feminazi

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    Por favor, nada de brigadas ni de antipiroperas. No reduzcamos el asunto a un mal chiste y a un mal apodo. Acá estamos hablando de violencia real y eso jamás es para la risa.

    Desde que apareció el Observatorio Contra el Acoso Callejero, OCAC, se ha dicho mucho sobre nosotras. Que somos las “acosadoras de los acosadores”, que somos “feminazis” o que somos la “brigada de antipiroperas furiosas”. Más que molestarnos por los apelativos, estamos abiertas a explicar cuál es nuestro rol como organización. En especial, porque una de nuestras metas es educar para el cambio social.

    Quiero quedarme en el último apodo, “brigada antipiroperas”. Primero, no somos una brigada, aquí no hay escuadrones de cacería ni ajusticiamiento. Somos un observatorio y entre las tareas que nos hemos propuesto está la de visualizar el problema a través de campañas comunicacionales, entrevistas en medios de comunicación, capacitaciones y asesoría jurídica. Asimismo, esperamos realizar la primera investigación sobre el acoso sexual callejero en Chile, que dé un respaldo teórico y promueva políticas públicas que, desde la educación y la prevención, se hagan cargo de un problema social que hoy no es abordado. Todo lo anterior no es matonaje pandillero, sino un trabajo serio que incluso ha recibido el respaldo y los elogios de Claudia Pascual, Ministra del Sernam.

    Segundo, no somos “antipiropos”. Este tema es el que ha levantado más debate entorno a nuestro quehacer, otra vez, por falta de información.

    El acoso sexual callejero es un fenómeno antiguo visibilizado recientemente. Su definición también es nueva. En el OCAC, lo entendemos como una forma de violencia de género, que se manifiesta como un acto de connotación sexual, ejercido por parte de desconocidos de manera sistemática, en el espacio público, generando malestar en la persona agredida. Esta violencia se da de diferentes formas, como el “piropo” suave, “piropo” agresivo, tocaciones, presión de genitales sobre el cuerpo o “punteo”, registro con dispositivos tecnológicos sin consentimiento, exhibicionismo y violación.

    Como ven, el “piropo” suave que tanto debate genera es sólo una de las formas de acoso callejero y es, probablemente, la forma menos cruda de violencia sexual en el espacio público. Es curioso que la forma más sutil es la que concite mayor atención.

    Hay mitos y un cierto romanticismo alrededor del “piropo”. Se piensa que la mayoría de las veces es poético y nerudiano. Según nuestros sondeos, los versos están lejos de los ángeles y las rosas y más cerca de la violación múltiple y los genitales. El grueso del “piropo” callejero carece de galantería y folclore.

    Por otro lado, entendemos que la identidad se construye de forma diferente. Depende de la subjetividad de cada persona si ese “piropo” resulta una agresión o no. Sin embargo, hay que destacar que la construcción de esa subjetividad se realiza en una cultura machista, en la que el atributo físico de las mujeres siempre es resaltado por sobre sus emociones y pensamientos. Por ello, en última instancia, el “piropo”, suave o agresivo, es una expresión sutil de una misma lógica que objetiviza a la mujer.

    Así, la validación del “piropo” por parte de las mujeres está sujeta a debate y estamos abiertas a dar esa discusión. Sin embargo, hay formas más agudas de acoso callejero, que ya no descansan en apreciaciones personales. Piensen en los niños, niñas y adolescentes que escuchan frases feroces o son manoseadas por hombres adultos en el espacio público, abusos que incluso terminan en eyaculaciones sobre ellas. De ese tenor son los testimonios que hemos recibido. ¿Alguien duda que eso es violencia sexual? ¿Está eso sujeto a discusión?

    Ampliemos el debate, detenernos en el “piropo suave” sólo nos distrae de ver el mapa completo del problema. Cuando hablamos de acoso sexual callejero hablamos de ataques que nadie merece recibir y que transgreden la línea del halago simpático.

    Por favor, nada de brigadas ni de antipiroperas. No reduzcamos el asunto a un mal chiste y a un mal apodo. Acá estamos hablando de violencia real y eso jamás es para la risa.

    *Columna escrita por Arelis Uribe originalmente para El Quinto Poder

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      Cada vez que alzamos la voz y pedimos o, peor aún, exigimos respeto, desafiando el lugar que este mundo de machos nos otorga, se nos tilda de histéricas, exageradas, zorras y hasta de antidemocráticas. Ya sea porque reivindicamos derechos -como caminar en paz por la calle- o porque vivimos la opción personal de no depilarse, el crimen es el mismo: querer cambiar la sociedad. Como respuesta, un orgulloso machismo herido y acorralado nos corona con el apodo de “feminazis”.

      Según datos del Observatorio contra el Acoso Callejero, la edad promedio en que una mujer comienza a ser acosada es a los 14 años y un 25,1% de las encuestadas dice sufrir de acoso más de una vez al día. En promedio, una víctima vive 4.400 hechos de acoso antes de cumplir 25 años. Eso, si sólo lo sufriera una vez al día.

      ¿Es exagerado visibilizar el problema? ¿Es violencia encarar al acosador y a la sociedad porque no quiero que un desconocido me puntee en el transporte público o me informe sobre sus deseos sexuales? ¿Es tiranía pedir políticas públicas para proteger a las menores de edad que son las principales víctimas? ¿Son comparables estas demandas al régimen nazi?

      El régimen nazi es responsable de uno de los genocidios más horribles de la historia. Aniquiló, torturó y esclavizó a una población equivalente a la de todo Santiago. Sin embargo, quienes defienden el patriarcado en Chile no ven diferencia cuando usan indiscriminadamente este apodo contra las mujeres que luchan por la igualdad.

      Hace algunas semanas, como OCAC publicamos una columna de opinión explicando por qué el acoso sexual callejero no es una forma de libertad de expresión. Recibimos comentarios que decían cosas como “ojalá las feminazis se preocuparan por asuntos de mujeres maltratadas mucho más serias que prestarle atención a simple piropo” o tildándonos de “femistéricas (que) desparraman contra la figura masculina”.

      ¿Qué nos dice esto? Que en Chile, se tilda de represor o represora a quien denuncia la violencia. Lo que reproduce un modelo que somete a hombres y mujeres, ellos atrapados en modos nocivos para reafirmar su virilidad en el espacio público, nosotras excluidas de esta espacio, siendo remitidas a la casa, el dormitorio… el espacio privado.

      Me declaro culpable de exigir respeto en el espacio público, de encarar a los acosadores y tratar de coartar sus conductas violentas cuando me molestan a mí o a otras mujeres, especialmente a las adolescentes. Soy culpable de desear caminar tranquila, sin ruidos desagradables o frases como “te chuparía el sapo rico”. Pero no acepto los cargos de promover un genocidio como el que llevó a cabo el nazismo.

      Quienes usan el peyorativo “feminazi” para describirme, sólo evidencian su ignorancia, falta de racionalidad y poca empatía. Y lo más terrible, dan cuenta de que ellos están más sometidos que nosotras, porque su hombría tradicional no les permite ver que han convertido la violencia sexual en privilegio y el privilegio en un supuesto “derecho”.

      * Columna de Constanza Salazar escrita originalmente para Zancada