Escolar

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    A los 14 años participaba activamente en la Iglesia y un día me tocó ir muy temprano, a eso de las 08:30 horas, así que decidí caminar por una calle central (pensando que sería más seguro). En eso, un tipo joven de unos 18 o 19 años me puso un cuchillo, me abrazó y dijo: “Finge que eres mi polola o te lo entierro”. Luego me llevó para un pasaje solitario y dijo que me asaltaría, pero ese no era su real objetivo: me acorraló y se masturbó delante mío. ¡Fue asqueroso, sentí que no tenía escapatoria! Intenté safarme, pero él usó toda su fuerza corporal y me mantuvo retenida. Cuando eyaculó me dejó sola.  ¡Quedé en shock! Era una niña.

    Al llegar a casa de inmediato le conté a mis papás y fuimos a poner la denuncia a Carabineros, aunque no me pude acordar de su cara. Fue realmente chocante.

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      Ya han pasado 9 años desde que fui acosada y cada vez que lo recuerdo se me aprieta el pecho.  Tenía 12 años, estaba en plena adolescencia, pero a pesar de ello yo era bien niña; prefería mil veces jugar a las muñecas que pintarme o dedicarme a los estudios, hasta que un día mi inocencia se vio interrumpida.

      Un viernes después del colegio, a eso de las 14:00 horas, me subí a una micro por Av. Santa Rosa para después hacer la combinación en el Metro y poder ir a la casa de mi abuela que quedaba al otro extremo de la ciudad. Cuando por fin llegué a la estación de  Metro me di cuenta que no tenía pase, así que tuve que abortar la idea de ir donde mi abuela y devolverme a la casa. Tomé nuevamente una micro y me ubiqué en los asientos que están al lado de la puerta y mirando en dirección del chofer. Fue ahí cuando me percaté que enfrente mío había un señor de unos 60 años de edad, con cabello descuidado y que me miraba fijo. La situación me incomodó así que volteé la mirada hacia la ventana, pero él siguió con su vista en mi. Entonces me di vuelta y lo miré con ojos desafiantes. Sin ninguna clase de vergüenza el hombre sacó su lengua y la pasó una y otra vez por su boca, haciendo gestos obscenos. Luego se paró y se sentó detrás mío. Me asusté tanto que me bajé en el primer paradero que pude. Quedé con el corazón apretado y asqueada.

      Esa fue una mi primera experiencia de acoso callejero, la más aterradora, pero no la única.

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        Siempre fui más desarrollada físicamente que mis compañeras, así que sin poder evitarlo al llegar a los 13 recibí mí primer acoso en la calle.

        Era verano, recuerdo que llevaba una polera de tiras e iba caminando al supermercado a comprar algunas cosas. Un tipo muy alto, calvo con lentes de sol pasó por al lado mío. Miró mi busto, susurrando se acercó y dijo: “Las medias tetas”.  Sentí su aliento y respiración muy cerca, fue asqueroso, quedé paralizada. Pensé que me haría algo, pero él siguió caminando como si nada. Creo que fue una especie de iniciación al acoso varonil.

        Después de haber sido víctima de acoso, se volvió algo normal el que me susurren, griten o silben. Siempre recibo una opinión sobre mi cuerpo, independiente de la ropa que use, y pese a que ya es parte de mi día a día, me siento igual de violentada que la primera vez.

        Actualmente tengo 18 años y cuando alguien me violenta con algún “piropo”, no dudo en responder con insultos. Pero cuando pienso en mi prima pequeña, que está llegando a su adolescencia, no quiero que entre a este circulo vicioso y que piense que por ser mujer un hombre tiene el derecho de decir lo que quiera.

        En algún futuro tendré hijos o hijas, y haré todo lo posible para evitar que sean víctimas o victimarios de acoso. Para ello les enseñaré, desde pequeños, que este tipo de situaciones son incorrectas y les inculcaré un valor que muchos desconocen: el respeto. Respeto por los demás y por ellos mismos.

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          Tenía 15 años y luego de la hora de almuerzo, me iba caminando al colegio. Como eran cerca de las 14:00 horas casi no había gente en la calle. Estaba todo muy tranquilo. Iba escuchando música, cuando de pronto levanté la mirada y vi un hombre de aspecto desaseado, con su pene afuera, masturbándose y acercándose a mí. Tenía mucho olor a trago, me acorraló contra la pared de una casa e hizo ese maldito sonido como jadeo en mi oído (que lamentablemente he sentido muchas otras veces). Alcancé a empujarlo, perdió el equilibrio y corrí despavorida.

          Llegué tan asustada al colegio que mis compañeros me preguntaron qué es lo que me había pasado; cuando les conté me respondieron algo insólito y a la vez doloroso: “es tu culpa, eso te pasa por andar leseando por ahí… nadie te manda a venirte caminando… andai buscando que te hagan algo…”.

          Solo años después me convencí que no era mi culpa. Pero en el momento, la incomodidad y el temor de volver a escuchar esas respuestas, hicieron que no le contara a mi familia.

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            Cuando iba en segundo medio, a mitad de año, me cambiaron a un colegio lejos de mi comuna, por lo que tuve que empezar a andar en micro sola, largas distancias, todos los días. Como a las dos semanas del cambio, venía sentada en el asiento que daba hacia el pasillo en una micro llenísima, mirando hacia afuera, cuando, al mirar al otro lado, vi un pene casi en mi cara. No se imaginan lo que sentí, fue tan asqueroso y traumático. Miré al tipo y él miraba hacia afuera, como si nada. No atiné, me dio miedo gritar o pedir ayuda a la persona que venía al lado. Lo único que sentía era que las pocas cuadras que faltaban para mi casa eran una eternidad.

            Cuando llegó el momento de bajarme, le tuve que pedir permiso a ese mismo asqueroso para poder salir, lo miré a la cara y ni siquiera se avergonzó. Caminando a mi casa, me auto convencí de que era un pene de goma, no sé, una mala broma y que nunca debía contarle a mis papás, porque seguramente me iban a sacar del colegio nuevo y tendría que volver al anterior para que no volviera a andar en micro. Luego del episodio sentí tanta vergüenza, que guardé silencio y solo hablé de eso varios años después con una amiga, la que también sufrió un acoso similar en un ascensor. Creo que no han sido más de cinco veces las que he contado esta historia.

            Ahora, después de 12 años del suceso, pienso que debí haber gritado, que no era un pene falso, sino que era un enfermo mental. Desde ahí que muchas veces he tenido miedo de los hombres. Ojalá todo esto pare algún día y dejen de tratarnos de exageradas, porque realmente no saben lo que se siente.

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              Fue hace unos siete años. Yo tenía 14 y ese día me iba a juntar con unas amigas de otro colegio en el parque Araucano. Estaba muy emocionada, así que partí vestida de uniforme.

              Antes de llegar, pase por una construcción y vi cómo salían varios maestros. Pensé en cambiarme de vereda, porque ya había recibido comentarios que me molestaban. Pero, como estaba atrasada, decidí pasar rápidamente tratando de ignorarlos. Recibí silbidos y otros comentarios, los ignoré por completo, hasta que pasó el último hombre y me dijo una frase que hasta el día de hoy me da repulsión de sólo acordarme. Fue tan violenta sexualmente y tan denigrante, que ni siquiera puedo escribirla aquí.

              Tan pronto la dijo, todos sus compañeros se rieron, y yo me quede aturdida, en mi mente infantil ni siquiera era capaz de entender el significado de esa oración. Me fui intrigada, tratando de entender qué me había dicho, hasta que una cuadra más adelante el significado y la imagen de lo que dijo apareció en mi cabeza. Tuve que reprimir una tremenda arcada de asco.

              Me sentí humillada, asqueada, denigrada. Sobre todo, vulnerada y abusada. Me sequé las lágrimas y llegué hasta donde estaban mis amigas. Como notaron algo raro en mí, les conté lo que me había sucedido.  Entonces, pasó algo increíble: en un grupo de niñas de 13 y 14 años empezaron a relatar más historias de acoso callejero como la mía. Nos abrazamos  y prometimos ser más conscientes del peligro que sufríamos.

              Hoy a mis 21 años me cuesta pararme frente a un acosador en la calle y enfrentarlo. ¿Cómo lo haría a los 14 años?

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                Desde chica soy muy tímida. Mis hermanas siempre conversaban con mis tíos y tías. A mí en cambio, me costaba interactuar con los demás. Cuando llegué a la adolescencia, era la única de mis amigas que no había tenido pololo ni menos había perdido mi virginidad. Muchas veces me cuestionaba por qué no le parecía atractiva a los hombres. Cuando estaba en cuarto medio, me hice de nuevas amigas, ellas pololeaban y fumaban y yo creía que esa era mi manera de encajar, así que una amiga me llevó con su mamá para ajustar el jumper. Me lo pegaron al cuerpo y lo dejaron muy corto.

                El día lunes fuimos a dar una vuelta con mis nuevas amigas y mi jumper apretado. Me sentía tan fuera de lugar, con tanta pena por mí misma. Logré convencer a mis amigas que se me había roto el jumper y lo cambie por unos pantalones. Esta manera de ser me siguió por siempre. Trataba de esconder mi timidez e iba a fiestas a las que me invitaban. Una noche, alguien me prestó atención y quiso bailar conmigo. Era amigo de mi amiga, me sentía segura de hablar con él. Entonces viví una noche en que él solo quería tocarme la cintura, me decía “cosita” “flaquita” y “rica”. Cuando le conté a mi amiga me dijo que no fuera “exagerada”, que era lo que pasaba entre personas que se gustaban. Y yo pensaba “¿que no dijera mi nombre?”.

                Toda mi vida pensé que había sido algo normal, que todas las mujeres pasábamos por eso. Yo he escuchado muchas veces que a las mujeres las acosan por su manera de vestir, por que andan “provocando”. Hoy sigo siendo muy tímida. Pero cuando estoy en público, en el Metro o en la micro y presencio una situación de acoso, increpo al acosador.

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                  Cuando tenía 16 años, usaba mi jumper ajustado y corto. Me encantaba andar así e, incluso, hasta hoy me considero fan de las mini.

                  El asunto es que un día venía del colegio y la micro estaba muy llena. Yo iba parada. De pronto, sentí que alguien a mi espalda estaba metiendo su mano por debajo de mi jumper, me asusté mucho, pero lo enfrenté: agarré rápidamente la mano del sujeto y me volteé ¡era un viejo como de 60 años! Muy enojada, lo interpelé, le dije que qué le pasaba, por qué me andaba tocando. Otro hombre se acercó y me interrogó sobre lo sucedido, le conté y me defendió. Le dijo al viejo que era un degenerado, le pidió al chofer que detuviera la micro y lo bajó a patadas. Luego solicitó que me dieran el asiento, porque yo estaba muy alterada, al borde de las lágrimas. Cuando le agradecí por defenderme, él me contó que tenía una hija de mi edad y que no entendía cómo podían haber seres con una mente tan retorcida.

                  Llegué a mi casa y me puse a llorar, me sentía mal y sucia. Lloré durante varios días y jamás le dije a mis padres lo que había sucedido. Le agradezco a ese caballero el que me haya defendido y ayudado. Sin embargo, en otras situaciones de acoso no he tenido tanta suerte.

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                    Tenía alrededor de 15 años y me dispuse a regresar a casa en Metro, después de una jornada de colegio. Hacía calor, yo vestía con mi jumper poco “provocador”, porque no me gustaba -ni me gusta- recibir las miradas lascivas de algunos especímenes.

                    En el andén había bastante gente, me subí de las primeras al vagón y poco a poco empezó a llenarse, hubo un momento en que la muchedumbre comenzó a presionar. Subió un tipo de entre 30 y 40 años que llevaba una especie de maletín en la mano, que me miró fijamente por unos segundos. Noté su presencia, pero ignoré el trasfondo que esa mirada podía ocultar. Acto seguido, él aprovechó la presión que ejercía el resto de la gente para tocarme, trató de disimularlo tapándose con el bolso y tocó mi vagina. Más bien fue un agarrón, porque presionó con fuerza. Mi reacción innata fue ponerme colorada, hasta que pasó el shock de los primeros segundos. No sabía qué hacer. Después, atiné a pegarle un palmetazo con todas mis fuerzas para que sacara su sucia y asquerosa mano de mis genitales. Como mi movimiento fue brusco, él me miró sorprendido y la gente de alrededor también miró en busca de lo sucedido. Porque sí, ellos notaron que algo pasaba.

                    No puedo asegurar si alguien comprendió lo que sucedió en ese instante, pero aun así, nadie hizo nada, ni preguntó qué pasaba y lo peor, nadie se acercó a mí a ofrecer ayuda. Estaba sola, en medio de un mar de gente y con el acosador frente a mí, sin saber cómo reaccionaría. En un gran esfuerzo, terminé moviéndome del lugar lo más lejos posible. En cuanto al tipo, siguió su viaje con gran naturalidad, como si él no hubiese hecho nada.

                    No fui capaz de gritarle a todo el mundo que ese hombre me había tocado, que había abusado de mí con violencia y sin pudor, que había corrompido mi espacio, mi paz y tranquilidad. Hasta el día de hoy, después de años, nunca se lo conté a nadie, porque lo que menos necesitaba era la típica reacción machista justificando el acoso por cómo andaba vestida, por lo que posiblemente hice para provocarlo o los consejos de que debo andar con más cuidado. Discursos que sabía de memoria, pero que no servían ni sirven de nada en estas situaciones. Porque nadie más que una sabe lo que se siente en esos momentos, lo vulnerada e insegura, la rabia, el asco y la pena de vivir en una sociedad tan retrógrada, en donde aún para muchos, la mujer sigue siendo un objeto del cual quieren y creen tener soberanía.

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                      Tengo 27 años, trabajo en una institución pública y como es obvio utilizo un uniforme institucional: feo, muy feo. Es ese uniforme que te queda muy ancho -soy delgada y se ve peor- y que ni arreglándolo se vería mejor.

                      Mi historia es la siguiente. Tomé el metro como de costumbre y me bajé en Quinta Normal para tomar la micro que llega a Maipú. Todo iba bien, hasta que me subí a la micro y me di cuenta de que los únicos asientos que iban desocupados eran los de atrás, no los del fondo, sino esos que están elevados antes de llegar a la puerta trasera.  Nunca me ha gustado sentarme ahí, porque una vez me asaltaron a las 17:00 de la tarde, con la micro llena. Para variar nadie hizo nada. También sufrí otro intento de robo, así que siempre optao por irme de pie, pero adelante. Además, pensé que como iba con ese uniforme tan feo, “nadie me vería”.

                      Ese día iba muy cansada, así que pensé que nada iba a pasar, que tenía que superar mi trauma producto de los robos y que en caso de cualquier cosa, gritaría. Me senté en el asiento que está al lado de la ventana y más adelante se subió un escolar, como de segundo o tercero medio, que iba con un bolso típico de gimnasia. Se sentó al lado mío y de pronto sentí que se empezó a acercar mucho.

                      Lo miré de reojo y no noté nada extraño, por lo tanto me corrí disimuladamente. En eso, sentí que algo muy suave rozaba mis manos. Pensé que eran las suyas y me volví a correr. Él, muy insistente, se acomodaba muy cerca mío, obviamente con su bolso encima de sus piernas por lo que no me dejaba ver qué era.

                      De pronto, volví a mirar de reojo y vi -esto es muy asqueroso pero lo voy a decir tal cual-, PELOS. Vi pelos muy largos, entonces giré para ver qué era y efectivamente era su pene. En ese minuto entré en shock, pensaba qué hacer, si pegarle un charchazo al escolar o pararme disimuladamente.

                      También pensaba que si hacía escándalo la gente lo bajaría de la micro y el “pobre pendejo” quedaría con un trauma atroz (no es lo que pienso hoy). No supe cómo reaccionar, era un cabro chico y yo una mujer con más años que él. Y él me estaba invadiendo, acosando.

                      Me paré y me quedé en la parte de adelante de la micro hasta bajarme. Caminando las cuadras que me faltaban para llegar a mi casa reflexioné lo tonta y cobarde que había sido, por no haber denunciado públicamente al estudiante. Pensé también que le había hecho un flaco favor al no decirle nada, porque con mi silencio estaba permitiéndole acosarme y naturalizando la situación, para que él después lo volviera a hacer.

                      Quise compartir mi experiencia para que ninguna mujer permita que un hombre, independiente de su edad, la acose.