaba la calle Brasil. Lo miré apenas, pero pude ver en su cara una sonrisa que me incomodó. Traté de darle las indicaciones para que se alejara, pero él me dijo: “¿Qué?” y se acercó más. Sentí un olor desagradable a alcohol, entonces le hable más fuerte, pero él no se daba por aludido y seguía a la misma distancia con su sonrisa de galán. Me dijo: “No sé cómo llegar, ¿por qué no te vas conmigo?”. ¡Quedé helada!

                    Luego, me volvió a abordar con preguntas como por qué razón estaba ahí y si estaba sola. Le respondí que no estaba sola y que mis papas eran los que venían acercándose. El hombre se alejó de inmediato, pero para mi desgracia las personas que venían entraron a una casa, así que nuevamente se acercó, pero ahora ya no sonreía. Estaba enojado y de su bolsillo sacó $400 y me los ofreció, yo no los quería recibir pero me tomó de las manos y las puso de a una en mis palmas diciendo que podía comprarme un helado porque era linda. Yo estaba al borde de las lágrimas, no me podía mover, sentí mis piernas pesadas y él comenzó a tironear.

                    Pasaba gente, pero nadie interfería, solo miraban y hacían vista gorda. Hasta que apareció un hombre que se dio cuenta que algo raro sucedía. Dejó su bolso en el suelo y comenzó a ver la hora en su celular justo en frente de nosotros. Gracias a eso el acosador me soltó un poco. Tenía mucho miedo pero me di valor y corrí hacia el hombre del bolso. Entre sollozos le dije que me ayudara. Me miró y me dijo: “Te salvaste”. Mientras el

                    No sabía si gritar, pero la gente miraba y hacían como que no veían nada, hasta que apareció un hombre con un bolso y se dio cuenta de que algo raro sucedía. Dejó su mochila en el suelo y comenzó a ver la hora en su celular parado cerca del tipo. Gracias a eso, el acosador me soltó del brazo, y yo me di valor para correr hacia el hombre del bolso. Entre lágrimas le pedí que me ayudara y me dijo: “Te salvaste”, mientras el victimario me gritaba: “¡Puta de mierda!”.

                    Luego del episodio el hombre del bolso me acompañó hasta una Comisaria. Cuando llegamos entré a una habitación y declaré lo que me había sucedido. Al rato llegó mi papá y solo en ese momento me pude sentir segura. Camino a casa mi padre me dijo que no debía andar sola, menos en una esquina que daba mala impresión, y agregó que debía aprender a defenderme.

                    Me sentí culpable por mucho tiempo, tenía pesadillas recordando lo sucedido y me daba miedo salir a la calle. No podía entender qué había hecho mal. Me culpaba por haber ido ese día, por haber estado sola, por usar falda. Durante mucho tiempo pensé que yo había ocasionado que ese hombre pensara que yo era una prostituta por haber estado sola y parada en una esquina.

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                      He sido víctima de acoso callejero desde muy chica, yo diría de que los nueve años aproximadamente. Siempre detesté este tipo de situaciones, pero hay una que quedó grabada en mi memoria.

                      Tenía 12 años y acompañaba a mi mamá a hacer unas compras. Yo estaba vestida de uniforme (faldita y polera), cuando al llegar a la esquina de mi casa (ubicada en un barrio “bien” y en una calle concurrida, en teoría “segura”) un grupo grande de obreros de la construcción comenzaron a silbarnos y a decir piropos molestos. Me sentí muy incómoda, pero seguimos avanzando con mi mamá e intentamos hacer oídos sordos. En eso, una brisa me jugó una mala pasada y me levantó la falda, dejando expuesta mi ropa interior. Fue ahí cuando la situación tomó otros tintes: los silbidos se hicieron más fuertes, se escucharon gritos obscenos y más de alguno hizo gestos y expresiones de índole sexual. La conducta de esos hombres me dejó en shock, sobre todo porque era pequeña y no entendía nada.

                      Cada vez que recuerdo esa situación me vuelve el mismo asco y desagrado. No puedo creer que, a pesar de haber ido acompañada de mi madre y estar a tan solo una cuadra de mi casa, fuera acosada por señores que perfectamente podrían ser mis abuelos. Menos mal que tengo una mamá “chora” que los encaró de inmediato, aunque ellos negaran lo sucedido. Como era de esperar la actitud de “machito” les llegó hasta ahí no más: le echaron la culpa a otros y básicamente la tildaron de loca. Lo dejamos pasar y seguimos caminando, mientras temblaba y lloraba de asco y vergüenza. Sentí que era mi culpa.

                      Siempre fui una niña insegura y tímida, y esto no hizo más que empeorar la situación. Sentía miedo de salir a la calle y de pasar cerca de un grupo de hombres. Lamentablemente, aún queda en mi algo de ese temor. Ni imagino lo difícil que debe ser pasar por experiencias aún más traumáticas.

                      Hoy tengo más confianza a la hora de defenderme, pero aún no lo supero. Seguimos siendo vulnerables y en algún lugar del inconsciente sigue viva la culpa y la vergüenza, como si nosotras escogiéramos pasar por esto.  Solo nos queda luchar por lo que creemos justo para vivir tranquilamente y desarrollarnos en un ambiente respetuoso.