Francisco Rojas

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    Me imagino que tus piropos, tan sanos y halagadores, tienen una noble función: buscas la mujer de tu vida. ¿O sólo una cachita rápida para jactarse ante tus amigos? Creo que lo que realmente quieres es masturbarte con tu propia hombría.

    Veamos cómo funciona esto: vas por la calle, haciendo tus cosas importantes y pasa una mujer guapa o quizá no tanto, pero quieres hacerle un favor. Le lanzas un comentario inteligente y picarón, porque eres un hombre y sabes lo que ella quiere. Ella lo escucha, se paraliza y se siente tan halagada, que agradece en silencio tu gesto. O quizás te cruzas con una chica más atrevida, que se da vuelta, te sonríe, toma un papel y te entrega su teléfono. La hiciste, campeón.

    ¿No es eso lo que te siempre te pasa? ¿No? Entonces, ¿cuál es la motivación, por qué lo haces? Creo que ésta es la realidad: te importa una mierda halagarla, te inventas esa justificación. Piropeas para reforzar tu hombría, les silbas porque eres amo y señor de la calle y quieres que ellas y que tus amigos lo sepan.

    Te tengo una noticia: eres un machista. No te vuelvas loco con esto, pero a ella no le importa tu opinión, no se viste para ti y de seguro va por la calle pensando cosas más interesantes. Pero estás a tiempo, puedes dejar hoy de ser un machito que se masturba con su propia masculinidad y ser un verdadero héroe para ella y para ti: quédate callado y enseña a otro machito a hacer lo mismo. Serás más que un héroe anónimo: serás un humano con empatía y no un imbécil del montón.

    Puedo adivinar la siguiente pregunta, ¿qué pasa si ella es linda y quiero conocerla? Si tu instinto de macho cazador es imparable, intenta ser respetuoso: saludar y pedir disculpas por la interrupción, igual como cuando preguntas la hora o la ubicación de una calle si estás perdido. ¿O acaso le hablas a todo el mundo gritando de una vereda a otra o a cinco centímetros de su oído? Lo más importante: espera lo que ella tenga que decir. Quizá así establezcas una relación humana civilizada, algo que jamás lograrás con un agresivo “piropo”.

    *Columna de Francisco Rojas Fontecilla, publicada originalmente en El Ciudadano

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      Se nota cuando no se ha leído nada sobre género, cuando algunos hombres se dedican a repetir como loros lo que dicen y hacen sus amigos o a reproducir lo que leyeron en algún foro de internet, más descontextualizado todavía, que alimenta argumentos disonantes y sin peso.

      Los estudios de género proponen la reivindicación de identidades sometidas: mujeres, masculinidades críticas, LGBTIQ y otros nativos y parias, en pos de una igualdad política y social. Pero claro, muchos no tienen idea, porque sólo hablan sin entender nada.

      Efectivamente la desigualdad entre géneros existe y se manifiesta en diferentes instancias, como el acoso sexual callejero. Aunque no lo crean, hay personas -mujeres en su mayoría- que son acosadas más de tres veces a la semana, incluso varias veces al día, con silbidos, tocaciones y punteos.

      Algún imbécil dirá “pero mira cómo se visten”. La ropa nunca es una justificación para ser vulnerado en el espacio público. Todos tenemos derecho a transitar en paz. Y ante la lógica “tengo derecho a expresarme”, respondo desde ya: ese derecho no tiene por qué violentar la sensación de seguridad de los demás.

       ¿De verdad creen que es un problema menor? ¿Tienen idea de cuántas mujeres deciden su ropa cada mañana en función de “qué me van a decir en la calle”? Modifican sus rutas para evitar ser acosadas o sacan valor para salir a la calle como ellas quieren. Muchos varones no tienen idea de esto, porque sólo están tan preocupados de masturbarse en su propia idea de lo femenino, que no miran más allá.

      ¿De verdad es menor que un tipo salga a masturbase frente a niñas? Hay casos de eyaculaciones sobre menores en la vía pública o de gente que se reúne a tomar fotos a las mujeres por debajo de la falda. Eso es acoso sexual callejero, no está penado por la ley y aún así hay quienes se preocupan por defender los “piropos”.

      Esta reivindicación no es “hembrismo”, el “hembrismo” lo inventaron los varones machistas y se reprodujo en masa para minimizar algo tan revolucionario como la igualdad de derechos.

      Les doy un consejo: en vez de hacerse un auto-felatio de su propia masculinidad, pregúntenle a sus amigas qué les pasa cuando salen a la calle, si las siguen, qué cosas les gritan. Verán que el famoso “piropo” poético es sólo un mito. A ver si así se pegan el alcachofazo de que están dando la cacha y reproduciendo un sistema, a ver si así aportan algo al mundo, porque si vienen a decir que deberíamos “preocuparnos de cosas más importantes”, estoy ansioso de saber que es eso más importante que la igualdad de las personas.

      *Columna de Francisco Rojas Fontecilla, publicada originalmente en El Ciudadano

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        "El supuesto derecho a la libre expresión no puede ser más importante que el derecho que tenemos todos y todas a usar el espacio público."

        Después de lanzar la primera campaña contra el acoso sexual callejero en Chile -que tuvo una gran recepción- aparecieron las voces conservadoras de siempre, defendiendo el “piropo” y el derecho a expresarse. Una crítica que se se aclara rápido al explicar que el supuesto derecho a la libre expresión no puede ser más importante que el derecho que tenemos todos y todas a usar el espacio público.

        Esta crítica es persistente y creo necesario aclarar algunos puntos a los defensores de los pseudo-poetas-urbanos. Primero, deben saber que ellas no están allí para el deleite masculino, que no se visten y salen a la calle para seducir hombres, sino que quieren sentirse lindas y seguras para sí mismas y que tienen cosas que hacer en el espacio público. Lo más probable es que les importe poco lo que otros piensen de ellas. De seguro están cansadas de los “héroes del ego femenino”, que por más buenas intenciones que tengan, diciendo un comentario al aire o halagando su cuerpo, sólo terminan cabreándolas. ¿Por qué no se guardan sus comentarios? Aunque les signifique “sufrir” por no poder expresarse.

        Otro argumento intragable, que llega a dar miedo, son los que justifican el acoso por el atuendo de las mujeres, en especial en esta época de calor. Argumento que también se usa para defender violaciones. En este supuesto, ellas se vestirían para provocarnos a nosotros, los varones. Queridos cabezas duras, ¿no han pensado que quizás, ellas no se visten para nosotros? En la mañana se ponen tal o cual pantalón, porque les gusta cómo luce, tal como tú y yo elegimos una camiseta. Y si ellas quieren verse sexy, ¿eso nos da derecho a gritarles nuestra opinión o, incluso, a tocarlas? Si su respuesta es sí, les digo, amigos, son todos potenciales violadores. Háganse ver.

          Es divertido ver a los reyes del verso callejero, tratando de enseñar a las mujeres cómo deben vestirse, dictándoles cátedra de cómo deben actuar en la calle o poniéndonos al día de cómo sentirse ante sus preciados piropos y agarrones. ¿Quienes somos nosotros para dar lecciones a quienes tienen que cruzar la calle cansadas de gritos o ponerse la cartera en el culo porque no quieren que las toquen sin su autorización? ¿Creemos que por ser hombres sabemos más de lo que implica ser mujer que las mismas mujeres?

        Al parecer, con estos argumentos, los hombres nos pensamos como víctimas de las mujeres, que salen de sus casas con el demoníaco afán de exhibirse ante nosotros, seducirnos y obligarnos a gritarles cosas. Y luego, hipócritamente, nos dicen que somos unas bestias. ¿Para qué se visten así si ya saben cómo nos ponemos? Los varones somos animales de instinto. Ay, mi querido macho dominante de las calles, te digo: ¡EMANCÍPATE, MACHO ALFA! Guárdate tu opinión y záfate de estas malas mujeres, que sólo quieren ser libres y caminar tranquilas por la calle.

        *Columna de Francisco Rojas, escrita originalmente para El Ciudadano.

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          Cazador

          Era fácil. Cosa de repetir e insistir, en algún momento algo bueno tenía que ocurrir. Hacer una tarea tan burda tenía que tener algún sentido. Con el tiempo, algo no me fue haciendo sentido, algo entre lo enseñado y lo practicado fallaba. Quizás el problema era yo, por no ser lo suficientemente hombre, pero a mis amigos -bastante más machitos que yo, porque jugaban a la lucha libre y eran campeones para la pelota- tampoco parecía resultarles. Sin embargo, ellos no se veían contrariados. Es más, parecían disfrutarlo, como si se tratase más de un juego de niños que del intento de agradar a una niña al decirle un comentario al aire.

          Eran tiempos de ser jóvenes y estúpidos, bastante estúpidos. Más aún cuando se trataba de mujeres. Era difícil saber qué hacer, así que había que echar mano a lo que tenías más cerca: tus amigos, tan perdidos como tú. Y todo terminaba en un montón de teorías y mitos, basados en el consumo cultural: películas, series de televisión, libros, juegos y algún consejo trasnochado del tío de alguien. Todo parecía reducirse a decirle cosas bonitas a una mujer y tomar lo que quisieras cuando ella “pareciera ceder”. Suena fuerte, pero así es.

          Todos los consejos de seducción que recibí en mi adolescencia apuntaban a lo mismo: “atontar y tomar”, cual cazador con su presa. “Le robai un beso”, en una acto de dominación y salvajismo. “Tómala cerca y cuando dude, te la agarrai”, donde importaba poco el otro (u otra). “Y cuando esté media curá, te la llevai a la pieza”, porque tú eres el cazador, nadie le pregunta a la presa su opinión.

          Parecía que hacíamos lo correcto: era lo que nos habían enseñado. Aún así, todo era muy confuso, considerando que, además, muchas veces la cacería resultaba en fracasos. “Voy al baño y vuelvo”, podía ser el más doloroso de ellos, porque era el más rotundo NO que podíamos recibir. Al parecer, lo que nos habían enseñado no era del agrado de ellas. Nos consolábamos repitiendo que les gustaba hacerse las difíciles. Hasta que en un momento decidí abandonar a los viejos maestros y cruzar la vereda. Por suerte, con tantos fallos también había aprendido a hacer amigas.

          Lo más interesante que descubrí es que ellas tampoco tenían muy claro cómo era la cosa. Al parecer, su rol de presa nunca las tenía muy cómodas. También había muchas incongruencias en lo que ellas aprendían. Una situación llamó en especial mi atención: hay cosas que a ellas les molestan. Era increíble, me di cuenta que ser insistente no era la puerta de entrada correcta a nada. Seguirlas por la discoteque parecía tener el efecto contrario del que buscábamos. A veces, simplemente, y a pesar de lo que creíamos, no querían ser joteadas o estar con un hombre, se bastaban con ellas mismas o estando con sus amigas.

          De un momento a otro, entendí que “la presa” también era una persona. Ellas no estaban y no están allí para nosotros, a pesar de lo que creíamos y siguen creyendo algunos machos. Sin embargo, todo el mundo -incluso ellas mismas- repiten constantemente que sí, hasta el punto de ceder por obligación o bancarse el mal rato para callado. La presa es una persona, así ya no es tan bonito ser un cazador.

          *Escrito originalmente por Francisco Rojas para Zancada