exhibicionismo

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    Hoy me pasó algo asqueroso y triste que quiero compartir con ustedes. Pienso que este es el medio para poder denunciar estas cosas, ya que no creo que la ley me ampare mucho.

    Iba sola camino a mi universidad escuchando música con mis audífonos, cuando se me acercó un tipo de aproximadamente 30 años, un poco más alto que yo, de pelo claro, con una polera blanca estampada, macizo, pero no gordo en exceso. Me faltaba sólo una cuadra para llegar, y él tenía cara de querer preguntarme algo (pensé ingenuamente que me iba a pedir la hora). Le pregunté qué era lo que quería y me preguntó si yo estudiaba en la universidad de más allá. Me dijo que una estudiante se había enojado con él porque le mostró su pene e inmediatamente se bajó el cierre y me lo mostró. Reaccioné gritando: ‘‘¡¿Qué te pasa estúpido, indecente?!’’, además de otras cosas. Ni siquiera dije disparates, ya que no quise rebajarme a su nivel. El tipo se fue riendo, medio enojado y yo quedé asustada. Llegué a mi universidad, llamé a alguien y le conté a la guardia. Ella me preguntó detalles y dijo que avisaría a recepción, para que los Carabineros se ‘‘dieran una vuelta” por el sector. Finalmente quedó ahí, en nada; es obvio, ya que no hay una ley que proteja a las mujeres ante estos hechos.

    Tengo pena por esta sociedad, donde se les permite a los hombres hacer este tipo de cosas, u otras como piropos, que faltan el respeto a las mujeres. ¡Ya basta de esto! ¿Hasta cuándo tendremos que permitirlo? Pese a ello, aún tengo fe en esta humanidad, ya que son muchas las mujeres y hombres que son conscientes de lo que sucede con nosotras en todos los aspectos sociales. Creo ahora más que nunca en el feminismo, la igualdad y el respeto que cada ser humano en este mundo se merece. Siento que cada vez podremos ser más, puesto que hoy existen muchas formas de seguir tomando consciencia sobre el acoso y luchando por nuestros derechos.

    Solo quiero finalizar invitando a que reflexionemos y que no me llamen feminazi, porque esto no es un totalitarismo es simplemente igualdad y respeto.

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      Soy una mujer adulta y en la actualidad, afortunadamente, no me volvería a pasar lo que me pasó varias veces cuando era escolar. Soy una persona que se define con mucha personalidad, pero cuando iba camino a mi colegio (tenía aproximadamente 15 años) y un hombre mayor, vale decir asqueroso, se acercó a mí, me bloqueé. En ese entonces aún no existía el Transantiago, pero igual el vagón iba repleto y sostenía mi mochila a la altura de mis caderas. Cuando el hombre se acercó, pensé que no estaba cómodo o que me iba a robar, por lo que subí la mochila y lo quedé mirando ‘’feo’’. Sin embargo su intención no era robarme, sino tocarme la vagina. Por supuesto yo quedé bloqueada, no podía creer lo que pasaba. Iba con mi madre, pero no me atreví a decírselo. Me sentí humillada, aún con tantos años que han pasado -más de diez- lo recuerdo y no me explico cómo lo aguanté, por aproximadamente un minuto. Aún recuerdo su cara asquerosa y pervertida. Me sentí desvalida. Ese día, algo de inocencia en mí desapareció y me sentí súper humillada, como un objeto. Me preguntaba, ¿cómo mierda un viejo de 60 o más años puede hacer esto? Y me miraba  asumiendo que a mí me gustaba, ojalá él hubiera sabido el terror que sentí. En ese tiempo ni quise pensar por qué estaba mojada mi falda, pero ahora imagino que fue fluido eyaculatorio. Viejo asqueroso.

      Imagínense, ¡esto me pasó a tan corta edad! Antes había recibido agarrones, pero le ‘‘paraba los carros’’ a la persona. Sin embargo, nadie se imagina lo paralizante y humillante que fue y el mal recuerdo que tengo. Afortunadamente, ahora soy mayor y si me volviera a pasar eso prefiero hacer cualquier cosa como gritar, insultar, pegarle con una mochila, patearlo o no sé, cualquier cosa antes de dejarme otra vez.

      Es el colmo que por ser mujer no se nos respete ni con uniforme escolar, ni cuando andamos en la calle de noche, ya que creen que somos blancos fáciles. Basta ya de degenerados que no piensan que degradan su humanidad.

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        Cuando tenía más o menos 15 años, estaba pololeando con una chica. Fuimos al Cerro Santa Lucía porque nos parecía bonito y queríamos pasar un buen rato. En un momento nos estábamos besando y vi que un señor se empezó a acercar a nosotras, muy despacio y como haciéndose el “loco”. Al final, se sentó atrás de unos arbustos mientras nosotras estábamos sentadas en el pasto, hasta que en un momento volteé para ver si se había acercado más y resulta que seguía en el mismo arbusto sentado viéndonos. Mi polola era un poco más alta que yo, así que podía ver mejor lo que estaba haciendo el hombre: se estaba masturbando frente a nosotras, aun cuando sólo nos estábamos besando y ni siquiera eran besos que se pudieran decir “calientes”, no era nada del otro mundo. A mí me dio mucho asco y decidí irme, mi polola en cambio quería encararlo, pero a mí me daba miedo así que le pedí que no lo hiciera. Ahora me arrepiento un poco de no haberlo encarado, pero en ese momento me sentí indefensa, me sentí asquerosa y me sentí muy pequeña. Sentí que era mi culpa.

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          Mi hermana de 12 años y yo de 14 íbamos al supermercado a tres cuadras de nuestra casa. Frente a nosotras venía un hombre de unos 40 años en bicicleta, vestido con un short corto y levemente suelto.  Al estar a una distancia cercana a nosotras, el hombre se empezó a arremangar una pierna del short para poder sacar el pene por ahí y que nosotras lo pudiéramos ver durante los cinco segundos más horribles de nuestra infancia. Al pasar por nuestro lado, dijo algo asqueroso que ya ni recuerdo. Aunque no haya habido ningún tipo de tocación, ahora -diez años después- creo que ha sido el peor tipo de acoso callejero vivido para las dos.

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            Desde que era pequeña siempre fui muy serena. Nunca se me pasaba por la mente que alguien quisiera hacerme algún tipo de daño o que a algún enfermo se calentase frente a una escolar. Hasta que sucedió. No recuerdo bien qué edad exacta tenía, pero era entre 14 y 15 años. Iba en una micro en Irarrázaval del colegio a mi casa, cuando un tipo me pidió permiso pasa pasar al asiento de la ventana al lado mío. Yo estaba sentada al lado del pasillo. Lo dejé pasar sin siquiera mirarlo y el viaje siguió su curso normal, hasta que me di cuenta de que el tipo -según yo- iba incómodo y se iba moviendo todo el tiempo, buscando algo en su bolsillo, tal vez. En ese entonces yo era bastante infantil y jamás se me pasó por la mente que él pudiese masturbarse a mi lado. La verdad es que fue asqueroso. No me di cuenta de lo que estaba haciendo hasta que vi cómo chocaba el semen en el respaldo del asiento delantero, ya no podía ser más evidente. Uf… de sólo recordarlo me tiemblan las manos. En ese momento, a lo único que atiné fue a cambiarme de asiento. Muerta de miedo y pensando que poco menos era mi culpa, que yo lo había provocado por el simple hecho de ser mujer. El monstruo se bajó al poco rato de haber ensuciado todo y nadie, absolutamente nadie dijo nada.

            No quise contárselo a mi familia, por miedo a que no me dejaran salir y también por asco a recordarlo, obvio. También hay que pensar que a esa edad uno recién está demostrando que se puede valer sola en la calle, que no necesita cuidados ni supervisión y con un relato así -según yo- sólo habría conseguido que mis padres volvieran a considerarme una niña chica. Obviamente les debí haber contado, pero en ese entonces sólo quería validarme frente a los mayores. Por suerte me atreví a contárselo a mis amistades, quienes me apoyaron y me ayudaron a dejar el temor atrás. Me di cuenta además que a muchas les sucedían cosas parecidas y que no tenía que sentirme extraña o culpable. Por suerte no volví a vivir nada similar, salvo miradas o palabras asquerosas que, si bien son molestas y  me hacen sentir vulnerable, no me espantan tanto como lo que acabo de relatar.

            Hace 10 años que vivo en el sur. Hace poco adquirí la costumbre de andar con una pistola de agua cada vez que salgo a andar en bici. Sé que no es la solución andar “armada” en la calle, pero mientras avanzamos hacia la erradicación del acoso, he logrado zafarme de la rabia que me genera este tipo de situaciones y reemplazar la sensación de vulnerabilidad por un instante de broma. Ante cualquier acoso, aprieto el gatillo y mojo en la cara o en la ropa al que se le ocurra gritarme, acercarse a decirme una asquerosidad o simplemente mirarme con descaro. Es mi sutil venganza.

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              En ese momento tenía nueve años de edad, vivía en Punta Arenas y asistía a un colegio, que por alguna extraña razón, estaba rodeado de cantinas. Un día me dirigía a mi casa junto a mi hermano de 12 años y un amigo suyo, que tenía la misma edad. Cuando cruzábamos hacia el paradero de buses, un tipo salió de una cantina, nos dijo “mira” y nos mostró su pene, los tres quedamos choqueados. Si bien a esa edad no nos sentíamos niños, sí lo éramos. Yo me puse a llorar. Cuando llegamos a casa, mi padre había regresado del trabajo. Le conté todo y llamó a los carabineros, quienes tiempo después nos informaron que habían atrapado al exhibicionista. No sé si realmente lo atraparon, nunca dimos nuestro testimonio, tal vez fue una forma de no perder la fe en la justicia a tan temprana edad.

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                Cuando iba en segundo medio, a mitad de año me cambiaron a un colegio lejos de mi comuna, por lo que tuve que empezar a andar en micro sola, largas distancias, todos los días. Como a las dos semanas del cambio, venía sentada en el asiento pasillo en una micro llenísima, mirado hacia afuera (me advirtieron mucho que no me sentara en la ventana, para que nadie fuera a hacerme algo), cuando, al mirar al pasillo, vi un pene casi en mi cara.

                No se imaginan lo que sentí, el único pene que había visto en mi vida era el de mi papá, yo era virgen y fue tan asqueroso, tan traumante para mi. Miré al tipo y él miraba hacia afuera, como si nada. No atiné, me dio miedo gritar o pedir ayuda a la persona que venía al lado. Lo único que sentía era que las pocas cuadras que faltaban para mi casa eran una eternidad. Cuando tuve que bajar, le tuve que pedir permiso a ese mismo asqueroso para que me hiciera un espacio en la micro llena, lo miré a la cara y ni siquiera se avergonzó.

                Caminando a mi casa, me auto-convencí de que era un pene de goma, no sé, una mala broma y que nunca debía contarle a mis papás, porque seguramente me iban a sacar del colegio nuevo y devolverme al anterior para que no anduviera en micro y estuviera expuesta a situaciones así. Sentía vergüenza, así que guardé silencio y sólo hablé de eso varios años después con una amiga, la que también sufrió un acoso similar en un ascensor. Creo que no han sido más de cinco veces las que he contado esta historia.

                Ahora, después de 12 años del suceso, pienso que debí haber gritado. No era un pene falso, sino que era un enfermo mental. Eso sí, hasta el día de hoy pienso que sí me hubieran cambiado de colegio, ya que en esta sociedad somos siempre las mujeres las culpables y las castigadas. Desde ahí que muchas veces he tenido miedo de los hombres, aunque gracias al Observatorio me he puesto más valiente y he frenado abusos menores que he sufrido en la calle últimamente.

                Ojalá todo esto pare algún día y dejen de tratarnos de exageradas, porque realmente no saben lo que se siente.

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                  Cuando tenía doce años, viajaba en micro desde colegio a mi casa. El recorrido no demoraba más de quince minutos, casi siempre lo hacía con una compañera que vivía cerca. Un día subimos a una micro que iba muy llena. Yo había quedado en la parte de la escalera y apenas podía sujetarme. Recuerdo que iba mucha gente en la misma situación, todos apretados y apretadas. En algún momento del viaje, sentí un líquido entre mis piernas, el que también alcanzó a mi amiga. Era extraña la situación, y una señora que iba sentada nos pasó pañuelos desechables para limpiarnos. En mi inocencia de niña, pensé que a alguien se le habría dado vuelta agua o roto un envase de jugo. Sin embargo, cuando llegué a la casa, le comenté a mi mamá sobre lo que me había pasado y, sintiendo el olor del líquido, confirmamos que era semen.

                  Recuerdo que estaba mi papá también; estábamos sorprendidos, pero sobre todo, enojados por lo que me había pasado. Yo me asusté mucho, sentí rabia e impotencia por ese sujeto que se aprovechó de nosotras. No lograba -ni aún logro- comprender cómo alguien se siente con el derecho de abusar, de violentar a una persona de esa forma. De unas niñas, de apenas doce años. Tampoco entiendo cómo las personas que estaban ahí hicieron nada. Qué habrá pasado por las mentes de las personas que se dieron cuenta de lo que pasó, por la mente de la señora que me pasó los pañuelos. Silencio cómplice que naturaliza la violencia.

                  Con mi compañera nunca hablamos de lo que nos pasó, pero unos meses después a ella la
                  cambiaron de colegio, por lo que no nos volvimos a ver.