Gestos obscenos

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    Cuando recién empecé a manejar me ocurrió una situación muy desagradable y que por desgracia aún recuerdo. Iba bajando por una calle en la mitad de un taco que no se movía ni de buena voluntad. Al frente había una camioneta ‘’pick-up’’ en la que había varios hombres que parecían de una construcción. Uno de ellos hace bastante rato que me estaba mirando, hasta que me señaló con el dedo y le dijo algo a sus compañeros. Todos voltearon a verme y comenzaron a tirarme besos y a sonreír. No les hice caso y traté de ignorarlos, pero fue bastante complicado considerando que se encontraban a  sólo unos metros y era imposible moverme a otra pista. Los tipos insistían y cada vez se ponían más desagradables; de tirarme besos pasaron a relamerse los labios y a hacer gestos con los dedos (como mover la lengua entre los dedos índice y medio), y muchas cosas más que cada vez que me acuerdo se me hace un nudo en la garganta. En ese momento no podía hacer nada, ningún auto avanzaba y esos asquerosos seres seguían con su cuento y riéndose.

    En ese momento, me sentí atrapada y muy pequeña, porque esos asquerosos seguían con su cuento y no paraban. Fue tanto el acoso que rebajaron mi persona hasta que me puse a llorar, pero ellos siguieron riéndose. Luego de unos minutos por fin pude cambiarme de pista para no verlos más.

    Desde entonces, cada vez que veo una camioneta con gente en la parte de atrás, le hago el quite o me pongo extremadamente nerviosa.

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      Desde que soy muy chica recuerdo acosos, miradas y respiraciones asquerosas de tipos pervertidos. Todos me decían que era una niña tan bonita y que debía ser modelo, pero para mí siempre ha sido una carga mi apariencia física, así que intentaba pasar lo más piola posible usando la ropa menos provocativa que encontraba, y esto hizo que yo fuera muy tímida. A los 8 años, cuando recién empezaba a irme sola del colegio a la casa -ya que era una ciudad chica y me demoraba unos 10 minutos- un hombre de unos 30 años se puso frente a mí y dijo: “Te chuparía todo el sapito”. Yo salí corriendo y con una sensación de asco horrible. A los 12 años, estaba llegando a mi casa sóla y no era muy tarde, pero como era invierno había oscurecido hace poco. Iba un hombre adelante mío y miró hacia atrás; al verme empezó a caminar más lento, así que yo también disminuí la velocidad para no acercarme. Cuando llegué a la puerta de mi casa alcancé a golpear una vez y este tipo me agarró por la espalda y me levantó para llevarme a una zona oscura. Me quedé helada y no supe qué hacer, pero menos mal que mi mamá abrió la puerta de la casa y él salió corriendo. Nunca conté nada por vergüenza. Durante toda la época escolar escuché obscenidades y los mal llamados “piropos” y moría del miedo. Cuando tenía 15 años conocí a mi pololo, con el cual seguimos juntos, y empecé a tener más confianza para afrontar estas situaciones (además que estando con él nunca me dicen nada). A los 20 años quedé embarazada, pero ni por eso los acosos cesaron. El peor “piropo” fue cuando tenía 8 meses y un hombre con voz repugnante me gritó en la calle: “Guachita le haría un aborto con el pico”. Como se fue en su auto, yo alcancé a levantarle el dedo no más. También al estar sola con mi hija me han dicho cosas como: “Mamita le hago el hermanito”.

      En el verano iba en la micro sentada en el lado de la ventana vestida con short y un viejo empezó a frotar su pierna contra la mía, por lo que lo tuve que empujar  para que se alejara de mí; nadie hizo nada. Ahora que mi hija el próximo año empezará el colegio, me da un pánico horrible que ella pase por lo mismo. Ninguna persona debería pasar por estas cosas.

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        Hoy, viernes 5 de junio, estaba en una cafetería de Patronato con una amiga, sentada con vista hacia la entrada del local. Un hombre de gran contextura entró y, sin comprar nada, cargando una mochila que parecía de viaje, pasó de largo hacia el fondo, aprovechando en el camino de guiñarme un ojo, lanzarme un beso y pasar la lengua por sus labios, mientras me miraba con una cara que yo creo que varias (sino todas) conocemos.

        El hombre iba a pasar de largo y le pedí, con voz firme, pero amable, que me pidiera disculpas. Él, muy sonriente, se hizo el desentendido. Cuando dije en voz alta el gesto que hizo, se acercó más a mi asiento -aún sonriendo- y dijo que no había hecho nada. Le insistí, que si me podía pedir disculpas por lo que hizo, y dijo “muy bien, señorita, discúlpeme”. Yo le dije gracias y que siguiera su camino. No parecía tener intenciones de retirarse de una distancia poco apropiada de mi puesto.

        Regañó y le pedí que siguiera caminando. El hombre siguió su camino hacia el final del local, mientras me amenazaba con que no le hablara así (o no le hiciera ‘ese show’, no recuerdo bien), porque a la gente que lo trataba así, él les metía un balazo. “Si quiero te mato”, repitió un par de veces.

        Nerviosa, con su presencia a mis espaldas, me puse de pie y fui al mesón a informar a los dueños de la situación, esperando que llamaran a Carabineros. No tuve tiempo de hacer la petición, a penas alcancé a decir que tenía un problema con un cliente, el hombre se encaminó al mesón subiendo la voz -aún sonriente-, y simulando estar calmado, diciendo que a él nadie lo trataba así, que yo lo estaba humillando, que lo había echado del local y que era una falta de respeto, cada vez subiendo más el tono.

        Le dije “yo no lo eché, no le estoy gritando, no me grite”, pero era evidente que no escuchaba. La mujer que atendía la caja le pedía que se calmara, pero él sólo me miraba fijo a los ojos, volviendo a amenazarme con balazos e incluso con que tenía un bate y me mataría a batazos.

        El hombre terminó por salir del local, me seguía amenazando y desde fuera miraba mientras caminaba. Con mi amiga quedamos tan asustadas, petrificadas, que no pudimos salir del café en un buen rato (más de dos horas), temiendo que me estuviera esperando afuera. Finalmente, mi papá nos fue a buscar en auto.

        Después de lo ocurrido, se nos acercó un hombre mayor y una mujer adulta, su hija, a preguntar sobre el altercado y decir que estaban a punto de intervenir, pero más allá de eso, nadie lo hizo, a pesar de haber bastantes personas en el local. Ni siquiera el dueño dijo una palabra, mientras un hombre de estatura y contextura mucho mayor a la mía me amenazaba con matarme frente a ellos.

        Agradezco que no me pasara nada a mí ni a ninguno de los presentes, pero me impresiona que por pedir respeto, por pedir amablemente disculpas, haya sido amenazada de muerte. Y sé que no todas las mujeres reaccionan (ni tienen por qué reaccionar) con tanta ‘tranquilidad’. Me da terror pensar en todos los casos de acoso que terminan en muerte porque una no les acepta sus gestos obscenos con la cabeza gacha como si nos hicieran un favor, como si una simplemente existiera para y por ellos.