Fotografía sin consentimiento

    0 2014

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    Un día iba en el Metro, después de clases. Iba con un jeans tipo pitillo. Siempre desde el colegio me han molestado por ser ‘‘potona’’, entonces trato de utilizar poleras o chalecos largos que me cubran el trasero. Justo ese día no tuve ese cuidado.

    Faltaba poco para llegar a la estación donde me bajaba, estaba de pie al lado de la puerta, cuando una joven me dijo que me cambiara de lugar porque un tipo estaba sacándome fotos al trasero. Me di vuelta a mirar y estaba sacándose una selfie junto a mi trasero.

    Cualquiera en mi lugar lo hubiese encarado; yo no. Me puse nerviosa y lo único que atiné a hacer fue bajarme en la siguiente estación.

    No está demás decir que desde ese día no me puedo vestir como quiero sin antes tener el cuidado de vestirme sin llamar la atención. ¡Lo que es totalmente injusto!

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      Hace un par de semanas, iba en el Metro después de mi trabajo. No iba con ropa provocativa ni nada. Frente a mí, venía un viejo al que no le presté importancia. Eso, hasta que levantó su celular apuntando a mis pechos para tomar una foto y luego lo bajó. Quedé helada. Para confirmar si de verdad me había fotografiado, miré de reojo su celular: vi una imagen de mis partes, donde se veía mi polera y la cartera que traía cruzada. Alcancé a ver que la había compartido por Whatsapp. No quise quedarme callada y le dije: “¿Qué te pasa viejo de mierda, degenerado que me andas sacando fotos, ¿acaso no tienes hijas, mamá o pareja?”. El viejo solo atinó a descartarse y mostrar el álbum para comprobar su inocencia. Luego, dijo que “había abierto la cámara sin querer”, mientras yo lo golpeaba con rabia. ¿Si alguien me ayudó? Nadie. Nadie le dijo nada.

      Cuando llegamos a la siguiente estación, lo bajaron y yo lo seguí para quitarle el celular, pero no pude. Dijo que había borrado las fotos “para mi tranquilidad”. Pero fue peor, porque cuando fue detenido por Carabineros, ya no había pruebas para acusarlo. Quedé como tonta y él, riéndose de mí. Luego, llamé a mi papá para que me fuera a buscar. Ya no me sentía segura viajando sola en Metro.

      Cuando llegamos a la casa, le conté lo que había pasado. En vez de apoyarme o decir algo en contra del viejo, dijo que “debía andar con más cuidado”. Después, le conté a mi pololo, y respondió que “no era para tanto, pudo ser peor”. Estamos rodeadas de gente machista: mi padre culpándome a mí, diciendo que yo debo andar con cuidado y mi pareja bajándole el perfil, sin saber lo sucia que me sentí cuando este tipo me tomó la foto y la compartió.

        0 1982

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        Cuando voy a comprar pan, cuando salgo a tomar micro, cuando troto por el parque, cuando voy a trabajar, cuando quiero tomarme un helado, cuando salgo a botar la basura, cuando voy a la universidad, a la casa de mi amiga, al supermercado, a comprarme ropa, a la farmacia, cuando ando paseando o, simplemente, caminando de un punto a otro y hasta cuando voy de la mano con mi novio. Siempre hay un hombre desconocido que me molesta, que me dice algo haciendo alusión a mis tetas, a mis piernas, a mi cintura o cualquier otro fragmento de mi cuerpo que le parezca “rico”.

        Me han dicho desde los aparentemente inocentes “linda”, hasta frases que no quisiera repetir, tan duras como una penetración. Algunos se creen graciosos y hacen cosas como detenerse para que pases delante de ellos o aplaudir. Otros dicen cosas cerca de la oreja, cargados de una perversa energía sexual que no quiero sentir, menos cuando hasta el calor de su aliendo roza mi oreja, mi mejilla, en un momento inesperado. Otros te miran con la lengua afuera, balbucean sus fantasías eróticas bomba cuatro, mientras pasas pensando en qué hacer de almuerzo o si escribir ese artículo que tienes pendiente. La mayoría sólo mira, pero de cerca, con insistencia, por delante, por detrás, arriba, abajo, solos o mostrándoles a los amigos. Una vez un tipo en el metro le sacaba fotos a una niña que estaba sentada frente a él con sus grandes pechugas. También hay un tipo de hombres que dicen otras cosas, sin carga sexual, pero con el afán de agredir: “que tonta la chaqueta” cuando se me cayó al suelo o “cuica culiá” mientras estaba parada afuera del supermercado. Hace poco me agarraron el trasero: una gran mano de hombre ensartada en mi culo. El tipo andaba en bicicleta, vestido de negro. Se arrancó como una rata.

        Ya basta. Sé que no soy la única, nos pasa a todas y no es justo. Tengo y tenemos derecho a salir a la calle a hacer las cosas que hace cualquier ser humano en paz. Hasta cuándo se comportan como idiotas, hasta cuándo siguen degradando a su propio género masculino, haciéndonos rechazarlo cada vez más. Por culpa de esos tipos es que lo demás pagan el pato, porque uno suele meterlos a todos en el mismos saco, porque así los educan y sólo algunos se salvan.

        Ya basta. No estoy dispuesta a tener que empezar a taparme, a dejar de usar minifaldas o escotes, no estoy dispuesta a andar agachada para disimular mis pechugas, no acepto cagarme de calor para no mostrar mis piernas, ni engordar para dejar de ser atractiva a primera vista.

        Las mujeres que debemos soportar los constantes ataques de estos tipos sin educación, sin honor y  cobardes, estamos realmente cansadas de tener que lidiar el mundo y además con ellos.

        La rabia se acumula y nace la violencia, y así mismo dan ganas de agredirlos, de devolverles el daño con la misma energía o peor. Pero muchas veces no alcanzamos a reaccionar, porque son tan miserables, que se arrancan, se escabullen entre las sombras, entre los autos, entre las masas, mimetizándose con todos esos hombres que NO se atreven a marcar la diferencia, todos ellos que NO han sido capaces de decir: “yo soy bien hombrecito y no necesito denigrar a nadie para demostrarlo”, porque eso la hombría: respetarse a sí mismos y vivir tranquilos con la belleza de las mujeres, pues si tenemos este cuerpo, es, entre otras cosas, para darles la vida, para protegerlos cuando son niños, para gozar con él con quien queramos y no para que otros gocen con nosotras a la fuerza.

        Aprendan de una buena vez a convivir con nosotras, a vernos pasar por la calle como a cualquier otro ser humano y si les gusta lo que ven, respétenlo al igual que cualquier creación de este universo, porque hasta el más feo podría ser bello si fuera digno y esa actitud señores, está muy lejos de darles dignidad.

        A las mujeres que se ya cansaron y empezaron a aguantar en silencio, a las que les da miedo o demasiada vergüenza responder, a los hombres que se quedan callados cuando ven estas situaciones aunque sepan que está muy mal, a los que se ríen cuando algunos de sus amigos lo hace para no quedar mal, a los que tienen hija, hermana, madre o compañera, espero que más pronto que tarde, se den cuenta de que cambiarlo es nuestro deber.