Hombre

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    Me dirigía al Metro Macul a eso de las 8:00 de la mañana, vistiendo un abrigo y calzas de polar (lo explicito para que no aparezca el comentario de la vestimenta que tan usualmente se utiliza para culpabilizar a la víctima). Cuando pasaba frente a un supermercado, un tipo en bicicleta de unos 40 años de edad me detuvo para preguntarme una dirección. Me saqué los audífonos y traté de guiarlo. Hasta ahí todo bien, pero cuando me dio la mano para darme las gracias, me jaló hacia él para darme un beso en la boca. Yo sólo atiné a apartarme y di un grito agudo de sorpresa y miedo. El tipo se volvió a acercar para tratar de darme nuevamente un beso y yo me fui lo más rápido que pude. Mientras me alejaba me gritaba “un besito en el chorito”.

    La situación me dejó en shock y sentí rabia conmigo misma por no haber reaccionado de otra forma (siempre llevo conmigo un gas pimienta para un eventual peligro). No obstante, lo que más me molestó fue la reacción de algunos amigos varones e incluso un chico con el que estoy saliendo, quienes se rieron de la situación, pese a lo vulnerada que me sentí. Ahora me da miedo ayudar a la gente en la calle por el temor a que me ataquen de nuevo.

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      En la micro que tomo a diario de regreso a casa, se sube un hombre de edad avanzada. Este tipo se masturba y al parecer nadie se da cuenta, o al igual que yo lo hacen pero no quieren tener problemas. Varias veces lo vi haciendo cosas raras con las manos, pero por lo general se coloca algo en su regazo para taparse. Sin embargo, ayer fue mucho más descarado, pero me dio miedo grabarlo o encararlo, porque sentí que nadie me iba a apoyar.  Ahora me siento culpable por no actuar, pero de verdad en ese momento sentí que si hacía algo no iba a pasar nada y que el tipo volvería a masturbarse en la micro que, por cierto, debo tomar todos los días. Lamentablemente, no he podido contarle a mis cercanos.

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        Me ha costado compartir este testimonio, ya que pensaba que otros creerían que soy maricón, pero ya no me importa su opinión.

        Lamentablemente, el acoso callejero no es solo contra las mujeres, porque, aunque no sea visible, también afecta a los hombres y reconocerlo no te hace un afeminado. A mí me violaron y por muchos años me escondí. Ahora tengo una polola (feminista hasta la médula) que me acompaña al psiquiatra y me está ayudando a enfrentar mis temores. Pero hace algunos días mientras iba camino a la universidad, me acosaron desde un auto. El hueón me gritó que quería comerme, que era rico y otras cosas que prefiero no reproducir. Quizás por mi pasado o simplemente porque no me esperaba que otro hombre me dijera algo así a plena luz del día, me paralicé, me sudaban las manos, me sentí sucio y vulnerable.

        Por mucho tiempo me escondí por vergüenza y pensé que era mi culpa lo que me había pasado, pero con el apoyo de mis cercanos ahora sé que no depende de tu fuerza física, tu condición social o de si eres mujer u hombre.

        De verdad espero que otros hombres puedan empatizar con este problema; respetemos a los demás y dejemos de creer que el poder se gana humillando a otros.  El daño de las palabras no deja marcas físicas, pero genera daños permanentes en la valoración personal. Ninguna persona merece vivir con miedo. Los hombres de verdad cuidamos y respetamos a las mujeres.

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          Estábamos carreteando en la casa de una amiga y no sé cómo salió el tema de los café con piernas. Yo he ido a algunos del centro, como el Haití, donde más que mirar culos, una disfruta del café. Dos amigos empezaron a compartir sus experiencias en esos locales que no tienen las puertas abiertas, sino que ocultan todo lo que pasa tras vidrios polarizados o derechamente pintados de negro.

          Uno dijo: estábamos en primer año de universidad y entramos a uno de Estación Central. Pedimos los copetes más baratos y un amigo le miraba las tetas con descaro a una de las chiquillas. Llegó la hora feliz y mi amigo tuvo la osadía de hundir la nariz en el escote de la tipa que lo atendía. Cuando nos fuimos -ninguno pasó a un privado, éramos estudiantes pobres- el amigo con el que iba contó que después de emerger de esas pechugas enormes, la boca le había quedado llena de galleta molida. Parece que alguien, antes que él, había incursionado en el escote sin lavarse los dientes.

          Nos reímos. Era una anécdota cerda y esas historias vomitivas siempre son chistosas.

          Otro contó esto: éramos escolares y no teníamos nada de plata. Fuimos a un café con piernas del centro. Entré con mi amigo y altiro dos chicas nos hablaron. Nos pidieron que las invitáramos a un copete y nos sentamos en un sillón. Estábamos tomando y conversando, yo le miraba las tetas y tenía ganas de agarrarle el culo, pero no sabía si podía. No era fea, pero no era pa’ presentársela a tu papá. De repente, la mina me preguntó “¿querís que te la chupe?”. Quedé palacagá.

          Ahí lo interrumpí y le pregunté, ¿se te paró?

          Qué, me contestó él, cómo me preguntai esa hueá.

          ¿Qué tiene que te pregunte?

          Na’ que ver po’, cómo preguntai eso.

          Pero dime po’.

          No, no se me paró.

          Mi amigo quedó choqueado. Se puso rojo, supongo que se sintió vulnerado y avergonzado. A mí me dio rabia y se lo dije, ¿por qué si acabas de hablar del culo y las tetas de una mina y yo te escucho intentando empatizar con tu historia, tú te ponís de todos colores cuando te pregunto por tu entrepierna, por lo que sentías?

          Nos dimos vueltas en una discusión que no tuvo sentido y que no vale la pena reproducir, pero en el fondo la actitud y el discurso de mi amigo no fue más que el reflejo de algo que tenemos bien interiorizado y naturalizado: hablar y referirse al cuerpo de las mujeres es normal. Pero los penes y el cuerpo masculino es otra cosa. Parece que son sagrados.

          Por ejemplo, excluyendo la pornografía, la tele y las películas en general igual muestran pechos o potos, pero nunca hombres piluchos. ¿Por qué? Mi teoría es que la narrativa en general es masculina y el androcentrismo poderoso: las historias -tele, radio, libros, cine- son contadas mayormente desde y para varones heterosexuales, a quienes “no les gusta el pico” y por lo tanto no muestran ni quieren ver penes en la pantalla. Así, lo masculino es menos referido como objeto que lo femenino.

          Alguien podrá decir que igual Pato Laguna salía en calzoncillos en los catálogos Avon. Sí, hay una objetivización ahí, pero insisto que a nivel masivo no hay comparación. En fin, sólo me sorprendió eso, que mi amigo, como no está acostumbrado a que lo traten como objeto, se pusiera rojo porque me referí a su cuerpo, pero ni se inmutó al referirse al culo de la chica del café. Quizá, con lo que sintió, el patudo aprenda a ser más empático. Ojalá.

          *Columna escrita por Arelis Uribe originalmente para Esmifiesta

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            Por Joaquín Satibáñez Padilla

            La violencia infantilizada y normalizada del piropo debe ser respondida con educación y agresividad.

            Un piropo no es un halago, es una forma de pretender “poseer” a una mujer: “tomar” su cuerpo y mantenerlas en un estado de falsa sumisión, desventaja y sujeta a cánones sexistas de belleza.

            Detrás de este gesto, no hay selección: niñas y jóvenes crecen oprimidas, entendiendo que son objeto y sujeto de deseo. Culpables de ser abusadas y violadas.

            El piropo y las otras formas de violencia hacia la mujer (entre las cuales podemos mencionar las de carácter laboral, educacional, obstétrica, económica, por mencionar sólo algunas), se erradican con violencia: hacia el hombre y a la mujer, que pretendan reproducir esta “tradición”. Hacia el Estado, sus órganos e instituciones, que mantienen en un constante desamparo a la mujer. En contra de los medios de comunicación, programas de televisión, publicidad que cosifiquen a la mujer, que la vulgaricen y, finalmente, hacia todo aquello que las despoje de poder.

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            Se erradica, también, pero más lentamente (demorando un par de generaciones, tal vez), a través de la educación, en la cual madres y padres, en primera instancia, somos responsables en detener esta violencia. Niñas y niños deben crecer en las mismas condiciones. Los otros espacios de socialización, especialmente el colegio, deben incorporar un discurso y práctica cada vez más cercana a la educación en torno al género, al respeto hacia la mujer quien, lamentablemente, pertenece al grupo social que en este momento se encuentra mayormente vulnerable en nuestra sociedad.

            Al hablar de este tema, pienso en estos dos caminos, los cuales deben comenzar desde ya. Aprovechar que se está haciendo ruido, que los más conservadores se sacan las máscaras y cuestionan esta clase de trabajos u opiniones, junto con esto llegan más agresiones que pretenden invalidar e invisibilizar las terribles experiencias que, valientemente, han compartido con nosotros muchas mujeres a través de los testimonios que se han publicado. Las agresiones, probablemente seguirán; sin embargo, lo importante es que el tema ya está instalado.

            No quiero que violenten a mi hija, ni a mi compañera, ni a mi madre ni a mis hermanas. No les inculcaré, ni reproduciré, el temor al cual están expuestas.

            Es por esto que yo -hombre-, NO ME SUMO a la violencia histórica contra la mujer. Y con ello pretendo, al interior de mi círculo social (particularmente espacios con hombres) sin temor a ser ridiculizado, poner el tema; evidenciar la violencia; criticar a quien la defienda; frenar a quien violente.